No conozco a mi antónimo perfecto, tampoco lo necesito, pero lo aborrezco. Siento su carga desde muy pequeño. Sin aun conocer su significado, ni siquiera el mío propio, ya oía cómo lo mentaban con orgullo los mayores, mientras a mí me trataban con condescendencia al principio y, más adelante, con desprecio. Cuando, por fin, tomé conciencia de mi significado y, lo que es peor, del suyo, todavía se incrementó más mi odio hacia ese presuntuoso santurrón.

Sin embargo, conforme crecía me fueron surgiendo algunos amigos. No muchos, pero sí muy fieles. La verdad es que ninguno de ellos era de mi agrado, pero me hacían sentir mejor que la sombría soledad que hasta entonces había anegado mi vida. Esos amigos trajeron a otros, estos otros a otros más y, poco a poco, fui frecuentado y celebrado mucho más de lo que jamás soñé en mi eterna noche de infancia. De estos últimos amigos, sí que me gustaron al principio algunos, pero tarde o temprano acababan decepcionándome. Entonces, el único consuelo que me reconfortaba era que mi detestado antónimo perfecto se estaba quedando cada vez más solo. Actualmente, soy mucho más popular que él.

No revelaré mi nombre, pero sí el de mi antónimo perfecto, para que sufra el mismo escarnio público que viví yo en mis primeros años y que ha marcado de forma indeleble mi vida. Ese desgraciado al que me refiero se llama Honrado.