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Soy un gran fan de los bares, las tascas y los restaurantes en general. Suelo ser mucho más feliz en un bar que fuera de él. Del mismo modo que soy más feliz bebiendo que sobrio. Huelga mencionar la positiva sinergia obtenida al conjugar ambas aficiones. Así pues, cuando considero a un bar o a un restaurante dentro de mis favoritos, pasa a formar parte de mi querido santuario de cosas, personas y lugares imprescindibles.
 
Uno de ellos, y el que ostenta el título de bar/restaurante favorito de Madrid, es el restaurante Zara, un pequeño y acogedor local situado en la calle Infantas, nº 5. Lo descubrí hace 10 años y siempre que voy a Madrid intento disfrutar de su sencilla comida cubana y, sobre todo, de sus deliciosos daiquiris, la mejor bebida alcohólica que he probado jamás.
 
Saborear uno de los daiquiris granizados del Zara es tocar el cielo. Incluso su textura y color evocan el mismísimo paraíso. Esa nube helada seduciéndote desde la copa, que al paladear se deshace suavemente inundándote la boca con la suavidad y dulzura del ron… ¡Menudo placer! Sin duda, un gran momento.
 
Además, sus platos son igualmente riquísimos: la famosa ropa vieja, la yuca con mojo picón, el plátano frito, el arroz con frijoles y, por encima de todos, el pollo frito. ¡Cómo se puede marcar la diferencia con algo tan simple y común como el pollo frito! Pues en el Zara lo bordan. Y es que los años de experiencia y tradición de la pareja de cubanos (de ascendencia asturiana) que regentan el restaurante se nota por todas partes. El ambiente es tan agradable, tan familiar, que parece que estés comiendo en casa del octogenario matrimonio. El caballero, de envidiable aspecto a pesar de su avanzada edad, siempre de pie, haciendo cosas aquí y allá; la señora, con su acento cadencioso y dulce, sentada en una mesa ordenando a diestro y siniestro. Vamos, como en su casa.
 
Hace unos cinco años pasaron el peso del restaurante a una de sus hijas y a su yerno, una pareja encantadora, que tenían otros intereses profesionales muy diferentes a los de la restauración, pero que, sin embargo, han acometido con un desempeño extraordinario. Ella, elegante y resuelta; él, contenido y de una sonrisa bondadosa que conmueve. Los dos me hicieron disfrutar de una comida embriagadora hace unos días. Casi pierdo el AVE de vuelta por culpa o, mejor dicho, gracias a ellos dos y al buen rato que me regalaron.
 
Lo dicho, un restaurante magnífico por su comida, sus daiquiris, su servicio y, sobre todo, por su acogedor ambiente.