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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2012.

bisiesto

año con día gratis de trabajo. Maldita la gracia. Ni su prefijo, que engaña al anunciar una frecuencia mayor; ni su lexema, que invita al descanso, nos advierten de su llegada. ¿Celebrarán con la misma ilusión los que nacieron un 29 de febrero su cumpleaños el 1 de marzo? Tanta heterodoxia de inicio me superaría. 

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Don Draper

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El personaje interpretado por John Hamm en la magnífica serie de televisión Mad Men merece entrar en este particular Olimpo de Dioses reales o de ficción. Aunque el mérito no es solo de él, sino también de la serie que protagoniza de forma indiscutible. Mad Men completa, junto a Los Soprano (oro) y The Wire (plata), el podio de las mejores series de televisión que he visto. 

Volviendo al personaje de Don, ¿o sería mejor llamarle Dick?, no entraré en las obviedades sobre su atractivo, tanto profesional como personal. Sí me centraré, no obstante, en sus debilidades y dobleces, que se van manifestando poco a poco: desde un pasado nada glorioso a un presente siempre a punto de desmoronarse. Conforme avanza la serie, Don va lidiando con todo ello y, poco a poco, superándolo. Su imagen de triunfador absoluto de cara afuera contrasta con sus miserias interiores. Esa dualidad lo hace todavía más atractivo. ¿A quién no le gustaría disfrutar de la fama de Don Draper? El mejor publicista, el hombre más deseado por todas las mujeres, el que se lo juega todo a una carta y siempre gana...Pero, además, ¿quién no se identifica con Don Draper? Ese hombre que reniega de su pasado, que intenta ocultar sus miserias y horrores anteriores reinventándose, alumbrando una nueva persona. Tengo la absoluta certeza de que esta vertiente vergonzante del personaje seduce tanto o más que la del triunfador irresistible. El mensaje que nos trasmite Donald Draper es en última instancia el viejo tópico del cine y la moral norteamericanas: el hombre hecho a sí mismo, el "tú también puedes triunfar, si quieres". Un adagio muy difícil de rechazar, incluso para el mayor de los pesimistas. 

Las cuatro temporadas exhibidas hasta la fecha (el próximo 25 de marzo se estrena la quinta temporada en EEUU) nos muestran la evolución de Don y del resto de personajes que le rodean de forma pausada y sin estridencias. Los giros que se van sucediendo están bien trabajados, no son inverosímiles. Aunque se producen acontecimientos inesperados, son perfectamente creíbles (excepto un rocambolesco hecho en el último capítulo de la cuarta temporada) en función de cómo van cambiando los roles y las relaciones entre los diferentes personajes. 

Un aspecto que me sorprende del extraordinario éxito de Mad Men es lo machista que resulta la serie. Me refiero a que me sorprende que no haya tenido que pagar un precio por mostrar a las mujeres como meros objetos sexuales cuyo único deseo es cazar a un buen partido para pasarse el resto de la vida como aburguesadas amas de casa. Evidentemente, el planteamiento no es tan simplista como acabo de describir, pero el trasfondo sí que es claramente machista. 

Otro ingrediente genial es el alcohol. Se pasan el día entero bebiendo. En casa, en bares y, sobre todo, en el trabajo. Siempre he creído que deberían dejar beber en las oficinas, incluso incentivarlo. Si para nuestras relaciones sociales, en las que necesitamos de todas nuestras cualidades para conquistar a un amigo o a una mujer, acostumbramos a emplear la bebida como arma desinhibidora y potenciadora de muchas de esas cualidades, ¿por qué no usar el alcohol también en el trabajo, en donde apenas precisamos de tres o cuatro de esas cualidades para desarrollarlo diligentemente? Ahí lo dejo, por si algún lúcido empresario o directivo quiere apropiarse de mi idea y motivar a sus empleados con el fin de obtener lo mejor de ellos. Como escuché una vez de boca de Fernando Fernán Gómez: "siempre que bebo whisky me encuentro mejor, más feliz, que cuando no lo bebo".

Y un último apunte sobre la serie: el papel de Joanne Holloway, encarnado por la actriz Christina Hendricks, es maravilloso. No solo representa la voluptuosidad y carnalidad de las famosas pin-ups de la época, sino que lleva la tensión sexual hasta el límite justo, sin llegar a cruzar nunca la frontera de la vulgaridad. Quien haya visto a Christina Hendricks en Drive, la sobrevalorada película de Nicolas Winding, difícilmente podrá imaginarse el personaje de Joannie, porque sale espantosa, pero quien haya visto Mad Men sabrá de lo que hablo.

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incompetente

persona con dispepsia cerebral incapaz de tomar una sola decisión acertada, ni siquiera de puta casualidad. Cuando más elevada es su posición, más dañino resulta para la organización. Y lo peor es que los incompetentes acostumbran a vivir sin espejos, por lo que raramente son conscientes de su ineptitud.

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propiedad conmutativa

oye, da igual, haz lo que te salga de los cojones. Al final el resultado va a ser el mismo, así que...Sin duda, la mayor aportación de las matemáticas a la humanidad.

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estrés

globo que se hincha, se hincha, se hincha...La mayoría no consigue evitar que les reviente en la cara. Los más listos consiguen, al menos, dirigir la explosión hacia afuera, como Michael Douglas en "Un día de furia".

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Clase de spinning

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Hace unos días hice mi primera y última clase de spinning arrastrado por unos amigos que intentan llevarme por la aburrida senda de la salud. Para que quede claro desde el principio: fue tan irritante como rocambolesca.

Me sorprendió la cantidad de personas apuntadas a la clase, así como el tamaño de la sala. Había, al menos, cien bicicletas estáticas. El primer "¡huy, esto va a ser una mierda!" fue cuando vi al monitor: un mozalbete estupendo enfundado en una ajustada camiseta naranja sin mangas y un coulotte negro no menos apretado. Si su vestimenta era grimosa, su peinado lo era aún más, ridículo hasta la náusea. Tenía 56 pelos, ni uno más, los conté. Todos perfectamente distribuidos para conseguir cubrir su cabeza. A primera vista pensé que se trataba de sudor, instantes después de gomina, pero a los pocos segundos caí en la cuenta de que en realidad le había lamido una vaca su cabellera rala. No se le movió uno solo de los 56 pelos durante toda la clase. Había esculpido una raya perfecta a uno de los lados y, a pesar de la escasez de materia prima, había conseguido hacerse un caracolillo de pelos a modo de flequillo. Realmente el chico tiene mérito, con poca cosa consigue un peinado. No quiero imaginar de lo que sería capaz si dispusiera de la pelambrera del Puma. Debajo de su peinado, desafiaban sus dos cejas arqueadas, finas y rabiosamente gays. Sin embargo, lo más destacable de todo el personaje era su nariz. Una nariz fuera de sitio, gruesa y exageradamente respingona, dos días por delante del resto del cuerpo. Probablemente hubo un incidente en la nursery cuando era un bebé y le adjudicaron por error la nariz de una cría de oso hormiguero. 

Escogí una bicicleta que en seguida una de esas chicas que se creen que el spinning les va a dotar del culo prieto de JL me arrebató con un numerito de reserva obtenido en la charcutería. Me fui a por otra y acomodé malamente mis posaderas en esa máquina infernal. La tortura fue tal que, al finalizar la clase, la habitual suavidad de mi escroto se había convertido en puro cuero curtido, como si hubiesen estado encendiendo cerillas en mis huevos durante los interminables 45 minutos que duró la clase. Vamos, no es que acabase hasta los huevos de la clase de spinning, sino que los huevos acabaron hasta los ídem de la dichosa actividad dirigida.

El monitor, alzado sobre una tarima, inició su verborrea aludiendo a una pretendida sesión suave con la que alcanzaríamos el 75%. ¿El 75% de qué? - pensé. Porque yo ya estaba al 100% de rabia hacia él y mis cojones estaban llenos, al 100% también. Afortunadamente, mi avezado amigo me informó de que se trataba de alcanzar un tope del 75% de tu frecuencia cardíaca máxima. O sea, que no sólo tenía que pedalear, sino que además debía estar pendiente de cómo cabalgaba mi corazón. ¡Menuda estupidez! ¿Alguien se mide las pulsaciones follando? Pues para qué coño vas a controlarlas encima de una puta bicicleta estática. En fin, mi nivel de indignación era absoluto.

Si nada más empezar ya estaba alucinado, cuando el monitor comenzó a dar indicaciones, la risa fue total. "¡Tresss, dosss, unooo! ¡Vamosss! ¡Dale, dale, dale! ¡Y un incremento másss!" No me lo podía creer. Un súper gilipollas dando órdenes a decenas de jóvenes aspirantes a cuerpo Hacendado (porque Danone imposible), y todos siguiéndole entusiasmados. ¡Flipante! Aunque el súmmum estaba por llegar...

De repente, se apagaron las luces. Yo, entre acojonado y asombrado, abrí los ojos como platos y lo que en principio parecía la sala de un gimnasio se convirtió en la pista de una discoteca de extrarradio: música cañera a tope, luces estroboscópicas y gente moviéndose histéricamente. Por un momento pensé en buscar la barra y pedirme una copichuela, pero el estupendo súper gilipollasss rompió la magia del momento al farfullar "¡Bebe agua!" con su impostada voz. ¿Bebe agua? ¡Vete a tomar por el culo! De ahí hasta el final todo fue un completo aburrimiento. Una sucesión monótona de lo vivido durante los primeros diez minutos. 

Lo dicho: la clase de spinning fue una puta mierda. El deporte...por la tele. 




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