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Piezas

Los viajes de Ósculo

Ósculo era un minúsculo chaval de apenas unos milímetros de estatura que vivía de boca en boca. Se trasladaba mediante besos, momento que aprovechaba para cambiar de boca. Así que viajaba gracias al afecto, la pasión y la lujuria. Con el tiempo había desarrollado un instinto especial para saber cuándo le interesaba cambiar de boca y cuándo no. Al acercarse otros labios y adentrarse en el interior de su húmedo hogar, enseguida valoraba las condiciones del nuevo hogar candidato: niveles de higiene, locuacidad, apetito y promiscuidad del individuo. Todos estos factores resultaban claves para tomar la decisión correcta.

La higiene bucal era el primer filtro a aplicar en la decisión. Si no cumplía los mínimos exigidos, esa boca era automáticamente descartada. No es lo mismo vivir en una boca “Listerine” limpia y fresca que en una hedionda y pringosa, llena de sarro, restos de comida y bacterias campando a sus anchas.

El resto de condiciones eran valoradas por Ósculo de uno u otro modo según su estado de ánimo. Si le apetecía una temporada de tranquilidad, buscaba bocas de personas poco habladoras, apenas comedoras y de costumbres monacales. Si, por el contrario, quería marcha, elegía bocas de personas extrovertidas, que fueran auténticos epulones y ardientes amantes.

Las personas silenciosas, con poco apetito y sin vida afectiva ni sexual le permitían tiempos largos de descanso, ya que la boca apenas se abría ni era invadida por alimentos o lenguas desconocidas. Debemos tener en cuenta que Ósculo había de estar permanentemente alerta para no precipitarse fuera de la boca o, aún peor, despeñarse por las profundidades de la garganta y morir. Era una especie de anfibio que necesitaba humedad y aire para vivir. En la boca de una persona con escasa vida social y apetito modesto el peligro era menor. Solía guarecerse en la parte inferior de la boca, entre la fila de dientes y el labio, a la altura de los primeros premolares. De este modo, un estornudo o un tosido repentinos eran menos peligrosos que en “boca abierta”. A veces, también descansaba en alguna caries, pero tras una mala experiencia en la que casi muere chafado por una espesa bola de pan prefirió no arriesgarse en pequeños lugares de difícil escapatoria.

Sus épocas activas las pasaba en bocas de gente divertida, locuaz, comilona y lujuriosa. Así conseguía viajar mucho y ver mundo, con continuos cambios de hogar. Ósculo veía el mundo a través de la mirada de la boca de otros. Más concretamente, a través del parpadeo de esas bocas, que se abrían y cerraban sin solución de continuidad en interminables tertulias de bar y en copiosas comidas que, a pesar del riesgo de morir masticado, suponían una excitante y frenética actividad por ver todo lo que sucedía afuera colgado desde lo alto de la campanilla para disfrutar de la mejor visión posible. Su habilidad era excepcional: sorteaba enormes grumos de comida, surfeaba olas de saliva y, cual trapecista, saltaba de la campanilla a la colchoneta de la lengua para volver sobre la campanilla o situarse en algún estratégico hueco entre los dientes. Cada vez que se abría la boca él estaba en la mejor posición para ver lo que acontecía allí afuera, en el luminoso y letal mundo exterior, tan sugerente y tan inaccesible para él. 

A pesar de todo lo descrito, el momento de mayor riesgo era el traslado; esto es, el cambio de una boca a otra. Encontrar el momento adecuado en medio de un apasionado beso era muy peligroso. Lidiar con dos lenguas en pleno frenesí, como si se tratase de dos monstruos de las profundidades abisales pugnando por el dominio del mar, suponía jugarse la vida en cada intento. Aún así, Ósculo siempre lo conseguía. Venciendo a los peligros y al miedo propio, saltaba a su nuevo hogar y se disponía a disfrutar de un nuevo y fascinante viaje. 

Mira en tu boca. A lo mejor se ha instalado durante un tiempo Ósculo ávido de sorpresas y nuevas experiencias. Regálale un bostezo de vez en cuando para que pueda contemplar con tranquilidad ese mundo exterior que tanto le entusiasma. 

Man on wire

Man on wire

El título hace referencia a un documental sensacional sobre el funámbulo francés Philippe Petit. Este bendito loco tendió un alambre en el World Trade Center un día de verano de 1974 y cruzó varias veces por él entre las azoteas de las dos torres gemelas. 

El documental se centra en la increíble proeza de Petit, sus antecedentes (Notre Dame, un puente de Sidney y otras locuras) y la preparación de su gran reto en Nueva York. Recoge grabaciones de la época y entrevistas al propio Philippe Petit y sus colaboradores treinta y pico años después (el documental se grabó en 2008).

Otro elemento que añade interés a esta curiosa historia es que evidentemente fue una aventura no permitida, es decir, se las tuvieron que ingeniar para subir a escondidas todo el material y montarlo de noche evitado la vigilancia de los guardas de seguridad de ambas torres. 

Al alba, tras varias peripecias e imprevistos, el equipo lo tenía todo dispuesto para que el extraordinario equilibrista caminase sobre el vacío a una altura superior a los 400 metros. Las imágenes son sobrecogedoras, alucinantes, flipantes...Y la cara de los transeúntes que poco a poco se congregaban debajo del minúsculo punto negro en movimiento aún más. Si se les hubiese aparecido la Virgen, su sorpresa hubiese sido menor. Además, el muy "vacilillas" dio ocho paseos entre un extremo y otro del alambre jugando con los policías que esperaban a uno y otro lado para detenerle.

El tal Philippe es bastante cargante. Sus declaraciones son lo peor del documental, no así las de sus colaboradores en esa súper aventura. Sin embargo, me causó una impresión bestial. Es realmente una hazaña impensable, una locura en la que siempre sale cruz, pero que en este caso salió sorprendentemente cara. 

Después de este reto, no siguió con otros similares. Imagino que no había nada más peligroso ni extraordinario por hacer después de sus ocho paseos entre las dos torres gemelas. En cualquier caso, ¡olé sus huevazos!

 

Libros (tipos de)

Hay libros aristocráticos, con sus tapas duras y las páginas gruesas donde las palabras fluyen claras y armoniosas dictadas por grandes autores, que nos regalan novelas célebres y ensayos brillantes. Las páginas crepitan al ser pasadas dejando tras de sí un ligero aroma a bosque recién llovido. Tener uno de estos ejemplares en las manos es un placer reposado, un orgasmo anunciado, un largo sorbo de felicidad.

Otros son como viejas burguesas venidas a menos, decorados pomposamente con pan de oro y letras góticas. Huelen a rancio, a naftalina. Se hojean entre pequeñas nubes de polvo debido al tiempo que hace que nadie los acaricia con sus dedos interesados. Suelen pertenecer a colecciones antiguas de folletines rosas o historias de aventuras poco aventuradas. 

También los hay nuevos ricos: esos súper ventas de portadas coloridas que colonizan las marquesinas de las ciudades y que van envueltos con una banda de Miss en la que algún crítico a sueldo entrecomilla algún halago impostado. Tienen centenares de páginas, casi tantas como millones ha costado su promoción. Abrirlo es como abrir una caja de fuegos artificiales: muy efectista al principio, con una nube de pólvora que se desvanece poco a poco después y nada más. Apestan a golosina, a pasajera frugalidad. Sus páginas satinadas son la metáfora perfecta de su aparente brillo evanescente. 

Algunos son jóvenes y rebeldes, pequeños libros de bolsillo de pocas páginas y letra pequeña, como exhalados por algún imberbe autor que se quiere comer el mundo además de los mocos. Los hay buenos y malos, muy malos. Sin embargo, son honestos, doblan sus tapas blandas ante la adversidad y se esconden tímidos tras algún ejemplar aristocrático de la estantería como muestra de respeto y conocimiento.

Por último, existen los libros bastardos, que son hijos de autores mentirosos y tramposos. En esta categoría se engloban principalmente los libros de autoayuda y las biografías autorizadas o sin autorizar de personajes sin la más mínima condición intelectual. Sus páginas son venenosas, inoculan un veneno lento pero letal, que incapacita al lector a medio y largo plazo a poder consumir y disfrutar otro tipo de libros. 

La Gran Vía (Antonio López, 1974-1981)

La Gran Vía (Antonio López, 1974-1981)

El célebre cuadro del pintor Antonio López es perfecto. No sólo por su realismo al reflejar la emblemática calle madrileña como si de una fotografía se tratase. También por su nivel de detalle y precisión. No en vano estuvo pintándolo durante cinco veranos seguidos, levantándose de madrugada para captar la primera luz del día y gozar de unos breves minutos de tranquilidad antes de que la Gran Vía luciese su bullicio habitual.

Lo cierto es que me hubiera gustado ser un jubilado insomne en 1975 y empezar mi día veraniego contemplando al pintor trabajando su obra. Excepto el madrugón, es un plan cojonudo: paseíto hasta el centro de Madrid con la agradable brisa y el silencio apenas roto del alba, admirar al maestro durante un rato y unas porras con chocolate entre lecturas de varios periódicos narrando los apasionantes acontecimientos de la época.

Lo que más me atrae del cuadro es su extraña realidad. Muestra el inicio de la Gran Vía desde la calle Alcalá hasta perder su perspectiva mucho más arriba, casi en Callao. Aunque algunos comercios han cambiado y muchos edificios han sido remozados, se reconoce perfectamente el lugar. Sin embargo, la ausencia de peatones y coches dota a la pintura de una irrealidad en aparente contradicción con el realismo de su estilo. Esa imposible Gran Vía vacía retrata una ciudad desnuda, una Madrid sin su agitación, sin sus gentes. Admirando el cuadro esperas que, en cualquier momento, surjan del óleo todas esas personas que pueblan habitualmente la Gran Vía y lo completen.

El autor está inmerso en la actualidad en el proyecto “Vuelo sobre la Gran Vía”, seis obras con perspectivas distintas sobre la Gran Vía y en diferentes horas del día.

Afortunadamente, el cuadro “Gran Vía” y otras muchas obras de Antonio López podrán ser contempladas en el Museo Thyssen de Madrid, en una exposición temporal, desde el 28 de junio hasta el 25 de septiembre. Yo no pienso perdérmela.

 

Gente que da rabia

La gente que se despide, tras una reunión de trabajo, con un ridículo ¡hablamos, pues! ¿Y qué coño hemos estado haciendo durante las dos horas anteriores? ¿No hemos hablado de nada acaso? ¿No hemos llegado a ningún acuerdo? ¿No han quedado claros los compromisos contraídos por todas las partes reunidas? En fin, la puta mala costumbre de no mantener el pico cerrado y decir chorradas en lugar de guardar silencio y despedirse con un simple ¡hasta luego!

La gente que exclama ¡andaaa! con fingida sorpresa e interés. O son unos aburridos de cojones y cualquier pequeña cosa que les cuentes les parece súper apasionante, o bien son unos falsos refalsos y te hacen la rosca sin motivo.

La gente que te da la mano flácida al saludarte o despedirte. Vamos a ver, a eso se le llama apretón de manos; por consiguiente, se ofrece la mano en tensión y se aprieta la del otro con vigor. Algunos parece que te estén ofreciendo la polla y no la mano al saludarte. Esos idiotas deben tener las erecciones como sus patéticos saludos.

La gente que trufa sus conversaciones de términos en inglés que, encima, pronuncian como el culo. Suelen ser tan bocazas como analfabetos.

La gente que de forma permanente tiene babillas en las comisuras de los labios. Es tan desagradable que les incrustaría en la boca un aspirador de dentista para retirarlas al momento.

La gente que viste camisas de cuello y puños blancos. Por favor, guardadlas en el armario y, de paso, os metéis vosotros también.  Una bolita de alcanfor en la boca y otra en el culo y aguantad hasta que se pongan otra vez de moda.

La gente que habla muy, pero que muy flojito. ¿Sois de la CIA? ¿De alguna orden monástica con voto de silencio? Subid el volumen ¡joder! que no os escuchamos.

La gente que cuenta pequeñas pero evidentes mentiras innecesarias. Están locos y son bobos.

La gente que escupe en la calle. Al cerdo que arroja un salivazo a un árbol de la acera, éste debiera responderle con un “resinazo” en pleno jeto. Y al guarro que lanza un lapo desde la ventanilla del coche, el asfalto debiera devolvérselo con un “alquitranazo” en un ojo.

La gente que cuenta sus intimidades con exhibicionismo impúdico y bobalicón a todo cristo. Deberían sellarles la boca con cemento.

La gente que dice “…a mi persona” en lugar de “…a mí”. Vuelta al colegio, diez cursos de educación obligatoria y, sólo entonces, reinserción en la sociedad.

La gente que te suelta una barbaridad acompañada del ventajista “es que yo soy así de sincero. No voy a cambiar”. Pues bien, imbécil, lo que eres es un maleducado. Y si no cambias, más te valdría vivir entre bestias.

La gente que habla a los jefes de un modo y a los subordinados de otro. Degradación o paro para todos ellos.

La gente que…

¡Puto misántropo!

Pensando

Pensando

Ideas flotando entre nebulosas de prejuicios.

Miedos que afloran en las esquinas del pensamiento.

Valores traicioneros que se prostituyen,

concubinas de la debilidad,

odaliscas de la cobardía:

la ominosa indignidad.

Formulaciones y reformulaciones,

interminables idas y venidas circulares.

Confusión angustiosa, respuestas no halladas.

Duelo al alba entre la imaginación y el dogma:

espadas de ingenio contra cañones de doctrina.

La primera yace herida tras el primer envite,

sangra ideas novedosas y desconocidas;

mas se levanta orgullosa sorteando obuses,

desafiando al duelista revivida, altanera.

¿Acaso triunfa el oscuro sueño? ¡No!

Me pellizco, luego existo.

Snobs en el museo

Tres snobs visitan la nueva colección de Jetinsky en el MCAM (Museo Coconut de Arte Moderno). Se detienen a admirar la obra estrella de la exposición: el cuadro “Punto negro sobre lienzo blanco”.

Sr. Snob: ¡Es fantástico, absolutamente fantástico!

Sra. Snob: Su mejor obra, sin duda.

Srta. Snob: ¡Oh-la-la!

Sr. Snob: Es cautivador. Cómo consigue conceptualizar todo su arte con esa sencillez. Tanta belleza, tanta emoción, tanta genialidad…¡Lo adoro!

Srta. Snob: ¡Oh-la-la! ¡Jetinsky mon amour, je t’aime!

Sra. Snob: ¡Magnífico! ¡Extraordinario! ¡¡¡Total!!!

Sr. Snob: En mi opinión el arte es un eructo, un pedete: una fugaz inspiración exhalada. Y Jetinsky su mayor exponente.

Srta. Snob: ¡Je, je! ¡Ji, ji! Un pedete, dices. ¡Je, je! ¡Ji, ji! ¡Cómo eres! Pues entonces me encanta el culete de Jetinsky.

Sra. Snob: ¡Qué vulgaridad! Los artistas pintan con el alma, no con el culo.

Sr. Snob: Te equivocas, querida, los artistas pintan con todo. El sentimiento es todo: alma, dedos, inspiración, culo…¡todo!

Srta. Snob: ¡Je, je! ¡Ji, ji!

El vigilante de la sala, harto de las estupideces de los tres snobs, activa la palanca y el suelo se abre debajo de los seis pies que sostienen a los tres gilipollas, que caen al foso de snobs, prácticamente lleno, ya que son las 12:00h. y el museo ya lleva dos horas abierto.

Roma Criminal

Roma Criminal

La serie Roma Criminal ha sido la última de mis adicciones. Acaba de concluir la segunda (y última, supongo) temporada en Canal +. La primera me gustó mucho, ésta me ha encantado.

Está basada en hechos reales: el crecimiento de una banda criminal - la banda de El Libanés - a finales de los setenta, su toma del poder en la ciudad de Roma y su posterior desintegración. Todo ello con las difíciles relaciones con la Mafia y la turbia intervención de los servicios secretos italianos. 

La banda está encabezada por un triunvirato que se conoce desde niños: el Frío, el Dandy y el Libanés, quien ejerce el liderato. Trafican, extorsionan y asesinan sin ninguna contemplación. La violencia está magistralmente presentada en la serie. De la otra parte de la ley, figura principalmente el comisario Scialoja, cuya integridad y perseverancia chocan una y otra vez con los intereses de la banda.

Además, el comisario Scialoja pugna con el Dandy por el amor de Patrizia, puta fina y novia del Dandy. El papel de Patrizia es genial: se balancea perfectamente entre su desbocado deseo por conseguir un nivel de vida lleno de lujos y sus sentimientos hacia el comisario de policía. Es una perfecta cínica, aunque para su desgracia también vive llena de amargura, que transmite con una languidez y frialdad heladoras. 

Al principio la banda triunfa y permanece unida, pero tras el asesinato de El Libanés y la subida al "trono" de Roma del Dandy todo cambia. Las traiciones afloran por doquier y las venganzas se desatan sin cesar. El Frío intenta infructuosamente mantener a la banda unida, pero sin éxito. A pesar de ser un asesino despiadado, tiene un sentimiento de la justicia y del honor inquebrantables. Sin duda, es mi favorito. Es uno de esos malos-buenos que enamoran. Silencioso, duro, digno...Frío.

La caída a los infiernos de la banda, las traiciones, las miserias de todos sus miembros están retratadas con maestría. La intervención de terceros (bandas rivales, la Camorra napolitana, los servicios secretos) se entremezcla de tal modo que dota de una complejidad absolutamente real a toda la trama. Y el final es sencillamente alucinante, brutal, inmejorable.

Además, la serie está perfectamente ambientada, los actores lo bordan y la música que la acompaña es buenísima. En definitiva, una serie cojonuda de factura italiana.  

El aburrimiento

Sabor a hiel, a ceniza, a tierra seca:

puto aburrimiento que se alía con la rutina.

Mediocres corifeos que aplauden su tediosa calma,

tantos como imbéciles medran a su alrededor.

Asco vital pudriéndose bajo el yugo laboral.

Tiempo perdido, tiempo muerto, tiempo inexistente.

Sísifo bosteza cansino, Tartufo sonríe ladino.

Siempre vence el muy hijo de puta.

Hilos de pastoso remordimiento gorgoteando culpa,

vahídos quejumbrosos exhalando estúpidas excusas.

Sueños truncados antes de ser soñados,

esperanzas desvanecidas tan pronto imaginadas.

Claustrofobia interna, soledad externa.

Insoportable fuego interior atrapado en el hielo exterior.

Aburridos seres crepusculares enterrando ilusiones.

Analfabetos, incultos e idiotas pisoteando bajo la hojarasca

cualquier pequeño brote de interés o pasión.

Repetición, imitación, copia, plagio…vulgarización.

Raíces fértiles de la imaginación agostadas en la tundra estéril de la realidad,

hojas tiernas de ilusión pugnando por las escasas gotas de diversión de la ciénaga.

Océanos en charcas, mares evaporados, ríos de piedras.

Sed agobiante, sed menesterosa, sed sedienta.

Rencoroso, castrante y pegajoso aburrimiento:

que te jodan, me río de ti y de los tuyos.

 

El pijikumba del Himalaya

En los últimos años se ha puesto muy de moda un tipo de viaje impostado: larga estancia, de unos pocos meses, en algún país o zona del planeta que no pertenece al Primer Mundo. El paradigma en un principio fue la India, ahora lo es el Himalaya.

El pijikumba adora este tipo de viajes, que califica con pomposa petulancia de iniciáticos o, incluso, catárticos, en los que ha conseguido descubrirse a sí mismo. Como si no bastase con un simple espejo de reflexión para descubrirse a uno mismo. Habla de experiencia personal más que de viaje. En lugar de narrar con entusiasmo los lugares visitados, las anécdotas acontecidas o la peculiar gastronomía de la zona, como hace el viajero aventurero, se centra en una especie de misticismo interior que ha aflorado en ese mágico lugar y que, sin duda, es lo mejor que le ha sucedido en la vida. No habla del viaje, sino de sí mismo. Como mucho hace referencia a esas gentes de las que tanto ha aprendido por la paz interior que transmiten, la sabiduría que emanan y la forma de vida tan diferente que llevan. Evidentemente, con esa gente no ha hablado, ya que no se han podido entender, hablan idiomas completamente diferentes. Pero el pijikumba deduce de sus gestos y los breves instantes que ha compartido con ellos esas conclusiones autocomplacientes que le hacen sentir tan bien. De hecho, el pijikumba ya tenía ese cliché antes del viaje, así que no hace más que aplicarlo. Está tan lleno de prejuicios y giliflauteces que es incapaz de ofrecer una visión personal.

Otra característica habitual es la soledad. Viajar solo es importantísimo, únicamente de este modo puede vivirse y sentirse esa experiencia de forma plena y verdadera. En realidad, no es más que otro síntoma del superlativo ego del pijikumba, que se basta solo para viajar, vivir y sentir. Es esa misma superioridad con la que después contará su increíble experiencia a los demás, trufando sus explicaciones de lugares comunes y manidos aforismos que hieden a moho intelectual.

El pijikumba camina por las laderas del Himalaya con una chiruca en un pie y una zapatilla Nike de trekking súper cara en el otro. Camina sobre sus propias contradicciones. Quiere mostrarse a los demás en su aspecto exterior como un kumba para así intentar disimular al pijo que lleva dentro, pero le delata cualquier pequeño detalle, puesto que adora las comodidades como el que más. Su camiseta puede estar raída y con la vela de Amnistía Internacional parcialmente borrada de tanto uso, pero dentro de la mochila lleva su ipad 2 y su iphone 4. El pijikumba es una ilusión, un personaje que dura unos años y desaparece dejando tras de sí un montón de chorradas impostadas y fotografías con pelo sucio y barba de dos semanas.

Me fascina la gente que viaja, los aventureros que te cuentan sus viajes con la pasión revelada en sus ojos y la boca seca de tantos detalles y curiosidades interesantes, que te embriagan hasta desear tú partir ese mismo día para vivir esas mismas historias y visitar esos mismos lugares. De otra parte, abomino de los pijikumbas que te cuentan sus viajes de diseño con tono aburrido y monocorde de sermón dominical y empalagoso aire de superioridad que, en realidad, no es más que ridícula fatuidad. 

La leyenda de San Jorge (versión gay)

Hallábase San Jorge en una monta de yeguas cuando fue alertado que la siguiente ofrenda al insaciable dragón no sería una de las jóvenes doncellas campesinas, sino un caballero de tan reconocida hidalguía como amaneramiento: su chulazo Adolfo.

San Jorge empezó a gritar histérico "¡Mi Ado no, mi Ado no!" Presa de un ataque de nervios, golpeó a sus siervos y al resto de caballeros que le acompañaban en la monta. Hubo de ser maniatado y calmado con viejos remedios de brujas. Al tercer día despertó y consiguió deshacerse de sus ataduras. Montó su caballo y partió de vuelta a casa. 

Al llegar a los confines de su condado, centenares de personas huían despavoridas hacia las cuevas abandonadas del valle. Les preguntó qué sucedía y todos respondían lo mismo: ¡la bestia ha vuelto! ¡Ha vuelto más fiera y hambrienta que nunca!

Cerca de las murallas gritó: ¡abrid, el señor del castillo ha llegado! Entró y en el patio de armas encontró decenas de cuerpos ensangrentados y abrasados. El olor a carne quemada y los gritos de pánico embriagaban los sentidos. Allí, frente al temible dragón lanzando llamaradas por su enorme boca, se encontraba Adolfo envuelto en sedas y perfumado, con su aspecto frágil y afeminado acentuado por el miedo a la bestia.

San Jorge frenó su espectacular corcel roano, que levantó las patas delanteras desafiante, y se dispuso a hacer frente al dragón. Su armadura brillaba llena de ornamentos labrados por los mejores orfebres y su yelmo estaba coronado por un morrión con un enorme plumaje color esmeralda. Miró a Adolfo, le guiñó un ojo y cabalgó hacia la muerte con su lanza fuertemente prendida. Segundos después el dragón yacía inerte sobre la arena y San Jorge permanecía erguido y orgulloso sobre un enorme charco de sangre. Adolfo se abalanzó sobre él y San Jorge lo cogió en volandas. El caballero y la reinona se abrazaron largamente. 

Dicen que del charco de sangre brotaron rosas. En realidad, fue Adolfo quien siendo un gran aficionado a la jardinería plantó unos rosales en el patio. Y así, entre rosas y montas, vivieron felices y comieron...bueno, lo que (se) comieron es cosa de ellos, pero seguramente no se trataba de perdices.

Parábola del niño santo y un pelín cabroncete de Emaús

Hallábase el niño santo de Emaús correteando por el camino que llevaba a Jerusalén, cuando de repente se cruzó con un viejo harapiento apenas sostenido por un bastón. El anciano extrajo una bolsa sucia y raída de debajo del sudado blusón y le gritó al niño santo de Emaús: “¡Niño! ¿Quieres un poco de mirra? Es de la buena”. A lo que éste respondió: “No, gracias, señor. Soy celíaco”. El viejo, sorprendido, le inquirió: “Pero vamos a ver niñito, la mirra no tiene gluten”. “Ya, ya, pero es que no sé qué es la mirra; así que no la quiero”, insistió el niño santo de Emaús. “¿No sabes lo que es la mirra? ¿No serás acaso el Mesías?”, exclamó sorprendido el anciano, continuando con una retahíla de rezos y balbuceos incomprensibles.

El niño santo de Emaús interrumpió al viejito para preguntarle: “¿Quién es ese Mesías?”. El viejo, visiblemente alterado, se arrodilló y besó los pies del niño santo de Emaús: “¡Alabado seas! ¡Sea bienvenida tu gracia! ¡Dame una orden y te obedeceré! ¡Dame cien y las cumpliré!”.

El niño santo de Emaús, francamente alucinado, le dijo a su repentino siervo: “Eeeeh, vamos a ver…¡Cómete un poco de esa mirra que llevas!”. El anciano abrió los ojos con asombro, cogió un pellizco de mirra, se la metió en la boca y tras ensalivarla con mucho esfuerzo se la tragó. “¡Ya está! ¿Qué más quieres que haga? ¡Alabado seas! ¡El Mesías ha sido enviado por el Señor!”. Entonces el niño santo de Emaús, conteniendo la risa a duras penas, ordenó al viejito: “Parte hacia Arimatea y que coman de tu mirra todos los hombres y mujeres hambrientos”. “¡Así será!”, exclamó con júbilo el harapiento anciano. El niño santo de Emaús continuó su camino jugueteando con una piedrecita, que chutaba primero con un pie y después con el otro, entre carcajada y carcajada recordando su extraño encuentro.

A los pocos días, llegó a Emaús la noticia de que en Arimatea había enfermado gran parte de la población. Padecían terribles dolores de barriga, vómitos e hinchazón abdominal. Ninguno sanaba y algunos ya habían fallecido. Se acusaba a un harapiento anciano de haberlos envenenado. El niño santo de Emaús pensó: “¡Ups! ¿Me habrá hecho caso aquel viejito y se habrán comido en Arimatea esa asquerosidad que ni me acuerdo cómo se llamaba?”. Así que decidió marchar hacia Arimatea y comprobarlo él mismo.

Al llegar a las afueras de la ciudad, un hediondo olor a resina regurgitada inundaba todo el valle. A medida que se adentraba en Arimatea, hombres y mujeres yacían en el suelo encorvados, sufriendo arcadas ininterrumpidamente y bramando de dolor. En un hueco de la muralla vio una bolsa sucia, raída y vacía, que le resultó familiar. El niño santo de Emaús se dio la vuelta, gimoteó para sí “¡Joé, la he liado parda!” y volvió a Emaús.

Enseñanza bíblica: Los ricos habitantes de Arimatea fueron castigados con la ira de Dios por su glotonería y codicia desmesuradas.

Enseñanza apócrifa: No se debe dejar que un niño dé órdenes, ni siquiera a un pobre viejo orate. Y aún menos cuando hay mirra de por medio.

"¡Indignaos!", el librito-panfleto de Stéphane Hessel

"¡Indignaos!", el librito-panfleto de Stéphane Hessel

El librito del nonagenario francés está teniendo un éxito inmerecido, que refleja a las claras la mediocridad reinante.

¿Qué dice el libro? Nada, absolutamente nada interesante. Apenas 30 páginas de lugares comunes acerca de la indiferencia de los acomodados ciudadanos del primer mundo. Ni un diagnóstico mínimamente elaborado ni, por supuesto, el más pequeño atisbo de solución. Estamos ante una reflexión en voz alta de un hombre de 93 años, poco más. Sin embargo, se ha convertido en un éxito editorial con cerca de dos millones de ejemplares vendidos en Francia y publicación en otros veintitantos países.

Probablemente, lo único mínimamente interesante sean las notas del editor, que repasan la biografía del autor: pertenencia a la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, su internamiento en campos de concentración y su participación en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. 

Así pues, nos encontramos ante un panfletillo que se lee en 30 minutos del que mucha gente se está haciendo eco. Es alucinante y, sobre todo, decepcionante que disfrute de este éxito. Muestra qué tipo de pensamiento se ha instalado en nuestras sociedades bienestantes, que adolece del más mínimo sentido crítico y prefiere ideas simplonas y fáciles de deglutir, especialmente si éstas son ideas de masas. 

Es ridículo y patético que alguno de esos lectores se haya podido conmover al leer este librito porque no dice nada. Ni siquiera se dan cuenta esos estúpidos "indignados" que con su actitud impostadamente vociferante ante lo que supuestamente denuncia Hessel, se convierten en lo que el autor denuncia con respecto a la indiferencia de los jóvenes: idiotas fácilmente manipulables por los "mass media". 

A mí sí que me ha indignado la repercusión del libro "¡Indignaos!". Pero no con el autor o el editor, que estarán recogiendo los frutos de su apuesta - el primero en forma de vanidad en las postrimerías de su vida y el segundo en forma de pingües beneficios - y de la que me alegro en ambos casos, sino con los lectores que se hayan sentido repentinamente indignados. Si necesitaban esta lectura para súbitamente descubrir motivos de indignación, significa que en algún momento de sus vidas fueron lobotomizados y nunca jamás dispondrán del más mínimo buen juicio para nada.

Y después nos preguntamos por qué tenemos los políticos que tenemos, por qué sufrimos la televisión que sufrimos y por qué suceden las cosas que suceden. Sencillamente porque un librito como el de Hessel tiene el éxito que tiene. Es el paradigma perfecto de nuestra sociedad: producto fácil de consumir y autocomplaciente para ciudadanos intelectualmente castrados. 

El triunfo de la comunicación

Señor A: ¡Oye!

Señor B: ¿Sí?

A: ¿Qué pasa?

B: ¿Qué va a pasar?

A: ¡Hombre! Tú dirás.

B: ¿El qué?

A: Pues…eso.

B: ¡Aaah, vale!

A: ¿Ves cómo…?

B: Ya, ya…

A: Anda que no.

B: Bueno, tampoco...

A: ¡No me jodas!

B: Vale, vale, sí.

A: ¿Entonces?

B: Entonces, eso.

A: ¿Tengo razón o no?

B: Bueno, sí.

A: Si ya sabía yo…

B: ¿Para qué preguntas, pues?

A: Sólo para confirmar.

B: ¡Qué cabrón!

El maravilloso mundo de los sobreentendidos es tan habitual que apenas reparamos en ello. Es usado por personas con mucha complicidad que con pocas palabras se entienden. Asimismo, sirve como comodín para casi desconocidos que pueden mantener una conversación vacua sin rubor. Pero también es muy útil para la gente taimada que intenta sacar información de los demás. Y, por último, es una bendición para los necios, que nunca tienen nada que decirse.

El cazador (The deer hunter, 1978)

El cazador (The deer hunter, 1978)

La película más deprimente que he visto. Y la habré visto al menos diez veces. Parece que está siempre al acecho esperándome en algún canal a horas intempestivas, y caigo en sus redes sin apenas oponer resistencia una y otra vez.

Me captura desde el inicio y me tiene angustiado las tres horas largas que dura. Su atmósfera es lóbrega, sus personajes atormentados por diferentes motivos, su presente claustrofóbico, su futuro descorazonador.

Empieza con la boda de uno de los tres amigos que están a punto de ir a combatir a Vietnam y la posterior cacería de ciervos. Es una primera parte que muestra a unos jóvenes de una población industrial norteamericana azotada por la crisis, pero con toda una vida por delante.

La segunda parte irrumpe de forma abrupta con los tres amigos (encarnados por Robert de Niro, Christopher Walken y John Savage) capturados por el vietcong. Aquí se desarrolla la celebérrima escena de la ruleta rusa, que trastorna al personaje de Christopher Walken, y que es tan cruda y tensa que te hace sufrir como a un condenado. A partir de aquí todo empeora, sus vidas acaban por desmoronarse.

Steven y Nick aparentemente sufren las peores consecuencias de la guerra. Uno no vuelve a casa quedándose en Vietnam como descontrolado y ensimismado jugador de ruleta rusa y el otro queda paralítico y renuncia a vivir con su reciente esposa. Michael (de Niro), sin embargo, regresa con todos los honores, pero terriblemente marcado por lo sucedido. Además, está enamorado de la novia (interpretada por Meryl Streep) de uno de sus amigos. Su sentimiento de culpa es absoluto. Su incapacidad para mostrarlo y superarlo total, por lo que no consigue adaptarse en su vuelta. La larga escena de la segunda cacería es pura poesía, lo mejor de la película. 

Finalmente opta por volver a Vietnam para recuperar a su amigo enloquecido. El desenlace final no lo contaré por si algún incauto desea verla y estar atrapado tres asfixiantes horas en esta obra maestra del cine. 

Nota: Aprovechando que hablamos de cine, esta semana ha muerto Elisabeth Taylor (y sus asombrosos ojos color violeta) e Informe Semanal ha hecho un reportaje sobre ella. Lo ha escrito y narrado Vicente Romero, un veterano periodista curtido en mil guerras como reportero. Me ha parecido excepcional el tono, la opinión y el enfoque de este periodista que está de vuelta de todo. Imagino que se podrá ver a través de la web de rtve, así que lo recomiendo fervientemente. 

Breve ensayo sobre la felicidad

Tesis: La felicidad sólo existe verdaderamente en modo diferido. Los momentos comúnmente identificados como de felicidad son simples destellos más o menos prolongados de excitación, pasión, extraversión o simple diversión. Están cargados de la subjetividad del instante, de la agitación con la que se viven, del propio hecho de estar disfrutándolos entre fascinados y admirados. 

La verdadera felicidad se percibe en toda su magnitud una vez transcurridos esos momentos de supuesta felicidad, cuando son recordados y paladeados con objetiva tranquilidad, abstrayéndose de las emociones del momento en que suceden. Únicamente así la sensación de absoluta felicidad nos embarga por completo, haciéndonos disfrutar plenamente tiempo después de que haya sucedido. 

Antítesis: Los niños no difieren la felicidad, la viven al instante, cuando aparece. No son capaces de disfrutarla de modo diferido. Sencillamente, la disfrutan en toda su plenitud en el momento de vivirla. 

Los niños transitan de la felicidad a la tristeza y de la tristeza a la felicidad de forma vertiginosa, casi instantánea. Esta asombrosa capacidad para cambiar su estado de ánimo les posibilita disfrutar de la felicidad en presente.

Síntesis: De mayores nos cuesta vivir la felicidad en tiempo real porque la contraponemos a la tristeza. Ambas son creencias y vivencias objetivadas, sabemos que existe una porque existe la otra, y hemos tenido tiempo de conocerlas a las dos. El mero hecho de saber que ese momento de felicidad puede ser interrumpido en cualquier instante nos impide disfrutarlo plenamente en presente. Únicamente podemos sentir esa felicidad plena cuando la recordamos, transcurrido un tiempo, después de saber que esos momentos de felicidad perfectamente acotados ya nada ni nadie puede estropearlos porque pertenecen al pasado. 

Sin embargo, para los niños felicidad y tristeza no son antitéticos. Son dos sensaciones más, como el sueño o el hambre. No confrontan a una contra la otra. Las viven de forma conjunta y pueden pasar de una a la otra sin solución de continuidad.

Así pues, los que no son niños que más consigan alejar a la tristeza del otro lado de la trinchera de la felicidad y asomarse por encima de ella sin miedo, más cerca estarán de vivir la felicidad en presente. 

Una teoría sobre Garbo

La increíble y fascinante historia de Joan Pujol, apodado Garbo por el MI5, es tan admirable como sorprendente. Este agente doble engañó por completo a la Abwehr, el servicio secreto alemán, durante la Segunda Guerra Mundial y resultó clave en las tareas de desinformación durante el desembarco de Normandía, haciendo creer a los alemanes que el desembarco se produciría en Calais.

Tejió una red de mentiras y agentes inventados a lo largo de todo el planeta tan compleja y verosímil que, con la ayuda del MI5, consiguió engañar durante años a los nazis. De hecho, una vez finalizada la guerra, su contacto alemán en Madrid le dio una enorme suma de dinero en agradecimiento por los servicios prestados. Es más, recibió cantidades ingentes de dinero de los alemanes durante la guerra para pagar a su red de agentes inventados, que sirvió para financiar algunas de las operaciones de contraespionaje del MI5 británico.

Fue el agente doble perfecto. La única persona que obtuvo durante la Segunda Guerra Mundial las máximas distinciones de ambos bandos: la Cruz de Hierro del Reich y la Orden del Imperio Británico. ¡Alucinante!

Cuesta creer que los alemanes fuesen tan tontos. ¿Cómo consiguió engañarles durante tanto tiempo? Dicen que sus mensajes estaban llenos de una pasión, de una implicación tal, que estaban provistos de una verosimilitud imposible de no creer. Personalmente, creo que Garbo, Joan Pujol, era un “bendito loco”, una de esas personas que se crean una vida paralela gracias a una imaginación desbordante y a una mente algo perturbada. Ni siquiera pienso que fuese un anti-nazi convencido. Simplemente encontró el modo de hacer lo que más le gustaba – inventarse historias – con los mejores medios posibles: el servicio secreto británico de su graciosa majestad. Nunca pidió conocer nada ni a nadie más del MI5. Únicamente tenía interlocución con uno de sus agentes. Así que imagino que no tenía una verdadera vocación de espía, sino tan sólo una casi enfermiza pasión por inventar, por dar rienda suelta a su prodigiosa imaginación. La paradoja es que se convirtió en uno de los mejores espías de la historia.

Después de la guerra, se inventó su propia y rocambolesca muerte en Angola por la mordedura de una serpiente y dejó a su mujer e hijos en España para establecerse en Venezuela, donde creó una nueva familia y vivió durante años desaparecido.

Al acercarse el 40 aniversario del desembarco de Normandía, un miembro del MI5 empezó a investigar la sospechosa desaparición de Garbo y lo localizó en Venezuela. En 1984 emergió de nuevo, para sorpresa de su primera familia que lo creía muerto, y fue agasajado por los británicos otra vez. Pocos años después falleció este curiosísimo hombre, cuya historia es absolutamente desconcertante.

Las Islas Lofoten

Las Islas Lofoten

Este archipiélago situado al noroeste de Noruega, en pleno mar del norte, está tan poco poblado que tiene una de las densidades de población más bajas de Europa. Sin duda, el intenso frío y los larguísimos inviernos sin apenas luz disuaden a muchos. No obstante, el corto periodo estival ha de ser un paraíso de tranquilidad, vastos paisajes, mar por horizonte y sol de medianoche.

El terreno es baratísimo, a pesar del elevado nivel de vida de Noruega, por lo que hacerse una casa cuesta bien poco. Incluso una familia se ha instalado en un antiguo aeródromo abandonado, teniendo la desvencijada torre de control como futuro salón panorámico.

Viven fundamentalmente de la pesca del bacalao y del turismo. La primera actividad ha sido el sustento de sus moradores durante siglos. Una vez pescado, lo dejan secar - lo cual provoca un olor nada agradable - y, después, lo exportan. Muchos de estos bacalaos pescados en las Lofoten son enviados a EEUU; por ejemplo a Minnesota, estado donde la inmigración escandinava fue masiva y en la actualidad posee una tercera parte de la población descendiente de Noruega, Suecia y Dinamarca. Todavía hoy día en Minnesota preparan el plato tradicional "lutefisk" con bacalaos traídos desde Noruega.

Una tradición muy agradable de estas gélidas islas es tomarse una bebida con amigos y familiares en unas enormes barricas de madera llenas de agua caliente a la intemperie. Imagino que es la mejor manera de socializar, ya que por muy mal que te caigan tus compañeros de jacuzzi-barrica seguro que son mejores a abandonarla y morirte de frío.

Y lo mejor de todo ha de ser estar a la una de la madrugada sentado en una de las resguardadas laderas de sus montañas mirando al horizonte, que se diluye entre escarpados acantilados de islas lejanas, el extenso océano y el sol cobrizo y bajo de medianoche. 

El triunfo de la muerte (P. Brueghel, 1562)

El triunfo de la muerte (P. Brueghel, 1562)

El título del cuadro debería ser más específico: el triunfo definitivo de la muerte, ya que es el Apocalipsis lo que muestra, el fin del mundo. Realmente sobrecoge la obra de Brueghel. Mires donde mires aparecen escenas desoladoras. La muerte está presente por doquier, consumada o a punto de consumarse. También está representada de forma evidente por las hordas de esqueletos que acechan pertrechadas detrás de ataúdes empleados como escudos. No hay respiro, la obra rezuma muerte por los cuatro costados.

La muerte se presenta como una orgía de barbarie en la que nadie queda a salvo. Los asesinatos se cometen de formas variadas y atroces. La destrucción inunda el cuadro desde el fondo del mar, donde los barcos arden y se hunden, y va revelándose evidente en todos los lugares.

La luminosidad de la pintura es lóbrega, tenebrosa. Podría tratarse de cualquier hora del día, ya que el cielo está cubierto de humo y fuego. Da la sensación de que la devastación comenzó hace horas, incluso días, y que se va a prolongar aún durante un tiempo, lo cual estremece más si cabe.

Este cuadro me gusta por su crudeza y por su realismo surrealista. En comparación con "El jardín de las delicias" de El Bosco, que sí que es enteramente surrealista e incluso moderno, "El triunfo de la muerte" es asombrosamente real.

Me hubiese encantado estar al lado del pintor durante todo el proceso de creación, del mismo modo que hizo Víctor Erice hace unos años con Antonio López en la sorprendente película "El sol del membrillo".

Señor Ñu

Tengo un ñu de mascota. Se llama Señor Ñu. Es hembra, pero prefiero llamarle señor, encaja mejor con su aspecto.

A Señor Ñu me la encontré un día, hará aproximadamente un par de años, en la sierra de Mágina. Se había unido a un rebaño trashumante de ovejas, pero le hacían el vacío. Las ovejas son muy bobas, pero muy putas.

En seguida conectamos. Yo le hablé de los documentales de La 2, de lo peligrosas que me parecían las migraciones, de lo mucho que admiraba a los ñus, a las cebras y a las gacelas de Thompson. Él, bueno, ella me habló que no era para tanto, que el cine y la televisión todo lo magnifican, que había participado en dos de esos rodajes de documentales y todo estaba preparado. Los animales que se zampan los leones y las hienas en las llanuras y los que descuartizan en apenas segundos al cruzar el río los cocodrilos pertenecen todos al sindicato de víctimas del Serengeti, que pacta anualmente con la patronal de depredadores el número de presas. Los elegidos son voluntarios enfermos o viejos, que se sacrifican a cambio de las mejores zonas de pasto para sus familias.

Una vez en casa, se acomodó en el salón, al lado de la ventana de la terraza. En verano pasa largas horas tumbada en el fresco suelo de baldosas y en invierno se acurruca en el sofá, hecha un ovillo y con la manta que ella misma se acomoda con sus pequeños y hábiles cuernos.

Adora National Geographic , el Canal Odisea y ¡cómo no! los reportajes de las tardes de La 2. Es su forma de matar la nostalgia que a veces le aflige. Apenas come, algunas hojas de acelgas y unas judías verdes de vez en cuando. Eso sí, es una fanática del té. No se acuesta sin haber tomado su Earl Grey con leche.

Con las visitas se muestra amable y conversadora. Le gusta escuchar y aprender. Sólo se pone tensa cuando se raja de los vegetarianos, algo muy común en casa. Es lo que tienen estos herbívoros: son muy gremiales.

Es prácticamente autosuficiente. Va al baño sola (incluso tira de la cadena), por lo que no necesita que la pasee. Además, cuando hemos salido a dar una vuelta se ha sentido demasiado observada. La gente es la leche, porque no la miran mal por ser un ñu, sino por ser negra.

Y lo mejor de todo es que siempre que llegas a casa te espera moviendo ese espantoso rabo en forma de plumero loca de contenta, repiqueteando con sus cascos presa de la emoción y babeando abundantemente.

Señor Ñu: una buena amiga, una excelente mascota.