Todo el mundo tiene en mayor o menor medida algunos gustos musicales inconfesables. Aquellos cantantes o grupos de los que te avergüenza reconocer en público que te gustan e, incluso, de los cuales posees (comprados o robados de la red) algunos temas o álbumes. Vocear a los cuatro vientos que eres un fanático de Led Zepellin o un devoto seguidor de U2 es tan fácil como cool. Pero confesar a íntimos, allegados o desconocidos que adoras a éste o a aquel cantante ya no es tan fácil. Y, claro, yo no iba a ser menos.

El primer caso de rubor es Adele. Pero ¡joder! escucho “Set fire to the rain” y flipo. Lo mismo me ocurre con “Rolling in the deep” o “Turning tables”. O con la meliflua “Someone like you”. La tía canta de cojones. Y su pelazo, ¿qué, eh? Porque tiene un pelo que da gusto verlo. Podrían hacerse cinco pelucas estupendas para cinco princesas Disney estupendas con el cabello de Adele (que curiosamente rima con Rapunzel). Por no hablar de sus pestañas… ¿Rímel? ¡Qué va! Rotring del 36. En fin, Adele ¡pibonazo! Por su vozarrón, por su pelazo y porque es una de las pocas mujeres con la que vas a cenar, pagas a pachas y sales perdiendo.

El segundo (y último que me atreva a confesar) caso de vergüencita musical es Nino Bravo. ¿Que sus canciones son cursis? Vale. ¿Que suena a viejuno? También. Pero a mí me mola. Un tío que se traga un transistor es siempre merecedor de mi admiración. Además, Nino también lucía pelazo. Con su peinado rocambolesco setentero todo “achafado” cubriendo las orejas, pero en cantidad y con un envidiable brillo.

Es curioso comprobar cómo mis inconfesables debilidades musicales están íntimamente relacionadas con la exuberancia capilar. Supongo que Freud diría que de pequeño El Puma abusó de mí. Bueno, si así fue, no lo recuerdo. El caso es que me pregunto si Vidal Sassoon tiene algún LP publicado.