Acabo de cumplir 39 años y he decidido vivir hasta los 78. Creo que es una buena edad a la que llegar. Si te pasas mucho, acabas degradándote de tal modo que das pena y apenas disfrutas. Además, puedes dejar un recuerdo ingrato en los que te sobreviven. Por el contrario, si acabas demasiado pronto, te pierdes un montón de cosas interesantes. Así pues, los 78 años es una edad en la que prácticamente lo has hecho todo y lo que te queda por hacer es muy probable que no sea tan divertido o seas incapaz de acometerlo por imposibilidad física o, aún peor, mental.

39 es la mitad de 78, así que la perspectiva de vivir los mismos años que he vivido es bastante excitante. Estoy en la mitad del viaje. Cosas aprendidas y cosas por aprender. Hijos conocidos y nietos por conocer. Suficiente tiempo para haber vivido buenas experiencias y otras no tan buenas, así como una perspectiva por delante lo suficientemente dilatada como para esperar sorpresas y novedades chanantes, desde varias Copas de Europa más del Madrid hasta el solaz de la jubilación, ese bendito otoño en el que no has de levantarte cada mañana para trabajar.

De los setenta en adelante puedes permitirte el lujo de actuar como un viejo verde sin que esté del todo mal visto. También puedes soltar procacidades con mayor frecuencia dando rienda suelta a tu rabia tantos años contenida en castrantes convencionalismos y relaciones. Todo ello sin ser considerado un octogenario gagá y ridículo. De modo que durante esos últimos años puedes echar unas muy buenas risas y ciscarte en aquello y aquellos que siempre has querido, pero que no has tenido los cojones de hacer.

Por último, 78 años es una edad ideal para pasar a mejor vida. Ni redonda como las decenas o los múltiplos de cinco, ni rocambolesca como, por ejemplo, 107. Ni triste como a los 25, ni deseada por todos los que te rodean como a los 98. Ni has chupado de la Seguridad Social durante treinta años, ni has hecho el primo palmando a los 65. En definitiva, una edad discreta y oportuna para despedirse de todos como un señor y dejar un buen recuerdo que, en definitiva, es lo único que queda de nosotros tras el puto game over