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Las ecoesferas son un curioso invento que surgió en la NASA. Hace años decidieron hacer un experimento metiendo diferentes especies de animales en urnas cerradas herméticamente en las que únicamente había agua, algo de aire y unas algas. De todos los animales que introdujeron, los únicos que consiguieron sobrevivir largo tiempo fueron unos pequeños camarones. Debemos tener en cuenta que esas urnas, una vez cerradas, ya no se volvían a abrir para cambiar el agua, renovar el aire o poner otras algas. Es decir, una vez encerrado ahí dentro, el animalico se las apañaba solo. Realmente no sé qué me acojona más: las mentes obtusas de la NASA que idearon este experimento o los pequeños camarones inmortales.

Transcurrido un tiempo, la NASA decidió comercializar el hallazgo; por lo que si uno desea puede comprar una ecoesfera como la de la foto y decorar su casa con ella, además de comprobar la resistencia de los camarones alimentándose únicamente de las esporas que ofrecen las algas. Se garantiza que los pequeños camarones sobreviven de dos a cinco años, con el único cuidado de poner la urna en un lugar al que le dé luz indirecta. ¡Alucinante!

Posteriormente, se experimentó con jefes, desde altos ejecutivos a directivos medios. Se los introdujo en pequeños grupos en esas urnas herméticas para comprobar el tiempo que sobrevivían.  Las algas introducidas en la urna generaban esporas de motivación, ese manido reclamo que utilizan los jefes para demandar mayor implicación – en esfuerzo y horas, obviamente – a sus subordinados a cambio de nada. Pues bien, el resultado fue desalentador: menos de ocho horas de media sobrevivían los jefes en esas condiciones. ¡Ni siquiera una jornada laboral! Parece ser que esa motivación no les era suficiente a ellos, a pesar de exigírsela a sus subordinados con absoluto desahogo.

Ante semejante fracaso, decidieron cambiar las esporas de motivación por promesas de promoción y sueldos desorbitados. Y esta idea resultó el acabose. De repente, se desataba una ola de canibalismo en la ecoesfera  que en poco más de cinco minutos acababa con la vida de todos los jefes excepto uno. El superviviente se recostaba sobre el fondo de la urna frotándose las promesas de promoción y de sueldos desorbitados lascivamente por el cuerpo. Al poco tiempo, moría infartado tras haber masturbado con fruición su vanidad.