Diario de la monotonía del que nadie huye.
Prisión del tiempo con condenas a perpetuidad.
Años, meses, semanas, días…
Años, meses, semanas, días…
Nada de miríadas ni sorpresas,
todo previsto, todo cerrado.
El bisiesto como única alegría disidente,
desliz bastardo alojado en el mes más corto y frío.
Romano, juliano, gregoriano… ¿es que no hay más heresiarcas?
Acaso Pirelli. Acaso los talleres mecánicos y algunos camioneros.
Los almanaques, con sus letanías de santos y santas, no aportan heterodoxia.
Abigarran el calendario con la gazmoñería religiosa. Lo degradan.
¿De verdad no hay evolución posible al calendario actual?
La esperanza de que el 4 de febrero de 2073 sea sábado simplemente no existe.
Será lunes y punto.
Me aflige.