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lasnochesdeMcNulty

calvo

caballero con nombre y pelo de atún. Los que están rapados son dignos. Los que lucen medio pelo son ridículamente enternecedores. Y los que intentan disimular con una melena lateral tapaevidencias son sencillamente patéticos. 

prozac

caramelo sin azúcar para adultos. 

Stefan Zweig

Stefan Zweig

 

Hace años leí un libro de Stefan Zweig sobre Brasil. De hecho, sólo hablaba de tres o cuatro lugares del inmenso país suramericano, los que había visitado. Seguramente se trate de su libro menos representativo. No obstante, sus descripciones eran excelentes: precisas, sin artificios, elegantes.

No volví a leer nada suyo hasta hace bien poco. Tras una buena recomendación, me compré “El mundo de ayer”, un fantástico repaso del autor a los tiempos que le tocó vivir: desde finales del siglo XIX a 1940.

Dos cosas me impresionan de Zweig. La primera tiene que ver con su biografía. Nació en una familia burguesa judía de Viena, que le permitió llevar una vida acomodada y dedicarse al arte desde muy jovencito, fundamentalmente a la literatura (como exitoso escritor) y a la música (como diletante aficionado). Su vocación viajera y su mente abierta le convirtieron en un europeísta convencido, rara avis en su época. Sus intereses y su talento le permitieron trabar amistad con infinidad de personajes célebres de la época: Sigmund Freud, Walter Rathenau, Richard Strauss, Rainer M. Rilke, H. G. Wells, Bernard Shaw, Paul Valéry, Theodor Herzl; y conocer a un sinfín de artistas de diferentes nacionalidades como James Joyce, Salvador Dalí o André Gide. Con semejante compañía parece imposible no crecer intelectualmente. Y ¡por Dios! que lo consiguió Stefan Zweig.

La segunda cualidad que admiro de él es su extraordinaria elegancia. No sólo su escritura es elegante: cuidadosa con las formas, contenida en el mensaje, humildemente culta. Su propia vida, que transcurre a lo largo de “El mundo de ayer”, es igualmente de una elegancia y una educación exquisitas. Todo en sus narraciones rezuma mesura, respeto, honestidad. Leerle es una delicia, un placer reposado y sobrio.

Fue un magnífico biógrafo. “Momentos estelares de la humanidad” es un buen ejemplo de ello. Combina relatos históricos de Cicerón o de la caída de Constantinopla con otros en los que describe aquellos momentos de máxima inspiración en los que Goethe o Haëndel crearon sus obras más famosas. Y lo hace con una verosimilitud y un detalle emocionantes.

Lástima que decidiese suicidarse junto a su mujer en 1942 hastiado de su condición de errante apátrida y por el desasosiego que le causó ver a su amada Europa desangrarse a causa del nazismo. Si hubiera esperado un poco, ni siquiera un año, habría podido percibir que la Segunda Guerra Mundial tomaba otro rumbo, el de la derrota de la locura totalitaria y genocida y el alumbramiento de la Europa de la Sociedad de Naciones de Schuman y Briand, que tan fervientemente había defendido desde su atalaya de respetado intelectual años atrás. 

Hay una foto tomada por la policía brasileña en Petrópolis en la que se ve a Stefan Zweig y a su esposa tumbados sobre la cama, abrazados e inertes, que sobrecoge. Supone la derrota de un espíritu libre, que se vio abocado al abismo tras poseerlo todo, y que no pudo soportar más el mundo en el que vivía, al que había dedicado denodados esfuerzos para convertirlo en un lugar mejor, pero que se le mostraba entonces enloquecido y fanatizado. Vivió deseando y preconizando un entendimiento entre todas las naciones, especialmente, las europeas. Y murió desesperado y alejado de todo aquello en lo que había creído y por lo que había luchado. ¿Cuántos Stefan Zweig? ¿Cuántos Walter Benjamin se han perdido por el camino? Sólo con estos célebres nombres, con sus caras y con el legado de sus obras somos capaces de estremecernos ante la enorme pérdida de talento que la barbarie ha causado a lo largo de la historia. 

 

mar

caldo de la Tierra, normalmente de pescado, más o menos salado y con más o menos tropezones según la zona. Los envasados en complejos turísticos saben a plástico. Los costeros tienen demasiados aditivos químicos. Así que ninguno está tan rico como el de la madre: la madre naturaleza. 

torre de control

minarete desde cuya altura el controlador aéreo convoca cada verano su dichosa huelga para joder a los viajeros, que alzan temerosos sus oraciones para poder disfrutar de las vacaciones planificadas con sueldos hasta diez veces menores que los de los controladores. 

imán

metal cariñoso cuya época de migración coincide con los distintos periodos vacacionales. La ruta migratoria varía según la procedencia del comprador: de la tienda de souvenirs horteras para turistas a la nevera del turista.

Asideros

Si el sol prolongase el atardecer
con sus últimos parpadeos cobrizos,
la brisa vespertina acunaría el espíritu lo suficiente
como para sumergirlo en sueños extraordinarios.

Si los roquedales del orgullo
dejasen paso al verdín de la comprensión,
nadie hablaría a través de celosías de prejuicios
ni se disfrazarían las mentiras de verdades.

Si las palabras brotasen de los labios de Benedetti
con la extática música de El Mesías de Haendel,
merecería la pena escuchar,
pero el uruguayo y el alemán ya no están.

Si los genios desaparecen
y las musas no encandilan a otros nuevos,
la llama creativa se extinguirá inexorable,
dejándonos a la nostalgia como única amiga.

Si no hay a quien admirar,
más que a uno mismo,
estás perdido. Se acabó.
Jamás volverá a crepitar la pasión.

Mas si late una ilusión, sólo una,
el simple tintineo de su eco
y su melodiosa reverberación
volverán a embriagarte con renovado entusiasmo. 

No me gustan los puzles

No me gustan los puzles

No me gustan los puzles. Odio que se trocee una fotografía, un cuadro o un dibujo. Es absurdo hacerlo. Cuando me miro al espejo espero ver mi reflejo completo, no un plano de mi rostro con infinidad de cuadrículas que le confieren un aspecto robótico.

Cuantas más piezas tiene el puzle, más me inquieta. Con sus sinuosas formas, sus irisaciones deslumbrantes debido a la multitud de pequeñas curvaturas. Con su condición de hermafroditas, llenas de entrantes y salientes, retozando lúbricas unas con otras. Muchas piezas aparentemente iguales, diminutas e indiscernibles retando a la paciencia de forma obscena. Y cuando, por fin, ha concluido la azarosa tarea, vuelta a empezar. Un puzle terminado no sirve para nada. Sísifo cuarteado.

Nunca disfruté montando un puzle salvo los de geografía. Estos sí, me encantaba hacerlos. Trocear un mapa es algo natural, ya que la cartografía se ha encargado de ello antes que “Educa”. Recuerdo uno con especial emoción: un puzle de EEUU en el que cada pieza correspondía a uno de sus estados. Piececitas para los siete estados del noreste, piezas peninsulares para Florida y California, grandes piezas cuadriculadas para Colorado, Utah y demás estados del centro-oeste. Una maravilla de puzle que hice decenas de veces. El puzle perfecto. Un puzle que la realidad había troceado antes.

En cualquier caso, no me gustan los puzles. Ni hacerlos, ni contemplar cómo se hacen, ni sus cajas que prometen una perfección luego mil veces mutilada. Me dan mal rollo. No son de fiar.

caricia

poesía gestual, apenas susurrada, escrita sobre la piel desnuda con la tinta evanescente de la ternura o la incandescente de la pasión.

centro comercial

infierno orwelliano que engatusa a sus pecadores con multitud de tentaciones dentro de las fauces del gran leviatán del consumo. Paradigma del urbanismo totalitario, uniformador de tendencias y paraíso de las masas adocenadas.

batman

chulazo gótico enfundado en cuero negro que cobija bajo su capa a un efebo cursi y bobalicón, que rima con...

Las redes asociales

Las redes asociales

Antes de nada quiero dejar bien claro que por lo general las redes sociales me parecen un invento cojonudo. Lo que a continuación criticaré son sus desviaciones y perversiones. Sobre todo, aquellas que desvirtúan su calificativo “sociales”.

La universalidad (¿o sería mejor llamarle ecumenismo?) de Facebook es, en principio, una de sus mejores cualidades. Poder contactar casi con cualquier persona de cualquier parte del mundo es increíble. Y saber de ella aún más. Porque lo realmente excitante es saber algo de esa persona que hace años de la que no sabes absolutamente nada. Por consiguiente, el deseo, el impulso primigenio del contacto es la curiosidad morbosa, no el franco interés. Hay una diferencia considerable entre curiosidad e interés. Es cierto que en ocasiones la una lleva al otro, pero su diferenciadora carga semántica se revela con mayor claridad con el adjetivo que con el sustantivo: curioso vs. interesante. La búsqueda de lo curioso en lugar de lo interesante conlleva a la larga la prominencia de la instantaneidad, la banalidad, la fatuidad. En definitiva, facilita al usuario la ausencia de reflexión y análisis en sus relaciones a través de la red. ¿Que la sociedad tiende a ello? A esas relaciones superficiales, interesadas o puntuales. Efectivamente, y precisamente por ello las redes sociales ahondan en este tipo de relaciones, pero con una rapidez mucho mayor a la conocida hasta ahora. De ahí su peligro.

Otro aspecto no menos inquietante es la ausencia de contacto físico. Ésta supone una enorme ventaja para tarados que se inventan perfiles o engañan flagrantemente. Pero no me refiero a estos casos extremos, sino a la gran mayoría que no lo hace. Aún sin mala fe o intencionalidad evidente, se tiende a manipular el contenido publicado. El control de lo que se muestra y el componente exhibicionista de las redes sociales incentivan a querer ofrecer una imagen “cool” de uno mismo y, por tanto, deformada. Por consiguiente, la imagen que se muestra en este tipo de relación dista mucho de ser la real, viciándola desde el inicio. Obviamente, esto no sucede con amistades cercanas, ya que el contacto se sustenta en un conocimiento físico previo y en experiencias compartidas. Pero para todas aquellas sobrevenidas o fundamentadas en las redes sociales sí que aplica la distorsión antedicha. El problema se agrava con la gente joven. Todos aquellos adolescentes que establecen a través de las redes sociales la base de sus contactos y relaciones pueden llegar a contaminarse con esa forma de relacionarse. En toda comunicación la mirada juega un papel importante. Fundamentalmente porque es un elemento bilateral: uno mira y es mirado. Uno comunica mediante su mirada y analiza la mirada de su interlocutor para entenderlo mejor. Con el tiempo vas aprendiendo a mirar y a entender las miradas. Es un proceso gradual y muy sutil, pero extraordinariamente provechoso para poder entenderse y, por consiguiente, relacionarse mejor. Si no practicas esa mirada crítica, mayor dificultad tendrás a la hora de afrontarlas. Y las redes sociales cercenan ese elemento bilateral de la comunicación, ya que el usuario en la soledad y tranquilidad de su muralla decide cómo quiere que lo vean los demás y, a su vez, deja de mirar para asumir la mirada impuesta por los demás. Esta vorágine de yo soy más guay, yo tengo más amigos, yo publico esto o lo otro acaba volviéndose en contra de su autor. Tarde o temprano, la realidad le agarra del brazo y le sitúa sobre el ring del contacto físico, de la necesidad de respuesta propia e inmediata, no de la tomada prestada y diferida de la red social. Entonces, a esa persona guay se le cae el disfraz de Facebook y se revela en toda su mediocridad. ¿Cómo reacciona? O mejor dicho, ¿cómo puede verse tentado a actuar? Recluyéndose en su mundo seguro de la red social, donde controla la mirada de los demás a su antojo sin miedo a ser mirado de verdad.

La peor perversión, no obstante, es la identificación del fin con el medio. Si entendemos como fin “relacionarse”, los medios – las redes sociales – se convierten en los fines en sí mismos. La finalidad ya no es “voy a hablar con fulano”, sino “voy a entrar en Facebook, a ver qué me ofrece”. Así pues, el medio ha fagocitado al fin y lo ha sustituido por la propia herramienta para conseguirlo. Algo así como si ponerse el preservativo bastase para el sexo. El sexo seguro es el fin, el preservativo el medio para conseguirlo. Pues bien, sería como calzarse el preservativo y esperar sentado a ver qué acontece. Rocambolesco, ¿verdad? Pues lo mismo sucede con las redes sociales: me siento, accedo y a ver qué sucede. Y encima con el condón en la chorra.

Llegados a este punto debo confesar que no tengo cuenta de Facebook. Pero no por las perversiones que he descrito ni siquiera por una cuestión de esnobismo, sino por pura pereza y unas gotitas de pudor. En cualquier caso, celebro que la gente lo disfrute, aunque con moderación. Un exceso puede provocar disfunciones sociales. 

nevera

arca de Noé alimentaria refrigerada. Siempre guarda alguna sorpresa agradable en forma de natillas de chocolate y alguna desagradable en forma de producto caducado o de aspecto irreconocible. Su población tiene un elevado índice de rotación, pero siempre hay algún bote que sin saber el motivo se hace fuerte y no hay manera de sacarlo de ahí. Nunca apetece tomarlo, pero siempre esperas que en algún momento te apetezca. Total, que el bote permanece dentro y sobrevive a varias generaciones. 

"La Antorcha" de Karl Kraus

"La Antorcha" de Karl Kraus

Durante más de treinta años (de 1899 a 1936) Karl Kraus publicó la revista "La antorcha", alcanzando casi los mil números. Al principio dispuso de colaboradores del mundo literario vienés, pero a partir de 1910 fue él quien casi en exclusiva escribió todos los artículos de la revista. Acantilado ha recopilado algunos de estos artículos en un libro homónimo. 

Su contenido, siempre con tono satírico, destripaba la sociedad austríaca y, por extensión, la sociedad alemana de la época. Kraus se muestra extraordinariamente crítico con la hipocresía de la burguesía y de la aristocracia. También es demoledor con los medios de comunicación a los que acusa de alentar la Gran Guerra y beneficiarse de ella. Por el contrario, resulta asombrosa su mente abierta con respecto a la sexualidad y a las mujeres, a las que defiende de la tiranía concupiscente de los hombres. Su seguimiento de los juicios, así como los paralelos que se desarrollaban en la prensa sensacionalista, contra mujeres acusadas de prostitución o adulterio son odas a la tolerancia, la igualdad y el sentido común. 

La lectura de Kraus es compleja y, a veces, tediosa. Su lenguaje es enrevesado y denso. Además, algunos artículos, a pesar del esfuerzo del recopilador, son de difícil contextualización. Aunque su sentido del humor todo lo compensa. Posee una pluma venenosa, un ingenio desbordante y una sólida cultura que sustenta su obra.

Llegué a Kraus tras haber leído una elogiosa crónica de Georg Steiner que lo describía como el mejor orador de su tiempo, en el que llenaba teatros y cafés literarios con encendidas hordas de seguidores que lo admiraban y aclamaban. De otra parte, es citado en las biografías de Jean Améry y Arthur Koestler, comtemporáneos suyos. 

Tiene algunas perlas brillantes: "Uno lo recibe todo de las lenguas, porque contienen todo cuanto puede convertirse en pensamiento. La lengua estimula y excita como la mujer; da el placer y con el placer da el pensamiento". ¡Precioso y elocuente alegato en favor de las lenguas! Pero es que a continuación lanza una tremenda y lacerante diatriba contra la lengua alemana: "La lengua alemana, sin embargo, es una mujer que sólo crea y piensa para aquel que pueda darle hijos. A nadie le gustaría estar casado con una dueña de casa alemana como ésta. A la parisina, no obstante, le basta con decir très joli en el momento decisivo y uno le cree todo". 

En otro artículo, "Un libro alemán", pone a caer de un guindo al famoso aviador alemán Manfred von Richthofen, más conocido como el Barón Rojo, citando extractos de un libro en el que explica sus batallitas con insoportable chulería y absoluto desdén por el sufrimiento humano. Tampoco se libra Heine (artículo "Heine y las consecuencias") por su influencia en el lenguaje literario y periodístico. En realidad, la crítica se centra en sus epígonos más que en el propio Heine, aunque también recibe lo suyo.

En definitiva, es un curioso compendio de filias y fobias del autor, que desde su atalaya de "La antorcha" atizó y ensalzó, más de lo primero que de lo segundo, a diestro y siniestro, siempre mantenido por una legíon de suscriptores y toneladas de talento para el análisis crítico del mundo que le rodeaba.

Evolución laboral

Recién nacido: funcionario. Todo el día dormido, sin pegar un palo al agua y chupando la teta del Estado. Ninguna responsabilidad y todos los cuidados imaginables.

Bebé: tertuliano. Balbuceos ininteligibles, gritos histéricos, noches en vela. Todo el día cagándose encima de los demás sin la más mínima educación ni conocimiento.

Niñito (de 1 a 4 años): político. Explorar con curiosidad territorios desconocidos adoptando las más rocambolescas soluciones. Pegarse sin cesar con otros niñitos. Mentir sin rubor, acusar sin fundamento e inventarse las trolas más alucinantes.

Niño (de 5 a 12 años): cantante de rock. Eres el puto amo. Todo el mundo te ríe las gracias. Todo lo consigues. El mundo a tus pies.

Adolescente: si es niño, ganadero. Durante el día vigilando el  “ganao” y piropeándolo; durante la noche, ordeñándose a sí mismo. Si es niña, psicóloga. Todo vaguedades, lugares comunes y soberanas estupideces con ínfulas.

Joven: camarero. Te piden una cosa y haces la contraria. Te afean la actitud y les mandas a la mierda. Sueldo precario, pero propina golosa.

Adulto: sacerdote. Contención absoluta, seguimiento fidelísimo del dogmatismo social imperante y sumisión a la Curia dominante.

Cincuentón: trapecista. Jornada tras jornada pendiendo de un hilo y sin red. Pasado de moda y sin reconocimiento alguno, pero extraordinariamente peligroso.

Jubileta: consultor. Llegar a un sitio, observar un rato y soltar un juicio peregrino sin puto fundamento, mientras cobra una pasta.

De octogenario en adelante: teleoperador. Repetir sin cesar las mismas historias falsas importunando a horas intempestivas a todo el mundo.

Adicionalmente a las anteriores, hay otras dos profesiones que se practican de forma intermitente y sin Seguridad Social durante toda la vida: puta y chapero, comiendo pollas y tomando por el culo. La dignidad de una persona se mide al final de sus días contabilizando el número de días trabajados en negro en estas ominosas y degradantes profesiones. 

penalty

implacable juez del fútbol que reparte alegrías y tristezas a partes iguales. Rencorosa diana inversa que escupe el balón desde el centro de la diana a la gloria o al abismo. El color blanco disimula su verdadera condición de agujero negro de ilusiones, de sumidero de esperanzas, de trituradora de pasiones... 

felicidad

ganar al Barça en su campo. 

conquistador

en el S.XVI, hidalgo castellano con un par y escasa o nula moralidad; en el S.XIX, poeta romántico enamorado del amor; en el S.XXI, cretino pagado de sí mismo.

psiquiatra

médico sin bata que trabaja de confesor administrando penitencias en carísimos blisters. Su silencio y el diván son sus señas de identidad. Woody Allen lo popularizó y Tony Soprano y la Dra. Melfi lo sublimaron. Reconozco que me gustaría ser psiquiatra, pero de los de antaño, de los de lobotomía y correas, de los de atrezzo blanco: batas y paredes acolchadas. 

Amor inanimado

Amor inanimado

Los seres inanimados de aspecto humano llevan por lo común una vida poco animada, como cabe esperar de un ser inanimado, obviamente. Por eso las maniquíes sienten verdadera pasión por los crash test dummies. Envidian la vida loca de estos: sus carreras, sus viajes, sus golpes. Ellas los consideran una especie de cowboys de la automoción y los desean como perras en celo. Se imaginan la forma arrebatadora en la que ellos las abordarían: alunizando sobre sus escaparates y golpeándolas apasionadamente; cómo las despojarían de sus ropas con esos vigorosos brazos articulados curtidos en mil accidentes y cómo, tras una noche loca, apoyarían sus cabezas con pegatinas en sus turgentes pechos de plástico como si de un esponjoso airbag se tratase.

Por su parte, los crash test dummies se vuelven locos por las maniquíes. Por su escalofriante quietud, por su belleza lánguida y perfecta, por sus pezones desafiantes siempre saludando. Cada día sueñan con dejar la fábrica al finalizar su turno y acudir al centro comercial, que es como un gran barrio rojo para ellos, a admirar a las bellas maniquíes e imaginar que alguna de ellas cobra vida por un instante y les guiña un ojo. 

Los maniquíes machos (bueno, todo lo machos que pueden ser estos seres inanimados sin paquete) se mueren, contrariamente al resto de seres inanimados, por mujeres de carne y hueso. Darían lo que fuera por poder piropear a los pibones que se quedan mirando los escaparates donde ellos posan orgullosos e, incluso, matarían por poder obsequiar a esas mujeres con una cimbreante y cortés erección a modo de saludo-declaración.

A pesar de sus ardientes deseos, la mayor parte de seres inanimados de aspecto humano únicamente establecen relaciones platónicas, debido a la incapacidad para expresar y mostrar sus sentimientos y, por qué no decirlo, a su escasa movilidad. Los más prácticos (y menos exigentes) acaban enamorándose de alguno de los maniquíes con los que comparten escaparate. De este modo, al menos pueden compartir largas horas juntos y vivir la excitación del cambio de temporada en el que se renueva la colección de ropa y pueden, por fin, verse desnudos.