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Piezas

Rimbombante y Sosete van de compras

Rimbombante es una ardilla hetero, pero adicto a la moda, cuyo mayor sueño es conocer personalmente a Karl Lagerfeld. Sosete es un topo seminarista, lleno de misticismo y descuidado hasta la náusea con su aspecto. Ambos trabaron amistad en su infancia al compartir juegos en el mismo jardín. Rimbombante enterraba sus nueces y bellotas bajo tierra y obturaba los túneles construidos por Sosete. Lo que en principio empezó como un conflicto acabó convirtiéndose en una bonita y curiosa amistad.

Rimbombante adora pasear por los bulevares más exclusivos y entrar en las tiendas de las firmas más caras. Sosete odia este plan, pero acepta con resignación cristiana los gustos de su coqueto amigo.

El trajín de probaturas, modelitos, bolsas y prendas empieza en Armani. Rimbombante escoge un terno azul marino aterciopelado. La levita abre sus faldones entre su cardada cola, el pantalón le va tan grande que parece Charlot y el chaleco está acabado con unos enormes botones dorados impropios de su atractiva prestancia. Sosete tuerce el gesto y, aún sin ver un carajo, desaprueba la elección de su amigo agitando sus bigotes. Rimbombante insiste y hace que le doblen el pantalón y le traigan otro chaleco más discreto. Poco después, se lleva las tres piezas con una enorme sonrisa en la boca. Sosete acarrea con las bolsas, su amigo necesita tener las zarpas libres para poder curiosear a gusto.

La siguiente parada es Hermès, donde se prueba no menos de veinte corbatas. Todas le gustan, todas las compraría, todas las combina con alguna camisa o chaqueta comprada o por comprar.  Sus ojos brillan como los marcos dorados de los espejos de la tienda. Sosete le advierte que las corbatas le hacen ridículo y que le incomodarán cuando roa frutos secos. Rimbombante le manda callar: “¡No digas eso! ¿Qué van a pensar de mí?”. Sosete le responde: “Nada malo. Únicamente que eres la ardilla más cursi desde Banner y Flappy”.

Tras visitar otras muchas tiendas y comprar un sinfín de ropa, toda para Rimbombante, finalmente entran en Louis Vuitton.  De repente, Sosete exclama un “¡oooh!” casi orgásmico. Se ha enamorado de una maleta. Su color terroso, el tacto veteado de su piel, la oscuridad que esconde en su interior despiertan en el tímido topo un deseo irrefrenable de tenerla. Sin apenas pensar, la coge y la lleva al mostrador de caja, donde pregunta el precio. Al informarle del precio el dependiente, con fingida naturalidad, su cara de topo adquiere una expresividad tan poco habitual, que provoca risitas entre clientes y empleados. Rimbombante salta rápidamente sobre el mostrador y saca su visa platino desafiante, mientras exige al dependiente impertinente: “Nos llevamos esta maleta y todas las del conjunto, además de sus respectivos neceseres y bolsos de mano. Incluso si hubiera riñoneras y hasta alforjas del mismo diseño nos las querríamos llevar también. Y rápido, que tenemos subasta de joyas en Sotheby’s”.

Moraleja: No vayas de compras sin un amigo rico; o no vayas de compras sin una ardilla; o no vayas de compras a Louis Vuitton; o no pongas cara de topo asombrado si eres un topo asombrado cuando un empleado de Louis Vuitton te informe del precio de uno de sus lujosos artículos.

Berbie, la zamburiña con claustrofobia

Nacer molusco ya es de por sí una putada, ya que estás abocado a morir cocido en una olla rodeado de congéneres desesperados repiqueteando histéricamente las valvas. Pero el colmo de un molusco es padecer claustrofobia desde el nacimiento.

Berbie nació de madre berberecho y padre mejillón. Su concha era estriada y de color negro con motas grises, que le proporcionaba un aspecto atigrado muy atractivo para hembras y depredadores.

Desde pequeño se mostró extrovertido y juguetón. Sus padres sufrían por él, ya que debían vigilarle constantemente al estar siempre con las dos conchas abiertas de par en par.  Conforme fue creciendo y percibiendo los peligros de su forma de vida, dejó de mostrarse tan exuberante y abierto. No obstante, su carácter se agrió, su alegría desapareció por completo.

Cuando el caballito de mar avisaba de la presencia de depredadores y se ponían todos a cubierto cerrando sus valvas, Berbie sufría lo indecible encerrado en sí mismo. Su defensa se convirtió en su yugo. Mientras permanecía cerrado, completamente a oscuras, padecía temblores y angustia. Sentía miedo a abrirse y morir devorado, pero también le atormentaba permanecer encerrado, atrapado dentro de sus propias conchas.

Intentó buscar cobijo entre los tentáculos de un calamar, pero la pretendida simbiosis no funcionó. Los continuos movimientos de los tentáculos hacían cosquillas a Berbie, que se cerraba brusca y repentinamente como acto reflejo, sumergiéndole de nuevo en su patológica claustrofobia.

Forró la parte interior de sus valvas con algas que producían irisaciones azules que simulaban el entorno marino, provocando una aparente sensación de profundidad. Pero no era suficiente. Necesitaba abrirse, salir de la prisión de su dermatoesqueleto.

Un afortunado día de fuertes corrientes marinas, Berbie estornudó y se vio liberado de repente de sus dos conchas. Al principio se asustó, pero en seguida comenzó a nadar tan rápido que pronto se alejó por completo de cualquier lugar anteriormente explorado. Siguió y siguió nadando hasta desaparecer.

¿Qué fue de Berbie? Probablemente no duró mucho y acabó en la panza de alguna ballena junto a una tonelada de pequeños bichitos. O a lo mejor sigue nadando y nadando feliz, despojado de su fobia y disfrutando de su extraña desnudez.

 

La evolución de los yogures

Cuando era pequeño había únicamente dos tipos de yogures: los naturales y los de frutas. Me parecía una categorización perfecta, dividida en dos grupos sin intersección posible. Sabías perfectamente lo que comprabas y consumías. La vida en general y los yogures en particular eran todo certidumbre. 

Los naturales se vendían en envases de cristal, que mostraban el producto sin pudor, y se les añadía tanta azúcar como cupiese. Normalmente, hasta que tu madre decía: "¡Niño, basta! ...que se te van a caer los dientes de tanta azúcar", con ese tono sentencioso que usaban las madres para aplacar cualquier posible controversia sobre sus peregrinas teorías. A mí siempre me pareció absurdo que se te cayesen los dientes de leche por comer más azúcar. ¿No le echaban abundante azúcar esas mismas madres a la leche? Pues eso, ¿no eran conscientes de su contradicción? En fin, nunca me atreví a preguntarlo. Posiblemente se me hubiesen caído entonces los dientes de leche, pero de un guantazo.

Hoy día, no obstante, las cosas han cambiado. Los yogures ofrecen tantas variedades, sabores, envases y cualidades diferentes, que es imposible trazar una línea clara entre unos y otros. Los hay de envase de plástico o de cristal, transparentes, opacos o semitransparentes. Los hay de frutas hasta hace muy poco desconocidas por los niños que fuimos niños hace treinta años, con o sin trocitos, con o sin mermelada, con o sin cereales. Algunos tienen propiedades sorprendentes relacionadas con el corazón (L-Casei), el estómago (Bífidus) o el culo (fibra). Los hay azucarados, edulcorados y hasta sin azucarar. Los hay desnatados, líquidos, cremosos, griegos...y un sinfín interminable de remakes vestidos de novedades ideadas por los lúcidos creativos de las empresas del sector. De aquí poco habrá yogures gaseosos, yogures excitantes y hasta yogures con sabor barbacoa.

Actualmente, la vida en general y los yogures en particular son todo incertidumbre. De pequeño no, ahora sí: tengo miedo.

Algunos hechos que se nos ocultan de los cuentos

Los cuentos son eso: son cuentos. Pero ocultan mucho más de lo que cuentan. Sobre todo, los de princesas.

¿Qué hacía Blancanieves conviviendo con siete enanitos? ¿Huir de la maldición de la bruja? ¡Qué va! Blancanieves tenía delirios de grandeza. Soñaba con ser una poderosa señora feudal, tener su propio castillo y estar rodeada de lacayos al servicio de sus caprichos. Por eso vivía en una cabaña del bosque con los siete sumisos y bobos enanitos. Los mangoneaba a su antojo, lejos de la mirada del resto de mortales que pensaban que era una cándida y bondadosa doncella, ocultando su vocación tiránica. Repartía el trabajo entre los siete y los sometía a extenuantes jornadas de trabajo en el bosque, bajo la promesa de proporcionarles una pócima mágica que les permitiese crecer.

¿Y qué decir de la Bella Durmiente? Esa holgazana que fingía narcolepsia para no pegar un palo al agua. Una princesa, sí, pero una princesa del subsidio y del "aquí me lo den todo". Una tarada que incluso se dejaba besar por ranas, sapos y demás espantosos batracios.  

Cenicienta...Tiene tela Cenicienta. Una ama del sadomasoquismo disfrazada de mosquita muerta supuestamente atormentada por una malvada madrastra, cuyo único objetivo en la vida era que el príncipe le besase sus zapatos de cristal arrodillado, mientras con sus afilados tacones le pisaba con fuerza para obtener ella el placer de la dominación. Una princesa bipolar tan pervertida como desequilibrada.

En fin, que los cuentos esconden a sorprendentes princesas mucho más interesantes y turbadoras que las que Walt Disney, antes de convertirse en leyenda de los congelados, nos quiso mostrar torticeramente.

 

El imbécil común

El imbécil común nunca se reconoce como un imbécil; sin embargo, ve a su alrededor un montón de imbéciles. Digamos que es muy común entre los imbéciles una hipersensibilidad para reconocer a sus semejantes y una absoluta ceguera para lo propio. En cualquier caso, no debería sorprendernos, ya que el imbécil común es bobo, rebobo.

El imbécil común nace y se hace. Es decir, los hay de cuna y los hay educacionales, por paradójico que parezca. Los primeros son pobres desdichados que nacen con una carencia intelectual que les limita de por vida. Los segundos no parten con ese handicap de nacimiento, pero lo van adquiriendo poco a poco por contagio de otros imbéciles. Desgraciadamente, es tan común el imbécil común que es fácil toparse con muchos de ellos y contaminarse de su estupidez si ya eres ligeramente tontito.

Suele vanagloriarse de exagerados o imaginarios logros del pasado. Repite hasta la saciedad una retahíla de lugares comunes con impostada solemnidad. Su sentido del humor es patético y no hace ni puta gracia, pero su redomada contumacia le aboca a soltar las mismas bromas manidas y chascarrillos ridículos una y otra vez. Acostumbra a admirar desmesuradamente a alguien cercano mediante el cual proyecta su necesidad de destacar o sobresalir en algo, ya que por sí mismo es un absoluto fracasado.

Sufre de manía persecutoria: el mundo está contra el imbécil común, o eso piensa. En realidad no lo está, pero debiera estarlo porque es un lastre para todo aquel que lo padece sin ser imbécil.

La última y más dramática cualidad del imbécil común es su irreversibilidad.

El descendimiento (R. Van der Weyden, 1436)

El descendimiento (R. Van der Weyden, 1436)

Es una pintura religiosa sobre madera que se puede disfrutar en el museo de El Prado, ya que el cuadro fue adquirido por Felipe II tras pasar sus primeros años en una iglesia de Lovaina. 

Resulta curioso ver cómo algo que hizo ese rey español hace tantísimos años ha llegado hasta nuestros días. De igual modo podemos hablar del majestuoso monasterio de El Escorial, erigido para conmemorar la victoria en la batalla de San Quintín. Por eso la Historia resulta tan interesante: conecta hechos, personas, lugares y cosas mediante una interminable e intrincada sucesión de acontecimientos y casualidades fascinantes, muchas de las cuales podemos admirar en la actualidad.

El cuadro muestra nítidamente los sentimientos de los personajes que lo componen. Destila tristeza, pesadumbre y dolor en todos ellos. La Virgen María recién desmayada y apenas sujetada por un hierático Juan, con los ojos cerrados intentando no ver lo inevitable, transmite una languidez pétrea. María Magdalena recostada y con la cabeza hacia abajo, doblando su cuerpo por el latigazo infligido por la muerte recién acontecida, contiene el dolor. José de Arimatea con la mirada perdida y aire de triste solemnidad sujetando las piernas de Jesucristo, que permanece con el cuerpo inerte y el color cerúleo de los muertos.

Ver y escrutar hasta el último detalle de esta pintura es una experiencia emocionante, tanto como puede ser deleitarse con el El triunfo de la muerte de Brueghel o El jardín de las delicias de El Bosco. ¡Qué bien pintaban estos maestros flamencos! Y qué bien tenerlos tan cerca en el museo de El Prado.

Barbacoa entre filósofos

La universidad de Berkeley celebra anualmente un encuentro entre filósofos de diferentes tendencias, que participan en seminarios y mesas de debate a lo largo de una semana. El último acto, tras el discurso de cierre del rector, es una barbacoa informal en la que ponentes, profesores, alumnos e invitados comparten una tarde en los jardines de la universidad.

Alrededor de las brasas un grupo de filósofos departe sobre el destino de la hamburguesa que acaba de ser puesta sobre la parrilla.

Santo Tomás abre el fuego espetando a sus colegas: "Esta hamburguesa es obra de Dios, como todo lo demás que nos rodea".

Hegel, airado, le responde bruscamente: "La hamburguesa ha muerto, como Dios".

"No han muerto, los hemos matado", apostilla Nietzsche.

Spinoza intenta mediar en la discusión afirmando lo siguiente: "la hamburguesa no es más que un ejemplo de la sustancia divina infinita. Este pedazo de carne existe y desaparecerá en cuanto nos lo comamos porque su naturaleza es finita, pero Dios, su creador último, seguirá existiendo pase lo que pase con la hamburguesa".

Con el fin de rebajar la tensión, Hume dice socarronamente: "Todos sabéis que soy ateo, así que no seré yo quien diga que esta hamburguesa es obra de Dios. Ahora bien, si esta carne no es fruto del trabajo del hombre, sólo Dios puede ser el responsable".

"Tú nunca te defines claramente. Dices una cosa y después otra diferente. Yo creo que la hamburguesa es buena por naturaleza, es la parrilla la que la echa a perder", suelta Rousseau entre risotadas, aprovechando para recordar viejas rencillas con Hume.

Heidegger, asqueado por el rumbo que adopta la conversación, grita a los demás: "Os equivocáis de enfoque. No es la hamburguesa ni Dios lo trascendental en esta discusión, sino el hombre que se come esa hamburguesa: el ser y su dimensión temporal".

De repente, un hombre ajeno a la discusión se acerca a la parrilla, pasando por en medio del grupo de filósofos, coge la hamburguesa con la mano y se la zampa de un bocado. 

"¿Qué haces, imbécil?" - increpan todos al unísono.

"Comerme la hamburguesa. Esto es una barbacoa y tengo hambre" - dice sorprendido el espontáneo hambriento.

"¿Y quién eres tú?" - le pregunta Santo Tomás.

"Ronald. Ronald McDonald" - responde con la boca todavía llena.

"¿Y de qué escuela eres tú? ¿Existencialista acaso? Lo dudo. ¿Qué eres?" - interroga impertinente Heidegger.

"Yooo...yo soy...Yo soy sagitario. ¡Ah! Y de los Cowboys de Dallas". - masculla avergonzado Ronald.

"¡Es increíble! Como dijo Séneca: la naturaleza nos ha dado las semillas del conocimiento, no el conocimiento mismo. Y a este imbécil se le cayeron las semillas por el váter". - sentencia Nietzsche.

"¡Eh, eh! A mí no se me han caído ningunas semillas. Me las he comido con el pan de la anterior hamburguesa" - se excusa Ronald.

"¡Vámonos de aquí, por favor! ¡No aguanto más! ¡No pienso volver el próximo año!" - dicen a la vez Hegel y Heidegger.

"Pues vosotros os lo perdéis" - contraponen Santo Tomás, Spinoza y Hume.

"La imbecilidad supina del tal Ronald McDonald bien vale un viaje hasta aquí" - añaden Nietzsche y Rousseau.

Y se despiden todos hasta el próximo encuentro.

Pánico en el lago: insólitos corsarios

Hallábanse un grupo de patos en la orilla del lago. Unos pertrechados con cuerdas y bolsas, otro arrastrando su culo sobre la arena y uno más, el capitán Drake, dando órdenes sin parar. Todos ellos llevaban pinturas de guerra y una cinta verde tatuada al cuello que identificaba al grupo: los corsarios del lago.

Al atardecer se metían en el agua en formación de a tres y nadaban sigilosamente en busca de su objetivo. Una vez avistado, todo el grupo excepto uno se sumergía y buceaba hasta la barquita en la que paseaba una joven pareja distraída entre besos y caricias. 

Cuando estaban al lado de la barca, el pato que nadaba por la superficie, que era el que había estado frotando su culo sobre la arena unos minutos antes, agitaba el plumaje de su parte posterior levantando una nube de polvo que actuaba a modo de niebla y camuflaje perfecto. El resto emergía al unísono del agua trepando por los remos hasta el interior de la barca. Una vez dentro, ataban a la pareja rápidamente rodeándola con las cuerdas, dejándoles tan estupefactos como inmóviles. 

La segunda unidad de los corsarios del lago, la de las bolsas, aparecía en ese momento registrando las cestas de picnic, las mochilas y los bolsos con una destreza y rapidez extraordinariamente profesionales. Al grito de "¡Cuápido, cuápido!", el capitán Drake animaba a sus bucaneros a que la operación se realizase en el menor tiempo obteniendo el mayor botín posible.

Tras abandonar la barca dejando a la pareja maniatada y a la deriva, volvían al refugio de la orilla con las viandas robadas para ofrecérselas a la reina oca isabel, que las repartía arbitrariamente entre los distintos patos, quedándose ella gran parte del botín y ofreciendo al capitán Drake una generosa parte.

“Assertiveness in successful companies”, seminarios para directivos

Se trata de una formación para directivos de empresa, especialmente enfocada para los mandos medios.

El formador es el gurú de la organización empresarial, consejero de numerosas empresas públicas y privadas, Raimundo Hijopútez. 

Centra su clase magistral en el discurso monolítico y alineado cien por cien con la empresa que debe mantener en cualquier situación un directivo. Retrata al subordinado como a un boicoteador de la paz laboral y da algunas pistas sobre cómo neutralizarlo con un discurso asertivo:

“Bien, hablemos…A-ha, de acuerdo, éste es tu punto de vista, pero seguro que lo cambiarías si dispusieses de toda la información que poseo yo. Perfecto, busquemos una solución consensuada…A ver, por ahora vamos a hacer lo que la empresa nos pide y transcurrido un tiempo me comentas qué tal te va. Entonces, una vez identificados claramente los problemas, podré ayudarte. Piensa que ahora es pronto para hacer lo que tú dices…Sí, bien, agradezco tu comprensión…Perfecto, es justo lo que necesitamos. Valoro mucho tu punto de vista, ha resultado muy interesante. Deberíamos mantener este intercambio de impresiones más a menudo, es extraordinariamente enriquecedor. Gracias”. 

Raimundo remarca la importancia de no dejar hablar al subordinado. El discurso del directivo debe imponerse, si bien su tono ha de ser pausado y cordial. Cuanto menos se lo crea el directivo, más sencillo le resultará adoptar el tono adecuado. Un subordinado que recibe un no rotundo por respuesta puede quedar descontento o, aún peor, acudir al responsable superior puenteando la cadena de mando. Y esto es lo peor que le puede ocurrir a un directivo: jamás puede llegar a los oídos de su jefe el más mínimo problema de alguno de sus subordinados. Es lo último que quiere oír y, por consiguiente, ya puede olvidarse de su promoción y/o aumento de sueldo.

Por último, Raimundo Hijopútez enuncia las 4 reglas básicas de un directivo exitoso:

  1. Jamás compartas información.
  2. Nunca digas no a tu jefe, aprieta a tus subordinados para conseguirlo.
  3. Boicotea el trabajo del resto de mandos que están a tu mismo nivel.
  4. Impide que tus subordinados sean visibles a tus jefes. Podrían decidir sustituirte por uno de ellos.

Raimundo acaba su formación pidiendo la participación de los asistentes con una reveladora arenga jaculatoria:

Raimundo: ¿Qué son los subordinados? ¡Im, im..!

Asistentes al unísono: ¡¡¡Béciles!!!

Evgenia Ginzburg, admirable y pudorosa

Evgenia Ginzburg, admirable y pudorosa

Evgenia Ginzburg, en su escalofriante libro "El vértigo" (en realidad, son dos libros en uno: El vértigo y El cielo de Siberia), relata su visita al infierno del gulag en tiempos de Stalin. A diferencia del celebérrimo "Archipiélago Gulag" de Solzhenitsyn, su testimonio destila un lirismo que sobrecoge, ya que a pesar de ser extraordinariamente escrupulosa con todos los detalles, personas y lugares que aparecen, al igual que Solzhenitsyn, su historia es más íntima y profunda. 

Detalla profusamente su experiencia en las profundidades del abismo estalinista, desde su expulsión del partido comunista y su detención en las arbitrarias purgas de 1937, hasta su liberación más de quince años después.

Más allá del increíble testimonio de una vida truncada y marcada para siempre por el horror al que algunos seres humanos someten a otros de sus congéneres, lo que emociona de su libro autobiográfico es el pudor y la delicadeza con la que trata de salvar su dignidad. 

Hay un episodio, al final de su etapa en el gulag, cuando se encuentra en una aislada cabaña de la tundra siberiana en compañía de otros presos, que muestra perfectamente cómo afrontó la autora su relato, pero sobre todo cómo intentó que todo lo vivido y sufrido no marcara para siempre su vida llenándola de culpa y vergüenza. Una noche gélida y silenciosa, típica de Siberia, todos sus compañeros de cautiverio se emborracharon y embrutecieron hasta acabar violándola. No obstante, Evgenia nos cuenta toda la escena hasta el instante inmediatamente anterior a la salvaje agresión, que consigue salvar milagrosamente ella y el afligido lector gracias a la imposible bondad de uno de los hombres.

Obviamente, se produjo el asalto y la humillación a la dignidad de esta admirable mujer, pero ella nos lo ahorra y, sobre todo, se lo ahorra a sí misma y a sus seres amados en un gesto de restauración de su dignidad tan valiente como bonito. En lugar de refocilarse en las desgracias vividas, de asumir el papel de víctima mancillada, Evgenia Ginzburg tiene el coraje de afrontar la verdad de su vida con una pátina de pudor, que sin duda debió ayudarle a restituir su memoria y a aligerar sus recuerdos de terribles sucesos.

Su libro fue publicado en Occidente en 1967 antes de su muerte, pero no vio la luz en su Rusia natal hasta después de su desaparición, para desgracia suya, ya que deseó fervientemente que sus compatriotas conocieran su historia y la de otros muchos desdichados con igual o peor destino. Únicamente circuló de forma clandestina en copias artesanales, que se pasaban de mano en mano ante el temor de ser descubiertos.

El hombre efervescente

Pherb Maldon padecía una curiosa rareza desde que nació: entraba en efervescencia en contacto con cualquier sustancia líquida. Dicen que su madre rompió aguas con gas poco antes del parto.

De pequeño vivió acomplejado y aislado del resto de niños. Tuvo que aguantar innumerables burlas y travesuras de sus compañeros de clase. Le echaban agua para que empezase a agitarse y hacer "chup-chup". Pherb intentaba esconderse, pero los malvados niños le acosaban y le gritaban "¡pringado! ¡niño chup-chup! ¡couldina!"

Fue creciendo solitario y huidizo. Debía tener un autocontrol extraordinario sobre sus sentimientos, ya que si se emocionaba y sus ojos se encharcaban de alegría o de tristeza, estos empezaban a burbujear y a deshacerse.

Tampoco podía disfrutar de ninguna chica porque la humedad del deseo provocaba la efervescencia de su sexo y la humillante escena consiguiente.

Amaba la lluvia al tiempo que la temía. Soñaba con sentir caer sus gotas sobre su cuerpo desnudo, alzar las brazos y abrir las palmas de sus manos para asirlas lascivamente. Desafortunadamente, debía limitarse a imaginarla a través de la ventana.

Tampoco podía hablar. En cuanto iniciaba una frase, su boca se llenaba de saliva y empezaba a bullir chispeante, haciendo de su habla algo tan ininteligible como ridículo.

Aprendió a vivir contenido, encerrado en sí mismo, alejado del mundo. No dejaba de pensar cómo superar su problema. Experimentó infinidad de remedios para curarse sin éxito alguno. Hasta que un día se le ocurrió una idea brillante: él había sido gestado en la placenta de su madre en un entorno líquido sin que le ocurriese nada malo. Por lo tanto, el origen de su efervescencia a lo mejor no estaba únicamente en los líquidos, sino en su combinación con otros medios. Sin dudarlo un instante, salió de casa y se fue corriendo hacia el mar. Una vez en el malecón, miró hacia atrás, esbozó una enorme sonrisa, y se lanzó a la incertidumbre. 

Y en el mar sigue, viajando libre, emocionándose sin rubor ante las bellezas de los lugares que descubre, hablando con marineros y delfines, amando a sirenas y disfrutando de lluvias torrenciales mecido por las olas que le acompañan en su asombrosa aventura.

La leyenda cuenta que durante las peores tormentas Pherb acude en ayuda de los desesperados náufragos y los acompaña hasta la orilla, dejándolos sanos y salvos sobre la arena con un montoncito de sal a su lado como firma de su autoría y testimonio de su existencia. Por eso hay un tipo de sal, uno muy especial y sabroso, que lleva el nombre de maldon en su honor.

Nico Pedante, crítico de cine

Ayer noche, en la Biennale de Venecia, se estrenó fuera de concurso la última película del cineasta iraní Reza Nekounam, "Las semillas del cambio", ataque frontal contra el régimen iraní, que le ha costado el exilio y el anatema de las autoridades de su país.

A pesar de no llegar a la treintena, el guionista y director ha alcanzado la madurez con esta obra, en la que destaca su tensión narrativa y el lirismo de todos sus personajes. La historia transcurre en una aldea aislada del norte del país, cercana al mar Caspio, donde una niña lucha por comprender el mundo que le rodea con la mirada tierna y el alma pura de la infancia. 

Excepcional trabajo de Shirin Ahmed, la actriz que encarna a la niña de cinco años protagonista del film, confirmando que la actuación es en muchas ocasiones un don innato, un estado de ánimo, una forma de comunicación que emerge de las profundidades del actor o actriz en oleadas de sentimientos que la cámara capta en su esencia para luego ser reinterpretados por la maestría del director que, a través de una sobrecogedora fotografía y una iluminación arriesgada y exquisita, confiere al personaje un halo de divinidad epatante. 

Mención aparte merece la música de la película, que acompaña a la historia armónicamente, hasta hacerse inseparables, transmitiendo una sensibilidad onírica al entusiasmado espectador, que recibe cualquier nuevo plano con los ojos tan abiertos como encharcados de emoción, entregado desde el inicio a la deliciosa historia que vivirá en los siguientes 140 minutos.

La sutileza de los diálogos, el juego continuo de hipérboles, las indisimuladas metáforas con la realidad política actual, la delicadeza del movimiento de la cámara, pausado pero decidido, la belleza descarnada del mensaje subyacente; todo ello y otros muchos pequeños detalles hacen de "Las semillas del cambio" una obra maestra, que permanecerá indeleble en las retinas de los afortunados espectadores que la vean y, sin duda, en las listas de las mejores películas de la historia.

Poder verla ha sido un regalo; perdérsela un pecado. Reza Nekounam ya figura entre los grandes, sin lugar a dudas.

 

Discusión en el lager entre Jean Améry y Primo Levi

Ambos estuvieron confinados en el campo de concentración Auschwitz y ambos dieron testimonio de ese horror, aunque con perspectivas bien diferentes. 

Si hubiesen llegado a coincidir dentro del campo, podrían haber tenido una discusión como la que sigue:

Jean Améry: ¡Quieres dejar de recitar a Dante de una puñetera vez!

Primo Levi: ¿Por qué? ¿Acaso no te gusta Dante?

JA: No es eso. Pero no soporto oír sus versos, y aún menos verte sonreír recitándolos.

PL: A mí me relaja y, sobre todo, me abstrae por unos instantes de todo lo que nos rodea.

JA: Ése es precisamente el problema. No se puede abstraer uno de este infierno. Ni siquiera Dante puede entrar en este infierno. No hay lugar para él ni para nada que no sea la maldad más abyecta.

PL: Es mi forma de resistir, de sentir que aún conservo algo de dignidad. Recito a Dante y sé que no han conseguido envilecerme, que estaré postrado, de rodillas, a su merced, pero aún así no me han derrotado. Todavía sigo vivo.

JA: Te engañas, aquí dentro ninguno está vivo y ninguno saldrá jamás. Tus poemas no te salvarán.

PL: Ya sé que no me salvarán, pero aliviarán mi dolor mientras siga aquí.

JA: Nada puede aliviar tu dolor en el campo. ¡Nada! ¿No te das cuenta? Mira a tu alrededor, ¿qué ves? Muertos andantes, personas que han dejado de serlo, que se comportan como animales. Sólo puedes ver horror y muerte.

PL: Precisamente por eso recurro a Dante, para recordar que somos personas.

JA: Yo sólo puedo pensar en el siguiente segundo, en cómo conseguir un trozo más de pan, cómo eludir las selecciones para la cámara de gas, cómo intentar abrigarme más, trabajar menos y vivir más. Si mi cabeza no está pensando en todo esto, sólo se me ocurre acabar de una vez arrojándome sobre la verja electrificada.

PL: ¿Crees que yo no tengo la tentación a veces de hacer lo mismo? ¿de acabar de una vez con este sufrimiento?

JA: ¿Y por qué no lo haces?

PL: Porque quiero seguir viviendo, y para eso necesito la belleza de Dante.

JA: Yo también quiero vivir, pero porque significará su derrota. Será mi venganza.

 

Jean Améry, pseudónimo de Hans Mayer, nació en Viena en 1912. Autor de "Más allá de la culpa y la expiación". Se suicidó en 1978.

Primo Levi nació en Turín en 1919. Autor de "Si esto es un hombre". Se suicidó en 1987.

Ecoesferas para jefes, experimento fallido

Ecoesferas para jefes, experimento fallido

Las ecoesferas son un curioso invento que surgió en la NASA. Hace años decidieron hacer un experimento metiendo diferentes especies de animales en urnas cerradas herméticamente en las que únicamente había agua, algo de aire y unas algas. De todos los animales que introdujeron, los únicos que consiguieron sobrevivir largo tiempo fueron unos pequeños camarones. Debemos tener en cuenta que esas urnas, una vez cerradas, ya no se volvían a abrir para cambiar el agua, renovar el aire o poner otras algas. Es decir, una vez encerrado ahí dentro, el animalico se las apañaba solo. Realmente no sé qué me acojona más: las mentes obtusas de la NASA que idearon este experimento o los pequeños camarones inmortales.

Transcurrido un tiempo, la NASA decidió comercializar el hallazgo; por lo que si uno desea puede comprar una ecoesfera como la de la foto y decorar su casa con ella, además de comprobar la resistencia de los camarones alimentándose únicamente de las esporas que ofrecen las algas. Se garantiza que los pequeños camarones sobreviven de dos a cinco años, con el único cuidado de poner la urna en un lugar al que le dé luz indirecta. ¡Alucinante!

Posteriormente, se experimentó con jefes, desde altos ejecutivos a directivos medios. Se los introdujo en pequeños grupos en esas urnas herméticas para comprobar el tiempo que sobrevivían.  Las algas introducidas en la urna generaban esporas de motivación, ese manido reclamo que utilizan los jefes para demandar mayor implicación – en esfuerzo y horas, obviamente – a sus subordinados a cambio de nada. Pues bien, el resultado fue desalentador: menos de ocho horas de media sobrevivían los jefes en esas condiciones. ¡Ni siquiera una jornada laboral! Parece ser que esa motivación no les era suficiente a ellos, a pesar de exigírsela a sus subordinados con absoluto desahogo.

Ante semejante fracaso, decidieron cambiar las esporas de motivación por promesas de promoción y sueldos desorbitados. Y esta idea resultó el acabose. De repente, se desataba una ola de canibalismo en la ecoesfera  que en poco más de cinco minutos acababa con la vida de todos los jefes excepto uno. El superviviente se recostaba sobre el fondo de la urna frotándose las promesas de promoción y de sueldos desorbitados lascivamente por el cuerpo. Al poco tiempo, moría infartado tras haber masturbado con fruición su vanidad.

El hiperrealismo urbano de Richard Estes

El hiperrealismo urbano de Richard Estes

Las obras de Richard Estes muestran paisajes urbanos que más bien parecen fotografías que pinturas. Siempre me ha asombrado la capacidad de los pintores hiperrealistas para aprehender la realidad que pintan con esa perfección. Es como si en su paleta en lugar de pinturas hubiese pedazos de realidad que ellos situasen sobre el cuadro como si de un puzzle se tratase. 

Admiro esta capacidad de reflejar la realidad tal cual es. En cierto modo supone alcanzar la perfección de este bello arte. Podría pensarse que los hiperrealistas carecen de talento para dar una interpretación de esa realidad a sus obras, que simplemente la muestran tal cual la ven. Pero eso no es cierto. Hay infinidad de detalles que confieren a sus obras estilo propio. Un claro ejemplo es Richard Estes, que trabaja con la luz, su reflejo sobre escaparates, capós de coches o cristales de autobús, mostrando la realidad deformada por la concavidad de esos cristales, la superposición de los objetos sobre los que se refleja y la propia iluminación de la hora del día en que está representada la obra. La complejidad de esta técnica, siendo un absoluto profano en pintura, me parece extraordinaria. 

Otro aspecto que me resulta atractivo de las obras de Estes es su contemporaneidad. Observar sus cuadros te resulta familiar, cercano, moderno. Crees haber estado en todos esos lugares. Y no sólo de obras de Nueva York o de otras ciudades norteamericanas, sino también de paisajes urbanos de Barcelona y Madrid, que también ha representado magistralmente con su destreza de máximo exponente del fotorrealismo pictórico.

Injusta detención

Hallábase un pedo en comisaría siendo interrogado por cometer delito de mancha. Había sido detenido por haber dejado rastro en un calzón. 

El circunspecto policía le leía los cargos por los que iba a ser encarcelado con otros pedos de su misma indiscreción:

- Señor pedo 8.113.562, deberá usted permanecer en el calabozo hasta que se fije vista para el juicio oral. ¿Posee abogado propio o quiere que le asignemos uno de oficio?

- ¡Yo no necesito ningún abogado. No he hecho nada! - contestó airado el pedo.

- Usted ha manchado la ropa interior de un honesto ciudadano, por lo que le pueden caer de 2 a 5 años de prisión, dependiendo de lo que determine el peritaje del calzoncillo según el tamaño de la mancha.

- ¡Es increíble! Son todos ustedes unos cínicos. Siempre reniegan de nosotros cuando un incontrolado ruido o un desagradable olor les delata. "Yo no he sido, yo no he sido", llevan clamando durante siglos la mayoría de papás y mamás de pedos. Tratan de disimular, de eludir su pestosa responsabilidad, de acusar falsamente a otros o incluso de atribuir la autoría a niños que no se pueden defender. Es una vergüenza esa actitud cobarde y renegada. Les avergüenza que los demás puedan llegar a oler sus asquerosas interioridades o su pestilente alimentación; pero lo que realmente hiede son sus hipócritas conciencias. 

- Pero es que usted en lugar de volatilizarse ha dejado una desagradable e irrefutable prueba de su delito.

- Ya entiendo, ya. Si no hay prueba evidente de nuestra existencia, todo el mundo mira hacia otro lado, incluso la ley; pero si tenemos la desgracia de dejar un rastro, se nos acusa y encarcela por ello. ¡Menuda injusticia!

- Mire, yo me limito a leerle la acusación. La ley es la ley.

- ¡Puagh! ¿Y ese olor? - inquiere el pedo al policía.

- Eeeesto...¿Qué olor? - responde nerviosamente el policía.

- ¿Lo ve? Ha notado el mal olor y, aunque no ha sido usted, ha dudado y se ha puesto nervioso.

- Bueeeeno, pero es que realmente huele mal.

- ¿No ve que está interrogando a un pedo? 

Anthony Blunt: la erudición del traidor

Anthony Blunt: la erudición del traidor

Anthony Blunt fue un historiador del arte, crítico y catalogador de obras pictóricas de una excelencia y erudición supremas.

Su rigor era tal, que más allá del minucioso conocimiento de las obras que catalogaba como experto profesor universitario, era su honestidad intelectual la que causaba admiración. Gracias a todo ello fue nombrado miembro de la Orden de la Reina Victoria y, sobre todo, conservador (curator) de la colección de pinturas de la Reina Isabel.

Sin embargo, Anthony Blunt será recordado como un traidor. Traidor a la patria, ya que espió durante años para los soviéticos.

Cumple el patrón de otros espías británicos que trabajaron para el régimen comunista: estudió en el Trinity College de Cambridge, fue miembro de los Apóstoles (esa sociedad semisecreta que tantos intelectuales, Bertrand Russell entre ellos, y políticos británicos ha visto florecer), entró en el MI5 durante la Segunda Guerra Mundial y actuó como agente doble durante décadas.

No se sabe exactamente qué cantidad de información pudo pasar a los rusos, pero sí se sabe a qué información tuvo acceso, por lo que su responsabilidad casi seguro fue enorme en el destino de muchas personas y, más concretamente, de espías compañeros suyos. Pudo facilitar información a los rusos al final de la Segunda Guerra Mundial que se usó para perseguir y reprimir a personas de los países liberados del este de Europa, además de valiosa información de otros agentes británicos durante la Guerra Fría. En definitiva, fue un traidor con mayúsculas.

Pasaron años desde que se descubrió su traición en el seno de los servicios secretos británicos hasta que Margaret Thatcher lo hizo público en 1979.

Lo fascinante de este caso no es la traición. Ha habido muchos traidores a lo largo de la historia. La vida está llena de pequeñas y grandes traiciones. Lo paradójico es esa honestidad intelectual inquebrantable para con su trabajo artístico confrontada a años de mentiras y traiciones a su país, a sus compatriotas, a sus compañeros y hasta a sus amigos.

¿Qué bulliría en la cabeza de Anthony Blunt en el final de sus días? Me atrevo a asegurar que ni una pizca de remordimiento, si acaso una cierta amargura por la vergüenza de ser descubierto.

En todo caso, es maravilloso comprobar que la comprensión de la naturaleza humana es tan inasible como inquietante en muchos casos. La belleza de esta historia radica en lo absoluto de los dos extremos: el bien puro de la erudición intelectual que sublima la verdad del arte por encima de cualquier otra consideración o flaqueza y el mal más absoluto representado por la traición más aviesa. 

Harvey, el depilador de las estrellas

Harvey Finocchio nació en Chicago en 1965. A los 18 años se marchó a California a estudiar. Pronto abandonó sus estudios universitarios para trabajar como ayudante de peluquería en un salón de belleza para gays en El Castro de San Francisco.

Quiso ser bailarín, cantante y actor sin éxito alguno. Frecuentó todos los ambientes gays de la costa oeste y sobrevivió a la epidemia de SIDA de los ochenta.

Desde 1999 regenta un salón de belleza en Los Ángeles, donde muchas “celebrities” acuden a hacerse diversos tratamientos y, sobre todo, a depilarse. Harvey es el gurú de la depilación en Hollywood. Ha inventado técnicas nuevas y ha revolucionado el mundo de la depilación, erigiéndose en un vanguardista dentro del negocio.

Él mismo atiende a sus clientes VIP. Sus manos han visto y han depilado los pubis, los anos y los escrotos de Madonna, John Travolta, Ben Affleck, Megan Fox, Jennifer López y también los de Tony Curtis y Kathy Bates entre otros muchos.

Las malas lenguas hablan de la existencia de un book con todas sus obras fotografiadas. Incluso se rumorea que chantajea a alguno de ellos con ese material, a los más pudorosos.

Su meticulosidad es tal que trabaja con una especie de prismáticos con luz que iluminan y aumentan la zona a depilar para dejarla limpia y perfecta.  Tras cada retoque muestra el resultado al cliente a través de un espejo para que no quede la más mínima duda de su trabajo.

Los clientes agradecen su excelencia depilando tanto como su don innato para el cotilleo y los contactos. Todo lo sabe y a todos conoce. Dicen que algunos grandes papeles han sido conseguidos en la camilla depilatoria de Harvey. Incluso corre la leyenda que más de un Oscar se ha conseguido gracias a su ayuda.

Él se depila a sí mismo regularmente. No soporta tener ni solo un pelo en el cuerpo. Las zonas de difícil acceso las salva con extraños artilugios creados por él mismo que le permiten llegar con precisión y rapidez.

Sus pubis moldeados son considerados auténticas obras de arte. El escroto recién depilado por Harvey es de una suavidad sin parangón y el ano despejado por sus expertas manos es de una limpieza y pureza sólo comparable a las de un bebé.

Su colección de pelos es la más extensa del mundo. Guarda al menos una muestra de cada cliente y zona depilada desde la apertura del  local. Recientemente ha tardado más de dos años en digitalizar todo su archivo piloso.

Algunos le consideran un mago, otros simplemente un tarado oportunista y pervertido. A Harvey poco le importa. Ha conseguido triunfar en Hollywood, que era su sueño, y le da igual cómo.

Los bateleros del Volga (Ilia Repin, 1873)

Los bateleros del Volga (Ilia Repin, 1873)

Once hombres arrastrando una barcaza con la única ayuda de sus escasas fuerzas. Hombres tratados como bestias, despojados de dignidad y esperanza. Fatigados por el esfuerzo, pero sobre todo por el destino. Resignados a una existencia miserable, propia de animales. Miradas perdidas, cuerpos gachos, almas evaporadas. Únicamente el joven de pelo pajizo parece atisbar una salida alzando la vista al frente, desafiando el hado maldito que sepulta sus vanas ilusiones adolescentes con paladas de cruda realidad.

Al fondo, a lo lejos, surcando arrogante el Volga, la hiriente paradoja en forma de barco de vapor, que bien podría actuar de remolcador en lugar de esos once desdichados. 

NOTA: Se dice que este cuadro era el favorito de Stalin. Hasta con grandísimos hijos de puta se puede coincidir en algo.

Tensa espera

Vestíbulo lleno, calor sofocante sin refrigeración. Un único mostrador con dos adustas empleadas que llaman por el nombre y los apellidos sin atender a cualquier otra cuestión o reclamación.

La espera se hace eterna. Permaneces de pie, recostado sobre una columna. La boca se torna arenosa, reseca, sin saliva. La abres para resoplar y, de paso, refrescarla. Tensas la mano dentro de los bolsillos. La notas sudada, pringosa. La otra mano sujeta unos papeles, que están arrugados y acartonados por el sudor. Ligeros picores empiezan a sucederse con frecuencia: primero la nariz, después las orejas, el cuello y las piernas. Parece que una manada de chinches ha colonizado tu cuerpo. Te rascas compulsivamente, cada vez con mayor intensidad y rabia. El picor no remite ni da tregua. 

Tu nombre parece perdido en el abismo del largo listado de espera. Con cada sonido de micrófono abierto aparece una esperanza, que se desvanece a los pocos segundos provocando aún más ansiedad. La paciencia se quedó en la puerta esperando a que salgas. No quiere perderse a sí misma. 

Caras nuevas, otras que se han convertido en familiares tras la larga espera. Recelas de todas ellas. ¿Entrarán antes que tú? ¿Por qué? ¿Por qué yo no? Te vuelves paranoico. Empiezas a ponerte absurdos límites: si a la tercera no me llaman, les monto un guirigay. Llega el tercero, el cuarto y hasta el quinto. Permaneces callado y maldices tu suerte y tu cobardía. 

Resoplas, buscas melifluas complicidades, te quejas en voz alta, cambias de lugar. Da igual, nada cambia, sigues esperando...