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Bajo este título Magritte pintó una serie de variaciones sobre el mismo tema. En todas ellas muestra idéntica y fascinante contraposición entre noche y día. Lo que aparentemente debería pertenecer a dos cuadros diferentes (el cielo diurno perfectamente iluminado y el resto de la composición en penumbra) se integra en una misma obra de forma extraordinaria. Miras el cuadro una y otra vez, de arriba a abajo, de abajo a arriba, y todo está en perfecta armonía, a pesar de la evidente contradicción. Admirar esta pintura es como disfrutar de la imagen de un sueño en plena vigilia. 

La iluminación intensa del farol y la tenue y apocada luz que surge de las ventanas superiores se reflejan lánguidamente sobre el lago, mientras los árboles y el resto de la casa permanecen en la oscuridad, plasmando perfectamente la escena nocturna. Sin embargo, tras la arboleda, brilla el luminoso día completamente ajeno a la quietud de la noche de debajo.