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Siempre me pareció algo desleal publicar la correspondencia entre dos personas, a menos que ambas lo acordasen, claro. Las cartas dirigidas a una persona, aunque también traten temas no personales, siempre contienen elementos más o menos privados, más o menos íntimos.

No obstante, suele haber justificaciones recurrentes más que convincentes que legitiman la publicación de esta correspondencia: tratarse de documentos históricos que relatan datos y hechos que ayudan a una mejor comprensión de determinados acontecimientos; favorecer el conocimiento del personaje y las posibles motivaciones que le llevaron a actuar de determinado modo en su vertiente pública y conocida; ser valiosos testimonios que complementan la obra publicada del autor (siempre que se trate de un artista o pensador)...

En el caso que nos ocupa, Scholem posee, además, dos razones adicionales para justificar la publicación de la correspondencia con Benjamin: fue una especie de “archivero” de la obra de Benjamin, que siempre se preocupó de alentar el conocimiento en editores y público; y tuvo acceso a las cartas que él había enviado a Benjamin en 1975, esto es, treinta y cinco años después de la muerte de éste, al permitirle la RDA acceder a sus archivos, que contenían dichas cartas enviadas por Scholem a Benjamin entre 1933 y 1940, de tal modo que dispuso, entonces, de la colección completa al poseer él, lógicamente, las cartas enviadas por Benjamin, y decidió publicar el material completo. 

Antes de analizar el contenido de las cartas, es importante señalar que los dos autores, que se conocieron en sus tiempos en Berlín, donde ambos nacieron a finales de siglo XIX en el seno de familias pertenecientes a la burguesía judía, parten de posiciones políticas y religiosas opuestas: Benjamin es comunista, Scholem ligeramente conservador; Scholem simpatiza con el movimiento sionista y emigra a Palestina en 1923, Benjamin jamás se plantea tal opción e incluso desconoce el hebreo; Scholem (experto en filosofía mística judía) vive el judaísmo como religión, especialmente a través de sus tradiciones y escritos, Benjamin en absoluto. Sin embargo, ambos se profesan admiración mutua y muestran un extraordinario interés y respeto por las ideas y pensamientos del otro, lo cual demuestra que nos encontramos ante dos personas cabales y escasamente dogmáticas, más allá de que en algunos puntos estuvieran en las antípodas el uno del otro.

Realmente, el contenido de las cartas no contiene ingentes páginas de sesudo contenido intelectual, más allá de algunas discusiones sobre Kafka y las referencias a los trabajos literarios de cada uno. De hecho, el componente personal sobresale sobre cualquier otro, muchas veces provocado por el contexto de la época: la toma del poder en Alemania por parte del partido nazi en 1933 y las consecuencias sufridas en adelante por los judíos.

Leyendo estas cartas, se disfruta de la elegancia de Scholem y de la bella y desgarrada prosa de Benjamin. Gershom mantiene un estilo sobrio y cercano durante todas sus misivas; Walter se muestra más arrebatado, incluso en ocasiones patético. Evidentemente, la diferencia en el tono tiene una fácil explicación: el primero escribía bajo un confort vital muy alejado de la cada vez más asfixiante y penosa existencia del segundo. Aunque, a riesgo de pecar de injusto y duro con Benjamin, no extraña en absoluto que éste se suicidara en 1940.

Lo más interesante de este libro es la contextualización de su momento histórico y, sobre todo, las relaciones que ambos mantienen con intelectuales de diferentes disciplinas e inquietudes, muchos de ellos también judíos. No en vano, Benjamin se refugia muchos veranos en la casa danesa de Bertolt Brecht, donde puede escribir cómodamente. Recibe ayuda económica de otros intelectuales emigrados a Nueva York como Theodor Adorno, que admira su trabajo. Aunque más modestamente, también es ayudado por Hannah Arendt, con la que huirá al sur de Francia en 1940 para intentar llegar a Nueva York. De hecho, Scholem cuenta que fue Hannah Arendt quien le explicó que Walter Benjamin se había suicidado en Portbou y cómo y dónde fue enterrado. Resulta gratificante comprobar cómo a mediados de los treinta, en varias de sus cartas, tanto Scholem como Benjamin hablan con admiración de la brillantez y tino de los ensayos de Arendt.

En definitiva, la correspondencia entre ambos durante esos convulsos y decisivos años revela a dos personalidades muy diferentes, pero que tienen un interés común e inquebrantable: su compromiso intelectual, que les mantiene unidos a través de los años a través de ese invisible y poderoso vínculo que es la inteligencia.