20110624231705-gran-via.jpg

El célebre cuadro del pintor Antonio López es perfecto. No sólo por su realismo al reflejar la emblemática calle madrileña como si de una fotografía se tratase. También por su nivel de detalle y precisión. No en vano estuvo pintándolo durante cinco veranos seguidos, levantándose de madrugada para captar la primera luz del día y gozar de unos breves minutos de tranquilidad antes de que la Gran Vía luciese su bullicio habitual.

Lo cierto es que me hubiera gustado ser un jubilado insomne en 1975 y empezar mi día veraniego contemplando al pintor trabajando su obra. Excepto el madrugón, es un plan cojonudo: paseíto hasta el centro de Madrid con la agradable brisa y el silencio apenas roto del alba, admirar al maestro durante un rato y unas porras con chocolate entre lecturas de varios periódicos narrando los apasionantes acontecimientos de la época.

Lo que más me atrae del cuadro es su extraña realidad. Muestra el inicio de la Gran Vía desde la calle Alcalá hasta perder su perspectiva mucho más arriba, casi en Callao. Aunque algunos comercios han cambiado y muchos edificios han sido remozados, se reconoce perfectamente el lugar. Sin embargo, la ausencia de peatones y coches dota a la pintura de una irrealidad en aparente contradicción con el realismo de su estilo. Esa imposible Gran Vía vacía retrata una ciudad desnuda, una Madrid sin su agitación, sin sus gentes. Admirando el cuadro esperas que, en cualquier momento, surjan del óleo todas esas personas que pueblan habitualmente la Gran Vía y lo completen.

El autor está inmerso en la actualidad en el proyecto “Vuelo sobre la Gran Vía”, seis obras con perspectivas distintas sobre la Gran Vía y en diferentes horas del día.

Afortunadamente, el cuadro “Gran Vía” y otras muchas obras de Antonio López podrán ser contempladas en el Museo Thyssen de Madrid, en una exposición temporal, desde el 28 de junio hasta el 25 de septiembre. Yo no pienso perdérmela.