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Wernher Von Braun, un genio manchado

Wernher Von Braun, un genio manchado

Wernher Von Braun es el responsable máximo de que el hombre llegase a la luna gracias al cohete Saturno V y, también, de los misiles V-2 que los nazis lanzaron sobre algunas ciudades aliadas en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. Vamos, que el señor Von Braun fue un actor principal en dos de los hechos más relevantes del siglo XX. ¿Cómo es posible?

Porque la doble moral es tan inherente al ser humano como su afán de superación. El joven Von Braun se doctoró en ingeniería en Berlín y pronto dedicó sus esfuerzos al diseño y construcción de cohetes dentro del ejército alemán. En 1937 se afilió al partido nacionalsocialista y dispuso de recursos ingentes para desarrollar su trabajo. Hitler, entusiasmado por los cohetes que Von Braun diseñaba con fines bélicos, ofreció la planta de Mittelwerk para la fabricación del más increíble y moderno de sus misiles: el V-2.  El problema radica en que la mano de obra usada en Mittelwerk era esclava, procedente de campos de concentración, y se estima que al menos 20.000 personas murieron en condiciones infames para lograr esta empresa.

Los misiles V-2 empezaron a lanzarse a finales de 1944 causando el pánico en Londres y Amberes principalmente, ya que eran indetectables hasta que impactaban en su objetivo. Afortunadamente, la guerra tocaba a su fin y Alemania se hallaba muy debilitada, porque la increíble arma diseñada por Von Braun era tan superior a ninguna otra utilizada hasta entonces, que de haber sido fabricada uno o dos años antes podía haber decantado la guerra hacia el lado nazi. Las bajas causadas por los V-2 se sitúan alrededor de las 6.000, a las que sumar otras 20.000 en su fabricación.

Los aliados, mucho antes de finalizar la guerra, en su avance hacia Berlín, dedicaron denodados esfuerzos en capturar a Von Braun y a su equipo. Se inició por aquellas fechas una carrera entre rusos y norteamericanos por obtener los conocimientos y el material de los genios alemanes. Finalmente, vencieron los norteamericanos, fundamentalmente porque los ingenieros alemanes no deseaban caer en manos rusas ni hartos de vino.

Y aquí es donde se produce el repugnante (no obstante, lógico) capítulo del perdón y el olvido a cambio del conocimiento. Wernher Von Braun y otros cien ingenieros alemanes son seleccionados y embarcados con destino a EEUU para dar el pistoletazo de salida a la Guerra Fría, en su versión Guerra de las Galaxias, con el mejor equipo posible.  A partir de entonces trabaja para el ejército norteamericano, primero, y después para la NASA con los mayores éxitos y reconocimientos.

Como curiosidad, diré que Henry Kissinger, el celebérrimo secretario de estado de EEUU durante las presidencias de Nixon y Ford, fue uno de esos oficiales del ejército norteamericano encargado, en su caso, de atrapar miembros de las SS en los últimos dias de la guerra y durante las semanas siguientes a la rendición alemana. De modo que en esas fechas de 1945 Kissinger y Von Braun coincidirían, uno en cada bando, en Alemania; y años después, en 1969, ambos volverían a coincidir, esta vez los dos en el mismo bando, en el extraordinario logro de la llegada del hombre a la luna, uno como consejero de seguridad nacional de la administración Nixon y el otro como director del programa de cohetes espaciales de la NASA. 

Dada su celebridad, se le recordó en varias ocasiones su pasado nazi e incluso él mismo reconoció haber conocido las terroríficas condiciones de trabajo de la planta de Mittelwerk. Sin embargo, nunca pagó por sus pecados. Todo lo contrario, obtuvo la nacionalidad estadounidense en 1955 y disfrutó de una larga vida junto a su familia llegando a las cotas más altas con aquello que había soñado desde pequeño: los cohetes.

¿Y los 20.000 muertos de Mittelwerk? ¿Cuántos insignes ingenieros, científicos, músicos o escritores había entre ellos? ¿Cuántos podrían haber tenido una carrera igual de exitosa que Von Braun en sus respectivos campos? ¿Un solo hombre a cambio de veinte mil? ¿Veinte mil hombres a cambio de la luna? ¿Cuánto vale la vida de un hombre? La remilgada moral nos dice que la vida de un hombre no tiene precio, su valor es inconmensurable. Sin embargo, la Historia se encarga de contradecir a la moral una y otra vez. Sobre todo, porque nunca, o casi nunca, es ese mismo hombre el que establece un valor determinado a su vida, sino que suelen ser otros hombres, mucho más rácanos, los que valoran el precio de su vida. 

Cuento de Navidad

Ocho de la tarde del día de Nochebuena. María, embarazadísima, está en casa preparando la cena junto a su madre, a la que aburre con sus quejas maritales. José está en el bar con los amigotes, rehuyendo sus responsabilidades paternas del mismo modo que rehuyó sus obligaciones conceptivas nueve meses atrás. Ambos son felices, ella rajando de él y él bebiendo para no escucharla.

Doce de la noche. María rompe aguas y salen disparados hacia la clínica. En una hora ha nacido el bebé, llamado Jesús. A las tres de la madrugada el Mesías está en la nursery recibiendo los cuidados de voluptuosas enfermeras extranjeras (las nativas están en sus casas celebrando la Navidad con sus familias y sus horarios y sueldos de nativas) y María descansando sedada en su habitación individual de la séptima planta con un obstetra de guardia a su disposición. En fin, las ventajas de nacer en pleno siglo XXI en un país con enfermeras nativas de sueldos y horarios dignos.

Antes del alba, reciben la primera visita, tan inesperada como inoportuna. Son los tres reyes magos.

-          ¡Hola! Venimos a adorar al Mesías, que ha nacido para salvarnos a todos – dicen al unísono los tres reyes magos.

-          Pues está en la nursery. – exclama malhumorado José mientras se incorpora costosamente del sofá-cama.

-          María gimotea aún medio dormida: ¿No os habéis adelantado doce días?

-          Bueno, el GPS. No había pérdida. – responde Gaspar.

-          Ya que estáis aquí, ¿qué regalos traéis? – pregunta curioso José.

-          La Xbox, el Scalextric y mirra. – contesta Baltasar.

-          ¿Mirra? Venga, ¡no jodáis! – grita irritada María.

-          Melchor, que es un rata y, además, chochea. – balbucean avergonzados Gaspar y Baltasar.

-          ¡Joder, qué bien! – masculla José. - Pues ¡hala! circulando, que tenéis un largo viaje de vuelta.

Los tres reyes magos abandonan la habitación y José aprovecha para lanzarle un dardo a María: “Esperemos que su padrino sea más generoso que Melchor…” María gira la cara y rehúsa responderle. Los dos deciden echarse una cabezadita.

Amanece y una enfermera trae el bebé a la habitación. María se lo pone emocionada en el pecho. José lo mira y remira intentando encontrar algún parecido. A los pocos minutos entra el padrino en la habitación. María lo recibe con alborozo, estirándose el camisón y recogiéndose el pelo detrás de las orejas para mostrar su enorme sonrisa. José tuerce el gesto y alarga la mano con desdén para cumplir con el saludo protocolario. El padrino felicita a la madre y coge al bebé en brazos. José exclama con gravedad: “¡No le conviene tanto brazo!” El padrino hace oídos sordos y alza al bebé con orgullo. María contempla la escena con alegría. José se da media vuelta y mira por la ventana. Tras quince minutos, el padrino se despide cariñosamente de María y del bebé, y deja una cartilla del Banco Espírito Santo a nombre de Jesús en la mesita de noche. José permanece de espaldas sin despedirse y continúa absorto en la ventana con la mirada inyectada en sangre. María deja a Jesús en la cuna y se pone a descansar. A continuación, José sale en silencio de la habitación a por tabaco. 

 

Algunos de los mejores trabajos del mundo

Logopeda de la duquesa de Alba. La señora está mayor, mayor; así que no podrá centrarse en las clases durante más de una hora y seguro que no todos los días. Además, el margen de mejora es bestial, por lo que a poco que mejore y con la pasta que tiene a lo mejor te llevas un palacete bien guapo.

Interiorista municipal. Combina la seguridad y nula exigencia del funcionariado y la excentricidad cool del experto en diseño de interiores. Puedes hacer lo que te salga de la punta del nabo doblemente: llegar a las once, leer la prensa y pirarte a las doce, como funcionario; y, como interiorista, ponerte a gritar como una locaza histérica porque el contenedor de basura que se te ha ocurrido colgar del techo del salón de plenos del consistorio está lleno de basura de mentira en lugar de restos putrefactos de verdad. 

Comisario de exposición de arte moderno. Llamas a un par de amiguetes tan cuentistas como tú para que preparen una performance “rompedora”, les pìdes cuatro dibujos a tus hijos, robas unas cuantas manualidades del taller de escultura del sanatorio mental y preparas un discurso ininteligible sobre la influencia de la calle en el arte, y ¡oyes! a cobrar una pasta. De museo en museo y engaño porque me toca.

Guitarrista o bajista de un grupo de rock. El único curro del mundo en el que puedes estar borracho, drogado y con un comportamiento deplorable todo el tiempo que quieras. De hecho, es hasta guay estar colgado. Ni siquiera debes cuidarte la voz como el cantante. Basta con mantenerte en pie durante los conciertos y tumbado en el backstage. Ya se tumbarán encima de ti las fans.

Monitor (primero, después gurú) de pilatetas. Te camelas a alguna famosa decadente. Le convences de que tus sesiones de gimnasia pasiva, que consisten en magrearle las tetas durante 45 minutos, son la mejor manera de limpiarle el karma chungo que se expulsa absorbiendo por los pezones. Queda extasiada porque es tan gilipollas que quiere creérselo y porque hace años que nadie le dedica un ratico a sus tetas. Se lo cuenta a sus amigas, éstas a sus otras amigas y ya eres el puto amo del pilatetas: a forrarse tocando tetas.

Creativo eclesiástico. Empiezas fuerte, proponiendo ideas rompedoras: misa electrónica en el Madison Square Garden con DJ Pope y el arzobispo de Canterbury, esponsorización de las casullas de todos los curas diocesanos, comercialización de bulas y excomuniones…En seguida te paran los pies. Te echan --> Gran polémica --> Ya tienes un nombre --> Te contrata una agencia laica. 

El vencejo

El vencejo

El vencejo es un pajarraco pequeño absolutamente fascinante, que se pasa la vida entera volando. Únicamente se detiene cuando anida para criar a los polluelos. Es increíble que nunca se pose. Lo hace absolutamente todo en vuelo: comer, dormir y reproducirse. 

Lo de comer, pase. Se alimenta de pequeños insectos en suspensión, por lo que le basta con abrir el pico hasta saciarse. Lo de dormir ya es más complicado, aunque lo soluciona echando pequeñas cabezadas aprovechando que es un maestro del planeo. Pero lo de follar en pleno vuelo es flipante. Menudo fenómeno: echa un polvete y, a continuación, una siestecilla. ¡Y todo mientras vuela! Me quito el sombrero.

Siendo admirable su destreza en las artes amatorias, lo es más todavía su capacidad de vuelo permanente. Volar ha de ser la repera. Así que no me extraña que el vencejo no quiera dejar de volar ni un instante. Lo envidio, aunque la verdad es que yo sería un mal vencejo. Me posaría a descansar seguro. 

Los colgados

Los colgados salen de la cama y se cuelgan en el colgador del baño a asearse. Cuando se han vestido, salen de casa y se cuelgan en la escarpia del coche o del tren camino del trabajo. Una vez llegan a sus lugares de trabajo, se aposentan en el perchero que les corresponde y dejan pasar la jornada. De vuelta a casa, vuelven a suspenderse en la misma escarpia del coche o en otra diferente del tren. Ya en el cálido hogar, van de percha en percha, estratégicamente dispuestas a lo largo de toda la casa para poder permanecer siempre colgados. De noche, duermen en la cama, pero con una barra de armario habilitada a modo de almohada que les permite seguir colgados, aun dormidos.

¿Cuántos colgados conoces? Yo muchos. Cada día me cruzo y hasta convivo con muchos de ellos. Son fácilmente identificables: seres anodinos, sin expresión en la cara, casi mudos. Más bien parecen seres inanimados que seres humanos provistos de vida. Todos aquellos de los que no sabes nada, ni siquiera el nombre en muchos casos, a pesar de verlos día tras día y compartir con ellos trabajos, colegios, lugares comunes.

Cuando iba a la escuela, se formó un extraño y heterogéneo grupo con muchos de estos colgados. Les llamábamos con bastante maldad y un pelín de sagacidad “los absolutely hanging”. Tardó en formarse este grupo. Hasta C.O.U. no fue un grupo perfectamente identificable, con todos sus miembros claramente alistados. Siempre me sorprendió el grupo de “los absolutely hanging”. ¿Qué tenían en común? ¿Qué intereses compartían? Uno a uno eran aburridísimos, cuando no raritos; así que en conjunto debían formar una pandilla de bostezos sin parangón.

¿Qué les llevó a unirse cuando, en principio, un colgado es un ser asocial? Tras muchos años lo he llegado a entender. Un colgado vive permanentemente suspendido en el aire y, encima, amarrado a la percha. La sensación de inseguridad debe ser total. Cualquiera puede venir y arrearle tantas veces como quiera y, encima, el colgado no puede defenderse, ya que permanece inerte. Por consiguiente, “los absolutely hanging” decidieron unirse y seguir colgados, pero mancomunados. De este modo, dispuestos en círculo, al menos cubrían sus espaldas con las de sus compañeros en lugar de apretarlas contra la fría pared.

¿Se puede catalogar de hecho social la unión de un grupo de colgados, pues? Tengo mis dudas. 

Parpadeando fotografías

Basado en una idea original de Mónica y su fascinante imaginación: "Papi, ¿sabes que cuando parpadeamos hacemos fotos en la memoria?"

John Doe era incapaz de recordar absolutamente nada, como un pez o como la versión extrema del protagonista de la película Memento. Jamás cerraba los ojos. Sin saber el motivo, le aterraba cerrarlos. Incluso dormía con ellos abiertos. Vagaba en un limbo indeterminado. Carecía de recuerdos. Tampoco disfrutaba de pensamientos, ni buenos, ni malos. Sencillamente, vivía en la nada, en el vacío absoluto. 

Pero un día parpadeó. Y al parpadear fotografió ese instante. Fue una única vez, una sola imagen: la de su habitación de paredes blancas acolchadas. Durante varios días estuvo tentado de volver a parpadear, pero tuvo miedo. Le bastaba con la imagen de su habitación. Al menos, sabía dónde estaba en sus interminables paseos circulares. 

Pasaron las semanas y los parpadeos, finalmente, se prodigaron. Pasillos, comedor, ventanas, jardín. Su memoria poco a poco fue ampliándose. Su diagnóstico mejoró. Le permitieron salir. Al cruzar el umbral de la puerta principal, el vértigo fue total. Los parpadeos aumentaron exponencialmente. Cada paso debía ser registrado. Cada parpadeo suponía una de las migas de pan del camino de vuelta. 

John pasaba las noches ordenando esas fotografías. Pronto descubrió que su memoria estaba formada por los negativos de esas fotografías, no por las fotografías en sí. Así que pudo moldearlas, modificarlas y hasta falsearlas. Al principio resultó excitante, ya que la irrupción de la imaginación le ofreció posibilidades infinitas. Las noches siempre se quedaban cortas. Las aventuras nunca terminaban. Siempre aparecían nuevos personajes, nuevas historias. 

Sin embargo, llegó el día en que ya no sabía qué formaba parte de su memoria y qué era fruto de su imaginación. Su diagnóstico empeoró. Ya no hubo más salidas. Las noches volvieron a hacerse eternas. La lucha entre la consciencia y la subconsciencia no ofrecía un ganador claro. La memoria era incapaz de asumir la paternidad de ninguno de sus recuerdos. La onírica imaginación golfeaba incesante. A John Doe no le quedó otra opción. Decidió acabar con su traicionera memoria y, de este modo, angostar a la taimada imaginación: dejó de parpadear.

Moraleja: la memoria es un arma potentísima que bien usada es fuente de las mejores virtudes, pero que mal usada causa daños irreparables. 

Y un homenaje: al mejor "parpadeador" de fotografías que haya existido, Aleksandr Solzhenitsyn, por su vastísimo e increíblemente preciso testimonio del gulag. 

Breve ensayo sobre la felicidad (2ª parte)

La imposibilidad de coger la felicidad con ambas manos y no dejarla escapar no tiene que ver con la dificultad de vivirla en presente, como apuntaba en la primera parte, sino en el hecho de que la felicidad tiene una hermana siamesa: la melancolía, que se adhiere a la primera con la pegajosa fuerza de la envidia.

Los breves instantes de felicidad desbordante tienen precisamente ese problema: se pierde felicidad porque se desborda. Desgraciadamente, el líquido que se decanta es felicidad, mientras que el poso de cristales de melancolía permanece. Por eso después de ese momento de excitante turbación que nos embarga por completo nos llega el momento "happiless". Nos bebemos con ansiedad el vaso de felicidad a grandes sorbos y el último trago es pura hiel, porque la melancolía es tan paciente como puta y espera a lo último para aparecer en escena. 

Por lo tanto, la gran enemiga de la felicidad es la melancolía. Una vez se tiene, jamás se pierde. Te jodes y te adaptas. No queda otra. Además, el contagio sobreviene demasiado pronto: durante la niñez. Así pues, debemos hallar la vacuna cuanto antes y salvar a nuestros niños de la dichosa melancolía. 

Dedos y edades

Hay un dedo para cada edad. Recién nacidos nos chupamos el pulgar a modo de pezón fake. Tan pequeños tenemos pocos vicios, y éste es uno de los pocos que nos podemos permitir. Además, el pulgar extendido muestra el ok del bebé, el asentimiento a todo lo que rodea su vida de no pegar un palo al agua.

De niños usamos el índice más que ningún otro dedo: para chivarnos de nuestros hermanos o compañeros de juegos con el dedo acusador extendido, o al levantarlo erguido hacia el techo del aula para responder a alguna pregunta del profesor. Ese dedo índice tiene la precisión de un puntero láser y la determinación de una flecha. 

En la juventud es el dedo corazón el más empleado. Ya sea para hacer el "fuck you" rebelde e impulsivo de joven sabelotodo o para solaz de los placeres eróticos recién descubiertos. Es el dedo más largo de todos, como no podía ser de otro modo. El que se usa con mayor ímpetu para lo bueno y para lo malo.

El dedo anular es el de la madurez, discreto y sobrio, apenas usado para sostener la alianza. No destaca absolutamente en nada; sin embargo, resulta difícil imaginar cualquier acción que pueda realizar la mano sin su melancólica presencia. 

Por último, tenemos el meñique, la metáfora perfecta de la vejez. Un dedo pequeño y encogido que apenas sirve para nada. Nos reímos de él cuando lo vemos orgulloso y erguido al levantar una taza; sin embargo, lo que nos está mostrando con esa vigorosa erección es nuestra propia dignidad. La dignidad que únicamente es posible adquirir tras largos y azarosos años de vida.

Así pues, los dedos de la mano contienen nuestra propia vida de forma sucesiva, como si de un contandor de edades se tratase. No son las líneas de la palma de la mano las que contienen el indescifrable códice de nuestra vida, sino los cinco dedos, que inexorablemente se van levantando uno a uno hasta tener los cinco dedos completamente extendidos dando el alto a la dama de negro, que se acerca menesterosa a darte su traicionera mano de despedida. 

¿Cómo preparar el gintonic perfecto?

¿Cómo preparar el gintonic perfecto?

Una premisa básica para poder disfrutar de un gran gintonic es la copa de balón. Vamos, un buen copón que permita disfrutar de todos sus matices y, además, lo muestre en toda su grandeza.

Lo primero es el hielo: cuatro o cinco grandes piedras de gélido rencor inveterado, imposible de deshacer. A continuación, vertir ginebra The Hated Nº1 hasta cubrir tres cuartas partes de los cubitos de rencor, permitiendo que éste se mezcle con la ginebra y rompa los pequeños cristales de resentimiento congelados durante largo tiempo. Vaciar un botellín de tónica Rage Tree (que en lugar de quinina contiene inquina) en la copa y mezclar ligeramente. Veremos cómo las burbujas de rabia ascienden vertiginosamente removiendo las piedras de rencor helado entre el oleaje de odio. Por último, coronaremos el delicioso cóctel con dos o tres lágrimas de limón, pero no las primeras que brotan casi sin razón, sino aquellas que se amotinan en los ojos llenánsose de dolor poco a poco hasta que emergen abundantes y tatúan un surco de tristeza en la cara. Proporcionarán el punto de acidez necesaria al gintonic y lo completarán magistralmente. 

Ahora ya sólo nos queda bebérnoslo. Para ello nos recostaremos plácidamente sobre el sofá y sostendremos la copa en la mano. Daremos largos sorbos disfrutando de todo su sabor, mientras miramos el evocador gintonic absortos en nuestros pensamientos. Tras unos veinte minutos, dejaremos la copa vacía sobre la mesa e iremos en busca de la persona a la que queremos dedicárselo: "Hola, hijo de la gran puta..."

El puente de Millau

El puente de Millau

El puente de Millau, construido en el sur de Francia, es una impresionante obra de ingeniería que deja bien patente el excelso nivel técnico que ha alcanzado el hombre. Es el puente más alto del mundo con casi 350 metros. Su longitud es de 2,5 kilómetros. Sus siete enormes pilares sostienen el tablero que une las dos mesetas sobre el ancho valle surcado por el río Tarn.

Me apena no tener conocimiento alguno sobre ingeniería para poder valorar aún más la dificultad de esta obra. Escuchar o leer sobre el cálculo de estructuras, el deslizamiento hidráulico del tablero sobre apeos provisionales o la construcción de los pilares por secciones me deja completamente aturdido, ya que no alcanzo a comprender absolutamente nada para mi desgracia.

No obstante, no he traído a colación el puente de Millau para hablar sobre algo de lo que no tengo ni la más mínima idea como la ingeniería, sino para hablar de belleza. La majestuosidad del puente es tan asombrosa, la perfección de sus líneas es tan increíble y su dimensión es tan gigantescamente abrumadora, que es, sin duda alguna, una de las obras más bellas que he visto jamás. Y cuando digo “obra” no me refiero a obra civil, sino a obra de arte.

Todo lo bello resulta admirable, desde una mujer hasta un cuadro. Y también un puente puede ser algo extraordinariamente admirable y bello, desde luego. Esa admiración que provoca la belleza es en ocasiones paralizante. De repente, algo te estremece, te deja entre embobado y extático, pero a la vez sientes una extraña sensación de armoniosa felicidad. Entras en una especie de trance, la relajación te invade por completo, aunque al mismo tiempo sientes una intensa excitación. En esos breves instantes, las aparentemente antitéticas relajación y excitación conviven juntas, y hasta se abrazan. Es un placer deliciosamente sutil, que trasciende la sensibilidad o, a lo mejor, la sacude violentamente hasta narcotizarla gracias a esa admirable belleza. Pues eso mismo sentí al ver el puente de Milllau. 

Barbarela...el bar

Barbarela...el bar

El pasado miércoles salí de la oficina hasta los cojones del trabajo y loco por ver el partido del Madrid contra el Lyon. Como la lucha entre las diferentes plataformas televisivas ha dado lugar a una dispersión de emisiones sin igual, no podía verlo en casa. Así que tuve que acudir a un bar. Los cercanos a casa no tenían Gol TV, por lo que recurrí a un viejo bar conocido donde seguí toda la Liga de Capello y sus increíbles remontadas: el Barbarela. 

Llegué con el partido ya empezado y sed de cerveza de bar, que sabe mucho mejor que la de casa. Le pedí al camarero-dueño-encargado (no sé lo que es Emilio, pero probablemente sea todo eso a la vez) una Heineken. Su respuesta fue sencillamente magistral: "¡No! Estrella". Pensé avergonzado: "¡Qué gilipollas eres, Guille!" Aparentemente, había sido una respuesta de adusto camarero, pero nada más lejos de la realidad. Es la forma de responder de Emilio: contenida e impasible. El caso es que fue la mejor bienvenida posible. Mucho mejor que si me hubiese dado un abrazo. Me senté en una silla y me sentí, de repente, absolutamente feliz. 

Es un bar sin aspiraciones (me niego a calificarlo de cutre, aunque muchos podrían describirlo así), poblado de señores mayores y personas castigadas. Me reconfortó encontrar a muchos de los personajes que lo habitaban hace cuatro años. Únicamente eché en falta al señor que llevaba pañal. El del párpado cosido para disimular su ausencia de ojo, el solterón ex-cajero de La Caixa, el argentino pesado y borrachín...estaban allí, como otros muchos sábados y domigos de Liga.

Es increíblemente curioso lo a gusto que me encontré entre todos ellos de nuevo, tras casi cuatro años sin haber pisado el Barbarela. Le tenía un enorme cariño a ese bar. Por su ambiente, por su camarero-dueño-encargado y porque aún no he visto perder al Madrid un solo partido en este santo lugar.

Como antaño, insulté al árbitro, aplaudí las jugadas del Madrid y celebré sus goles a mis anchas, rodeado de bastantes merengones igual de entusiasmados que yo. Los culés no son mayoría en este bar. Al menos, cuando juega el Madrid. 

Me tomé unas cervecitas (Estrella, por supuesto) y un bocadillo de lomo con queso que me supo a gloria. Emilio, con su distante amabilidad, me acercó una silla para que apoyase el plato del bocadillo, ya que las mesas estaban ocupadas. Me honró esa distinción. Se lo agradecí con fingida contención también. En un bar como éste los hombres nos mostramos el respeto de este modo. 

El partido acabó con victoria del Madrid, como siempre en el Barbarela. Saldé la cuenta poco antes del final y me despedí con un simple ¡hasta luego! Salí del bar con el ánimo renovado y con unas ganas tremendas de volver a ver un partido del Madrid en el Barbarela, un bar cojonudo en el que hasta el nombre me parece genial.

(El Bar Barbarela está situado en Travesera de Gracia, 150. Barcelona)

Algunos refranes sin sentido

A quien madruga, Dios le ayuda. Ya, claro, por eso Dios te recibe de noche, con el transporte público aún sin funcionar y sin un puto taxi que coger.

Es más puta que las gallinas. Nunca me han parecido muy golfas las gallinas, la verdad. Ni visten como putas, ni se comportan como putas. De hecho, sigo sin entender que los gallos se las zumben, pudiéndose calzar a las ocas que están mucho más ricas.

No hay dos sin tres. Bueno, yo tengo sólo dos piernas, y dos pulmones, y dos cojones. No digo que me fuese mal un tercero. Huevo, digo. Pero es que no hay más. Son dos y punto.

Quien bien te quiere te hará llorar. Pues te querrá mucho, pero es un pedazo de hijo de puta.

Amor con amor se paga. Claro, claro…Por eso las putas cobran en mimos.

A caballo regalado no le mires el dentado. O sea, si te regalan un caballo, lo primero que haces es mirarle los pìños. ¡No me jodas! Mi primera reacción sería “No, no, gracias. Es que no tengo plaza de caballo.” O cualquier absurda excusa del tipo “padezco peste equina” o “me dan mal fario desde que un poni me embruteció en el zoo”. ¿Pero aceptar y mirarle la dentadura? ¡Por favor!

El que la sigue la consigue. Ya, ya...y por eso Charlize Theron tiene mil millones de novios y el Madrid juega con cien millones de jugadores.

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Se ha de ser gilipollas para hacer algo hoy si se puede dejar para mañana. ¿Y si mañana ya no hace falta hacerlo? ¿Y si no hay mañana? Pues eso, curro en balde.

A buen entendedor pocas palabras bastan. Sería al revés, ¿no? Si tan listo es, le puedes meter un rollaco larguísimo, que el tío lo entenderá sin problemas. En cambio, si es bobo, dos o tres palabras, no más.

Mientras hay vida, hay esperanza. Que lo pregunten en Darfur, Haití o Somalia. ¿Esperanza de qué? ¿De seguir viviendo? ¿o de seguir sufriendo?

La vida es una tómbola llena de luz y de color. (No es un refrán. Es parte de la letra de una canción de Marisol que no sé porqué cojones tengo grabada en la memoria y me tortura recurrentemente) Ni siquiera adivino qué quería decir la cursi de Marisol ni se me ocurre ninguna interpretación. Simplemente me atormenta.

 

Tres dictadores: Hitler, Mussolini y Stalin. Y un cuarto: Prusia (Emil Ludwig, 1939)

Tres dictadores: Hitler, Mussolini y Stalin. Y un cuarto: Prusia (Emil Ludwig, 1939)

¿Por qué puede resultar interesante un libro que ofrece breves relatos sobre tres personajes tan extensamente analizados y sobre los que hay una voluminosa bibliografía? Porque está escrito entre septiembre y noviembre de 1939, justo después de estallar la Segunda Guerra Mundial. Y, además, porque el análisis del cuarto "dictador", Prusia, es tan brillante como revelador.

Antes de entrar en el contenido del libro, unas pinceladas sobre el autor: nacido en 1881, escritor y periodista alemán de origen judío exiliado a Suiza en 1932, que obtuvo fama internacional en la década de los veinte gracias a sus biografías de personajes históricos. 

El capítulo sobre Hitler es el más acertado de todos y el escrito con mayor bilis. Lo tacha de loco histérico, mediocre, cobarde y mentiroso. No obstante, la crítica furibunda no se centra únicamente en el tirano, sino en la responsabilidad del pueblo alemán que lo encumbró y siguió entusiasmado en su mayoría. Aquí usa una cita de Goethe que resume perfectamente su opinión: "Pensando en el pueblo alemán he encontrado frecuentemente con la mayor amargura que en su conjunto es tan mísero como es respetable en lo individual". 

Tras desnudar las miserias del líder nazi, recrea el juicio al que sería sometido Hitler en el Tribunal de La Haya un día de 194..., una vez derrotada Alemania. Primero imagina los argumentos falaces usados por el abogado defensor y, después, desgrana las acusaciones del fiscal con precisión y claridad, detallando todos los crímenes morales cometidos por el régimen nazi. Posteriormente, se atreve también con unos pronósticos sobre el devenir de los acontecimientos, que son en su mayoría bastante cercanos a lo que sucedió después. Ludwig demuestra ser un certero analista, ya que en noviembre de 1939 predijo la derrota de Hitler, la permanencia de Stalin en el poder tras la guerra, la determinación en la victoria de los ingleses, la posición norteamericana y el alumbramiento de un paneuropeísmo al finalizar la contienda mundial. Únicamente erró en la neutralidad de Mussolini.

La descripción de Mussolini es la más dulce de todas. A éste lo conoció personalmente en una serie de entrevistas celebradas en 1928. Alaba su capacidad de seducción, su interés por la historia y su naturalidad. En sus líneas transmite cierto respeto hacia el hombre y demasiada indulgencia hacia el dictador. Sorprende y decepciona que un experto biógrafo caiga en los encantos personales de su personaje. Aunque mirado con perspectiva, y comparado con los otros dos tiranos, es hasta lógico que la figura del fascista italiano salga mucho mejor parada.

El capítulo sobre Stalin no aporta nada nuevo. También lo conoció personalmente, en una entrevista en Moscú en 1931. (Así pues, fue a Hitler al único al que no trató en persona.) La descripción del sátrapa georgiano como un déspota taimado y cruel es arquetípica. Es, sin duda, el capítulo más frío y aburrido. 

Por último, está la guinda del libro: la acusación clara y rotunda a Prusia como origen de todos los males acontecidos en Europa y Alemania desde mitades del siglo XIX hasta la fecha (1939). Señala a Prusia como una nación medieval, dominada por una clase de terratenientes semianalfabetos y reaccionarios (los Junkers) que somete a la casi esclavitud al campesinado, desprovista de espíritu creativo y sensibiidad cultural, fuertemente militarizada y entregada a los designios del emperador, orgullosa y desdeñosa con el resto de Alemania, prepotente y codiciosa. Realmente, es una diatriba espectacular, aunque perfectamente argumentada históricamente. Basta citar los grandes hombres que ha ofrecido Alemania al mundo en las más diversas disciplinas (arte, filosofía, música, ciencia...). De ellos ninguno, salvo Kant, era prusiano. Ludwig explica el motivo: Prusia era un páramo intelectual en el que nadie poseía la sensibilidad o educación mínimas para que floreciera el saber y el progreso. Es una crítica bestial, como pocas veces he leído. Incluso llega a proponer como única solución posible para el futuro de Alemania que, acabada la guerra, Prusia sea un país independiente del resto de Alemania para evitar que contamine y pudra desde dentro al resto de buenos alemanes del sur, del Rin, del industrioso valle del Ruhr o a los hanseáticos del norte occidental. El autor es absolutamente demoledor con Prusia y la identifica como una de las causas del triunfo del nazismo. 

Lo cierto es que este último capítulo me ha traído a la memoria la película "La cinta blanca" de Michael Haneke, que retrata el ambiente lóbrego, miserable, cruel y postrado de un pueblo alemán en vísperas de la Gran Guerra en 1913. Una aldea prusiana cualquiera en la que, años después, fue fácil y lógico que germinase el nazismo con absoluta naturalidad. Es curioso (y gratificante) unir un libro escrito en 1939 con una película rodada setenta años después, en 2009. 

El rugby, mucho más que un deporte

El rugby, mucho más que un deporte

Aprovechando que el mundial de rugby está en plena disputa en Nueva Zelanda – el próximo fin de semana se jugarán los partidos de cuartos de final – me apetece alabar las maravillas de este deporte, del que, advierto, soy un profano. No sigo las competiciones de clubes. En cuanto a los torneos de selecciones, hace años que veo algún enfrentamiento del 6 Naciones (antes 5 Naciones), si se da la circunstancia, y poco más. Aunque dentro de ese poco más, cabe, obviamente, el Mundial. El primero que seguí fue el de Australia 2003, donde Johnny Wilkinson se convirtió en una celebridad logrando el título para Inglaterra en el hemisferio sur. Una heroicidad deportiva increíble, ya que derrotar a los australianos en la final en su país, ante su gente, es sencillamente un sueño inalcanzable. Después seguí el de Francia 2007 con verdadero entusiasmo, deleitándome con la asombrosa actuación de Argentina, que acabó tercera. Y, por último, el que se está celebrando ahora en Nueva Zelanda.

La belleza de este deporte no tiene comparación posible con ningún otro. Los valores que transmite tampoco. Me emociono viendo a esos hombres pelear sin cuartel, hasta la extenuación, por sus compañeros, por su equipo y por su país. Son modernos gladiadores enfundados en camisetas que les van a explotar, con las orejas deformadas de los enganchones de las melés, las caras hinchadas del esfuerzo y los golpes, la sangre brotando a borbotones de los choques con rodillas y cabezas, y el sudor envolviendo por completo sus cuerpos llevados al límite. Todo este escenario de aparente (y no tan aparente) violencia queda, no obstante, amortiguado por la elegancia, la caballerosidad, la deportividad de estos rudos jugadores. Evidentemente, hay jugadores más sucios que otros, pero hay una barrera que nunca se traspasa. Parece haber un acuerdo tácito por el cual el uso de la violencia queda perfectamente enmarcado y nunca va más allá. Además, el respeto por el rival y los árbitros es casi reverencial. No hay trifulcas, ni tanganas. Acaba el partido y se felicita al rival, al que se respeta y admira como si fuese uno mismo. Tampoco hay protestas a los árbitros, como mucho se habla con ellos, con respeto, con calma, sin aspavientos, sin groserías. ¡Cuánto deberían aprender los futbolistas de este deporte! Esa famosa frase de que “el fútbol es un deporte de caballeros jugado por rufianes y el rugby un deporte de rufianes jugado por caballeros” cobra mayor vigencia que nunca viendo cualquier partido de este mundial de rugby y comparándolo con cualquier partido de fútbol. 

El juego en sí es igualmente excitante y divertido. Las normas han favorecido recientemente el juego de carrera, mucho más espectacular que el de contacto y melé. No obstante, una mezcla de ambos es también apasionante. Tan bonito es ver a un ataque intentar perforar la defensa rival como presenciar la infatigable defensa haciéndose impenetrable, repeliendo todos los envites atacantes. Los cambios de juego y de posesión son constantes. Hay un dinamismo apasionante durante todo el partido. Realmente, la exigencia física es brutal en este deporte.

Y por encima de todo ello están los valores que transmite el rugby. En el mundial de 2003, conforme avanzaba el torneo, crecía la figura de Johnny Wilkinson. Mandaba a sus compañeros, los ordenaba, dirigía los ataques, pateaba a palos cuando convenía, alargaba o acortaba las jugadas según las necesidades de cada momento, lideraba al equipo con maestría. Pero todo ello desde la contención, el respeto, la humildad. Inglaterra, como he dicho, acabó ganando ese mundial y Wilkinson se convirtió en héroe nacional. Nada de eso ha cambiado su forma de jugar. Sigue siendo el primero en defender. No se arredra cuando una mole de casi dos metros y ciento veinte kilos viene lanzada con el balón oval. Aprieta los dientes, tensa los músculos de su cuerpo, mucho menor que el que viene en carrera, y lo placa con determinación. Es admirable, hasta conmovedor, ver al “pequeño” Wilkinson detener a una bestia de la naturaleza. ¿Por qué lo hace? Porque ha de hacerlo. Porque la línea defensiva no puede romperse, porque sabe que varios compañeros suyos se lanzarán sobre el rival como animales para ayudarle a derribarlo, porque el compromiso con el equipo es total. Porque es una cuestión de honor. El equipo está por encima de todo y nadie puede echarse atrás. Todos ganan juntos y todos pierden juntos. Un maravilloso ejemplo de compañerismo, valor, honestidad y orgullo. Sólo el rugby permite ver y admirar todos estos valores.

Otro increíble ejemplo de la fuerza del equipo en este admirable deporte: la actuación de Argentina en el Mundial de Francia 2007. Los Pumas, como se conoce a la selección argentina, se presentó en Francia con apenas tres años de profesionalismo en su país y una selección plagada de jugadores que se ganaban la vida en equipos extranjeros. Su capitán era Agustín Pichot (en la foto), un loco del rugby. En el partido inaugural se impusieron a Francia, la anfitriona. Partido tras partido, batalla tras batalla, avanzaron hasta los cuartos de final, donde eliminaron a la todopoderosa Nueva Zelanda. En semifinales cayeron ante la futura campeona, Sudáfrica, pero en la final de consolación derrotaron de nuevo a Francia en su estadio, obteniendo la tercera plaza final. Seguí la mayoría de sus partidos con una emoción tremenda, “torciendo” por ellos. Me convertí en un fan absoluto de los Pumas. Especialmente fascinante resultaba la figura de Agustín Pichot. Era el capitán. Los cojones, el capitán. ¡Era el capitán general! Reunía a los suyos antes y después de cada partido: un círculo en pleno campo de juego, él en medio arengando a sus compañeros, animándoles, exigiéndoles, motivándoles. ¡Alucinante! Era el puto amo. Se pasaba todo el partido hablando con sus compañeros. Con lo agotador que resulta este juego, este animal competitivo conseguía jugar, placar, correr, retener, empujar y no cesar ni un segundo de alentar, animar, aconsejar, guiar y espolear hacia la victoria a sus compañeros de equipo. Tengo una imagen preciosa grabada en la memoria: en el partido por el tercer puesto, jugado como he dicho ante la anfitriona Francia, Pichot consigue un ensayo que cierra definitivamente la victoria, se levanta del suelo brazos en alto extasiado por la hazaña lograda, mientras una jauría de compañeros de equipo se lanza sobre él para abrazarle y compartir el mayor éxito de sus vidas deportivas todos juntos, abrazados, sudados, magullados, felices. Una foto que resume lo que representa este deporte tan especial. Ojalá otros muchos ámbitos de la vida tomaran ejemplo del rugby y lo que representa.

Para quienes puedan estar interesados en descubrir la emoción e intensidad de un buen partido de rugby, Canal + está emitiendo todos los partidos del mundial de Nueva Zelanda 2011. El próximo fin de semana, a primera hora de la mañana del sábado y del domingo, ofrece los partidos de cuartos de final en directo. Serán un auténtico espectáculo. Por una parte del cuadro las cuatro potencias del hemisferio sur: Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda y Argentina. Y por la otra parte el norte, representado por Inglaterra, Francia, Irlanda y Gales.

La marea

La marea

Sube y baja, va y viene.

Llega impaciente

y desaparece temerosa.

La luna la guía,

las olas la mecen.

Las rocas la besan impetuosas,

la orilla la abraza silenciosa.

Arrastra profundos pesares:

historias de naufragios,

muertes silenciosas y olvidadas.

Esconde secretos insondables:

asombrosos calamares gigantes, 

tesoros perdidos en naves hundidas,

misteriosas y bellas sirenas.

El horizonte la escupe y la absorbe,

cada seis horas, todos los días.

Al llegar acaricia la arena,

al partir la araña, la desgarra.

¿Miedosa? ¿dubitativa? ¿coqueta?

¡Paciente, sesuda, bella!

Se presenta centelleando

irisaciones del sol cobrizo del atardecer;

y se despide con millones de luciérnagas

surfeando sus olas nocturnas bajo la luna.

La espuma dibujada en la orilla

nos descubre sus deseos,

con cada embestida, con cada ola.

Pero nunca nos da tiempo a leerlos,

siempre se arrepiente y los borra,

con nuevas embestidas, con nuevas olas.

¿Qué querrá la marea?

La música de Documentos TV

La música de Documentos TV

No hay mejor sintonía de un programa que la de Documentos TV. No porque sea especialmente original, ya que se trata de un fragmento de la conocida Carmina Burana, sino porque identifica perfectamente el contenido del programa, lleno de reportajes buenísimos e interesantísimos. ¿Percepción subjetiva? Pues sí, pero es que la música de entrada te pone en alerta, capta tu atención, hace que mires la pantalla del televisor ansioso por descubrir qué temática será abordada en el documental, quién será entrevistado, qué aprenderás. Es una sintonía excitante, casi diría lujuriosa, que provoca erecciones cerebrales.

Me sucedía lo mismo de pequeño cuando en Televisión Española ponían algún programa inglés con la entradilla de “THAMES” sobre una fotografía del Parlamento, o cuando antes de un partido de fútbol internacional aparecía el logo de Eurovisión con su remedo del himno de la alegría sonando. Sentía la misma ilusión y las mismas ganas que afloran ahora, veintipico años después, al escuchar la melodía de Documentos TV.

Además, la televisión (la buena televisión, que la hay) provoca en mí una muy agradable sensación de excitación y relajación a la vez. Obviamente, sólo en circunstancias especiales: en silencio, de noche, con emisiones que me interesen…

Esa aparente mezcla de sensaciones contradictorias me provoca una deliciosa hipnosis que me sumerge en un estado de ánimo de dulce y reposada alegría de lo más satisfactorio. Y el relojito que desencadena mi agradable hipnosis es precisamente la música del programa. La música de Documentos TV en este caso.

 

La paciencia de la cigarra

La paciencia de la cigarra

La cigarra californiana se pasa ¡17 años! bajo tierra antes de emerger. ¡Alucinante! Desde que su mamá pone los huevos hasta que salen a la luz están 17 años en el subsuelo. Y una vez han salido, apenas viven unas semanas.

Las ninfas chupan la savia de las raíces de las plantas y con eso van tirando los diecisiete años de oscuridad. Imagino que cambiarán de raíces y que descubrirán nuevos sabores según la planta absorbida o la estación del año, pero no parece una dieta muy variada.

Conociendo esta larga espera de la cigarra y su paciente día a día subterráneo, me parece aún más injusta la imagen que La Fontaine dio de la cigarra en su fábula “La hormiga y la cigarra”. Acusa con ligereza al insecto cantor de ser un diletante poco apegado al trabajo y a la planificación. ¿Le parece poco al señor La Fontaine permanecer diecisiete años preparándose para sus escasas semanas de canto y cortejo en el exterior? Yo creo que La Fontaine tenía envidia del bello canto de las cigarras y, sobre todo, de su resultado. Seguro que estuvo galanteando a alguna cortesana francesa durante largo tiempo usando sus escasas dotes musicales sin resultado alguno y, despechado, volcó su rabia en la fábula de “La hormiga y la cigarra”.

¿Que qué dicen las cigarras con sus estruendosos cantos? Pues parece evidente: ¡¡¡¡¡Quiero follaaaaaaaaaar!!!!! Después de diecisiete putos años bajo tierra, haberse despojado de su piel de ninfa y haber estrenado nuevo look, estar posada sobre una rama o una corteza de árbol tan guapamente viendo a un montón de cigarras hembras “cigarrear”, que es como zorrear pero en insectos, y tener por delante unas breves semanas de vida, lo único lógico es querer echar un polvo. 

Dios y twitter

Si Dios existiese, usaría Twitter. No se me ocurre mejor canal de comunicación para revelar sus enseñanzas. Nada de usar intermediarios a modo de viejunos profetas o indescifrables y contradictorios apóstoles. Twitter y su inmediatez global sería el mejor modo de evangelizar. Twits a modo de parábolas, retwits a modo de “¡te alabamos, Señor!”

Podría usarlo también para convocar plazas en la jerarquía eclesiástica: “Vacante de cardenal. Retribución fija más limosna. Imprescindible traje púrpura y negro”. O para convocar a la feligresía: “Misa en San Wenceslao mártir a las 12:00h”. Obviamente, también para lanzar eslóganes de posmoderna cristiandad: “In God you trust”, “Bautismo o infierno” y demás lindezas estremecedoras.

Además, sería muy interesante seguir el duelo en la red entre las cuentas de Dios y de Lucifer. Ambos pugnando por el mayor número de seguidores posible y las mejores valoraciones de sus revelaciones. La disputa del futuro de la humanidad en tiempo real. La rabiosa lucha entre la luz y las tinieblas con sus respectivos acólitos informados al momento. Lo más de lo más. La eternidad jugándose en directo.

¿Por qué Twitter y no Facebook o un blog? Porque Dios es más de aforismos y de impactos rápidos. No le gusta perderse en largas disquisiciones que puedan alumbrar inconsistencias o dudas a sus fieles. Así pues, Twitter sería su púlpito perfecto. Si existiese, claro está. 

Los culos de las japonesas: vicio en peligro de extinción

¿Dónde se han dejado el culo las japonesas? ¿Cómo puede ser que tengan el culo tan pequeño, recto y chato? ¡Es que ni las mamás han conseguido ensanchar las caderas con el embarazo! Yo creo que los japoneses son así de sosos por el culo de las japonesas. ¿Doggy style? ¡Ni de coña! Pensarán que se están zumbando a un amigo.

Sinceramente, creo que los culos de las japonesas están en peligro de extinción. Mucho más que el atún rojo. Por consiguiente, el mundo debería reaccionar y evitar su completa desaparición. Los japoneses lo agradecerán y seguro que nos recompensarán con gadgets electrónicos más pequeños, más modernos y más chanantes. Vale la pena intentarlo. 

Por todo ello me atrevo a ofrecer una solución súper sencilla: enviar a Japón a muchas de nuestras señoras culonas españolas, que tenemos a miles. Ellas son muy zalameras y ellos, los japoneses, muy educados; así que cuando la culona se siente a horcajadas sobre el asustado japonés, éste, por una curiosa mezcla de ancestral timidez y amable hospitalidad, derramará sus nerviosos soldaditos dentro de la fértil culona engendrando una nueva generación de japonesas con culo. 

En unos pocos años podemos recuperar para siempre el culo de las japonesas. Eso sí, las culonas deben ser devueltas a casa tras su misión repobladora. Su insoportable locuacidad y mala educación no serían bien recibidas en el país del sol naciente y el culo menguante. 

El silencio: un bien escaso

Cada vez es más difícil disfrutar del silencio. Siempre hay alguien o algo que lo rompe. El ruido externo es molesto, pero no agobiante. Escuchar al camión de la basura en plena noche sobresalta la primera vez, en adelante te acostumbras. Sin embargo, las interpelaciones continuas de la gente que te rodea son realmente exasperantes. Te pasas el día entero siendo interrumpido por gente que te importa un huevo o, en el mejor de los casos, compartes algún asunto profesional de "ineludible" conversación. 

Esa constante violación del silencio se agrava por el dichoso teléfono, ya sea el fijo, el móvil personal o el móvil de empresa. Las nuevas tecnologías son acojonantes, avances de la leche; pero a veces pienso que todas están encaminadas a jodernos nuestra intimidad. 

¿Cuántas conversaciones a lo largo del día son medianamente interesantes? ¿Cuántos interlocutores nos sorprenden con algo ingenioso, novedoso o interesante? ¡Poquísimos! Además, muchos lo hacen sin la más mínima educación, importándoles un bledo lo que estés haciendo. Ya puedes poner tu cara de "¡Imbécil! ¿No ves que no me interesa lo más mínimo lo que me estás contando?" A ellos les da igual. Ni se enteran, ni se quieren enterar. Evidentemente, en el 99% de las ocasiones te abordan con estupideces. 

El silencio es tan reconfortante y relajante, que debería sancionarse a quien lo rompiese injustificadamente. Cuando uno está con sus pensamientos, sus análisis, sus ensoñaciones debería colgarse un imaginario cartel de "No molesten" y ser respetado por todos. 

El silencio no tiene porqué significar la ausencia total de ruido. Se puede estar perfectamente en silencio escuchando música, el oleaje del mar, la brisa sibilante del atardecer o el rumor de varias conversaciones entrelazadas en una plaza. De hecho, el silencio absoluto es sobrecogedor y, según las circunstancias, hasta da miedo.

Y se puede estar perfectamente en silencio en compañía. No hay mejor prueba de la complicidad entre dos personas que su silenciosa comodidad. Ese silencio en el que hablan las miradas y las caricias.