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La obra de Shalámov está dividida en seis volúmenes. Los cinco primeros recogen los relatos de sus vivencias en el Norte, en el gulag, estructurados según el orden original establecido por el propio autor. El último, inédito en esta colección de la editorial Minúscula en castellano, reúne una serie de ensayos. Este magnífico testimonio fue originalmente publicado en Londres en 1978, apenas cuatro años antes de la muerte del escritor.

 Los relatos no siguen un orden cronológico ni están agrupados por temáticas concretas. De hecho, podría leerse uno o la totalidad de ellos sin necesidad de la lectura del resto para poder entenderlos. Simplemente, narran diferentes experiencias (la mayoría vividas en primera persona) a lo largo de veinte años de cautiverio: los dos primeros a finales de la década de los años 20 y el resto desde el terrible año 1937 hasta la muerte de Stalin y la posterior rehabilitación de los presos.
 
En algunas ocasiones, Shalámov se repite y vuelve sobre historias ya contadas, lo cual tiene su explicación en el prolongado periodo durante el cual escribió todos los relatos: desde 1956 hasta 1973. No obstante, en todas ellas afloran las terribles condiciones de esos campos y minas de la muerte, donde la voraz y premeditada crueldad del estalinismo arrojó a millones de rusos con el único fin de esclavizarlos hasta su exterminio.
 
En comparación con la fría meticulosidad de “Archipiélago gulag” de A. Solzhenitsyn o el brutal, pero hermoso testimonio de E. Ginzburg en “El vértigo”, “Relatos de Kolimá” muestra la atrocidad del día a día: la cercanía constante de la muerte del “colilla”, del terminal; la abyecta arbitrariedad del régimen en los juicios y condenas; los repugnantes privilegios que disfrutaban los hampones con respecto a los presos políticos; la perversión moral de todos y cada uno de los habitantes del Norte, condenados y libres; la terrible constatación de que para sobrevivir no era únicamente necesario disponer de una fortaleza física y mental descomunal para soportar jornadas interminables de trabajos forzados a -50ºC entre continuas palizas y vejaciones, de una extraordinaria astucia para elegir bien (la vida) en infinidad de situaciones, sino que, además, debías disfrutar de una increíble suerte. 
 
Hay algunos relatos evocadores en los que excepcionalmente la bondad de un ser humano emerge y hasta triunfa. Sin embargo, hay otros realmente escalofriantes en los que cuesta seguir leyendo, como el que cuenta cuál era la forma de pago por tener sexo: un trozo de pan. La prostituta, prácticamente cualquier mujer habitante del Norte, podía comer todo lo que sus escorbúticos dientes pudiesen del pedazo de pan hasta que el cliente acabase. Evidentemente, los hampones congelaban antes el mendrugo para que la prostituta no pudiese siquiera roer una miga de pan. La maldad y la perversión estaban hasta tal punto enraizadas en aquel mundo que se hacían cotidianas.
 
Lo más impactante de esta obra es la opinión, repetida varias veces por el autor, de que su experiencia en estos campos de concentración de Kolimá fue completamente negativa, que nada bueno supo sacar o aprender de esos veinte años, absolutamente nada. Es sobrecogedor, pero leyendo sus relatos es la única opinión posible de alguien cabal.
 
Literariamente, Shalámov consigue dotar de un indisimulado lirismo a sus historias (al menos, a algunas, aquellas menos sórdidas), ya que es capaz de describir la naturaleza dura e infranqueable, pero también hermosa y pródiga con una belleza extraordinaria. Probablemente la naturaleza fue su tabla de salvación, más allá de los cursos de enfermería que le permitieron acceder a un puesto de practicante a partir de 1946, puesto que sus descripciones de la taiga, los impresionantes árboles del Norte, los animales y plantas que habitaban aquellas gélidas tierras y, sobre todo, el cielo siberiano con sus noches blancas son odas a la inconmensurable belleza de la naturaleza.