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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2011.

Barbarela...el bar

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El pasado miércoles salí de la oficina hasta los cojones del trabajo y loco por ver el partido del Madrid contra el Lyon. Como la lucha entre las diferentes plataformas televisivas ha dado lugar a una dispersión de emisiones sin igual, no podía verlo en casa. Así que tuve que acudir a un bar. Los cercanos a casa no tenían Gol TV, por lo que recurrí a un viejo bar conocido donde seguí toda la Liga de Capello y sus increíbles remontadas: el Barbarela. 

Llegué con el partido ya empezado y sed de cerveza de bar, que sabe mucho mejor que la de casa. Le pedí al camarero-dueño-encargado (no sé lo que es Emilio, pero probablemente sea todo eso a la vez) una Heineken. Su respuesta fue sencillamente magistral: "¡No! Estrella". Pensé avergonzado: "¡Qué gilipollas eres, Guille!" Aparentemente, había sido una respuesta de adusto camarero, pero nada más lejos de la realidad. Es la forma de responder de Emilio: contenida e impasible. El caso es que fue la mejor bienvenida posible. Mucho mejor que si me hubiese dado un abrazo. Me senté en una silla y me sentí, de repente, absolutamente feliz. 

Es un bar sin aspiraciones (me niego a calificarlo de cutre, aunque muchos podrían describirlo así), poblado de señores mayores y personas castigadas. Me reconfortó encontrar a muchos de los personajes que lo habitaban hace cuatro años. Únicamente eché en falta al señor que llevaba pañal. El del párpado cosido para disimular su ausencia de ojo, el solterón ex-cajero de La Caixa, el argentino pesado y borrachín...estaban allí, como otros muchos sábados y domigos de Liga.

Es increíblemente curioso lo a gusto que me encontré entre todos ellos de nuevo, tras casi cuatro años sin haber pisado el Barbarela. Le tenía un enorme cariño a ese bar. Por su ambiente, por su camarero-dueño-encargado y porque aún no he visto perder al Madrid un solo partido en este santo lugar.

Como antaño, insulté al árbitro, aplaudí las jugadas del Madrid y celebré sus goles a mis anchas, rodeado de bastantes merengones igual de entusiasmados que yo. Los culés no son mayoría en este bar. Al menos, cuando juega el Madrid. 

Me tomé unas cervecitas (Estrella, por supuesto) y un bocadillo de lomo con queso que me supo a gloria. Emilio, con su distante amabilidad, me acercó una silla para que apoyase el plato del bocadillo, ya que las mesas estaban ocupadas. Me honró esa distinción. Se lo agradecí con fingida contención también. En un bar como éste los hombres nos mostramos el respeto de este modo. 

El partido acabó con victoria del Madrid, como siempre en el Barbarela. Saldé la cuenta poco antes del final y me despedí con un simple ¡hasta luego! Salí del bar con el ánimo renovado y con unas ganas tremendas de volver a ver un partido del Madrid en el Barbarela, un bar cojonudo en el que hasta el nombre me parece genial.

(El Bar Barbarela está situado en Travesera de Gracia, 150. Barcelona)


Real Madrid - Osasuna. 7-1 (Santiago Bernabéu, 6 de noviembre)

Atracón de goles a la extraña hora del almuerzo. Celebrar un gol a mediodía es tan inhabitual que te sientes algo ridículo, aunque viendo el aspecto del estadio parece que el fútbol a mediodía es todo un acierto.

El Madrid no empezó tan fogoso como en otras ocasiones. En los primeros diez minutos apenas hubo un remate de cabeza de Cristiano Ronaldo. No obstante, el control era absoluto. Los rojillos no dispusieron del balón en ningún momento. La superioridad madridista fue aplastante de inicio a fin.

Los goles gotearon generosamente por pura y simple lógica. Ronaldo volvió a anotar un hat-trick; Higuaín y Benzema prolongaron su fructífero duelo goleador y hasta Pepe se apuntó a la fiesta en un córner. El que también hizo un hat-trick fue Di María, aunque en su caso de asistencias, las correspondientes a los tres primeros goles del Madrid. Está especialmente iluminado en esta suerte el argentino esta temporada. Lástima que se lesionase al inicio de la segunda mitad. 

El Osasuna únicamente inquietó con un gol de pillos, si bien apenas les duró un minuto la alegría. Poco después, Higuaín consiguió el tercero con un certero remate a la escuadra desde dentro del área. Antes, Özil había hecho una de sus elegantes jugadas en la banda izquierda y Di María había asistido con picardía a su compatriota. Fue el mejor gol del partido, que aunó clase, precisión, rapidez y elegancia. 

En la segunda mitad, el Madrid jugó a placer, sobre todo, tras la expulsión de Satrústegui. Consiguió marcar en otras cuatro ocasiones de todos los colores posibles: internada por banda izquierda, robo y centro desde la derecha, contraataque fulgurante que acaba en penalti y de remate por el centro de Benzema, que acomodó su cuerpo al balón que llegaba de espaldas y disparó con la izquierda con una facilidad y potencia insultantes. Si el Madrid hubiese necesitado meter diez goles, lo habría conseguido con holgura. 

Un par de apuntes para acabar: el primero sobre el esperado debut de Sahin, que se mostró participativo y con mando en el centro del campo ordenando a sus compañeros; el segundo relativo al gran trabajo de Khedira en la recuperación, que cada vez está más asentado en el equipo y ofrece un despliegue impagable a la hora de presionar arriba al equipo rival. 

 

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El puente de Millau

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El puente de Millau, construido en el sur de Francia, es una impresionante obra de ingeniería que deja bien patente el excelso nivel técnico que ha alcanzado el hombre. Es el puente más alto del mundo con casi 350 metros. Su longitud es de 2,5 kilómetros. Sus siete enormes pilares sostienen el tablero que une las dos mesetas sobre el ancho valle surcado por el río Tarn.

Me apena no tener conocimiento alguno sobre ingeniería para poder valorar aún más la dificultad de esta obra. Escuchar o leer sobre el cálculo de estructuras, el deslizamiento hidráulico del tablero sobre apeos provisionales o la construcción de los pilares por secciones me deja completamente aturdido, ya que no alcanzo a comprender absolutamente nada para mi desgracia.

No obstante, no he traído a colación el puente de Millau para hablar sobre algo de lo que no tengo ni la más mínima idea como la ingeniería, sino para hablar de belleza. La majestuosidad del puente es tan asombrosa, la perfección de sus líneas es tan increíble y su dimensión es tan gigantescamente abrumadora, que es, sin duda alguna, una de las obras más bellas que he visto jamás. Y cuando digo “obra” no me refiero a obra civil, sino a obra de arte.

Todo lo bello resulta admirable, desde una mujer hasta un cuadro. Y también un puente puede ser algo extraordinariamente admirable y bello, desde luego. Esa admiración que provoca la belleza es en ocasiones paralizante. De repente, algo te estremece, te deja entre embobado y extático, pero a la vez sientes una extraña sensación de armoniosa felicidad. Entras en una especie de trance, la relajación te invade por completo, aunque al mismo tiempo sientes una intensa excitación. En esos breves instantes, las aparentemente antitéticas relajación y excitación conviven juntas, y hasta se abrazan. Es un placer deliciosamente sutil, que trasciende la sensibilidad o, a lo mejor, la sacude violentamente hasta narcotizarla gracias a esa admirable belleza. Pues eso mismo sentí al ver el puente de Milllau. 

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¿Cómo preparar el gintonic perfecto?

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Una premisa básica para poder disfrutar de un gran gintonic es la copa de balón. Vamos, un buen copón que permita disfrutar de todos sus matices y, además, lo muestre en toda su grandeza.

Lo primero es el hielo: cuatro o cinco grandes piedras de gélido rencor inveterado, imposible de deshacer. A continuación, vertir ginebra The Hated Nº1 hasta cubrir tres cuartas partes de los cubitos de rencor, permitiendo que éste se mezcle con la ginebra y rompa los pequeños cristales de resentimiento congelados durante largo tiempo. Vaciar un botellín de tónica Rage Tree (que en lugar de quinina contiene inquina) en la copa y mezclar ligeramente. Veremos cómo las burbujas de rabia ascienden vertiginosamente removiendo las piedras de rencor helado entre el oleaje de odio. Por último, coronaremos el delicioso cóctel con dos o tres lágrimas de limón, pero no las primeras que brotan casi sin razón, sino aquellas que se amotinan en los ojos llenánsose de dolor poco a poco hasta que emergen abundantes y tatúan un surco de tristeza en la cara. Proporcionarán el punto de acidez necesaria al gintonic y lo completarán magistralmente. 

Ahora ya sólo nos queda bebérnoslo. Para ello nos recostaremos plácidamente sobre el sofá y sostendremos la copa en la mano. Daremos largos sorbos disfrutando de todo su sabor, mientras miramos el evocador gintonic absortos en nuestros pensamientos. Tras unos veinte minutos, dejaremos la copa vacía sobre la mesa e iremos en busca de la persona a la que queremos dedicárselo: "Hola, hijo de la gran puta..."

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Real Madrid - Dinamo de Zagreb. 6-2 (Santiago Bernabéu, 22 de noviembre)

Un partido cortísimo, de sólo nueve minutos, los que tardó el Madrid en adelantarse 3 a 0. La primera media hora fue de dominio absoluto blanco. Presionando y robando muy arriba y generando ocasión tras ocasión. El primer gol llegó en una jugada entre Özil y Benzema que culminó éste último con delicadeza. El segundo en un pase largo que cabecea Benzema y aprovecha Callejón para anotar ajustado desde el borde del área. El tercero fue obra de Higuaín, precioso. Desmarque en el pico del área del delantero argentino, balón corrido hacia la línea de fondo, recorte sobre el defensa y picadita con la izquierda sobre el poco ángulo que dejó el portero. Una delicia de gol. Cada día que pasa muestra un mayor abanico de recursos técnicos el Pipita. 

El maestro de operaciones, como siempre, fue Xabi Alonso. Su jerarquía en el campo es absoluta. Es el mariscal de este equipo. Pone a sus compañeros a remar al mismo tiempo. Se encara con el rival y discute al árbitro, siempre con el tono justo. Da pases en largo, baja a recoger la pelota, se incrusta entre los centrales, ordena sin parar al equipo. Es el verdadero referente del Madrid. Sin él, la segunda parte fue mucho más desordenada. 

El compañero del tolosarra fue el esperado Sahin, que estuvo en modo trotón intrascendente, como si de una rubia se tratase: "¿pa qué? ¿pa cagarla?" Pues eso, se limitó a dar pases fáciles en zonas no comprometidas y a ofrecerse de apoyo a sus compañeros en el centro del campo. Tuvo un par de detalles de calidad, con sendos taconazos, y mostró oficio cortando algunas jugadas con faltas tácticas cuando el físico empezó a flaquearle. No obstante, no deslumbró. Habrá que esperar para ver su verdadero nivel. 

El cuarto gol fue de Özil, ese exquisito jugador del "arranco-paro, arranco-paro" que siempre juega con esa cadencia especial de bailarín clásico. Le asistió Coentrao, que hizo una buena primera parte entrando por su banda izquierda en infinidad de ocasiones. Lass también realizó un buen papel en el lateral derecho.

La segunda parte bajó en intensidad, como cabía esperar. Aún así se consiguieron un par de goles por cada lado. El quinto de Callejón, que dispuso de tres horas para rematar blandito pero ajustado al palo del portero en un pase largo de Varane. El ex-españolista cerró una buena actuación. Incluso pudo marcar un par de goles más. Su caso anima a los chavales que practican este deporte, ya que sin ser un jugador para el Real Madrid dispone de cierta predilección del técnico y disfruta de minutos en esta extraordinaria plantilla. Y, además, lo agradece con goles y trabajo a destajo. Es el ejemplo claro de que se puede llegar lejos sin ser un crack.

El último fue obra de Benzema, tras un taconazo precioso de Higuaín, que el francés culminó de nuevo con precisión. Estuvo a punto de conseguir el hat-trick con una espectacular chilena que golpeó en el larguero. Por cierto, Benzema e Higuaín mezclaron muy bien. 

Con el 6 a 0 se esperaba un arreón final para conseguir una goleada de escándalo. Sin embargo, llegaron los dos goles del Dinamo, que no hablan muy bien de la pareja de centrales de la segunda parte. Varane tiene buena pinta. Es alto, bastante técnico, sosegado, elegante; pero le falta contundencia atrás. Albiol estuvo desafortunado: fallón en el pase, lento al corte, fuera de sitio, falto de partidos. La verdad es que esta pareja está a años luz de la formada por Pepe y Sergio Ramos o, incluso, de Carvalho.

Así pues, en este concurso de meritorios en el que salió hasta Altintop, unos lo aprovecharon más que otros, si bien todos pusieron buena actitud de su parte. El Madrid encadena una racha de doce partidos consecutivos con victoria que debe reforzar su moral ante el derbi del sábado contra el Atlético y, sobre todo, para el partido contra el Barça de aquí a quince días. 

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voto

carta a los Reyes Magos en la que regalo y persona a regalar coinciden, ya que muchos de esos nombres que aparecen en cada papeleta recibirán todo tipo de dádivas y prebendas gracias a esa carta a los Reyes Magos, que con la candidez de un niño introduces en la urna lleno de esperanzas para que esos afortunados nombres de la papeleta se aprovechen de tu inocencia y te dejen a cambio c.a.r.b.ó.n. (corrupción, amiguismo, recesión, bancarrota, oprobio y nepotismo). 

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urna

caja de cristal, paradójicamente transparente, donde ilusos ciudadanos depositan sus votos, ocultos en sobres, que permitirán a una u otra casta de políticos gobernar con opacidad y desfachatez otros cuatro años más, durante los cuales la urna permanecerá arrinconada y llena de polvo, exactamente igual que los votos marchitos de esos desesperanzados ciudadanos.

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Real Madrid - Atlético. 4-1 (Santiago Bernabéu, 26 de noviembre)

De nuevo, el derbi de la marmota: otra victoria fácil madridista. Da igual cómo llegue uno y otro equipo al partido. Da igual lo que suceda durante el partido. Siempre acaba imponiéndose el Madrid. El complejo de inferioridad atlético es tal que salen derrotados de antemano.

Aunque el arranque atlético sembró dudas en los locales. Se posicionaron bien los pupilos de Manzano. Taparon a Xabi Alonso y evitaron la presión blanca. Al cuarto de hora se adelantó el Atlético gracias a una buena jugada de Adrián, que combinó con Diego y resolvió picando por encima de Casillas. En ese instante, la marmota parecía presagiar borrasca en el Bernabéu, pero en seguida se despejaron los nubarrones anunciados. Cristiano Ronaldo, muy activo durante la primera parte, filtró un pase al hueco a Benzema que fue claramente derribado por Courtois. Penalti, expulsión, gol y final del derbi. 

A partir de entonces el Atlético se dedicó a pegar más de la cuenta y a encomendarse a la virgen del cronómetro deseando el pitido final como único objetivo. El Madrid manejó perfectamente el encuentro. Fue aumentando poco a poco la tensión competitiva hasta que el equipo colchonero cayó de maduro. Xabi Alonso, tras el discutible cambio de Diego, se vio liberado y empezó a alumbrar el juego blanco con el consiguiente aumento de posesión. Durante la primera mitad aguantó el Atlético razonablemente bien. Apenas un disparo ajustado de Cristiano Ronaldo y otro a bocajarro de Benzema que salvó un defensa cruzándose providencialmente.

Sin embargo, en la segunda mitad el Atlético se deshizo como un azucarillo. Antes del minuto cinco, la velocidad del delantero portugués dejó en evidencia a Godín, que estuvo particularmente horrible en defensa, y asistió sin querer a Di María, que fusiló con violencia la portería rival. Curiosamente el Fideo volvió al equipo como un cañón después de su lesión muscular. Lástima que sea tan mal deportista y se pase el partido entero fingiendo o exagerando. Es exasperante su actitud llorona. A ver si consiguen educarlo y nos evita ese lamentable espectáculo "buyesco". 

El partido estaba finiquitado y el Madrid con el dominio absoluto. Salió Higuaín y anotó uno de sus goles de porfía: Godín dispuso de tres días y mil opciones para despejar un balón, pero ahí estaba Higuaín para aprovechar su indecisión. Fue un error patético, con resbalón incluido de Domínguez, que sentenció el derbi.

Con todo decidido, el Madrid se dedicó a contemporizar. El Atlético, completamente abatido, no volvió a inquietar la portería rival desde su tempranero gol. La afición se dedicó a disfrutar e, incluso, estuvo caliente gran parte del encuentro. Y así llegó el último de la noche, gracias a un penalti transformado por Cristiano Ronaldo, tras una increíble pared trazada entre éste e Higuaín, que Godín decidió afear abalanzándose sobre el Pipita. 

Con todos los madridistas celebrando la victoria, el Getafe nos regaló la segunda alegría de la noche derrotando al Barça y alejándolo a seis puntos del liderato. Noche redonda. 

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Dedos y edades

Hay un dedo para cada edad. Recién nacidos nos chupamos el pulgar a modo de pezón fake. Tan pequeños tenemos pocos vicios, y éste es uno de los pocos que nos podemos permitir. Además, el pulgar extendido muestra el ok del bebé, el asentimiento a todo lo que rodea su vida de no pegar un palo al agua.

De niños usamos el índice más que ningún otro dedo: para chivarnos de nuestros hermanos o compañeros de juegos con el dedo acusador extendido, o al levantarlo erguido hacia el techo del aula para responder a alguna pregunta del profesor. Ese dedo índice tiene la precisión de un puntero láser y la determinación de una flecha. 

En la juventud es el dedo corazón el más empleado. Ya sea para hacer el "fuck you" rebelde e impulsivo de joven sabelotodo o para solaz de los placeres eróticos recién descubiertos. Es el dedo más largo de todos, como no podía ser de otro modo. El que se usa con mayor ímpetu para lo bueno y para lo malo.

El dedo anular es el de la madurez, discreto y sobrio, apenas usado para sostener la alianza. No destaca absolutamente en nada; sin embargo, resulta difícil imaginar cualquier acción que pueda realizar la mano sin su melancólica presencia. 

Por último, tenemos el meñique, la metáfora perfecta de la vejez. Un dedo pequeño y encogido que apenas sirve para nada. Nos reímos de él cuando lo vemos orgulloso y erguido al levantar una taza; sin embargo, lo que nos está mostrando con esa vigorosa erección es nuestra propia dignidad. La dignidad que únicamente es posible adquirir tras largos y azarosos años de vida.

Así pues, los dedos de la mano contienen nuestra propia vida de forma sucesiva, como si de un contandor de edades se tratase. No son las líneas de la palma de la mano las que contienen el indescifrable códice de nuestra vida, sino los cinco dedos, que inexorablemente se van levantando uno a uno hasta tener los cinco dedos completamente extendidos dando el alto a la dama de negro, que se acerca menesterosa a darte su traicionera mano de despedida. 




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