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Niño con móvil en sala de espera

Ayer, en la sala de espera del dentista, perdón, clínica odontológica, como se llama en estos tiempos rimbombantes, entró un niño de unos 10 años con su madre. ¿O sería su abuela? Yo ya no sé distinguir el rango: entre que las abuelas se encargan de los nietos mucho más de lo que debieran porque los padres trabajan mucho más de lo que quisieran y que las mujeres cada vez tienen a sus hijos más tarde, yo no me atrevo nunca a decirle a un niño "¡chaval, dile a tu madre que te eduque o te meto una hostia!" Me apenaría sonrojar a una abuela por la negligencia de su hija educando hijos.

Volviendo al niño de los cojones, se sentó en una de las sillas y rápidamente su madre (o abuela) lo anestesió dándole un móvil. Espero que el de ella, aunque no puedo asegurarlo. Actualmente, muchos padres imbéciles compran a sus hijos (en sentido literal y, lo que es peor, también en sentido figurado) un estupendo smartphone para el que en absoluto son lo suficientemente maduros. En fin, allá ellos. Padres imbéciles crían a hijos imbéciles, que serán adultos imbéciles, que tendrán sus propios hijos imbéciles, que...En fin, lo de siempre: la imbecilidad es el más resistente de los genes.                                                                                    
Otra vez se me ha vuelto a escapar el niño. Vuelvo a centrame en él observándolo ahí sentado, con la cabeza como descoyuntada apoyada sobre el pecho, la mirada fija en el móvil que relincha un soniquete insoportable de juego absurdo y el dedo índice de su mano derecha golpeando la pantalla repetidamente minuto tras minuto. Parecía un autómata, ni rastro de emoción alguna en su rostro, sólo su repiqueteante dedo golpeando el mismo lugar de la pantalla del móvil una y otra vez. A la madre (o abuela) se le veía muy ufana de tener al lado a un hijo (o nieto) con las mismas capacidades que el gato dorado de un chino. Así estuvo ese pequeño imbécil hasta que llamaron a mi hijo. Estuve tentado de dejarlo entrar solo en la consulta del dentista para continuar con el espectáculo del niño alienado, pero mi hijo me levantó con su mirada.

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Los papeles de Panamá

 

Se abrió una esclusa del canal
y la mierda empezó a fluir.
Un castor cabrón decidió jugar.
Retiró un tronquito y el resto se precipitó.
Nos solazamos/indignamos señalando a los presuntos evasores.
Presunto: ¡qué gran epíteto para los hijos de puta!
Acogedor paraguas del deshonesto.
De presunto a reo, nueve de cada diez.

Papeles húmedos de pringue flotan en el paraíso,
mientras adinerados nombres y reincidentes apellidos
gorgotean excusas tan opacas como las culpas que intentan eludir.
Eso sí, aquí, en el mundo “off-offshore”
seguimos pagando ivas, ierrepeefes,
ibis, itepés y lo que se nos mande.
La fiscalidad no es más que hipocresía tarifada.

No hay alambradas que detengan al defraudador.
Tampoco tratados ni legislación suficiente.
Los bancos le seguirán abriendo las puertas de par en par,
los gobiernos mirarán hacia otro lado
o, llegado el cínico caso, le amnistiarán;
que a un millonario no se le persigue, se le regulariza.

Panamá: al este la ociénaga atlántica,
al oeste la ociénaga pacífica.
¿Cuánta honradez es capaz de desalojar este canal
o cualquier otro paraíso fecal?
En una de esas ociénagas hay una gran masa de ciudadanos íntegros.
Nadie los quiere, ningún estado se hace cargo.
Vagan arremolinados con sus chalecos de honradez
a la espera de que el deshielo de los casquetes polares
anegue estos países donde lo único que tributa es la desvergüenza.

La turbia transparencia de estas filtraciones asquea.
Reflejan con luminosa opacidad que la riqueza no se redistribuye.
La riqueza se ostenta; el dinero se esconde.
Los defraudadores no se denuncian; se filtran.
Y así vamos: los sujetos culpables no se acompañan de los predicados adecuados
que prediquen con el ejemplo. 
Más bien se ocultan tras verbos eufemísticos 
que ya no conjugan verdades, sino enjugan mentiras.

Lo peor, no obstante, es la condescendencia miserable de la mayoría:
“si pudiera, yo haría lo mismo”, dicen.
Descojonados, los defraudadores piensan: 
“cuando puedas, hazlo. Por el momento ¡paga tus impuestos, imbécil!”

 

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La suerte

Si me estás buscando,
estoy aquí, donde siempre:
a la vuelta de cualquier esquina.
Hay un semáforo y una señal de ceda el peso,
(sí, el peso. El paso no se cede, se aligera)
donde una máquina regala “Su turno” aleatorio, indescifrable.
Verás un gran escaparate de McDonalds que fue colmado que fue barrio,
y un cajero de banco que fue caja que fue dispendio,
y una vieja pidiendo limosna que fue diva que fue nieta.
Actualmente; mañana dios mercado dirá.

Entrego la mercancía neta,
sin prejuicios ni expectativas que la embrutezcan.
No se admiten devoluciones.
Cambios, sí. 
Tantos como el indeciso, el codicioso, el lunático desee.
Todos me quieren, pero no saben para qué.
Anhelos convertidos en desvelos.
Desvelos en decepciones.
Decepciones en excusas.
Autocomplacencia plañidera 
que todo lo achaca a la mala sombra.

Ni buena, ni mala,
ni puta, ni aciaga.
Simplemente, suerte.

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Lágrima

 

Fruto de una emoción, buena o mala,
brota húmeda y desnuda.
Serpentea la mejilla reconociendo a tientas al padre o a la madre.
Por la tersura o flacidez de la cara, sabe inmediatamente si es deseada o malquerida.
Se refugia brevemente en la comisura de los labios, saboreando mieles y hieles heredadas.
Y parte hacia el sur, abalanzándose por el desfiladero del mentón.
La emancipación es rápida y brutal, más propia de un animal.
Nace de una pasión, alegre o trágica.
Así pues, su vida es un arrebato, un suspiro, un desahogo rápidamente olvidado.
Caída sobre el pecho, atraviesa un valle que desemboca en la tundra del vientre.
Ni un escondite, ni una alma, sólo una llanura interminable.
Al final, un oasis: una mentira, un pozo seco.
El instinto (y la gravedad) le liberarán de su soledad. 
Ya se atisban los humedales del sexo.
En los manglares inguinales conocerá a otros fluidos,
surgidos de las mismas o parecidas pasiones que la alumbraron.
Conocerá el éxtasis y la sordidez; la belleza y la fealdad;
la armonía y el desgarro; lo real y lo fingido.
Y entenderá el porqué de su existencia, sin artificios, con crudeza.
En adelante, no precisará de fe o superstición alguna.
El miedo habrá desaparecido por completo. 
Ni siquiera habrá incertidumbres o dudas.
Todo el camino hasta el final estará claramente marcado.
Cualquiera de las dos opciones que escoja le llevará al mismo punto:
la tierra que la absorberá para siempre sin dejar el más mínimo rastro.
No hay lágrimas inmortales, pues.
Si las personas somos un 70% lágrimas, ¿es inmortal el otro 30%?
Lo único verdaderamente inmortal son nuestros recuerdos, los que dejamos a los demás.
¿De verdad somos capaces de dejar semejante porcentaje de recuerdos? 
Malos, seguro; pero ¿buenos?
¿No será mejor que la tierra simplemente nos absorba, como a las lágrimas?

 

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Las inquietantes familias de miembros iguales

De vez en cuando, te topas con familias en las que sus miembros son inquietantemente parecidos. La unidad familiar la forman tres personas: padre, madre e hijo. Si el número es mayor a tres, la semejanza se torna imposible; y si se trata de una hija tampoco sucede este curioso efecto. La edad de los padres ronda los cincuenta, sin llegar pero bordeándolos. Y el hijo varón está en edad adolescente.

Van muy juntos, casi pegados, pero sin muestras de cariño. Se diría que están acostumbrados a estar tan juntos porque no se relacionan con nadie más. Ni siquiera se miran; de hecho, miran al mismo punto indeterminado los tres. Invariablemente, se trata de personas enjutas y pálidas, de aire lánguido y aburrido. La madre es ligeramente andrógina y lleva el pelo corto, con idéntico peinado al de su marido y su hijo. Los tres llevan gafas. No son guapos, ni tampoco feos. Más bien, anodinamente asexuados. Sorprende que el padre y la madre hayan tenido un momento lo suficientemente ardoroso como para haber engendrado a su clónico hijo. Manda ella, él es un pusilánime como el hijo. Por eso tuvieron el niño. Ella quería ser madre, pero ni gozó de la concepción ni después de la maternidad.

Su ropa es sobria: el gris, el marrón y el negro predominan. Todos ellos visten pantalones, camisa y zapatos modernillos de cuero con cordones. Aunque no son ostentosos con las marcas, se percibe que la ropa es moderadamente cara. Su estilo es el punto final al que llegan los exkumbas ahipsterados. Pertenecen a una clase social acomodada, funcionarios de nivel medio-alto.

Poseen el aire espectral de las sombras a las que no prestas atención. Sin embargo, si lo haces, quedas subyugado ante su escalofriante similitud y empiezas a plantearte preguntas incómodas. Si mantienes la mirada y ellos la cruzan con la tuya, sabes que se han dado cuenta de que te estás haciendo esas preguntas incómodas, pero siguen adelante sin mostrar ademán de disconformidad alguno. Ellos saben mejor que nadie que son inquietantemente parecidos.

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El calendario

Diario de la monotonía del que nadie huye.
Prisión del tiempo con condenas a perpetuidad.
Años, meses, semanas, días…
Años, meses, semanas, días…
Nada de miríadas ni sorpresas,
todo previsto, todo cerrado.
El bisiesto como única alegría disidente,
desliz bastardo alojado en el mes más corto y frío.
Romano, juliano, gregoriano… ¿es que no hay más heresiarcas?
Acaso Pirelli. Acaso los talleres mecánicos y algunos camioneros.
Los almanaques, con sus letanías de santos y santas, no aportan heterodoxia.
Abigarran el calendario con la gazmoñería religiosa. Lo degradan.
¿De verdad no hay evolución posible al calendario actual?
La esperanza de que el 4 de febrero de 2073 sea sábado simplemente no existe.
Será lunes y punto.
Me aflige.

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Rick Hall y Muscle Shoals

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Rick nació escuchando el estruendo del río Tennessee.
Creció en la cenagosa pobreza sureña. Alabama no era Alibaba.
Su hermano se coció en un barreño y la madre no lo aguantó:
se metió a puta, sin más explicación que una gélida despedida.
El padre, una cabaña y árboles que talar: su hogar.
En el colegio: humillación y desprecio. La mezquindad de los niños es la más pura y cruel.
Un único ejemplo, un buen ejemplo: el del padre. Soledad, trabajo y determinación.
Las leyendas indias evocan un río Tennessee cantor.
Sus aguas impetuosas y sibilantes acompañan a Rick.
La música recorre los meandros de su alma
removiendo lodos que enturbian los recuerdos imposibles de olvidar.
Porque hay recuerdos del pasado que perviven amargamente,
jodiendo también el presente y el futuro.
Son como los lunes de la memoria: unos hijos de puta que siempre vuelven.
Rick se casó, pero conduciendo hacia un concierto un accidente le descasó.
Otro puto recuerdo más y cinco años de alcohol para tratar de olvidar que no se puede olvidar.
Y, por fin, la música.
La productora FAME, varios músicos geniales y esas voces negras asombrosas:
Percy, Aretha, Wilson, Otis…
Una interminable sucesión de éxitos. Todos quieren grabar en Muscle Shoals.
Hasta los Rolling viajan al Sur fascinados por el sonido del estudio.
Fama, reconocimiento, dinero…Es hora de honrar al padre: un John Deere.
Al poco tiempo yace enterrado debajo del tractor, sepultado por su viejo sueño.
Culpa, estupefacción, desasosiego y, sobre todo, soledad. Otra vez.
Rick escribe una canción dedicada a su padre, que éste había estado escribiendo durante toda su vida:
el ejemplo de una vida durísima, llena de esfuerzo y dignidad alcanza el número 1.
Tras la soledad, siguiente estación: traición.
The Swampers, esos músicos locales poseedores de la magia del río Tennessee, abandonan el estudio.
Años de amistad y trabajo en común a la mierda. Los brillos de L.A. deslumbran demasiado.
Vuelta a empezar.
Afortunadamente, el río es generoso a su paso por Muscle Shoals. Anega de músicos talentosos el estudio.
Como buen pescador, sabe dónde situarse, esperar el momento y capturar la mejor pieza.
Olfatea en las veredas del torrente de la música y al escucharlo titilar se acerca a la orilla
y pesca salmones de talento, que después arregla e instrumenta magistralmente
hasta emplatarlos como el mejor gourmet.
Una partitura llena de hojas arrancadas violentamente escrita con voluntad y determinación.

 

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Guy Delisle

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Reconozco que nunca he sido un gran aficionado a los cómics. Sin embargo, confieso que me atraen. No sé si es su estética, su formato de fácil consumo o quizás porque se trate de una especie de conglomerado naif de varias artes que me gustan: la literatura, al narrar una historia real o fantástica; el cine, al ser lo más parecido a un storyboard y ser vivero de muchas películas de mayor o menor calidad; y la pintura, en la que cada viñeta representa un pequeño cuadro, muchos de los cuales pueden equipararse a los bocetos preliminares usados por la mayoría de pintores.

Así pues, si a este entretenido cocktail le echamos unas gotas de historia y política contemporánea, tanto mejor. Por eso he leído recientemente cuatro libros de Guy Delisle.

El primero (en orden de edición, no de lectura) fue editado en 2000: Shenzhen, que narra su experiencia de tres meses al frente de un estudio de animación en la ciudad china que da título a la obra. Refleja perfectamente la atmósfera gris y sucia de la ciudad china en pleno desarrollo, su claustrofóbica soledad y la absoluta incomunicación con su equipo de trabajo y demás gente que le rodea (el director del estudio, su traductora, su chófer y hasta su odiado recepcionista del hotel). Una de sus mejores cualidades, presente en los demás libros también, es lo bien que relata la simple cotidianeidad a través de sus viñetas, permitiendo al lector hacerse una idea bastante cercana de cuál es la realidad de esos lugares.

El segundo libro (tiene más, sólo me estoy refiriendo a aquellos que he leído) se editó en 2005: Pyongyang. Cuenta su estancia, otra vez de tres meses y otra vez dirigiendo un estudio de animación, en la capital de la inefable Corea del Norte. Juega perfectamente la baza que supone ser un testigo de excepción de la vida en la espectral Pyongyang, aunque evidentemente no puede ni trata de denunciar aquello que el régimen no le deja ver. A pesar de todas las limitaciones a las que pudo ser sometido, no deja de sorprender lo surrealista del país más cerrado del mundo. Vive alojado en un hotel para extranjeros en el que únicamente se ocupa la quinta planta (la única que tiene luz eléctrica de forma suficientemente regular) y en el que hay varios restaurantes llamados “Restaurante nº 1”, “Restaurante nº 2”, etc. con cartas muy poco variadas y escasez evidente de alimentos. Su sentido del humor es extraordinariamente agudo. Además, su cinismo, aunque en pequeñas dosis, consigue describir convincentemente las rocambolescas situaciones vividas con sus ubicuos acompañantes. Cuando acabas el libro, piensas que los ciudadanos de Pyongyang son extraterrestres que viven en el mismo epicentro del aburrimiento y la autocensura. Ciertamente, da escalofríos imaginar cómo viven el resto de norcoreanos impedidos de vivir en y con los “privilegios” de la capital.

El tercero es, sin duda, el mejor de todos: Crónicas de Jerusalén (editado en 2011), por el que obtuvo el prestigioso premio al mejor álbum en el Salón Internacional del Cómic de Angoulème en 2012. En esta ocasión se nutre del año vivido en Jerusalén acompañando a su pareja (así la define él, detesto ese apelativo), que trabaja para Médicos Sin Fronteras, y a sus dos hijos pequeños. Él no trabaja, se dedica a cuidar de los niños y a tomar notas de todo lo que visita. Al contrario que en los dos viajes anteriores, en éste se relaciona con mucha gente, tanto con israelíes como con palestinos, tanto con judíos como con musulmanes; con cristianos, con extranjeros, con lugareños, con visitantes ocasionales. Se adentra y conoce los cuatro barrios de la ciudad: el judío, el árabe (donde vive), el cristiano y el armenio. Ofrece una visión caleidoscópica de la capital religiosa mundial sin apenas notársele ninguna filia o fobia por ninguna comunidad, a pesar de lo evidente que resulta que su mujer, digo pareja trabaje en Gaza y vivan en el barrio árabe de Jerusalén. Con su fina ironía y sin prejuicios ofrece asombrosamente una visión panóptica del conflicto palestino-israelí y todo lo que le rodea. A cada uno le atiza lo que merece, con elegancia y sutileza, sin convertirse nunca en el objetivo, pero sin eludir emitir juicios de valor. Hasta los “humanitarios” reciben lo suyo. Con todos estos ingredientes configura una buena guía de una ciudad tan sugerente como Jerusalén.

Guía del mal padre (editado en 2013) es el único que no merece la pena leer. La sucesión de arrebatadas viñetas en las que se retrata como un padre displicente y demasiado sardónico están trufadas de lugares comunes y de vulgar sentido del humor. Imagino que tras el éxito de “Crónicas de Jerusalén” vio un filón fácil de explotar e, incluso, ha publicado una segunda parte.

En cualquier caso, sus otras obras son muy recomendables. De hecho, mi siguiente adquisición será “Crónicas birmanas”. Además, permiten ver su evolución como dibujante y narrador: desde el trazo oscuro y más difuminado de Shenzhen al dibujo fino, detallado y rico en matices de Crónicas de Jerusalén; así como cierta desconexión en las historias y digresiones cogidas por los pelos de Shenzhen, mientras que en Pyongyang y, sobre todo, en Crónicas de Jerusalén las historietas están mucho mejor hilvanadas y la narración es más completa y ordenada.

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Los pecados capitalistas

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De los siete pecados capitales (lujuria, gula, pereza, ira, envidia, soberbia y avaricia) sólo los dos últimos son insaciables. Por muy libidinoso que sea uno, tras una satisfactoria sesión de sexo, el ímpetu se aplaca, aunque sea momentáneamente. El mayor de los epulones alcanzará en algún punto un hartazgo tal que le repugnará seguir comiendo. El más vago de entre los haraganes acabará levantándose siquiera a beber o a mear. Aunque el más iracundo jefe, profesor o padre ponga el grito en el cielo día tras día, tendrá momentos en los que la furia aminorará. La envidia, si bien es muy difícil de combatir, no inunda completamente el alma de las personas, excepto casos patológicos situados en los límites de la insania, ya que se trata en realidad del único pecado relacionado directamente con lo ajeno, no con lo propio.

Sin embargo, los dos últimos pecados capitales, la soberbia y la avaricia o, para mejor entendimiento en este contexto, la vanidad y la codicia son funciones crecientes que tienden al infinito, jamás se sacian. La vanidad y la codicia encarnan el éxito empresarial, ese santo grial anhelado por la sociedad capitalista. Por consiguiente, nada ni nadie les detiene. Porque el deseo, convertido en perentoria obligación, de ganar un euro más, un dólar más es inherente al sistema. Y una vez conseguido ese euro o dólar adicional, debe mostrarse a todo el mundo para regar la vanidad del triunfador. La decencia (en la obtención de beneficios con buenas artes) y la discreción (el puro y simple orgullo personal de una tarea bien hecha, no el orgullo exhibido hacia afuera que es la vanidad) han desaparecido por completo.

La codicia puede ser perfectamente definida como la maximización del beneficio, es decir, el objetivo último del capitalismo. Así pues, dada la inconmensurabilidad de este pecado y la ceguera provocada por el otro pecado típicamente capitalista, la vanidad, iremos poco a poco ahondando en las peligrosas consecuencias de ambos: desigualdad social cada vez mayor, acumulación de riqueza en menos manos y demás distorsiones anunciadas desde hace años (puestas de moda recientemente por el economista Thomas Piketty) hasta llegar a un punto inevitable de ruptura que abrirá una nueva etapa en la que el abismo será una de las inquietantes posibilidades del tablero social.

No sé cuántos años pasarán, ni si algunas mentes preclaras conseguirán retrasar el inevitable final con valientes medidas correctoras que protejan el contrato social que en mayor o menor medida llevamos años renovando de forma tácita a través de equilibrios más o menos inestables entre las diferentes instituciones y los ciudadanos de los países occidentales, pero estoy absolutamente convencido de que el colapso llegará tarde o temprano porque la codicia y la vanidad humanas llevan miles de años medrando y, finalmente, han encontrado el sistema social perfecto para su preponderancia y dominio. Porque, desgraciadamente, tanto la codicia como la vanidad están bien vistas. Un codicioso empresario hecho a sí mismo (aunque sea mediante métodos ilícitos, como recientemente han salido ejemplos a la luz pública) es admirado y loado hasta chapotear en el ridículo; en cambio, un depredador sexual o un holgazán subsidiado son vilipendiados en público y en privado. ¿Por qué esta doble moral en cuanto a pecados capitales? ¿Por qué unos son vergonzantes y otros aplaudidos? Porque el sistema capitalista no es únicamente un sistema económico, sino que ha invadido al resto de ciencias sociales. No queda un solo ámbito en la sociedad en la que no haya causado metástasis. Su esencia, la codicia, lo ha anegado todo. Y su pizpireta hermana, la vanidad, se encarga de la propaganda.

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True detective

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El último éxito de HBO en series es de una calidad extraordinaria. True detective no sólo narra una sórdida historia de asesinatos rituales desentrañando magistralmente la trama a pesar de los continuos flashbacks, sino que la ambientación en Luisiana, la fotografía crepuscular y la música seleccionada acompañan a la serie a la perfección. Además, la figura de Rust, encarnada hipnóticamente por Matthew McConaughey, emerge soberbiamente con una actuación memorable de un personaje que se convertirá con el tiempo en uno de los iconos de las series de televisión. Tras sus papeles en “Mud” y “Dallas Buyers Club”, por la que recibió el Oscar, el de Rust Cohle avala una carrera reinventada como actor que nos brinda todo su talento interpretativo, oculto tras ese atractivo físico que sostuvo su filmografía durante veinte años. Matthew McConaughey desarrolla un personaje atormentado, siempre a un paso de la locura, pero sin llegar a cruzar esa frontera que, sin embargo, consigue centrar toda su cordura y sagacidad en su labor como investigador de homicidios. La contención de Rust, sobre todo, en su gestualidad y en su mirada insondable es magnífica.

Nic Pizzolatto (autor del guión completo y showrunner de la serie) hilvana una truculenta historia trufada de diálogos brillantes y reflexiones nihilistas, sublimada en las conversaciones que mantienen Rust y Marty (Woody Harrelson) en el coche. La tensión de muchas de las escenas es brutal, incluso están cargadas de una violencia latente que estalla inesperadamente en ocasiones y se diluye, también sorprendentemente, en otras. Otro mérito indudable del creador de la serie es lo bien construida que está, teniendo en cuenta los saltos temporales y los diferentes roles que desempeñan los dos detectives. Desgrana inteligentemente el nudo de la historia, sin giros repentinos, de forma progresiva y cabal, avanzando poco a poco en el caso, descubriendo y relacionando antiguos crímenes, encontrando nuevos indicios e investigando posibles pistas.
El papel de Marty, contrapunto de Rust, también está representado extraordinariamente por Woody Harrelson. Astuto policía, bebedor y mujeriego, confronta su elocuente simpleza a la tortuosa y brillante mente de Rust. El recelo y desconfianza iniciales van dejando paso a una cierta admiración, que se va viciando de hastío con el paso del tiempo hasta el inevitable conflicto. En cualquier caso, es un placer disfrutar de las escenas protagonizadas por ambos.

La banda sonora que acompaña a la serie es igualmente magnífica. La música seleccionada es perfecta en todo momento. Aunque la canción de la cabecera (“Far from any road” del grupo The handsome family) es buenísima y sin duda abandera la calidad del conjunto, ninguna de las canciones que aparecen a lo largo de los ocho capítulos le va a la zaga.

La atmósfera de la serie es igualmente turbia. Está rodada en la pantanosa Luisiana, en lugares medio abandonados y decadentes. La fotografía es de una luminosidad engañosa, la típica de los ocasos de verano en los que la tarde se adentra en la noche con cielos cobrizos y azul cobalto. Muchos planos se van abriendo poco a poco hasta mostrar una naturaleza salvaje y malherida que se proyecta hacia el infinito, hacia una inmensidad melancólica. Incluso los personajes secundarios (prostitutas, policías, delincuentes) son oscuros y deprimentes, productos de la fealdad y la pobreza de la marginalidad.

Sólo tiene una pega True detective: sus últimos cinco minutos, que son la deuda a pagar por querer dejar una vía abierta a una segunda temporada. Cuestiones de la productora, no de los autores, imagino. Una pena, pero en cualquier caso disculpable, ya que las 7 horas y 55 minutos anteriores son una obra maestra.

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Nighthawks (Edward Hopper, 1942)

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Esta pintura representa perfectamente el estilo paradójico de Edward Hopper. La luminosidad, incluso en la escena nocturna de Nighthawks, está siempre presente, así como una cierta amplitud de campo. Muestra escenas cotidianas abiertas, aparentemente simples, que transmiten una agradable tranquilidad relajante que te atrapa en primera instancia gracias a su sobria parquedad. Sin embargo, transcurridos unos segundos, cierto desasosiego empieza a invadirte y sacudirte. La soledad se hace presente de forma evidente y el equívoco siempre emerge en cualquiera de sus cuadros. Los personajes que retrata son impenetrables, en cierto modo claustrofóbicos, como en los casos de “Habitación de hotel”, “Sol de la mañana” o “Excursión a la filosofía”. Se hace imposible saber qué piensan o qué relación tienen. Puedes conjeturar una cosa y la contraria. En esto radica precisamente la clave de su obra: a través de una pintura aparentemente simple y visualmente muy efectista capta al espectador provocándole una sonrisa de aceptación, al principio, y una mueca de asombro y conspicua duda, más tarde.

Posiblemente, la contención de sus obras refleje su origen puritano, el de esos hombres y mujeres llegados de Europa e instalados en el noreste estadounidense que a lo largo de generaciones vivieron bajo el rigor de sus creencias religiosas de forma austera y tradicional. Esa discreción le acompañó durante toda su vida, permitiéndole mantener una línea sólida y coherente a lo largo de toda su obra artística. Empezó siendo uno de los artistas abanderados en la inauguración del MoMA en 1929. Sin embargo, veinte años después el museo había cambiado radicalmente de tendencia apostando por artistas como Jackson Pollock. A pesar de ello, su reconocimiento ha pervivido a través de los vaivenes estilísticos de las diferentes corrientes del arte moderno, en ocasiones tan dudosas como fatuas.

Hay un motivo adicional por el que he escogido Nighthawks para hablar de Hopper: el cuadro parece sacado de un stroryboard de la serie Mad Men, con Don Draper y Joan Holloway sentados en la barra esperando a que el camarero les sirva un Old Fashioned. Aunque en realidad esta coincidencia denota la genialidad de dos artistas, Edward Hopper y Mathew Wiener, que a través de sus obras, pintura y cine respectivamente, consiguen captar y transmitir la realidad de una época con maestría.


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Relatos de Kolimá. Varlam Shalámov. Ed. Minúscula

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La obra de Shalámov está dividida en seis volúmenes. Los cinco primeros recogen los relatos de sus vivencias en el Norte, en el gulag, estructurados según el orden original establecido por el propio autor. El último, inédito en esta colección de la editorial Minúscula en castellano, reúne una serie de ensayos. Este magnífico testimonio fue originalmente publicado en Londres en 1978, apenas cuatro años antes de la muerte del escritor.

 Los relatos no siguen un orden cronológico ni están agrupados por temáticas concretas. De hecho, podría leerse uno o la totalidad de ellos sin necesidad de la lectura del resto para poder entenderlos. Simplemente, narran diferentes experiencias (la mayoría vividas en primera persona) a lo largo de veinte años de cautiverio: los dos primeros a finales de la década de los años 20 y el resto desde el terrible año 1937 hasta la muerte de Stalin y la posterior rehabilitación de los presos.
 
En algunas ocasiones, Shalámov se repite y vuelve sobre historias ya contadas, lo cual tiene su explicación en el prolongado periodo durante el cual escribió todos los relatos: desde 1956 hasta 1973. No obstante, en todas ellas afloran las terribles condiciones de esos campos y minas de la muerte, donde la voraz y premeditada crueldad del estalinismo arrojó a millones de rusos con el único fin de esclavizarlos hasta su exterminio.
 
En comparación con la fría meticulosidad de “Archipiélago gulag” de A. Solzhenitsyn o el brutal, pero hermoso testimonio de E. Ginzburg en “El vértigo”, “Relatos de Kolimá” muestra la atrocidad del día a día: la cercanía constante de la muerte del “colilla”, del terminal; la abyecta arbitrariedad del régimen en los juicios y condenas; los repugnantes privilegios que disfrutaban los hampones con respecto a los presos políticos; la perversión moral de todos y cada uno de los habitantes del Norte, condenados y libres; la terrible constatación de que para sobrevivir no era únicamente necesario disponer de una fortaleza física y mental descomunal para soportar jornadas interminables de trabajos forzados a -50ºC entre continuas palizas y vejaciones, de una extraordinaria astucia para elegir bien (la vida) en infinidad de situaciones, sino que, además, debías disfrutar de una increíble suerte. 
 
Hay algunos relatos evocadores en los que excepcionalmente la bondad de un ser humano emerge y hasta triunfa. Sin embargo, hay otros realmente escalofriantes en los que cuesta seguir leyendo, como el que cuenta cuál era la forma de pago por tener sexo: un trozo de pan. La prostituta, prácticamente cualquier mujer habitante del Norte, podía comer todo lo que sus escorbúticos dientes pudiesen del pedazo de pan hasta que el cliente acabase. Evidentemente, los hampones congelaban antes el mendrugo para que la prostituta no pudiese siquiera roer una miga de pan. La maldad y la perversión estaban hasta tal punto enraizadas en aquel mundo que se hacían cotidianas.
 
Lo más impactante de esta obra es la opinión, repetida varias veces por el autor, de que su experiencia en estos campos de concentración de Kolimá fue completamente negativa, que nada bueno supo sacar o aprender de esos veinte años, absolutamente nada. Es sobrecogedor, pero leyendo sus relatos es la única opinión posible de alguien cabal.
 
Literariamente, Shalámov consigue dotar de un indisimulado lirismo a sus historias (al menos, a algunas, aquellas menos sórdidas), ya que es capaz de describir la naturaleza dura e infranqueable, pero también hermosa y pródiga con una belleza extraordinaria. Probablemente la naturaleza fue su tabla de salvación, más allá de los cursos de enfermería que le permitieron acceder a un puesto de practicante a partir de 1946, puesto que sus descripciones de la taiga, los impresionantes árboles del Norte, los animales y plantas que habitaban aquellas gélidas tierras y, sobre todo, el cielo siberiano con sus noches blancas son odas a la inconmensurable belleza de la naturaleza. 


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La megalomanía: un mal muy presente

Ahora que está el caso Neymar con su sucesión de imaginativos contratos firmados por el F.C. Barcelona tan de actualidad, observo con absoluta verosimilitud que el origen de todo este asunto está relacionado con la megalomanía del ya expresidente Sandro Rosell. Cuando llegó a la presidencia del club se encontró con una situación deportiva inmejorable gracias a uno de los mejores equipos de fútbol de la historia, amén del resto de secciones también dominantes en sus respectivos deportes. En lugar de limitarse a disfrutar del éxito, decidió ser parte activa de ese éxito intentando fichar a una de las más deseadas promesas del fútbol mundial, Neymar; o mejor dicho, Neymar Jr., nombre que leí sorprendido en su camiseta el día de la presentación, pero que transcurridos unos meses ha adquirido todo el sentido. El verdadero Neymar es papá Neymar, claro. El cachondo que sin mover un dedo se ha embolsado ¿40?, ¿50?, ¿60? millones de euros. En definitiva, Sandro Rosell necesitaba ser el presidente que fichase a la anhelada joya brasileña, aunque ya tuviese en su equipo a un chico argentino llamado Lionel Messi. Sobre todo, cuando el presidente del club rival por antonomasia, otro reconocido megalómano, pugnó con la ferocidad que dan los millones ajenos por el mismo jugador del que se había encaprichado Sandro.

 Así las cosas, Sandro Rosell inundó de dinero a los Neymar y chanchulleó con los contratos para poder presentar orgulloso la pieza de su particular cacería, en la que el verdadero trofeo es la hinchazón sin límites de la vanidad. A su vez, Florentino Pérez, herido en su orgullo por el archienemigo, se gastó ¿91? ¿101? millones del club al que dice amar y servir reverencialmente en un jugador de clase media-alta, Gareth Bale. Porque, evidentemente, el desatino de un megalómano requiere una respuesta inmediata y aún más desatinada del otro megalómano en liza.
 
He usado este ejemplo de actualidad porque refleja perfectamente uno de los males que ha sufrido la sociedad española durante los últimos años: la megalomanía. Dirigentes políticos de cualquier pelaje y condición, ministros y alcaldes, presidentes del gobierno de España y presidentes de Comunidades Autónomas, todos ellos han dilapidado centenares de millones de euros en obras faraónicas: palacios de congresos, bibliotecas babilónicas, aeropuertos inéditos, museos del localismo rocambolescos…Y todo ello únicamente para satisfacer la megalomanía del político de turno. Por cierto, no estoy hablando de la corrupción y su impunidad, otra de las lacras de nuestro tiempo, sino exclusivamente de megalomanía.  
 
Pero no se ha circunscrito este prurito incontrolable del poderoso a la esfera pública, aunque sea donde más fácilmente se ha prodigado. Muchas empresas privadas también cometen el mismo pecado a través de sus directores generales, consejeros delegados y otros altos directivos, que gracias a su arbitraria vanidad toman decisiones perjudiciales para la empresa y sus propietarios. Cuando el dinero no es de uno, cualquier decisión se torna más sencilla.
 
La obsesión por ver quién la tiene más larga (la megafalomanía), quién consigue el fichaje de moda, quién construye el auditorio más impresionante (y caro), quién consigue el mayor contrato ha causado estragos a todos los niveles en nuestra sociedad. El aplauso que han recibido todos estos megalómanos por cada uno de sus desvaríos ha sido unánime. Los medios de comunicación los han proyectado como triunfadores o benefactores, aupándolos a un reconocimiento social fatuo, pero envidiable. Los pobres desgraciados que no han recibido ningún aplauso han satisfecho su megalomanía a través de ellos, lo cual es aún más triste. El voyerismo jamás puede regar la vanidad; sin embargo, así ha ocurrido en muchos casos.

Ganar está muy bien, siempre que sea a un precio adecuado y por un buen objetivo. Cuando ganar se convierte en el objetivo, el precio es lo de menos, sobre todo, si el dinero no es tuyo.


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Un antónimo perfecto desenmascarado

No conozco a mi antónimo perfecto, tampoco lo necesito, pero lo aborrezco. Siento su carga desde muy pequeño. Sin aun conocer su significado, ni siquiera el mío propio, ya oía cómo lo mentaban con orgullo los mayores, mientras a mí me trataban con condescendencia al principio y, más adelante, con desprecio. Cuando, por fin, tomé conciencia de mi significado y, lo que es peor, del suyo, todavía se incrementó más mi odio hacia ese presuntuoso santurrón.

Sin embargo, conforme crecía me fueron surgiendo algunos amigos. No muchos, pero sí muy fieles. La verdad es que ninguno de ellos era de mi agrado, pero me hacían sentir mejor que la sombría soledad que hasta entonces había anegado mi vida. Esos amigos trajeron a otros, estos otros a otros más y, poco a poco, fui frecuentado y celebrado mucho más de lo que jamás soñé en mi eterna noche de infancia. De estos últimos amigos, sí que me gustaron al principio algunos, pero tarde o temprano acababan decepcionándome. Entonces, el único consuelo que me reconfortaba era que mi detestado antónimo perfecto se estaba quedando cada vez más solo. Actualmente, soy mucho más popular que él.

No revelaré mi nombre, pero sí el de mi antónimo perfecto, para que sufra el mismo escarnio público que viví yo en mis primeros años y que ha marcado de forma indeleble mi vida. Ese desgraciado al que me refiero se llama Honrado.

 

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¡Hasta pronto!

Así me despidieron hace unos días en la tienda que compro la leche. Entré y me dirigí, como siempre, a la nevera de la leche fresca. Cogí tres botellas y fui a la caja. Pagué, la dependienta me devolvió el cambio y dijo: ¡hasta pronto! Le respondí y salí encantado, diría que hasta conmovido. ¡Qué bien sienta la buena educación! Porque no se trató de una consigna del comercio o de una técnica impostada, sino de simple buena educación.
 
Llevo meses comprando la leche en esa tienda dos o tres veces por semana, así que obviamente me conocen. Soy un cliente contenido, bastante lacónico. No entablo conversación más allá de la gentileza mínima en el trato. Por lo que no fue una especial deferencia hacia un cliente habitual al que conocen. Simplemente fue una agradable muestra de buena educación.
 
Me alegró esa cálida despedida, pero en seguida pensé que era sintomático que algo tan simple como un ¡hasta pronto! me hubiese sorprendido tan gratamente. La realidad no se cansa de revelar día a día la falta de buena educación imperante: nadie pide perdón o siquiera permiso en el metro para salir o entrar; pocos compañeros dan los buenos días al llegar a la oficina y aún menos son los que responden al saludo; todo el mundo se siente legitimado para interrumpirte groseramente a cada instante…
 
En definitiva, la buena educación no está de moda. Somos tan modernos, hemos llegado a un nivel tal de desarrollo que podemos perfectamente prescindir de la buena educación. Preveo un futuro sin buena educación, ni tampoco especialmente mala. Un futuro aséptico en las relaciones humanas: distante, frío e insensible. Un futuro en el que la prostitución no se centrará únicamente en el sexo, sino también en la amistad. La gente pagará por sentirse bien tratada y por disfrutar del aprecio de otra persona, aunque sólo sea durante un ratito. 

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El stlánik

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El stlánik, pariente del cedro siberiano, es un curioso árbol que anticipa el tiempo como ningún meteorólogo es capaz de predecir. Sus dotes adivinatorias le permiten recostar sus ramas y tumbarse sobre el terreno uno o dos días antes de la llegada del crudo invierno. Asimismo, sus ramas se desperezan y el árbol se yergue cuando la primavera está a punto de irrumpir entre las heladas laderas del Norte.
 
Jamás se equivoca. No atiende a fríos pasajeros para acurrucarse o a engañosos aumentos de temperatura para despertarse. Sólo reacciona cuando el implacable invierno siberiano se dispone a azotar con su gélido látigo aquellas inhóspitas tierras o cuando la ansiada primavera va a revivir la región con sus bondadosos rayos de sol.
 
Este árbol era muy querido por los habitantes expulsados del “continente” en la Rusia estalinista, ya que además de avisarles sobre el cambio inminente de estación, con los temores o esperanzas que conllevaba, les ofrecía su pródiga leña para calentar sus macilentos cuerpos.

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El imperio de las luces (René Magritte, 1954)

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Bajo este título Magritte pintó una serie de variaciones sobre el mismo tema. En todas ellas muestra idéntica y fascinante contraposición entre noche y día. Lo que aparentemente debería pertenecer a dos cuadros diferentes (el cielo diurno perfectamente iluminado y el resto de la composición en penumbra) se integra en una misma obra de forma extraordinaria. Miras el cuadro una y otra vez, de arriba a abajo, de abajo a arriba, y todo está en perfecta armonía, a pesar de la evidente contradicción. Admirar esta pintura es como disfrutar de la imagen de un sueño en plena vigilia. 

La iluminación intensa del farol y la tenue y apocada luz que surge de las ventanas superiores se reflejan lánguidamente sobre el lago, mientras los árboles y el resto de la casa permanecen en la oscuridad, plasmando perfectamente la escena nocturna. Sin embargo, tras la arboleda, brilla el luminoso día completamente ajeno a la quietud de la noche de debajo. 


La rosa de Jericó

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Esta curiosa planta tiene la capacidad de permanecer seca y hecha un gurruño, como si estuviese muerta, durante años y años. Sin embargo, a la que percibe algo de humedad, sus pequeñas raíces prenden, vuelve a germinar y las hojas se despliegan con increíble rapidez. Cuando la humedad cesa, vuelve a hacerse un ovillo. Y así una y otra vez. Entre “vida” y “vida” se dedica a viajar empujada por el viento, puesto que al secarse sus pequeñas raíces se desprenden fácilmente del suelo.
 
Envidio a esta walking dead vegetal. Cuando hay sequía, entiéndase hartazgo, aburrimiento o, simplemente, “hastaloscojonismo”, te haces un ovillo y te piras. Como aparentemente estás muerto, nadie te toca las narices. Y a la que notas algo de humedad, entiéndase excitación, diversión o pasión, te levantas de nuevo y a disfrutar.

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El restaurante Zara de Madrid

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Soy un gran fan de los bares, las tascas y los restaurantes en general. Suelo ser mucho más feliz en un bar que fuera de él. Del mismo modo que soy más feliz bebiendo que sobrio. Huelga mencionar la positiva sinergia obtenida al conjugar ambas aficiones. Así pues, cuando considero a un bar o a un restaurante dentro de mis favoritos, pasa a formar parte de mi querido santuario de cosas, personas y lugares imprescindibles.
 
Uno de ellos, y el que ostenta el título de bar/restaurante favorito de Madrid, es el restaurante Zara, un pequeño y acogedor local situado en la calle Infantas, nº 5. Lo descubrí hace 10 años y siempre que voy a Madrid intento disfrutar de su sencilla comida cubana y, sobre todo, de sus deliciosos daiquiris, la mejor bebida alcohólica que he probado jamás.
 
Saborear uno de los daiquiris granizados del Zara es tocar el cielo. Incluso su textura y color evocan el mismísimo paraíso. Esa nube helada seduciéndote desde la copa, que al paladear se deshace suavemente inundándote la boca con la suavidad y dulzura del ron… ¡Menudo placer! Sin duda, un gran momento.
 
Además, sus platos son igualmente riquísimos: la famosa ropa vieja, la yuca con mojo picón, el plátano frito, el arroz con frijoles y, por encima de todos, el pollo frito. ¡Cómo se puede marcar la diferencia con algo tan simple y común como el pollo frito! Pues en el Zara lo bordan. Y es que los años de experiencia y tradición de la pareja de cubanos (de ascendencia asturiana) que regentan el restaurante se nota por todas partes. El ambiente es tan agradable, tan familiar, que parece que estés comiendo en casa del octogenario matrimonio. El caballero, de envidiable aspecto a pesar de su avanzada edad, siempre de pie, haciendo cosas aquí y allá; la señora, con su acento cadencioso y dulce, sentada en una mesa ordenando a diestro y siniestro. Vamos, como en su casa.
 
Hace unos cinco años pasaron el peso del restaurante a una de sus hijas y a su yerno, una pareja encantadora, que tenían otros intereses profesionales muy diferentes a los de la restauración, pero que, sin embargo, han acometido con un desempeño extraordinario. Ella, elegante y resuelta; él, contenido y de una sonrisa bondadosa que conmueve. Los dos me hicieron disfrutar de una comida embriagadora hace unos días. Casi pierdo el AVE de vuelta por culpa o, mejor dicho, gracias a ellos dos y al buen rato que me regalaron.
 
Lo dicho, un restaurante magnífico por su comida, sus daiquiris, su servicio y, sobre todo, por su acogedor ambiente.

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Real time with Bill Maher

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Este talk show emitido semanalmente por la cadena norteamericana HBO – que Canal + ofrece a través de su canal Xtra – es una auténtica pasada. Todo gira en torno al genial cómico Bill Maher, un cincuentón hilarante y sardónico.
 
El formato es siempre el mismo. Empieza con un monólogo de Maher, seguido de una breve entrevista. A continuación, se abre la mesa de debate con tres invitados diferentes cada programa, a la que se une más adelante un cuarto invitado. Y para finalizar el bloque ‘New rules’, que ridiculiza a los políticos y personajes públicos del momento, y que enlaza con un speech moralizante, siempre brillante y elocuente, del presentador. O sea, nada nuevo que no se haya visto en decenas de programas televisivos a lo largo de los últimos años. Así pues, aquello que lo hace diferente y tan interesante es el tono que usa Maher a lo largo del show. Es extraordinariamente mordaz, tendencioso y ligeramente obsceno. No se anda con paños calientes, siempre suelta directos al mentón del vilipendiado. Destroza a los políticos que no le gustan, generalmente del partido republicano. Abomina del racismo, la homofobia, el clericalismo y la mojigatería sexual, empleando todo su inagotable ingenio (y el de su equipo de guionistas) en ridiculizar y desenmascarar a sus hipócritas defensores.
 
Comparado con programas similares que se hacen o se han hecho en España, como pueden ser los de la factoría de El Terrat donde el humor es igualmente brillante pero inofensivo, “Real Time with Bill Maher” es cine pornográfico deliciosamente explícito  y “Buenafuente” apenas un film erótico de serie B.
 
Lo mejor que puedo decir de Bill Maher es que me hace reír, no sonreír. Vamos, que me descojono viendo su programa. Sólo “Ilustres ignorantes” con mi idolatrado Javier Cansado consigue que me divierta tanto viendo televisión. 

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La hormiga y el Listerine

Hallábame hace un par de noches en plena higiene bucal cuando al escupir el colutorio me di cuenta de que había arrastrado a una hormiga por el desagüe junto con el resto de baba azulada. Al principio, se me encogió el corazón. Pobrecita, pensé. No es que yo sea un adalid de la defensa de los animales, pero por lo general no me molestan ni los mato. O sea, mientras no me incordien, no les hago nada. Sólo cuando nuestros intereses entran en colisión, acabo con ellos. Vamos, soy un liberal al uso en lo concerniente a la convivencia con otros animales. No obstante, tras ese primer momento de pena inconsciente e irracional, pensé: ¡qué cojones, ha tenido una muerte épica! Las hormigas suelen morir por armamento químico en forma de insecticidas, por aplastamiento o, la gran mayoría, de puto agotamiento de tanto trabajar; así que “H”, como la llamaré en adelante, tuvo una muerte única, extraordinaria. No sé si las hormigas tienen más allá, pero si lo tienen el de admisiones debió flipar al escuchar el relato de su muerte.

“H” es afortunada, en la vida eterna de las hormigas se va a hinchar a follar, porque huele tan bien tras ese tsunami de Listerine que incluso otros himenópteros, además del resto de hormigas, van a querer comerle “to lo negro” por los siglos de los siglos.

Siempre me había importado un huevo si hay vida después de la muerte o si habrá un Juicio Final. Yo lo que quería era vivir lo máximo posible en las mejores condiciones posibles. Pero desde la otra noche me muero de ganas de que haya un Juicio Final. Quiero testificar a favor de “H”, se lo debo. Porque seguro que el fiscal de las hormigas (un tipo cuya vida terrenal consistió en acarrear pedacitos de hoja incansablemente al hormiguero hasta morir chafado por un tronco de algarrobo) le acusa de las mayores atrocidades y de merecer semejante muerte, digna de Los Evangelios Fórmicos, por haber cometido presuntamente los peores pecados imaginables, ya que las religiones, todas, incluso la de las hormigas, detestan que alguien folle. Pues bien, cuando llegue ese momento, yo me levantaré y diré: ¡Ese fiscal miente! “H” murió por pura mala suerte. Y, lo más importante, lo hizo con absoluta dignidad. Cuando su vida se escurría por el desagüe, gritó llena de gozo “¡De puuuuuta maaaaadre! ¡Cómo mola esta cosica azul!”

“H” vivirá el resto de la eternidad sin el estigma de hormiga pecadora y yo viviré toda esa incomprensible eternidad sin la culpa de su muerte, losa que me pesa tanto como el peso de “H”. 

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Walter Benjamin - Gershom Scholem. Correspondencia (1933-1940)

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Siempre me pareció algo desleal publicar la correspondencia entre dos personas, a menos que ambas lo acordasen, claro. Las cartas dirigidas a una persona, aunque también traten temas no personales, siempre contienen elementos más o menos privados, más o menos íntimos.

No obstante, suele haber justificaciones recurrentes más que convincentes que legitiman la publicación de esta correspondencia: tratarse de documentos históricos que relatan datos y hechos que ayudan a una mejor comprensión de determinados acontecimientos; favorecer el conocimiento del personaje y las posibles motivaciones que le llevaron a actuar de determinado modo en su vertiente pública y conocida; ser valiosos testimonios que complementan la obra publicada del autor (siempre que se trate de un artista o pensador)...

En el caso que nos ocupa, Scholem posee, además, dos razones adicionales para justificar la publicación de la correspondencia con Benjamin: fue una especie de “archivero” de la obra de Benjamin, que siempre se preocupó de alentar el conocimiento en editores y público; y tuvo acceso a las cartas que él había enviado a Benjamin en 1975, esto es, treinta y cinco años después de la muerte de éste, al permitirle la RDA acceder a sus archivos, que contenían dichas cartas enviadas por Scholem a Benjamin entre 1933 y 1940, de tal modo que dispuso, entonces, de la colección completa al poseer él, lógicamente, las cartas enviadas por Benjamin, y decidió publicar el material completo. 

Antes de analizar el contenido de las cartas, es importante señalar que los dos autores, que se conocieron en sus tiempos en Berlín, donde ambos nacieron a finales de siglo XIX en el seno de familias pertenecientes a la burguesía judía, parten de posiciones políticas y religiosas opuestas: Benjamin es comunista, Scholem ligeramente conservador; Scholem simpatiza con el movimiento sionista y emigra a Palestina en 1923, Benjamin jamás se plantea tal opción e incluso desconoce el hebreo; Scholem (experto en filosofía mística judía) vive el judaísmo como religión, especialmente a través de sus tradiciones y escritos, Benjamin en absoluto. Sin embargo, ambos se profesan admiración mutua y muestran un extraordinario interés y respeto por las ideas y pensamientos del otro, lo cual demuestra que nos encontramos ante dos personas cabales y escasamente dogmáticas, más allá de que en algunos puntos estuvieran en las antípodas el uno del otro.

Realmente, el contenido de las cartas no contiene ingentes páginas de sesudo contenido intelectual, más allá de algunas discusiones sobre Kafka y las referencias a los trabajos literarios de cada uno. De hecho, el componente personal sobresale sobre cualquier otro, muchas veces provocado por el contexto de la época: la toma del poder en Alemania por parte del partido nazi en 1933 y las consecuencias sufridas en adelante por los judíos.

Leyendo estas cartas, se disfruta de la elegancia de Scholem y de la bella y desgarrada prosa de Benjamin. Gershom mantiene un estilo sobrio y cercano durante todas sus misivas; Walter se muestra más arrebatado, incluso en ocasiones patético. Evidentemente, la diferencia en el tono tiene una fácil explicación: el primero escribía bajo un confort vital muy alejado de la cada vez más asfixiante y penosa existencia del segundo. Aunque, a riesgo de pecar de injusto y duro con Benjamin, no extraña en absoluto que éste se suicidara en 1940.

Lo más interesante de este libro es la contextualización de su momento histórico y, sobre todo, las relaciones que ambos mantienen con intelectuales de diferentes disciplinas e inquietudes, muchos de ellos también judíos. No en vano, Benjamin se refugia muchos veranos en la casa danesa de Bertolt Brecht, donde puede escribir cómodamente. Recibe ayuda económica de otros intelectuales emigrados a Nueva York como Theodor Adorno, que admira su trabajo. Aunque más modestamente, también es ayudado por Hannah Arendt, con la que huirá al sur de Francia en 1940 para intentar llegar a Nueva York. De hecho, Scholem cuenta que fue Hannah Arendt quien le explicó que Walter Benjamin se había suicidado en Portbou y cómo y dónde fue enterrado. Resulta gratificante comprobar cómo a mediados de los treinta, en varias de sus cartas, tanto Scholem como Benjamin hablan con admiración de la brillantez y tino de los ensayos de Arendt.

En definitiva, la correspondencia entre ambos durante esos convulsos y decisivos años revela a dos personalidades muy diferentes, pero que tienen un interés común e inquebrantable: su compromiso intelectual, que les mantiene unidos a través de los años a través de ese invisible y poderoso vínculo que es la inteligencia. 

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Gino Bartali, leyenda del ciclismo y héroe anónimo

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Bartali perteneció a una época en la que el ciclismo era épico: etapas de 350 km., carreteras sin asfaltar llenas de tierra, puertos nevados y embarrados, tubulares cruzados sobre los hombros y debajo de las axilas confiriendo a los ciclistas un aire de caballeros templarios sobre pesados caballos de dos ruedas. Vamos, un deporte muy alejado de la gran mentira del ciclismo de los últimos veinte años.

En 1936 y 1937 ganó el Giro de Italia demostrando una fortaleza física descomunal. Ya fuera pedaleando sobre las tórridas carreteras del sur a 40º o cabeceando debajo de las heladoras lluvias alpinas, Gino se crecía cuando el resto doblaba la cerviz. Había nacido un mito del ciclismo.

En 1938, Benito Mussolini obliga a la Federación Italiana de Ciclismo a que Bartali corra el Tour de Francia en lugar del Giro. Obviamente, lo ganó y fue recibido en loor de multitudes por el Duce. A partir de entonces se le identificó como el ciclista del régimen fascista, a pesar de no existir documento o fotografía alguna con Bartali realizando el saludo fascista. Su origen humilde y su devota religiosidad ayudaron a esa falsa imagen.

La Segunda Guerra Mundial truncó su carrera profesional, que hubiese tenido un palmarés extraordinario a la altura de los Anquetil, Merckx o Hinault. No obstante, sí que pudo aumentarlo una vez finalizada la contienda bélica: ganó el Giro del 46 y el Tour del 48. Éste último tras recuperar 21 minutos de retraso al ídolo local Louison Bobet en una demostración colosal de su condición de escalador ganando siete etapas de montaña.

En esta segunda etapa mantuvo una fuerte rivalidad con Fausto Coppi, otra leyenda del ciclismo italiano y antagonista de Bartali. Cada uno representaba a una Italia. Los aficionados se posicionaban a favor de uno u otro, como si de Milan o Inter se tratase. Todavía hoy día se discute en Italia sobre quién ofreció a quién el bidón de agua en la famosa foto de Bartali y Coppi escalando un puerto de montaña. Realmente, es imposible saber quién dio y quién recibió el bidón en esa instantánea por mucho que la escrutes. De todos modos, es una bella imagen de solidaridad en medio del esfuerzo máximo entre dos rivales.

Hasta aquí la historia de Bartali, leyenda del ciclismo. Pero lo mejor de su biografía llegó después de su muerte en el año 2000. Los hijos del responsable de una red clandestina que ayudó a centenares de judíos italianos a escapar de las brasas del nazismo descubrieron un diario de su padre en el que había anotado prolijamente los detalles de las operaciones llevadas a cabo por la red. En este diario el nombre de Gino Bartali estaba omnipresente. Se pusieron en contacto con otros miembros de la red que aún vivían y confirmaron que se trataba del famoso ciclista, que durante 1943 y 1944, bajo la apariencia de duros entrenamientos, se dedicaba a llevar documentación falsa escondida en el cuadro de su bicicleta de monasterio en monasterio para ayudar a los desventurados judíos que la red clandestina intentaba salvar. Del análisis de este diario se concluyó que gracias a Gino Bartali se salvaron 800 personas. Ese Gino Bartali, que injustamente fue estigmatizado como ciclista del régimen fascista y que vivió 55 años con ese sambenito, fue el que arriesgó su vida recorriendo centenares de kilómetros diarios entre las felicitaciones de los carabinieri que le pedían autógrafos y las risas condescendientes de los soldados que le paraban en los controles de carretera y le decían “¿para qué carrera te preparas, Gino?”

Bartali jamás contó nada a sus amigos ni a sus familiares al respecto. Ni siquiera una insinuación. Se llevó a la tumba ese secreto que podía haberle redimido fácilmente ante la sociedad italiana de su estigma fascista. Un hallazgo casual ha permitido conocer la grandeza de este hombre. 800 vidas y centenares de las de sus descendientes se han dado gracias a él. Con absoluta seguridad, a Gino Bartali le bastó con paladear en su fuero interno el bien que hizo, sin necesidad de compartirlo o, aún peor, exhibirlo ante nadie más. No en vano, la bondad es una cualidad que en silencio resplandece majestuosamente, pero que al ver la luz languidece inexorablemente. Sin duda, la belleza del heroísmo anónimo no tiene rival. 

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¿Por qué ya nadie cuenta chistes?

Porque el humor ha sido copado por los “modernos”, tanto en su generación como en su consumo. Difícilmente alguien hoy día se define como humorista: “¡No, no! Yo soy cómico o actor cómico. Soy guionista y, ocasionalmente, monologuista. ¿Humorista? ¡Pooor favooor! Eso lo era Bigote Arrocet o el Dúo Sacapuntas. Yo practico el humor inteligente.” Y se queda más ancho que largo. Pero es que la mayoría de consumidores actuales de humor asentirían, con su babeante idolatría, semejante declaración del cómico anteriormente llamado humorista.

Curiosamente, ya no hay gente mayor en el mundo del humor. Todos esos cómicos de los que hablo son “modernos” treintañeros tan ingeniosos como guays. Molaría que fuesen tus amigos, incluso tus novios o novias. “Me siento identificado con ellos. Hablan de cosas que me pasan a mí. Puedo ser uno de ellos”, piensa el “moderno” común en su función de público. Los viejos, en el ámbito del que estamos hablando, son los mayores de cincuenta años. Ya no hay Gilas ni Tips ni Chiquitos. Nadie cuenta chistes de un inglés, un francés y un español. Ningún monologuista llama a la guerra. La improvisación ingeniosa ha sido desterrada. Ahora todo está medido, escrito previamente en un guión calculado y es presentado de forma impostada, hasta con cierta desgana, como si el humorista, perdón, cómico nos hiciera un favor contándonos sus gracias.

De otra parte, y para más inri, el “moderno” ha conseguido, al menos en lo que al humor se refiere, penetrar todas las clases sociales. Así, tenemos al “moderno pijo”, que se pirria por los monólogos que tratan de mujeres o trabajos; al “moderno alternativo”, al que se le hace el culo pepsicola con el humor de contenido social y reivindicativo; e, incluso, al “moderno quillo”, especialmente deleznable, que ríe histéricamente y se convulsiona cual epiléptico viendo al borracho de “¡Toma lacasitos!” o a la de “la-lié-parda” en Youtube.

La sucesión de chistes inconexos que buscaban la risotada espontánea y la carcajada fugaz forma parte del paleolítico del humor. Lo que se lleva en el mundo “moderno” es la historia más o menos hilada de supuestas experiencias o anhelos personales que invariablemente transitan del victimismo amable al patetismo autocomplaciente. La forma de humor en boga es, pues, el monólogo; de tan usado, previsible e irritante, cuando no exasperantemente largo. De hecho, el monólogo es como un mal amante: te calienta con los preliminares, pero no te proporciona verdadero placer. Sin embargo, el chiste, mucho más zafio y directo, no pierde el tiempo en zalamerías; eso sí, te provoca un orgasmo.

Nunca he sabido contar chistes. Por eso siempre envidié y admiré a los que eran verdaderos genios en ese arte, porque, además, eran contadores de chistes “anónimos”: amigos o familiares. Y los echo un montón de menos. A los chistes, me refiero. Los magos contadores de chistes siguen ahí, aunque atenazados por los dichosos “modernos”. 

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Searching for Sugar Man

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Esta película documental nos muestra la asombrosa y maravillosa historia real de Rodríguez, un talentoso cantautor de los suburbios de Detroit con dos álbums publicados y olvidados (Cold fact y Coming from reality) a principios de los 70 en EEUU, que se convierte por uno de esos curiosos azares del destino en un fenómeno de masas en la Sudáfrica del apartheid y que, tras veinticinco años de misterio alrededor de su figura, un melómano y un periodista sudafricanos consiguen hallar su pista perdida.

Es tan absolutamente fascinante cómo la historia transita de una turbia y trágica leyenda a una sorprendente y conmovedora realidad, que cuesta creer que sea verdad. Es como un cuento de hadas truncado y recuperado veinticinco años después. 

Además, las canciones compuestas por Rodríguez que acompañan la película son buenísimas. Sugar man, Street boy, I’ll slip away, Inner city blues...son algunos ejemplos de su sensibilidad musical, tintada de un evidente componente social inmanente a su condición de hijo de inmigrantes pobres en una ciudad muy hostil de los Grandes Lagos.

No se trata sólo de recomendar una película (o documental) o unas buenas canciones, no. Quiero recomendar también un ejemplo de dignidad humana, de humildad llena de talento, de cruda realidad, de honestidad contracorriente. Escuchar el testimonio de las tres orgullosas hijas es, sin duda alguna, lo más emocionante. Si alguien desea que algo inimaginable suceda que vaya a ver esta película documental. Siempre es reconfortante ver que algo imposible ocurra. Nos permite creer en la esperanza, tan esquiva y misteriosa como Rodríguez, a la que imagino tarareando la canción Sugar Man de vez en cuando. 

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La tapia

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Discreta fortificación baldía
defensora de una propiedad privada,
privada de todas las sorpresas de la espontánea cotidianeidad.
Censora de luces y voces, recorta el horizonte al más acá,
donde el sol no es más que otra de sus recurrentes marionetas
de ademán sobrio y escaso talento.
Su timidez encalada atrae a paseantes de la soledad,
ofreciendo un descanso o un desahogo o un escondite o una excusa.
La humedad dibuja sus desvelos: testimonios de la realidad que fue y nadie vio. 
El tiempo araña su firmeza envidioso de su radical quietud.
Y el hombre desprecia su serena compañía
convencido de que la única tapia buena es la propia,
la que construye a su alrededor. 
Algunas, las más viejas, han sido testigos de innumerables despedidas.
Trágicas despedidas en las que unos hombres y sus armas
despedían a otros hombres y sus sueños.
Fue lo último que vieron, de espaldas al destino que les apuntaba.
Poderosa metáfora de ese último instante
en el que un hombre no sabe si habrá algo más allá del otro lado de la tapia.
Recibir la mirada espectral de esos condenados
justo antes de una cobarde ráfaga de adioses
ni siquiera es soportable para los verdugos. 
Por eso, cuando caminas a la vera de una tapia,
sientes el escalofrío de aquellos que la miraron una última vez,
tan anegados de miedo como de absurda esperanza,
con los ojos intentando escrutar a través de ella
implorando que se derrumbe tras el fuego final. 

 

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La hermenéutica de las despedidas

“Por sus obras les conoceréis”, predican Los Evangelios (Mateo 7. 16). Pues bien, yo sigo otra máxima un pelín menos canónica: “por sus despedidas les conoceréis”. La forma que usa una persona para despedirse de otras indica no sólo su educación, sino también su religiosidad.

Aquellos que se despiden con un simple “adiós” revelan ostentosamente su ateísmo negando la existencia de dios a través de la deicida palabra empleada: el prefijo de negación “a-“ + el lexema metafísico por antonomasia. Además, el adiós es definitivo, absoluto. Quizá no volvamos a vernos nunca más, ni en ésta ni en otra vida, y aprovecha para despedirse una última vez por si efectivamente ésa es la última vez. Por consiguiente, quien así se despide no cree que haya nada más allá de la muerte, ni vida eterna, ni otras vidas o reencarnaciones. El adiós equivale a game over o, al menos, a la posibilidad de que éste exista.

Contrariamente, quien se despide con un “hasta luego” o un “hasta pronto” denota una evidente confianza ¿o debería llamarse fe? en que volvamos a encontrarnos. Así pues, cada despedida es una renovación de esa fe, un salmo cuya loa es la propia eternidad que presupone y anhela a partes iguales.

Sin embargo, no hay despedida más intrínsecamente religiosa que la poco cordial “que te jodan”, versión moderna del “creced y multiplicaos” (Génesis 1. 28), que invita a procrear y poblar la Tierra con la simiente pecadora del denostado despedido. De este modo, el pecado (la ira del que despide) lleva su correspondiente penitencia (el alumbramiento de descendientes del desventurado despedido, en principio igual de despreciables que éste). Esta visión de purgar los propios pecados mediante el sacrificio terrenal a beneficio de una incierta salvífica eternidad forma parte del tuétano de la religiosidad. 

En definitiva, cualquier despedida revela de forma inequívoca el sentir religioso más íntimo de la persona que despide, lo cual nos permite diferenciar clarísimamente entre aquellos que vivirán eternamente en el cielo rodeados de ángeles y arcángeles de aquellos que arderán en el infierno de la fornicación, la lujuria, la ira, la gula y demás estupendas aficiones del ser humano.

Bueno, hay un caso, un repugnante y cada vez más recurrente caso de despedida en el que es imposible discernir entre luz y tinieblas, entre fe y agnosticismo o ateísmo, entre sí o no: el flácido y vacuo “Pues nada, ya hablamos”. ¡Oye, hijo de la gran perra! Llevamos más de dos horas hablando juntos, ¿qué cojones significa eso de que “ya hablamos”? ¿Se puede saber qué hemos estado haciendo estas dos últimas horas? Esa puta frase, ¿es una aseveración? ¿una conclusión? ¿un epílogo? ¿acaso un regüeldo de tu oligofrénica mente? ¡Vete a tomar por el culo! que es como “que te jodan”, pero sin descendencia; o sea, sin penitencia y, por consiguiente, sin arrepentimiento. En fin, se trata de personas que, aun despidiéndose de forma fútil, provocan que el resto nos posicionemos claramente por uno de los tipos de despedida: el “adiós”, para evitar a toda costa una eternidad compartida con semejantes gilipollas. 

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Las flores de la guerra

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Zhang Yimou nos regala una bella historia de sacrificio y entrega en medio de la devastación causada en la toma de Nankín por el ejército japonés a finales de 1937. Los 90 millones de dólares que costó realizar la película se gastan casi en su totalidad durante los primeros veinte minutos, donde la astucia y valentía de un soldado chino recuerdan mucho al Vassili Zaitsev de "Enemigo a las puertas". Las dos horas restantes son una cuenta atrás para conseguir salvar a unas estudiantes preadolescentes de un convento católico de ser entregadas a las tropas japonesas para su lúbrico solaz. 

Hemos de recordar en este punto que los japoneses no se conformaban con disfrutar de prostitutas, sino que esclavizaban sexualmente a las mujeres como parte del botín de guerra fruto de sus conquistas militares. Corea puede dar fe de tan funestas costumbres. 

Así pues, en la iglesia de Winchester de Nankín se refugian un grupo de jovencísimas estudiantes chinas acompañadas de un también imberbe monaguillo, un grupo de prostitutas del más famoso burdel de la ciudad y un americano alcohólico que ha acudido a maquillar al cura de la iglesia reventado por una bomba japonesa antes de ser enterrado. Este papel lo encarna Christian Bale de forma magistral, cuya ecléctica carrera ha alumbrado buenísimos papeles desde que saltara a la fama en "El imperio del sol".

Lo que sucede a partir de entonces es de una tensión insoportable y de una belleza sobrecogedora. Al principio, la dogmática candidez de las estudiantes choca frontalmente con la displicencia y grosería de las prostitutas. La dipsomanía del americano revela todas sus miserias y lo enfrenta al juicio implacable de unas y otras. Pero cuando todos toman conciencia de lo que va a suceder, sobre todo, los mayores (las alegres chicas y el americano), surge un sentimiento puro e inmanente que convierte a la película en una poesía cuyos versos enaltecen el espíritu humano: la generosidad absoluta encarnada en el sacrificio propio, el agradecimiento sordo y profundo que permanece indeleble en las almas de las que han sido salvadas por las que han ofrecido su carne al hierro candente de la bestialidad humana, el ímpetu primigenio de un padre que intenta salvar a su hija saltándose todos los dictados moralmente aceptables sólo porque no hay nada más moralmente aceptable que salvar a una hija, y el resplandor de un hombre fuera de tiempo y lugar que se niega a ser arrastrado por la corriente de la barbarie y mirar cómodamente hacia otro lado cuando se trata de los demás.

En definitiva, un analgésico ontológico potentísimo y esperanzador en estos tiempos que corren de miseria humana y cínico egoísmo. 

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La noche

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Torrentes de silencio inundan sus valles
iluminados por candiles estrellados.
Vientos de hojarasca enturbian sus horas,
que se suspenden indefinidamente  con el último parpadeo.
Pero ella permanece solícita e imperturbable,
abrazando por igual a quien la ama y a quien la teme.
 
Paseantes escupidos por la vigilia deambulan su condena,
nictálopes hartos de creer buscan la verdad al doblar la esquina,
criaturas noctámbulas regurgitan las vivencias del día
gracias a las bellas y esclarecedoras paráfrasis de la noche.
Adictos nochosos compran sus sueños a dealers piadosos,
mujeres vacías de besos venden placeres sin nombre
a hombres llenos de soledad que repiten obsesionados un nombre.
 
La realidad se desvanece, se disfraza de sueño:
el antílope caza, el león huye;
el hombre languidece, la naturaleza habla, clama y hasta invierte en renovables;
el sol se resfría, la luna decide la noche a mediodía;
la verdad se enamora de la mentira, la mentira le corresponde de verdad.
 
El verbo soñar, ¿existe en presente?
¿Acaso alguien consiguió alguna vez conjugar un sueño?
Probablemente sí, pero seguro que no volvió para compartirlo.
Entre tanto, nos conformamos conjugando despiertos su futuro
y evocando con envidiosa nostalgia su pasado dormido.
 
A veces, sólo a veces, la noche acaba;
entonces, alumbra una vieja y luminosa y cansina y estúpida pesadilla:
otro día, otro de esos días de sombras tácitas y engañosas
en el que el crepúsculo no acaba de desperezarse nunca,
avergonzado de lo que ilumina sin pasión ni ayuda.
Se suceden claroscuros, abstracciones y dudas enfáticas.
Avanza el día a paladas, entre pesadas obligaciones contumaces.
Afortunadamente, el atardecer impone sus cacofónicas exhortaciones sibilantes
sirviendo en bandeja de frágil cerámica el mejor de los dulces: la noche.

 

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El dinero en The New Yorker. La economía en viñetas

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Extraordinaria recopilación de humor gráfico de la prestigiosa publicación norteamericana. Este libro nos deleita con una selección de las mejores viñetas relacionadas con temas económicos publicadas desde 1920 hasta 2009 en The New Yorker. Más allá de su punzante ingenio y de su interesante repaso a casi un siglo de Historia, con el dinero como hilo conductor, lo más atractivo del libro es la asombrosa atemporalidad de la mayoría de viñetas. La irresponsabilidad, la codicia, la envidia, la fatuidad, la vanidad, la avaricia, la deshonestidad...y demás miserias de la condición humana se materializan a través del dinero y, sobre todo, de la voluntad de atesorarlo, incrementarlo y exhibirlo indecentemente. 

La recopilación está dividida en décadas, para cada una de las cuales he escogido una genial viñeta (entrecomillo el texto después de la descripción del dibujo):

Años 20: Cuatro chicas critican a poca distancia a un chico que fuma afectadamente en un exclusivo club de polo. "No tiene derecho a parecer tan tonto, ¡tampoco es tan rico!"

Años 30: Detrás de la mesa de un despacho un ejecutivo le dice a su secretaria: "Señorita Apgar, aquí decimos ’recesión’, no ’depresión’."

Años 40: Un directivo perfectamente trajeado le explica condescendiente a un empleado en mangas de camisa: "Mírelo de este modo, Simpson. Si usted pide un aumento de sueldo, le está pidiendo a nuestros accionistas que reduzcan su beneficio."

Años 50: En el comité de dirección de una empresa discuten acaloradamente siete directivos. "Resumiendo: no hemos tenido una huelga en diez años, así que les hemos estado pagando demasiado."

Años 60: En una agencia estatal de Tributos, un contribuyente pregunta a un funcionario: "¿Cómo hay que hacer para meter la pata tanto que el gobierno se conforme sólo con un porcentaje de lo defraudado?"

Años 70: Un empleado de una oficina bancaria le da un apretón de manos a un cliente a modo de despedida. "Es a las personas como usted, señor Evers, que viven constantemente por encima de sus posibilidades y no dejan de endeudarse, a las que nuestro sector les estará eternamente agradecido."

Años 80: Dos ricachones septuagenarios conversan plácidamente en la sala de un club social de alto copete, mientras beben y fuman. "Gracias a Dios, todos los cabezas de chorlito con un poco de pasta han vuelto a especular en el mercado."

Años 90: El responsable de RRHH de una empresa entrevista a un candidato. Ambos con sus mejores trajes. "Pasé siete años en una compañía de inversión de primer nivel y un año y medio en una institución penitenciaria de altos vuelos."

Primera década del siglo XXI: Una estupenda pareja de treintañeros está de pie en una fiesta, mientras otra estupenda pareja de la misma edad se les acerca. La mujer de la primera pareja le pregunta con total naturalidad a su marido: "Se me olvida siempre: ¿estos amigos son de esos ante los que fingimos ganar más de lo que ganamos, o menos?"

Y la guinda, la mejor de todas. Por su brillantez y porque sirve de síntesis de todas las demás: Durante la comida de una distinguida familia, el padre, de unos sesenta años y con una elegante pajarita medio escondida tras una ridícula servilleta prendida al cuello, sermonea al resto de la familia con un acerado aforismo: "El dinero es el boletín de notas de la vida." Sencillamente sublime. 

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Érase una vez otra vez o tal vez

Otro año se apaga
y uno nuevo asoma inevitable.
¿Qué nos traerá? Más de lo mismo.
Los calendarios son como la leyenda de Sísifo:
incesante esfuerzo sin logro alguno.
La mayoría sigue su destino con la piedra a cuestas.
Algunos se apean por cansancio o por rebeldía.
Y sólo unos pocos héroes mandan la piedra al carajo e intentan escalar otras cumbres.
 
En Nochevieja, cuando las pomposas campanadas,
pasaremos lista: algunos faltarán y les regalaremos doce lágrimas,
otros dirán "¡Presente!" y les desearemos doce calamidades,
porque la bondad navideña sólo está presente en su repugnante publicidad,
no en la indignada y abrupta realidad.
Como siempre, haremos el cursi con las uvas.
Pudiendo dar doce besos, once insultos,
diez abrazos, nueve pérfidos deseos,
ocho agradecimientos, siete condenas,
seis "te quieros", cinco "muéretes",
cuatro polvos, tres confesiones,
dos sorpresas y un acaso...
¡Feliz año a ti, a ti y a ti!
Pero a ti, a tú y a "ta" que os jodan.
¿Rencor? ¡En absoluto! Es cuestión de buen gusto. 
Además, nada hay más honesto que el lacerante rencor.
 
Las derrotas del año viejo se convierten en nuevos retos del año nuevo,
que volverán a ser derrotados fácilmente;
las promesas incumplidas del año viejo se disfrazan de renovadas esperanzas del año nuevo,
que volverán a ser incumplidas irremisiblemente;
los gilipollas del año viejo seguirán siendo los mismos gilipollas año tras año,
certeza que nunca cambia.
Afortunadamente, las risas del año viejo se convertirán en sonrisas del año nuevo, 
que traerá nuevas y diferentes risas;
las sonrisas del año viejo se convertirán en agradables recuerdos del año nuevo,
que recordará viejos recuerdos y sembrará otros nuevos.
Y, claro ¡cómo no!, el licor.
El licor regó de buenos momentos el año viejo
y volverá a empaparnos de franca alegría el año nuevo con su graduada lealtad. 
 
La fe en el año nuevo es la fe de los conversos: impostada.
Las ilusiones del año nuevo son los modales de los nuevos ricos: fatuos.
Los días del año nuevo son los mismos que los del año viejo: trescientos sesenta y cinco.
El año nuevo es una nueva toma del año viejo: maqueta 2013 a.D.
A ver qué tal actuamos.   

 

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El hombre espejo

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Nadie quiere al tal Spiegelmann,
todos le ofrecen sus indiferentes espaldas;
sus miradas de desprecio o de miedo,
nunca directas, siempre de soslayo;
insultos apenas balbuceados,
presagios nada halagüeños.
 
Pero, ¿quién va a querer a semejante monstruo?
Al chivato de nuestros horrores,
al reflejo de nuestros demonios.
Ese yo que escondemos en lo más profundo,
avergonzados de su viscosa fealdad.
 
La peor de las criaturas,
la más honesta y pura,
que alberga en su radical franqueza
las miserias y los pecados de los demás,
soportando la penitencia de todos abnegadamente,
sin quejas, sin qué hay de lo mío,
en discreto silencio.
Un ejemplo insoportablemente insultante de virtud.
 
Pasea la realidad y, para mayor escarnio, la refleja.
En ocasiones, se muestra esquivo y opaco,
como cuando el sol timidea difuminado tras las nubes,
harto de acarrear las culpas de otros.
Mas, por lo general, se revela encontradizo y diáfano,
cumpliendo su misión acusadora con denuedo.
 
El tal Spiegelmann, ese monstruo,
con sus millones de cristales de conciencia,
vende su identidad a cambio de un compromiso:
que cada uno coja su cristalito.
El precio de su desnudez es nuestra propia desnudez.
 
 
Seguimos todos vestidos. Menos mal.

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Maus. Relato de un superviviente

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La novela gráfica "Maus" de Art Spiegelmann es uno de los mejores testimonios del lager que he leído. No tiene absolutamente nada que envidiar a obras como las de Primo Levi, Viktor L. Frankl, Jean Améry o Imre Kertész. El autor, nacido en 1948, hijo de padres judíos polacos que padecieron todo el proceso de hostigamiento, persecución y exterminio de los nazis, narra, con el original formato para esta temática de un cómic, aquellos ignominiosos pasajes históricos a través de los recuerdos de su padre Vladek. 

La historia está muy bien tejida porque no se centra únicamente en la vida en el gueto y en Auschwitz-Birkenau, sino que ahonda en los orígenes familiares de sus padres y en la historia de ambos. El dibujante sitúa la historia en tres planos temporales: los continuos flashbacks al pasado (década de los treinta y la guerra), las conversaciones con su padre a principios de los ochenta en las que éste le detalla todo lo vivido y sufrido, y la "actualidad" (finales de los ochenta), una vez el padre ya ha fallecido y el autor está finalizando los últimos capítulos del libro. 

Además, hay un componente personal indisimulado en el libro, ya que intenta rendir tributo al padre, evocando sus duros años de juventud, en los que nos presenta a un hombre triunfador en los negocios, absolutamente enamorado de su mujer y con una sagacidad fuera de lo común para sobrevivir entre el infierno del holocausto; en comparación con el viejo gruñón, insoportable y con el que apenas conecta desde hace años. De otra parte, se suma a la historia la tragedia del suicidio de la madre cuando el autor tenía 20 años, hecho que ni el padre ni el hijo han conseguido superar, y la muerte de su hermano mayor, al que nunca conoció, con apenas cinco años durante la persecución nazi. Así pues, la sensibilidad y la emoción con la que cuenta el autor la vida de sus padres en esos terribles años es digna de admiración. 

Hay un último punto, quizá el más efectista y bien hallado del libro, que pone la guinda a esta magnífica obra: el uso de animales como metáfora de los personajes. Porque presentar a los judíos como ratones perseguidos por los gatos alemanes, con la connivencia de los cerdos polacos, a los franceses como ranas, a los americanos como perros (obvios liberadores de los gatos alemanes) y a los suecos (donde huyen en 1946 antes de emigrar definitivamente a EEUU) como renos es extraordinariamente brillante. 

Un libro muy recomendable, ganador del premio Pulitzer en 1992. 

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Oscilaciones

Tedio / Bostezo / Siesta / Lectura / Idea / Motivación / Interés / Satisfacción / Sorpresa / Repetición / Aburrimiento / Asco / Enfado / Ira / Vacío / Oscuridad / Tregua / Oportunidad / Ilusión / Erección / Pasión / Eyaculación / Nostalgia / Apatía / Temblor / Tristeza / Hundimiento / Recuerdo / Sonrisa / Imaginación / Sueño / Consecución / Duda / Culpa / Hiel / Excusa / Olvido / Conmiseración / Novedad / Ganas / Huella / Pensamiento / Alegría / Plenitud / Verbigracia / Imitación / Nadería / Extrañeza / Acaso / Oportunidad / Realidad / Fascinación / Éxtasis...y vuelta a empezar. 


Holy motors o el indescifrable mensaje de algunos cineastas

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La película Holy motors es una de las películas más extrañas que he visto. No es desagradable, ni aburrida, ni siquiera ostentosamente pedante; pero al acabar piensas: ¿qué cojones quería transmitir el director? Porque el mensaje oficial de Leos Carax, un mundo en el que las personas pierden el gusto por la acción e incluso las máquinas no se revelan evidentes, sino que todo parece pertenecer al mundo virtual imperante, es tan verosímil como que el filme es un alegato contra el acomodado burgués hastiado de la cotidianeidad o, simplemente, un ejercicio provocador de fatuidad cinematográfica.

Sales de la sala preguntándote: ¿me han tangado 115 minutos o he asistido a una propuesta diferente y sugerente? Evidentemente, no sé la respuesta. De hecho, creo que ninguno de los incautos espectadores la saben. En cualquier caso, me es indiferente. El problema radica en la caradura de este tipo de cineastas, que sustentan su fama en el equívoco, en una supuesta superioridad intelectual y en una hipersensibilidad desnortada e impostada inasible para el resto de mortales, que se arrodillan ante el supuesto genio en lugar de desenmascararlo. 

Ahora bien, he de reconocer algún mérito al director francés, porque convencer a dos pibones como Eva Mendes y Kylie Minogue para que salgan en su película es de chapeau. ¡Olé tus huevos, Leos! ¿Cómo lo conseguiste? Imagino algo así:

Leos: Hola chicas (aunque para él son diosas, claro, como para el resto), tengo un papel para las dos en mi próxima película. La he escrito pensando en vosotras. Mientras escribía, tenía vuestra imagen en la cabeza y no podía dejar de miraros. No sé, la inspiración me venía sola y la historia fluía sin parar. Fue algo mágico, la verdad. Sin vosotras dos no tiene sentido rodar Holy motors.

Eva y Kylie, al unísono y con los ojos como platos: ¡¿Holy motors?!

Leos: Sí, bueno...es una peli que narra la belleza del gesto, intenta captar cómo un solo instante vale tanto como toda una vida. Ya sabéis, algo profundo y a la vez naif

Eva: ¡Qué pasada! ¡Me encanta! ¿Cuándo empieza el rodaje?

Kylie: ¡Cool! ¡Cuenta conmigo, Leos! Estoy loca por actuar en tu peli.

(Las tías buenas del show business se pirrian por parecer alternativas participando en este tipo de proyectos rocambolescos)

Leos: Vaya, ¡genial, chicas!

Eva y Kylie: ¿Y cuál será nuestro papel?

Leos: Bueno...para ti, Eva, he pensado en un papel de modelo fría y distante que es raptada por una especie de Toulouse-Lautrec harapiento y tarado que te viste cual Virgen María afgana y se tumba desnudo y empalmado a tu lado.

Eva: ¡Guau! ¡Qué pasada! Es tan...tan...tan...raro. 

Leos: Por cierto, no te preocupes por los diálogos, no tendrás que decir ni una palabra. Únicamente gimotear una especie de nana.

Kylie: Y para mí, ¿qué has pensado, Leos?

Leos: Tú, querida Kylie, canturrearás cinco minutos al lado del repugnante protagonista y, después, aparecerás espachurrada en el asfalto.

Kylie: ¡Increíble! ¡Qué fuerza tiene el personaje! ¡Es alucinante! 

Leos: Pues nada, chicas, ya os llamarán de la productora para concretar los detalles. Gracias a las dos. ¡Mua, mua!

Leos pensando para sí mismo nada más despedirse: Joooder, joooder. Han dicho que sí. ¡Menudas dos gilipollas! Ya tengo película, ya tengo película. A ver quién es el productor que dice que no a estas dos. ¡Vivaaa!

En fin, hay películas que difícilimente pueden explicarse. Holy motors es una de ellas. Aunque a lo mejor no todo ha de tener una explicación... 


Máquina de vending

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Pollita introduce una moneda de euro y elige el producto 32. Espera unos segundos y no cae nada. Se cabrea, golpea la máquina con rabia y pulsa el botón de devolución de monedas sin éxito. Poco después, cuando está jurando en arameo, se da cuenta del pilotito rojo parpadeando y del mensaje en la pantallita: “El producto Amazingly Small Condoms está agotado. Por favor, seleccione otro producto”. Pulsa nervioso el número 33 y oye el “clonc” del producto al caer sobre la bandeja dispensadora. Abre la trampilla y recoge el paquete. Al instante exclama: “¡Mierda!” mientras lee en el paquete “Standard Condoms: 2 units”.

Pollita corre a casa y le pide a mamá Polla: “Mami, haz el dobladillo a este par”. “Vale, hijo. Después de la cena te lo hago” – responde mamá Polla sin quitar la vista del potaje que está cocinando. “¡No, ahora!” – grita Pollita visiblemente alterado y tieso como un palo. “Desde luego, qué carácter tienes, hijo mío. Espera un minuto y te lo hago” – contesta la madre con tono tranquilizador.

Transcurridos veinte minutos, Pollita se prueba el condón arreglado por su madre, pero no le gusta. Muy enfadado exclama: “¡¿No ves que parece un bombacho?! ¡Se van a reír de mí!” Mamá Polla, suspira y con su mejor intención le explica a su hijo: “Es mejor que te vaya holgado. A las chicas les encanta ver que no eres uno de esos que van a lo que van”. Pollita, iracundo y descapullado, chilla: “¡Mamá, soy una polla! ¿Qué crees que esperan de mí las chicas?” La madre, resignada, coge de nuevo el condón y con un par de puntadas lo deja bien ceñido. Pollita, tan contento como empalmado, se lo pone y con una enorme sonrisa en el meato le pregunta a su madre: “Mami, ¿estoy guapo?” “Sí, hijo, sí… ¡Suerte! Y no vuelvas tarde” – responde mamá Polla dando vueltas al potaje. 

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Un padrenuestro escéptico

Sí, lo sé. La idea no es mía, es de Benedetti. Aunque a mí se me hubiese ocurrido igualmente. 

 

Padre Nuestro que no estás en la tierra

ni en muchos de los que la transitamos

ni en los que dicen creerte.

Tampoco te esperamos, la verdad.

Quédate en tu cielito lindo,

rodeado de las lisonjas de los ángeles y los arcángeles.

 

Olvidado sea tu nombre

como las súplicas que te reclaman invocándolo.

¿Cómo puedes no contestar nunca?

Tan omnipotente, tan bueno...tan silencioso.

 

Mantente dentro de los límites de tu reino,

porque cada vez que los cruzas...¡ay!

cada vez que cruza esa cancela uno de tus santurrones,

se ciernen sobre nosotros negros nubarrones.

 

Hágase mi voluntad ahora y siempre.

Y la de todos los que me rodean.

Ya nos pelearemos por ver cuál se impone.

No te preocupes. No nos salves.

 

De panes, peces y otros milagros,

mejor no hablamos.

Del trigo y del milagroso molino

haré mi pan. 

Con mis manos, mi ingenio y mi paciencia.

 

Perdona mis fundadas dudas,

pero es que jamás has intentado despejármelas;

así como yo perdoné hace mucho tiempo tu olvido conmigo.

 

Por supuesto, déjame caer en la tentación.

Sin ella, no existen la virtud ni el pecado.

Ocultando su belleza tras sugerentes vestidos

o mostrando su ardiente desnudez. Da igual.

Quiero caerme abrazado a ésa y a todas las tentaciones.

 

Y no te pido que me libres de cualquier mal

porque a lo mejor me alejas de un bien.

 

Amén.  


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Erección

Amanece enérgica, cargada de motivos, hinchada de emoción.
Madruga más que el sol y calienta como tal.
Con su saludo firme, desafía costuras, ropajes y vergüenzas.
Siempre de frente, con la desobediente franqueza por delante.
Orgullosa y cimbreante, se muestra altanera y retadora,
como diciendo: ¿a ver quién es la guapa (o guapo) que consigue abatirme?
 
Su desbocada fogosidad, si no se azuza, languidece.
Mengua por olvido o por cansancio, mas siempre apenada.
Porque un pene flácido es una pena, o una penita, según el caso.
Porque una erección es una invitación, un reflejo o un acaso,
pero siempre, siempre es una celebración.
 
Padece la obsesión compulsiva de la bulímica,
aunque su vómito es gozoso, extático, festivo.
Sus resacas son ligeramente embotadas y premeditadamente breves,
casi tan fugaces como los relampagueantes orgasmos que las ocasionan.
 
Con la recurrencia de las mareas y la impuntualidad de los deseos,
aparece erguida y lúbrica tañendo las lascivas campanas de la pasión
y se despide melancólica y coqueta recogiéndose en su abrigo de piel.

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Interludio y travesura

 

Tumbado retando al techo con absurdas contiendas,
traqueteando ideas en el tren,
en el dulce balanceo de la hamaca,
durante el largo bostezo de una reunión,
en uno de esos paseos sin trazo firme,
cada vez que escucho a éste o a aquél…
Siempre me ausento. Me voy, ¡chau!
 
Viajo a la nada, con todo y con todos.
El pilotito rojo se apaga.
Ya no transmito. Se acabaron las preguntas.
Las respuestas escapan aliviadas.
Las mentiras vuelven a sus trincheras y se envainan las verdades.
Sosiego. Las voces no me competen.
Sólo escucho el silencio: el gospel del alma.
 
Dejo escapar a los pensamientos.
A todos. A los malos y a los otros, los aburridos.
Amordazo a la imaginación,
que siempre anticipa sueños luego imposibles
haciendo añicos un montón de ilusiones.
Miro sin tocar, escucho sin ver y palpo sin atender.
 
De repente, la vuelta acontece.
Inesperada, indeseada, innecesaria.
Por la percusión del impertinente,
por el viento del imbécil o por la cuerda del taimado.
La música vuelve a sonar y todos bailan.
Yo no sé bailar como ellos y me miran.
Me miran con esos ojos muertos, sin brillo, sin sorpresa.
Arranco sus ojos y observo a través de sus oscuras cuencas
sus secretos, sus angustias, sus deseos.
Les vuelvo a situar los ojos en sus cavidades,
pero intercambiados.
Siguen mirándome con insoportable languidez,
mas ahora bizquean.

 

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Ecuador

Acabo de cumplir 39 años y he decidido vivir hasta los 78. Creo que es una buena edad a la que llegar. Si te pasas mucho, acabas degradándote de tal modo que das pena y apenas disfrutas. Además, puedes dejar un recuerdo ingrato en los que te sobreviven. Por el contrario, si acabas demasiado pronto, te pierdes un montón de cosas interesantes. Así pues, los 78 años es una edad en la que prácticamente lo has hecho todo y lo que te queda por hacer es muy probable que no sea tan divertido o seas incapaz de acometerlo por imposibilidad física o, aún peor, mental.

39 es la mitad de 78, así que la perspectiva de vivir los mismos años que he vivido es bastante excitante. Estoy en la mitad del viaje. Cosas aprendidas y cosas por aprender. Hijos conocidos y nietos por conocer. Suficiente tiempo para haber vivido buenas experiencias y otras no tan buenas, así como una perspectiva por delante lo suficientemente dilatada como para esperar sorpresas y novedades chanantes, desde varias Copas de Europa más del Madrid hasta el solaz de la jubilación, ese bendito otoño en el que no has de levantarte cada mañana para trabajar.

De los setenta en adelante puedes permitirte el lujo de actuar como un viejo verde sin que esté del todo mal visto. También puedes soltar procacidades con mayor frecuencia dando rienda suelta a tu rabia tantos años contenida en castrantes convencionalismos y relaciones. Todo ello sin ser considerado un octogenario gagá y ridículo. De modo que durante esos últimos años puedes echar unas muy buenas risas y ciscarte en aquello y aquellos que siempre has querido, pero que no has tenido los cojones de hacer.

Por último, 78 años es una edad ideal para pasar a mejor vida. Ni redonda como las decenas o los múltiplos de cinco, ni rocambolesca como, por ejemplo, 107. Ni triste como a los 25, ni deseada por todos los que te rodean como a los 98. Ni has chupado de la Seguridad Social durante treinta años, ni has hecho el primo palmando a los 65. En definitiva, una edad discreta y oportuna para despedirse de todos como un señor y dejar un buen recuerdo que, en definitiva, es lo único que queda de nosotros tras el puto game over


Vergüencitas musicales

Todo el mundo tiene en mayor o menor medida algunos gustos musicales inconfesables. Aquellos cantantes o grupos de los que te avergüenza reconocer en público que te gustan e, incluso, de los cuales posees (comprados o robados de la red) algunos temas o álbumes. Vocear a los cuatro vientos que eres un fanático de Led Zepellin o un devoto seguidor de U2 es tan fácil como cool. Pero confesar a íntimos, allegados o desconocidos que adoras a éste o a aquel cantante ya no es tan fácil. Y, claro, yo no iba a ser menos.

El primer caso de rubor es Adele. Pero ¡joder! escucho “Set fire to the rain” y flipo. Lo mismo me ocurre con “Rolling in the deep” o “Turning tables”. O con la meliflua “Someone like you”. La tía canta de cojones. Y su pelazo, ¿qué, eh? Porque tiene un pelo que da gusto verlo. Podrían hacerse cinco pelucas estupendas para cinco princesas Disney estupendas con el cabello de Adele (que curiosamente rima con Rapunzel). Por no hablar de sus pestañas… ¿Rímel? ¡Qué va! Rotring del 36. En fin, Adele ¡pibonazo! Por su vozarrón, por su pelazo y porque es una de las pocas mujeres con la que vas a cenar, pagas a pachas y sales perdiendo.

El segundo (y último que me atreva a confesar) caso de vergüencita musical es Nino Bravo. ¿Que sus canciones son cursis? Vale. ¿Que suena a viejuno? También. Pero a mí me mola. Un tío que se traga un transistor es siempre merecedor de mi admiración. Además, Nino también lucía pelazo. Con su peinado rocambolesco setentero todo “achafado” cubriendo las orejas, pero en cantidad y con un envidiable brillo.

Es curioso comprobar cómo mis inconfesables debilidades musicales están íntimamente relacionadas con la exuberancia capilar. Supongo que Freud diría que de pequeño El Puma abusó de mí. Bueno, si así fue, no lo recuerdo. El caso es que me pregunto si Vidal Sassoon tiene algún LP publicado. 

 


Confesión

Jenaro, feligrés de la parroquia de San Ceferino mártir de Congrios de Calatrava, se arrodilla ante el confesionario y sin preámbulo alguno espeta a Don Secundino, cura octogenario del pueblo que dormita plácidamente: “Padre, he matado”. “¿Cómo dices, hijo?” responde el párroco, que no sabe si ha escuchado bien debido a su sordera o a la bendita siestecilla. “¡Que he matado, padre!”, repite a voz en grito Jenaro. “Vaya, pues. Jenaro, ¿estás seguro de lo que dices?”, interroga Don Secundino entre sorprendido y preocupado. “¡Pues claro! Lo maté a garrotazos y aún después de muerto seguí dándole hasta deslomarme. Ni se movía ni respiraba”, contesta Jenaro airadamente. “Hijo mío, ¿te das cuenta del pecado que has cometido?”, exclama afectadamente Don Secundino. “Sí, padre. Por eso vengo a confesarme. Para que usted me imponga la penitencia, porque arrepentido estoy ¡eh! pero es que este mal carácter me traiciona día sí, día también, ¡carajo!”, murmulla Jenaro algo avergonzado. “Bueno, hijo, bueno. No te aflijas. No hay nada que una buena plegaria no pueda remediar. Reza un par de padrenuestros y tres avemarías e intenta no volver a hacerlo”, susurra condescendiente Don Secundino a Jenaro. Y añade con curiosidad morbosa: “Y, por cierto, Jenaro, ¿a quién dices que has matado?”. “A Dios, padre”, responde Jenaro como si tal cosa. “¡Me cago en la leche, Jenaro! Como me dejes sin trabajo… ¡Fuera! Fuera de aquí inmediatamente y reza otro padrenuestro más por la importancia del finado. Y no olvides traerme un pavo en Navidad, que sólo faltan dos semanas, y con la que has liado… A ver si nace otra vez pal veinticinco”, exige Don Secundino iracundo a través de la celosía del confesionario. Jenaro, cabizbajo, se levanta y se dirige al primer banco de la iglesia, donde genuflexo empieza a cumplir su penitencia: “Padre nuestro, que sin duda ahora sí que estás en los cielos…” 

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Impresión. Sol naciente (Claude Monet, 1872)

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Magnífico óleo impresionista que muestra la luz del alba penetrando a través de la niebla matutina del puerto. Extraordinaria representación únicamente pintada con distintas tonalidades grises y naranjas. Es la visión que uno tendría al abrir una ventana que da al puerto al amanecer. Apoyado en el alféizar, todavía soñoliento y con la mirada turbia del sueño recién abandonado, ésta es la imagen que uno percibiría: una borrosa visión y una deliciosa sensación a la vez.

Un crítico de la época, Louis Leroy, dijo de esta obra lo siguiente: "Impresión. Sol naciente. ¡'Una impresión', desde luego! Debe haber alguna impresión ahí. ¡Y qué libertad, qué audacia en la ejecución! El papel pintado más grosero tiene una composición más cuidadosa que ese mar de pintura." En fin...como dijo un escritor ruso hace muchos años, la crítica no es más que un grupo de gente tonta juzgando el trabajo de personas inteligentes. 

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Bocados de felicidad

                    I

La tormenta perfecta en un libro:

un agitado mar de ideas ordenado en olas de frases,

que impactan cortantes en la cara refrescando el pensamiento

y salando la conciencia, esa estricta gobernanta de la moral. 

Gotas de lluvia y de mar entremezcladas, travestidas:

lectura y reflexión unidos, autor y lector fundidos. 

Éxtasis.

                   II

Orgullo paternal percibido en frecuencia única:

gesto reconocido en el espejo filial, semilla que prendió mejorada;

sonrisa franca, abrazo verdadero, caricia inesperada, beso porque sí;

ojos encharcados, nudo en el alma, orgullo inconmensurable.

Admiración. 

                    III

La santísima trinidad: paisaje, soledad y silencio.

Horizonte lejano difuminado por la luz brumosa del atardecer;

quietud acunada por el estruendoso silencio de la intimidad

bajo cuadros sin enmarcar de inmensas arboledas sibilantes.

Sosiego. 

                    IV

Pellizcos inesperados de sensibilidad:

arrebatos súbitos de embriagadora e incontenible euforia,

recuerdos melancólicos convertidos en fugaces instantes de alegría,

olores evocadores que buscan en algún lugar de la memoria aquella otra vez,

hallazgos inesperados de la memoria más profunda y lejana,

estado dulce e irreal de duermevela que sumerge a la imaginación dentro del sueño.

Emoción. 

 

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Amistad

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Árbol centenario de tronco recio,
raíces profundas y corteza dura,
ramas requebradas y follaje exuberante,
que protege de la intemperie.

Zarandeado por el viento de los tiempos,
pero inamovible en su lealtad.
Atacado por fuegos intencionados
y lluvias de críticas ácidas.

Paciente con los pájaros ajenos,
a los que cobija con mimo
e, incluso, alienta a volar
agitando sus hojas de ánimo.

Ofrece sus innumerables ramas
como seguros asideros,
llenas de frutos y silencios,
flores y consejos.

Aferrándose a la tierra compartida
con orgullosas raíces alimentadas de recuerdos;
devolviendo esa gratitud sincera
con emocionadas gotas de rocío al alba.

Restañando ofensas pasajeras
gracias a la resina de la comprensión,
despojándose de absurdos rencores caducos
adelantando el otoño del olvido.

Circunspecto roble en el atribulado bosque cotidiano
y frondosa palmera en el páramo de la soledad.
Hierático olivo en la melancolía del invierno
y extravertido cerezo en la voluptuosidad del verano.

Árbol que guarece y da sombra.
Árbol que florece.
Árbol que cobija y abraza.
Árbol que perdura.


Misantropía y funciones matemáticas

No hay mejor manera de representar la misantropía que mediante una función matemática: en el eje de abscisas el tiempo, en el eje de ordenadas el interés que despierta una persona.

Por lo general, la función resultante coincide con el eje de abscisas; esto es, interés cero desde el minuto cero. La mayor parte de gente pertenece al grupo de los de “divertigrama” plano: personas anodinas, sin absolutamente nada que contar, tullidos intelectuales. Gente, en definitiva, prescindible. Muertos vivientes.

Un pequeño grupo, los chisposos, muestran un aparente interés en un principio, pero pronto decaen hasta hundirse en el tedio de la mayoría. Estos trazan una parábola cóncava: inicialmente crecen de forma rápida hasta llegar en seguida a su punto álgido para, entonces, languidecer inexorablemente. Cada una de estas burbujas refresca momentáneamente, pero no quita la sed.

Sólo aquellas funciones que presentan una línea creciente constante esconden a personas de verdadero valor. Gente que poco a poco revela todo su encanto e interés. Pero, claro, son benditas excepciones en el páramo imperante. Son gráficas de trazo grueso, que avanzan entre los fulgores de sus colores brillantes de forma arrolladora, quemando papel o pantalla a su paso.

Resulta significativo comparar unas gráficas con otras para identificar el tipo de misantropía. La gráfica del misántropo común vive aislada del resto de gráficas. Apenas se producen cortes entre ellas y, mientras el resto de funciones aparecen abigarradas superponiéndose unas a otras, la del misántropo común navega en soledad, ya que sus intereses difieren por completo de los del resto.

Todo lo contrario sucede con la función del misántropo hedonista. La gráfica de éste no está sola, sino acompañada de unas cuantas más que definen prácticamente la misma trayectoria. Son las de sus epígonos, una legión de aduladores ridículos, igual de misántropos que su adorado maestro, pero sin su talento.

La situación ideal se produce cuando dos gráficas trazan sendas funciones crecientes y se entrelazan en innumerables ocasiones, serpenteando hacia el infinito, tejiendo una trenza de intereses comunes en la que unas veces uno y otras veces el otro lleva la voz cantante. Esta relación perfecta retroalimenta a ambas funciones, provocando una sinergia exponencial que no desemboca en una indeterminación (infinito dividido por infinito) por la condición finita del tiempo. Son las llamadas “funciones simbióticas”, amigas inseparables. 

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¿Cuándo llegará el diseño a las antenas?

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¿Por qué son tan feas las antenas de televisión que infestan las azoteas y los terrados de las ciudades? ¿Ningún diseñador ha sido capaz de dotar de algo de belleza a esos escuálidos rayotes metálicos? Hoy día, en que todo está impregnado de la funcionalidad o del esnobismo del diseño, cuando el más mínimo molde de repostería es objeto del ingenio de algún estupendo diseñador. ¿Cómo es posible que estos dispositivos electromagnéticos sean igual de horribles que hace cincuenta años? Representan casi el último testimonio fatuo de la modernidad arrebatada de la segunda mitad del siglo pasado. 

Me tumbo en la terraza al atardecer, tras haber dejado atrás al autómata laboral y escuchando cómo vuelven a crepitar las brasas del espíritu, alzo la vista al cielo buscando su reconfortante tranquilidad, y me encuentro con esos intrusos mirándome fíjamente, captando mis pensamientos y transmitiéndolos no se sabe dónde. Hasta las golondrinas, que revolotean circularmente con sus vuelos desacompasados y ágiles, huyen de las antenas. Jamás se acercan a ellas. No sé si por miedo o por un acusado sentido de la estética. 

En esa mágica hora en la que la tarde negocia con la noche el cambio de turno, mientras ambas discuten los pormenores, el cielo muestra su cara más bella: del azul jaspeado de tintes cobrizos al hierático azul cobalto, primero, y, después, al violeta pálido hasta, casi sin poder despedirse de las irisaciones lilas, el negro resplandeciente de la noche. En todo ese extático tránsito, las antenas permanecen inmóviles afeando el increíble espectáculo. Incluso desafían a la luna reflejando altivas sus fulgores luminiscentes. 

Ruego, por favor, a quien pueda arreglar esta tragedia estética que ponga remedio lo antes posible. Cada mirada al cielo, cada búsqueda desaforada de algo de inmensidad, cada beso a la luna quedan embrutecidos por la ignominiosa presencia de esas espantosas antenas. Diseñadores del mundo, pensad en una solución ¡y pronto! Actualmente, cada una de ellas representa para mí un "fuck you, urbanita". 

PD: Por cierto, para los avezados diseñadores recool del mundo, que mantengan su utilidad, que ver la tele chana un montón. 

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Sexo en la estación MIR

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El psiquiatra británico experto en conducta sexual Philip Seymour Hoffman (nada que ver con el actor homónimo) fue enviado a la estación orbital MIR para estudiar la sexualidad en estado de ingravidez. Los astronautas participantes en este experimento fueron el estadounidense John Smith y la rusa Svetlana Popov.

Las primeras notas de Hoffman muestran la incomodidad que le causaba a John la independencia de sus testículos, siempre montados sobre la base de su pene, lo que le confería al conjunto un aire de sonajero que le causaba risitas nerviosas a Svetlana y cierto rubor a John. Algo similar le sucedía a Svetlana con sus pechos, cada uno flotando a su aire, sin sincronización alguna. Sin embargo, en este caso a John no se le dibujaba una sonrisilla nerviosa, sino una lasciva.

Hoffman se centra en la penetración tras relatar con desgana los preliminares: “Después de algunas caricias y abrazos circenses, con sus cuerpos adoptando posiciones nada sexuales, John intenta penetrar a Svetlana, pero su pene no atina. A pesar de lo imperial de su erección, ésta no presenta la rigidez necesaria y existe un balanceo arriba-abajo constante del pene que dificulta su acción. Svetlana debe ayudar con su mano para conseguir la penetración. Ahora John se mueve con dificultad. Sus empellones son desacompasados. Carece de tracción, sus piernas patalean de forma ridícula. Sus brazos se aferran al cuerpo de Svetlana, pero el sexo de la rusa parece expulsar hacia afuera el sexo del americano. La primera prueba resulta decepcionante.”

A la mañana del segundo día prosiguió el experimento. Se inició con una felación que curiosamente aumentó de forma considerable el tamaño del glande de John. Así pues, el Sr. Hoffman ya tenía una primera conclusión extravagante sobre su estudio del sexo en ingravidez: chuparla en el espacio aumentaba notablemente el glande. Esta circunstancia tenía que ver con el “efecto vacío” producido por la succión de Svetlana, que provocaba una dilatación exagerada de los vasos sanguíneos del glande. Este experimento alumbró una nueva tendencia dentro de la hemoterapia que supuso avances nunca antes obtenidos en esta disciplina.

Cuando John ya estaba a punto de derramar sus soldaditos espaciales, colocó a Svetlana a horcajadas sobre él y, esta vez sí, logró penetrarla a la primera. Aunque giraban sobre sí mismos una y otra vez, ambos permanecían unidos gozando en perfecta armonía.

De lo que sucedió en adelante sólo John y Svetlana conocen la verdad. Nunca han querido contarlo, pero los dos solicitaron a sus gobiernos continuar en la estación MIR seis meses más. No hay testimonio escrito del Dr. Hoffman porque, al acabar la segunda jornada del experimento, John y Svetlana acudieron a la cabina de observación y encontraron a Philip Seymour Hoffman muerto. Como buen británico de familia aristócrata, mientras presenciaba el experimento de sexualidad en ingravidez, decidió solazarse individualmente vestido con ropa interior de mujer y unas medias malva anudadas fuertemente al cuello para potenciar el orgasmo y se le fue la mano, la de las medias, no la otra, que indignamente quedó prendida a su miembro como testimonio póstumo del más rocambolesco experimento jamás promovido por la agencia espacial internacional. 

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Asideros

Si el sol prolongase el atardecer
con sus últimos parpadeos cobrizos,
la brisa vespertina acunaría el espíritu lo suficiente
como para sumergirlo en sueños extraordinarios.

Si los roquedales del orgullo
dejasen paso al verdín de la comprensión,
nadie hablaría a través de celosías de prejuicios
ni se disfrazarían las mentiras de verdades.

Si las palabras brotasen de los labios de Benedetti
con la extática música de El Mesías de Haendel,
merecería la pena escuchar,
pero el uruguayo y el alemán ya no están.

Si los genios desaparecen
y las musas no encandilan a otros nuevos,
la llama creativa se extinguirá inexorable,
dejándonos a la nostalgia como única amiga.

Si no hay a quien admirar,
más que a uno mismo,
estás perdido. Se acabó.
Jamás volverá a crepitar la pasión.

Mas si late una ilusión, sólo una,
el simple tintineo de su eco
y su melodiosa reverberación
volverán a embriagarte con renovado entusiasmo. 

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No me gustan los puzles

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No me gustan los puzles. Odio que se trocee una fotografía, un cuadro o un dibujo. Es absurdo hacerlo. Cuando me miro al espejo espero ver mi reflejo completo, no un plano de mi rostro con infinidad de cuadrículas que le confieren un aspecto robótico.

Cuantas más piezas tiene el puzle, más me inquieta. Con sus sinuosas formas, sus irisaciones deslumbrantes debido a la multitud de pequeñas curvaturas. Con su condición de hermafroditas, llenas de entrantes y salientes, retozando lúbricas unas con otras. Muchas piezas aparentemente iguales, diminutas e indiscernibles retando a la paciencia de forma obscena. Y cuando, por fin, ha concluido la azarosa tarea, vuelta a empezar. Un puzle terminado no sirve para nada. Sísifo cuarteado.

Nunca disfruté montando un puzle salvo los de geografía. Estos sí, me encantaba hacerlos. Trocear un mapa es algo natural, ya que la cartografía se ha encargado de ello antes que “Educa”. Recuerdo uno con especial emoción: un puzle de EEUU en el que cada pieza correspondía a uno de sus estados. Piececitas para los siete estados del noreste, piezas peninsulares para Florida y California, grandes piezas cuadriculadas para Colorado, Utah y demás estados del centro-oeste. Una maravilla de puzle que hice decenas de veces. El puzle perfecto. Un puzle que la realidad había troceado antes.

En cualquier caso, no me gustan los puzles. Ni hacerlos, ni contemplar cómo se hacen, ni sus cajas que prometen una perfección luego mil veces mutilada. Me dan mal rollo. No son de fiar.

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Las redes asociales

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Antes de nada quiero dejar bien claro que por lo general las redes sociales me parecen un invento cojonudo. Lo que a continuación criticaré son sus desviaciones y perversiones. Sobre todo, aquellas que desvirtúan su calificativo “sociales”.

La universalidad (¿o sería mejor llamarle ecumenismo?) de Facebook es, en principio, una de sus mejores cualidades. Poder contactar casi con cualquier persona de cualquier parte del mundo es increíble. Y saber de ella aún más. Porque lo realmente excitante es saber algo de esa persona que hace años de la que no sabes absolutamente nada. Por consiguiente, el deseo, el impulso primigenio del contacto es la curiosidad morbosa, no el franco interés. Hay una diferencia considerable entre curiosidad e interés. Es cierto que en ocasiones la una lleva al otro, pero su diferenciadora carga semántica se revela con mayor claridad con el adjetivo que con el sustantivo: curioso vs. interesante. La búsqueda de lo curioso en lugar de lo interesante conlleva a la larga la prominencia de la instantaneidad, la banalidad, la fatuidad. En definitiva, facilita al usuario la ausencia de reflexión y análisis en sus relaciones a través de la red. ¿Que la sociedad tiende a ello? A esas relaciones superficiales, interesadas o puntuales. Efectivamente, y precisamente por ello las redes sociales ahondan en este tipo de relaciones, pero con una rapidez mucho mayor a la conocida hasta ahora. De ahí su peligro.

Otro aspecto no menos inquietante es la ausencia de contacto físico. Ésta supone una enorme ventaja para tarados que se inventan perfiles o engañan flagrantemente. Pero no me refiero a estos casos extremos, sino a la gran mayoría que no lo hace. Aún sin mala fe o intencionalidad evidente, se tiende a manipular el contenido publicado. El control de lo que se muestra y el componente exhibicionista de las redes sociales incentivan a querer ofrecer una imagen “cool” de uno mismo y, por tanto, deformada. Por consiguiente, la imagen que se muestra en este tipo de relación dista mucho de ser la real, viciándola desde el inicio. Obviamente, esto no sucede con amistades cercanas, ya que el contacto se sustenta en un conocimiento físico previo y en experiencias compartidas. Pero para todas aquellas sobrevenidas o fundamentadas en las redes sociales sí que aplica la distorsión antedicha. El problema se agrava con la gente joven. Todos aquellos adolescentes que establecen a través de las redes sociales la base de sus contactos y relaciones pueden llegar a contaminarse con esa forma de relacionarse. En toda comunicación la mirada juega un papel importante. Fundamentalmente porque es un elemento bilateral: uno mira y es mirado. Uno comunica mediante su mirada y analiza la mirada de su interlocutor para entenderlo mejor. Con el tiempo vas aprendiendo a mirar y a entender las miradas. Es un proceso gradual y muy sutil, pero extraordinariamente provechoso para poder entenderse y, por consiguiente, relacionarse mejor. Si no practicas esa mirada crítica, mayor dificultad tendrás a la hora de afrontarlas. Y las redes sociales cercenan ese elemento bilateral de la comunicación, ya que el usuario en la soledad y tranquilidad de su muralla decide cómo quiere que lo vean los demás y, a su vez, deja de mirar para asumir la mirada impuesta por los demás. Esta vorágine de yo soy más guay, yo tengo más amigos, yo publico esto o lo otro acaba volviéndose en contra de su autor. Tarde o temprano, la realidad le agarra del brazo y le sitúa sobre el ring del contacto físico, de la necesidad de respuesta propia e inmediata, no de la tomada prestada y diferida de la red social. Entonces, a esa persona guay se le cae el disfraz de Facebook y se revela en toda su mediocridad. ¿Cómo reacciona? O mejor dicho, ¿cómo puede verse tentado a actuar? Recluyéndose en su mundo seguro de la red social, donde controla la mirada de los demás a su antojo sin miedo a ser mirado de verdad.

La peor perversión, no obstante, es la identificación del fin con el medio. Si entendemos como fin “relacionarse”, los medios – las redes sociales – se convierten en los fines en sí mismos. La finalidad ya no es “voy a hablar con fulano”, sino “voy a entrar en Facebook, a ver qué me ofrece”. Así pues, el medio ha fagocitado al fin y lo ha sustituido por la propia herramienta para conseguirlo. Algo así como si ponerse el preservativo bastase para el sexo. El sexo seguro es el fin, el preservativo el medio para conseguirlo. Pues bien, sería como calzarse el preservativo y esperar sentado a ver qué acontece. Rocambolesco, ¿verdad? Pues lo mismo sucede con las redes sociales: me siento, accedo y a ver qué sucede. Y encima con el condón en la chorra.

Llegados a este punto debo confesar que no tengo cuenta de Facebook. Pero no por las perversiones que he descrito ni siquiera por una cuestión de esnobismo, sino por pura pereza y unas gotitas de pudor. En cualquier caso, celebro que la gente lo disfrute, aunque con moderación. Un exceso puede provocar disfunciones sociales. 


"La Antorcha" de Karl Kraus

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Durante más de treinta años (de 1899 a 1936) Karl Kraus publicó la revista "La antorcha", alcanzando casi los mil números. Al principio dispuso de colaboradores del mundo literario vienés, pero a partir de 1910 fue él quien casi en exclusiva escribió todos los artículos de la revista. Acantilado ha recopilado algunos de estos artículos en un libro homónimo. 

Su contenido, siempre con tono satírico, destripaba la sociedad austríaca y, por extensión, la sociedad alemana de la época. Kraus se muestra extraordinariamente crítico con la hipocresía de la burguesía y de la aristocracia. También es demoledor con los medios de comunicación a los que acusa de alentar la Gran Guerra y beneficiarse de ella. Por el contrario, resulta asombrosa su mente abierta con respecto a la sexualidad y a las mujeres, a las que defiende de la tiranía concupiscente de los hombres. Su seguimiento de los juicios, así como los paralelos que se desarrollaban en la prensa sensacionalista, contra mujeres acusadas de prostitución o adulterio son odas a la tolerancia, la igualdad y el sentido común. 

La lectura de Kraus es compleja y, a veces, tediosa. Su lenguaje es enrevesado y denso. Además, algunos artículos, a pesar del esfuerzo del recopilador, son de difícil contextualización. Aunque su sentido del humor todo lo compensa. Posee una pluma venenosa, un ingenio desbordante y una sólida cultura que sustenta su obra.

Llegué a Kraus tras haber leído una elogiosa crónica de Georg Steiner que lo describía como el mejor orador de su tiempo, en el que llenaba teatros y cafés literarios con encendidas hordas de seguidores que lo admiraban y aclamaban. De otra parte, es citado en las biografías de Jean Améry y Arthur Koestler, comtemporáneos suyos. 

Tiene algunas perlas brillantes: "Uno lo recibe todo de las lenguas, porque contienen todo cuanto puede convertirse en pensamiento. La lengua estimula y excita como la mujer; da el placer y con el placer da el pensamiento". ¡Precioso y elocuente alegato en favor de las lenguas! Pero es que a continuación lanza una tremenda y lacerante diatriba contra la lengua alemana: "La lengua alemana, sin embargo, es una mujer que sólo crea y piensa para aquel que pueda darle hijos. A nadie le gustaría estar casado con una dueña de casa alemana como ésta. A la parisina, no obstante, le basta con decir très joli en el momento decisivo y uno le cree todo". 

En otro artículo, "Un libro alemán", pone a caer de un guindo al famoso aviador alemán Manfred von Richthofen, más conocido como el Barón Rojo, citando extractos de un libro en el que explica sus batallitas con insoportable chulería y absoluto desdén por el sufrimiento humano. Tampoco se libra Heine (artículo "Heine y las consecuencias") por su influencia en el lenguaje literario y periodístico. En realidad, la crítica se centra en sus epígonos más que en el propio Heine, aunque también recibe lo suyo.

En definitiva, es un curioso compendio de filias y fobias del autor, que desde su atalaya de "La antorcha" atizó y ensalzó, más de lo primero que de lo segundo, a diestro y siniestro, siempre mantenido por una legíon de suscriptores y toneladas de talento para el análisis crítico del mundo que le rodeaba.

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Evolución laboral

Recién nacido: funcionario. Todo el día dormido, sin pegar un palo al agua y chupando la teta del Estado. Ninguna responsabilidad y todos los cuidados imaginables.

Bebé: tertuliano. Balbuceos ininteligibles, gritos histéricos, noches en vela. Todo el día cagándose encima de los demás sin la más mínima educación ni conocimiento.

Niñito (de 1 a 4 años): político. Explorar con curiosidad territorios desconocidos adoptando las más rocambolescas soluciones. Pegarse sin cesar con otros niñitos. Mentir sin rubor, acusar sin fundamento e inventarse las trolas más alucinantes.

Niño (de 5 a 12 años): cantante de rock. Eres el puto amo. Todo el mundo te ríe las gracias. Todo lo consigues. El mundo a tus pies.

Adolescente: si es niño, ganadero. Durante el día vigilando el  “ganao” y piropeándolo; durante la noche, ordeñándose a sí mismo. Si es niña, psicóloga. Todo vaguedades, lugares comunes y soberanas estupideces con ínfulas.

Joven: camarero. Te piden una cosa y haces la contraria. Te afean la actitud y les mandas a la mierda. Sueldo precario, pero propina golosa.

Adulto: sacerdote. Contención absoluta, seguimiento fidelísimo del dogmatismo social imperante y sumisión a la Curia dominante.

Cincuentón: trapecista. Jornada tras jornada pendiendo de un hilo y sin red. Pasado de moda y sin reconocimiento alguno, pero extraordinariamente peligroso.

Jubileta: consultor. Llegar a un sitio, observar un rato y soltar un juicio peregrino sin puto fundamento, mientras cobra una pasta.

De octogenario en adelante: teleoperador. Repetir sin cesar las mismas historias falsas importunando a horas intempestivas a todo el mundo.

Adicionalmente a las anteriores, hay otras dos profesiones que se practican de forma intermitente y sin Seguridad Social durante toda la vida: puta y chapero, comiendo pollas y tomando por el culo. La dignidad de una persona se mide al final de sus días contabilizando el número de días trabajados en negro en estas ominosas y degradantes profesiones. 


Amor inanimado

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Los seres inanimados de aspecto humano llevan por lo común una vida poco animada, como cabe esperar de un ser inanimado, obviamente. Por eso las maniquíes sienten verdadera pasión por los crash test dummies. Envidian la vida loca de estos: sus carreras, sus viajes, sus golpes. Ellas los consideran una especie de cowboys de la automoción y los desean como perras en celo. Se imaginan la forma arrebatadora en la que ellos las abordarían: alunizando sobre sus escaparates y golpeándolas apasionadamente; cómo las despojarían de sus ropas con esos vigorosos brazos articulados curtidos en mil accidentes y cómo, tras una noche loca, apoyarían sus cabezas con pegatinas en sus turgentes pechos de plástico como si de un esponjoso airbag se tratase.

Por su parte, los crash test dummies se vuelven locos por las maniquíes. Por su escalofriante quietud, por su belleza lánguida y perfecta, por sus pezones desafiantes siempre saludando. Cada día sueñan con dejar la fábrica al finalizar su turno y acudir al centro comercial, que es como un gran barrio rojo para ellos, a admirar a las bellas maniquíes e imaginar que alguna de ellas cobra vida por un instante y les guiña un ojo. 

Los maniquíes machos (bueno, todo lo machos que pueden ser estos seres inanimados sin paquete) se mueren, contrariamente al resto de seres inanimados, por mujeres de carne y hueso. Darían lo que fuera por poder piropear a los pibones que se quedan mirando los escaparates donde ellos posan orgullosos e, incluso, matarían por poder obsequiar a esas mujeres con una cimbreante y cortés erección a modo de saludo-declaración.

A pesar de sus ardientes deseos, la mayor parte de seres inanimados de aspecto humano únicamente establecen relaciones platónicas, debido a la incapacidad para expresar y mostrar sus sentimientos y, por qué no decirlo, a su escasa movilidad. Los más prácticos (y menos exigentes) acaban enamorándose de alguno de los maniquíes con los que comparten escaparate. De este modo, al menos pueden compartir largas horas juntos y vivir la excitación del cambio de temporada en el que se renueva la colección de ropa y pueden, por fin, verse desnudos. 

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Intento de explicación de una pasión

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Explicar los orígenes de mi pasión por el Real Madrid, aun teniendo sentido, comportaría retrotraerme a una edad y a unos recuerdos que siendo ciertos podrían ser, del mismo modo, inexactos. Por eso voy a centrarme en detallar la forma de vivirla. 

Antes de nada debe quedar muy claro que no estoy hablando de forofismo, el cual, no obstante, también practico sin disimulo. Cuando hablo de mi pasión por el Real Madrid, me refiero también a la pasión por un deporte, el fútbol, que me encanta y me hace disfrutar como un enano; pero, sobre todo, hablo de un sentimiento irracional de plenitud, de felicidad, de ilusión...de puro éxtasis. El componente irracional lo convierte, sin duda, en algo muy excitante. Sin embargo, mi sentimiento va mucho más allá. Porque estoy plenamente convencido de que mi forma de vivirlo trasciende la del forofo arquetípico, a pesar de compartir con éste innumerables aspectos comunes al aficionado futbolero. ¿Y por qué este sentimiento "especial", propio de un tarado mesiánico? La respuesta es bien sencilla: el forofo común vive su pasión de forma compartida. Dispone de un montón de forofos de su equipo alrededor con los que comparte esa pasión. Yo, en cambio, he vivido esa pasión por el Real Madrid en soledad. No me voy a poner dramático diciendo que ha sido en la más absoluta soledad, pero sí en una soledad circunstacial sobrevenida. Ninguno de mis amigos o familiares cercanos son forofos futboleros. Así que he tenido que vivir esa pasión a solas. De tal modo que la he ido conformando poco a poco a mi gusto hasta convertirla en algo extraordinariamente personal y, precisamente por ello, inveterada y extravagante. Resultaría imposible entenderme sin considerar mi apasionada afición por el Real Madrid. Por extraño que resulte, pocas cosas me emocionan más que un partido importante de mi equipo. Porque, además, esa emoción trasciende los noventa minutos del partido. Surge muchos días antes y se prolonga otros muchos después. Esa soledad a la que aludía anteriormente ha desarrollado una curiosa sensibilidad cincelada temporada tras temporada, partido a partido, victoria tras victoria, gol a gol. Siento esa pasión en una frecuencia muy específica, que nadie más consigue sintonizar. Y lo cierto es que es desasosegante no hallar a nadie más en esa sintonía. Precisamente por ello, me encantaría que el pequeño Guille sintiese la misma pasión que yo por el Real Madrid. Utilizando una metáfora sexual de fácil entendimiento: llevo toda la vida masturbándome con el Real Madrid. Follar, por fin, sería la leche. Así que estoy intentando encauzar al enano por el recto camino, o sea, el blanco, a pesar de las dudas que le surgen en el colegio rodeado de infieles azulgranas. Compartir esa pasión con mi hijo sería cojonudo. Transmitirle mis recuerdos, mis filias y mis fobias al respecto recompensaría tantos años de soledad.

Esa forma tan personal de madridismo se revela claramente en mi imaginario santuario de ídolos. Exceptuando a Corbalán y a Zidane, el resto no han sido grandes jugadores del Madrid. Fernando Redondo fue un extraordinario centrocampista, pero no está entre los veinte mejores jugadores de la historia del club. Eso sí, nunca vi mayor cacique en un campo de fútbol. Dominaba el juego y a sus compañeros como un general de campo. Era Dios en el terreno de juego. Cuando Florentino, al ganar sus primeras elecciones, lo vendió al Milan me cagué en la reputa mil veces. Otro ejemplo es Fernando Morientes, un manual de delantero centro dentro del área. Otra víctima de Florentino, en este caso por traer al displicente Ronaldo. Por Santiago Hernán Solari siempre sentí devoción (le he dedicado un artículo en este mismo blog en "Dioses"), pero nunca desplegó unas cualidades futbolísticas fuera de lo común. Sencillamente lo adoraba por su forma de ser y su forma de honrar al Real Madrid. Hurgando aún más en el pasado, recuerdo cómo admiraba a Jankovic, un yugoslavo que jugó con la Quinta del Buitre y que, sorprendentemente, me encantaba. Lo siento, no sé explicar este caso. Me remito a lo irracional del sentimiento. Y el caso más rocambolesco: Gustavo Poyet. Un jugador que jamás jugó en el Madrid (militó varios años en el Zaragoza y, después, en el Chelsea), pero que siempre soñé con que fichásemos porque encarnaba a la perfección lo que representa para mí el Real Madrid: carácter, tesón, competitividad, llegada, gol, juego arrebatado, dos cojones como los del caballo de Espartero...pasión por el fútbol y la camiseta que defiende. 

Y, por último, están los noventa minutos y la forma de vivirlos. Con el paso de los años y la llegada de algunos títulos largamente esperados (la Séptima fue una verdadera liberación) he calmado mis nervios y, ahora, los reservo para partidos importantes. Eso sí, durante esos partidos cruciales por un campeonato o por la importancia del rival (solamente el Barça, no nos engañemos) sufro como un condenado. Cada acercamiento del rival es recibido con una enorme congoja, con los dientes apretados y todos mis músculos tensados, permaneciendo prácticamente inmóvil hasta que pasa el peligro y puedo resoplar tranquilo. Cuando la ocasión es del Madrid, ocurre algo parecido, aunque en este caso al menos a veces hay premio: el gol. Y, claro, entonces se produce el clímax. No es que grite gol de pura ilusión, que también, sino que yo mismo me convierto en un trasunto de ese jugador que acaba de conseguir el gol y alza sus brazos para celebrarlo. Realmente me siento muy cerca de ese jugador, plenamente identificado con él y con el equipo. Escucho el eco de mi grito y me produce una enorme satisfacción, aunque esté solo. De hecho, puedo estar rodeado de mucha gente, ya que es habitual ver los partidos importantes en compañía, pero me da igual. Me abstraigo totalmente y los vivo a solas, como en un extraño limbo interior en el que oigo voces y veo caras que escucho y reconozco, pero que no forman parte de mi particular mundo en esos momentos. En definitiva, entro en una especie de trance onírico al que nadie más acude ni del que nadie puede sacarme hasta que finaliza el encuentro. 

Con todo esto que acabo de explicar intento dar una perspectiva de cómo siento esta pasión madridista y cuán importante y especial es para mí. No son las confesiones de un fanático del fútbol. Son los sentimientos de un apasionado de la pasión que desata el fútbol y, en particular, mi equipo. 


Clase de spinning

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Hace unos días hice mi primera y última clase de spinning arrastrado por unos amigos que intentan llevarme por la aburrida senda de la salud. Para que quede claro desde el principio: fue tan irritante como rocambolesca.

Me sorprendió la cantidad de personas apuntadas a la clase, así como el tamaño de la sala. Había, al menos, cien bicicletas estáticas. El primer "¡huy, esto va a ser una mierda!" fue cuando vi al monitor: un mozalbete estupendo enfundado en una ajustada camiseta naranja sin mangas y un coulotte negro no menos apretado. Si su vestimenta era grimosa, su peinado lo era aún más, ridículo hasta la náusea. Tenía 56 pelos, ni uno más, los conté. Todos perfectamente distribuidos para conseguir cubrir su cabeza. A primera vista pensé que se trataba de sudor, instantes después de gomina, pero a los pocos segundos caí en la cuenta de que en realidad le había lamido una vaca su cabellera rala. No se le movió uno solo de los 56 pelos durante toda la clase. Había esculpido una raya perfecta a uno de los lados y, a pesar de la escasez de materia prima, había conseguido hacerse un caracolillo de pelos a modo de flequillo. Realmente el chico tiene mérito, con poca cosa consigue un peinado. No quiero imaginar de lo que sería capaz si dispusiera de la pelambrera del Puma. Debajo de su peinado, desafiaban sus dos cejas arqueadas, finas y rabiosamente gays. Sin embargo, lo más destacable de todo el personaje era su nariz. Una nariz fuera de sitio, gruesa y exageradamente respingona, dos días por delante del resto del cuerpo. Probablemente hubo un incidente en la nursery cuando era un bebé y le adjudicaron por error la nariz de una cría de oso hormiguero. 

Escogí una bicicleta que en seguida una de esas chicas que se creen que el spinning les va a dotar del culo prieto de JL me arrebató con un numerito de reserva obtenido en la charcutería. Me fui a por otra y acomodé malamente mis posaderas en esa máquina infernal. La tortura fue tal que, al finalizar la clase, la habitual suavidad de mi escroto se había convertido en puro cuero curtido, como si hubiesen estado encendiendo cerillas en mis huevos durante los interminables 45 minutos que duró la clase. Vamos, no es que acabase hasta los huevos de la clase de spinning, sino que los huevos acabaron hasta los ídem de la dichosa actividad dirigida.

El monitor, alzado sobre una tarima, inició su verborrea aludiendo a una pretendida sesión suave con la que alcanzaríamos el 75%. ¿El 75% de qué? - pensé. Porque yo ya estaba al 100% de rabia hacia él y mis cojones estaban llenos, al 100% también. Afortunadamente, mi avezado amigo me informó de que se trataba de alcanzar un tope del 75% de tu frecuencia cardíaca máxima. O sea, que no sólo tenía que pedalear, sino que además debía estar pendiente de cómo cabalgaba mi corazón. ¡Menuda estupidez! ¿Alguien se mide las pulsaciones follando? Pues para qué coño vas a controlarlas encima de una puta bicicleta estática. En fin, mi nivel de indignación era absoluto.

Si nada más empezar ya estaba alucinado, cuando el monitor comenzó a dar indicaciones, la risa fue total. "¡Tresss, dosss, unooo! ¡Vamosss! ¡Dale, dale, dale! ¡Y un incremento másss!" No me lo podía creer. Un súper gilipollas dando órdenes a decenas de jóvenes aspirantes a cuerpo Hacendado (porque Danone imposible), y todos siguiéndole entusiasmados. ¡Flipante! Aunque el súmmum estaba por llegar...

De repente, se apagaron las luces. Yo, entre acojonado y asombrado, abrí los ojos como platos y lo que en principio parecía la sala de un gimnasio se convirtió en la pista de una discoteca de extrarradio: música cañera a tope, luces estroboscópicas y gente moviéndose histéricamente. Por un momento pensé en buscar la barra y pedirme una copichuela, pero el estupendo súper gilipollasss rompió la magia del momento al farfullar "¡Bebe agua!" con su impostada voz. ¿Bebe agua? ¡Vete a tomar por el culo! De ahí hasta el final todo fue un completo aburrimiento. Una sucesión monótona de lo vivido durante los primeros diez minutos. 

Lo dicho: la clase de spinning fue una puta mierda. El deporte...por la tele. 


El elevado precio de los cereales

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En los últimos años, el precio de los cereales ha sufrido tensiones al alza prolijamente analizadas por expertos económicos en el sector agrícola. El aumento demográfico en países emergentes, la creciente demanda de piensos para el ganado y la propia demanda de cereales para el consumo humano han provocado fuertes subidas de precio en la gran mayoría de cereales. 

Sin embargo, hay una causa oculta, apenas estudiada, pero sin duda fundamental, en este aumento exagerado de precio: su vanidad. Sí, sí, han leído bien: la vanidad de los cereales es la verdadera causa del aumento de su precio.

Los cereales son el alimento básico de los seres humanos (el pan y la cerveza son dos ejemplos irrebatibles) y de la gran mayoría de animales que nos comemos los humanos. Los cereales son, pues, la base de nuestra comida. Como lo es el agua de nuestra bebida. También bebemos ginebra y leche, aunque en menor medida, porque la primera nos provoca resaca y la segunda cada vez sabe menos a leche y más a agua.

Así pues, figurando el agua y los cereales en igualdad de importancia, estos envidian la vida de aquella. El ciclo de vida del agua es idílico, digno de una fábula campestre centroeuropea, con todo ese rollo del agua evaporada que forma esponjosas nubes que lloran gotas de agua que, posteriormente, se filtran por exuberantes valles hasta caudalosos ríos por los que viajan entre excitantes vaivenes para acabar en la boca de una sedienta rubia, que sudará esa gota acariciando su suave piel y vuelta a la nube para iniciar otro fascinante viaje una y otra vez.

Sin embargo, los cereales tienen una vida mucho menos glamourosa. Nacen bajo tierra, enterrados en la húmeda y hedionda oscuridad de tierras abonadas y sulfatadas. Brotan y maduran en el mismo lugar, bajo la misma canícula o el mismo frío helador. Cuando llegan a la madurez ni se mueven para follar, más allá de lo que les agite el viento, y encima disponen de muy poco tiempo. En seguida, terroríficas máquinas con centenares de cuchillas cercenan su plenitud para triturarlos y tratarlos hasta darles forma comestible. A continuación, llega lo más humillante: después de la digestión son cagados. Si son comidos por humanos, serán lanzados al laberinto de desagües, cloacas y depuradoras donde compartirán destino y asco con otros muchos restos igualmente repugnantes. Si son comidos por animales, serán cagados en medio de una enorme plasta y permanecerán al raso largo tiempo en ese sarcófago de mierda hasta que ésta se seque por completo y el cereal pueda volver a empezar el ciclo, para más escarnio en el mismo lugar donde fueron cagados. 

Por consiguiente, la autoestima de los cereales está por los suelos. Su ego hiede y sus complejos aumentan por doquier transgénico. Así pues, han decidido sindicarse y elevar su autoestima, que no es otra cosa que el precio que pagamos por ellos. Ese precio en el que una pequeña parte corresponde a la producción, otra más cuantiosa a la cadena interminable de intermediarios y la mayor a la vanidad de estos pequeños pero orgullosos cereales. 

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Los pijamas de Lord Kinsey

Edward Joseph Kinsey III vive en el castillo familiar, construido en el siglo XVII, en la ventosa costa escocesa. A sus 83 años todavía se vale perfectamente por sí mismo. La presencia de un mayordomo, una asistenta y una cocinera se debe únicamente a sus necesidades de servicio, de las que ha disfrutado desde que era un niño.

Su abuelo, Edward Joseph Kinsey, se benefició de los favores de la reina Victoria, que agradeció sus servicios de intermediación con la casa de Hannover con numerosos títulos, nobiliarios y de la propiedad. Así que Edward Joseph Kinsey III jamás ha precisado trabajar, como tampoco hizo jamás su padre, Edward Joseph Kinsey II. De hecho, Lord Kinsey siempre ha considerado una ordinariez eso de trabajar.

Es un soltero empedernido. Siempre prefirió frecuentar a las mujeres cuando deseó y sin perder el tiempo en grandes cortejos. Ocasionalmente, solicitó las caricias de alguna profesional, más por pereza que por vicio. Por consiguiente, jamás tuvo una relación estable ni duradera.

Tampoco se ha prodigado socialmente. Solamente cuando el título lo ha requerido, y a regañadientes. La mayor parte de su vida ha transcurrido en el castillo escocés, cazando y pescando en sus dominios, rodeado de libros y entregado en cuerpo y alma a su gran pasión: su colección de pijamas.

Lord Kinsey es el mayor coleccionista de pijamas del mundo. Posee una colección con más de 20.000 piezas. Cada noche, después de la apresurada cena, entra en el Salón de los Pijamas, decorado a imagen y semejanza del Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, pero con armarios detrás de los espejos, y elige el pijama con el que dormirá esa noche.

Esta elección la medita detenidamente durante todo el día. Según su estado de ánimo o los acontecimientos recientes escoge uno u otro. Una vez se ha puesto el pijama, se dirige a sus aposentos, pide que le traigan un vaso con dos dedos de ginebra Monkey 47 sin hielo ni acompañamiento, se lo bebe de un trago y se dispone a dormir. A partir de ese momento comienza su fascinante sueño. Porque Lord Kinsey sueña en función del pijama escogido.

Todos sus pijamas han pertenecido a hombres y mujeres de verdad. Algunos célebres y otros anónimos. Pero todos ellos pertenecieron algún día a una persona. Y Lord Kinsey tiene la suerte de poder soñar sus vidas. Cada sueño es una aventura increíble, llena de evidencias deseadas y sorpresas inesperadas. Lord Kinsey lleva años recreando otras vidas en sus sueños, disfrutando de lo que otros gozaron y sufriendo lo que otros padecieron. Sabe más de las personas y sus vidas que cualquier historiador o investigador social. Es un loco afortunado que duerme doce horas al día para vivir lo que otros vivieron.

Su maravillosa afición tiene un inconveniente, no obstante. Únicamente puede usar el pijama de una persona una vez. Si lo usa en otra ocasión, ya no sueña nada acerca de ella. Así pues, cada elección es una excitante experiencia, pero también una despedida, ya que sólo dispone de una oportunidad por pijama. Además, en ocasiones, y a pesar de su extraordinaria sagacidad a la hora de adquirir nuevos pijamas, algunos desaprensivos tratantes de pijamas consiguen engañarle y venderle el pijama de una persona que en realidad no corresponde a la que ellos aseguran solemnemente. De tal modo, que ha habido noches en las que se ha acostado entusiasmado por dormirse con el pijama de Juana de Arco o con el de Calígula y se ha despertado con una enorme decepción. 

Esa unicidad del pijama y del correspondiente sueño hace que tenga pijamas desde hace años con los que aún no ha dormido, bien por el miedo a que sean falsos o bien por el hecho de usarlos y no poder volver a vivir el extraordinario sueño. En esta categoría de pijamas “pendientes” están los de Jesucristo, Platón, Alejandro Magno o Napoleón, por ejemplo. Recientemente, uno de estos pijamas, el de Churchill, fue usado por Lord Kinsey. Afortunadamente, no se trataba de una falsificación y disfrutó de un sueño tan interesante como revelador.

¿Qué hará Lord Kinsey con su increíble colección de pijamas cuando muera? ¿A quién los legará? Porque muchos ya no podrán volver a ser soñados, pero otros muchos estarán sin estrenar. 


Wernher Von Braun, un genio manchado

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Wernher Von Braun es el responsable máximo de que el hombre llegase a la luna gracias al cohete Saturno V y, también, de los misiles V-2 que los nazis lanzaron sobre algunas ciudades aliadas en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. Vamos, que el señor Von Braun fue un actor principal en dos de los hechos más relevantes del siglo XX. ¿Cómo es posible?

Porque la doble moral es tan inherente al ser humano como su afán de superación. El joven Von Braun se doctoró en ingeniería en Berlín y pronto dedicó sus esfuerzos al diseño y construcción de cohetes dentro del ejército alemán. En 1937 se afilió al partido nacionalsocialista y dispuso de recursos ingentes para desarrollar su trabajo. Hitler, entusiasmado por los cohetes que Von Braun diseñaba con fines bélicos, ofreció la planta de Mittelwerk para la fabricación del más increíble y moderno de sus misiles: el V-2.  El problema radica en que la mano de obra usada en Mittelwerk era esclava, procedente de campos de concentración, y se estima que al menos 20.000 personas murieron en condiciones infames para lograr esta empresa.

Los misiles V-2 empezaron a lanzarse a finales de 1944 causando el pánico en Londres y Amberes principalmente, ya que eran indetectables hasta que impactaban en su objetivo. Afortunadamente, la guerra tocaba a su fin y Alemania se hallaba muy debilitada, porque la increíble arma diseñada por Von Braun era tan superior a ninguna otra utilizada hasta entonces, que de haber sido fabricada uno o dos años antes podía haber decantado la guerra hacia el lado nazi. Las bajas causadas por los V-2 se sitúan alrededor de las 6.000, a las que sumar otras 20.000 en su fabricación.

Los aliados, mucho antes de finalizar la guerra, en su avance hacia Berlín, dedicaron denodados esfuerzos en capturar a Von Braun y a su equipo. Se inició por aquellas fechas una carrera entre rusos y norteamericanos por obtener los conocimientos y el material de los genios alemanes. Finalmente, vencieron los norteamericanos, fundamentalmente porque los ingenieros alemanes no deseaban caer en manos rusas ni hartos de vino.

Y aquí es donde se produce el repugnante (no obstante, lógico) capítulo del perdón y el olvido a cambio del conocimiento. Wernher Von Braun y otros cien ingenieros alemanes son seleccionados y embarcados con destino a EEUU para dar el pistoletazo de salida a la Guerra Fría, en su versión Guerra de las Galaxias, con el mejor equipo posible.  A partir de entonces trabaja para el ejército norteamericano, primero, y después para la NASA con los mayores éxitos y reconocimientos.

Como curiosidad, diré que Henry Kissinger, el celebérrimo secretario de estado de EEUU durante las presidencias de Nixon y Ford, fue uno de esos oficiales del ejército norteamericano encargado, en su caso, de atrapar miembros de las SS en los últimos dias de la guerra y durante las semanas siguientes a la rendición alemana. De modo que en esas fechas de 1945 Kissinger y Von Braun coincidirían, uno en cada bando, en Alemania; y años después, en 1969, ambos volverían a coincidir, esta vez los dos en el mismo bando, en el extraordinario logro de la llegada del hombre a la luna, uno como consejero de seguridad nacional de la administración Nixon y el otro como director del programa de cohetes espaciales de la NASA. 

Dada su celebridad, se le recordó en varias ocasiones su pasado nazi e incluso él mismo reconoció haber conocido las terroríficas condiciones de trabajo de la planta de Mittelwerk. Sin embargo, nunca pagó por sus pecados. Todo lo contrario, obtuvo la nacionalidad estadounidense en 1955 y disfrutó de una larga vida junto a su familia llegando a las cotas más altas con aquello que había soñado desde pequeño: los cohetes.

¿Y los 20.000 muertos de Mittelwerk? ¿Cuántos insignes ingenieros, científicos, músicos o escritores había entre ellos? ¿Cuántos podrían haber tenido una carrera igual de exitosa que Von Braun en sus respectivos campos? ¿Un solo hombre a cambio de veinte mil? ¿Veinte mil hombres a cambio de la luna? ¿Cuánto vale la vida de un hombre? La remilgada moral nos dice que la vida de un hombre no tiene precio, su valor es inconmensurable. Sin embargo, la Historia se encarga de contradecir a la moral una y otra vez. Sobre todo, porque nunca, o casi nunca, es ese mismo hombre el que establece un valor determinado a su vida, sino que suelen ser otros hombres, mucho más rácanos, los que valoran el precio de su vida. 

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Cuento de Navidad

Ocho de la tarde del día de Nochebuena. María, embarazadísima, está en casa preparando la cena junto a su madre, a la que aburre con sus quejas maritales. José está en el bar con los amigotes, rehuyendo sus responsabilidades paternas del mismo modo que rehuyó sus obligaciones conceptivas nueve meses atrás. Ambos son felices, ella rajando de él y él bebiendo para no escucharla.

Doce de la noche. María rompe aguas y salen disparados hacia la clínica. En una hora ha nacido el bebé, llamado Jesús. A las tres de la madrugada el Mesías está en la nursery recibiendo los cuidados de voluptuosas enfermeras extranjeras (las nativas están en sus casas celebrando la Navidad con sus familias y sus horarios y sueldos de nativas) y María descansando sedada en su habitación individual de la séptima planta con un obstetra de guardia a su disposición. En fin, las ventajas de nacer en pleno siglo XXI en un país con enfermeras nativas de sueldos y horarios dignos.

Antes del alba, reciben la primera visita, tan inesperada como inoportuna. Son los tres reyes magos.

-          ¡Hola! Venimos a adorar al Mesías, que ha nacido para salvarnos a todos – dicen al unísono los tres reyes magos.

-          Pues está en la nursery. – exclama malhumorado José mientras se incorpora costosamente del sofá-cama.

-          María gimotea aún medio dormida: ¿No os habéis adelantado doce días?

-          Bueno, el GPS. No había pérdida. – responde Gaspar.

-          Ya que estáis aquí, ¿qué regalos traéis? – pregunta curioso José.

-          La Xbox, el Scalextric y mirra. – contesta Baltasar.

-          ¿Mirra? Venga, ¡no jodáis! – grita irritada María.

-          Melchor, que es un rata y, además, chochea. – balbucean avergonzados Gaspar y Baltasar.

-          ¡Joder, qué bien! – masculla José. - Pues ¡hala! circulando, que tenéis un largo viaje de vuelta.

Los tres reyes magos abandonan la habitación y José aprovecha para lanzarle un dardo a María: “Esperemos que su padrino sea más generoso que Melchor…” María gira la cara y rehúsa responderle. Los dos deciden echarse una cabezadita.

Amanece y una enfermera trae el bebé a la habitación. María se lo pone emocionada en el pecho. José lo mira y remira intentando encontrar algún parecido. A los pocos minutos entra el padrino en la habitación. María lo recibe con alborozo, estirándose el camisón y recogiéndose el pelo detrás de las orejas para mostrar su enorme sonrisa. José tuerce el gesto y alarga la mano con desdén para cumplir con el saludo protocolario. El padrino felicita a la madre y coge al bebé en brazos. José exclama con gravedad: “¡No le conviene tanto brazo!” El padrino hace oídos sordos y alza al bebé con orgullo. María contempla la escena con alegría. José se da media vuelta y mira por la ventana. Tras quince minutos, el padrino se despide cariñosamente de María y del bebé, y deja una cartilla del Banco Espírito Santo a nombre de Jesús en la mesita de noche. José permanece de espaldas sin despedirse y continúa absorto en la ventana con la mirada inyectada en sangre. María deja a Jesús en la cuna y se pone a descansar. A continuación, José sale en silencio de la habitación a por tabaco. 

 

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Algunos de los mejores trabajos del mundo

Logopeda de la duquesa de Alba. La señora está mayor, mayor; así que no podrá centrarse en las clases durante más de una hora y seguro que no todos los días. Además, el margen de mejora es bestial, por lo que a poco que mejore y con la pasta que tiene a lo mejor te llevas un palacete bien guapo.

Interiorista municipal. Combina la seguridad y nula exigencia del funcionariado y la excentricidad cool del experto en diseño de interiores. Puedes hacer lo que te salga de la punta del nabo doblemente: llegar a las once, leer la prensa y pirarte a las doce, como funcionario; y, como interiorista, ponerte a gritar como una locaza histérica porque el contenedor de basura que se te ha ocurrido colgar del techo del salón de plenos del consistorio está lleno de basura de mentira en lugar de restos putrefactos de verdad. 

Comisario de exposición de arte moderno. Llamas a un par de amiguetes tan cuentistas como tú para que preparen una performance “rompedora”, les pìdes cuatro dibujos a tus hijos, robas unas cuantas manualidades del taller de escultura del sanatorio mental y preparas un discurso ininteligible sobre la influencia de la calle en el arte, y ¡oyes! a cobrar una pasta. De museo en museo y engaño porque me toca.

Guitarrista o bajista de un grupo de rock. El único curro del mundo en el que puedes estar borracho, drogado y con un comportamiento deplorable todo el tiempo que quieras. De hecho, es hasta guay estar colgado. Ni siquiera debes cuidarte la voz como el cantante. Basta con mantenerte en pie durante los conciertos y tumbado en el backstage. Ya se tumbarán encima de ti las fans.

Monitor (primero, después gurú) de pilatetas. Te camelas a alguna famosa decadente. Le convences de que tus sesiones de gimnasia pasiva, que consisten en magrearle las tetas durante 45 minutos, son la mejor manera de limpiarle el karma chungo que se expulsa absorbiendo por los pezones. Queda extasiada porque es tan gilipollas que quiere creérselo y porque hace años que nadie le dedica un ratico a sus tetas. Se lo cuenta a sus amigas, éstas a sus otras amigas y ya eres el puto amo del pilatetas: a forrarse tocando tetas.

Creativo eclesiástico. Empiezas fuerte, proponiendo ideas rompedoras: misa electrónica en el Madison Square Garden con DJ Pope y el arzobispo de Canterbury, esponsorización de las casullas de todos los curas diocesanos, comercialización de bulas y excomuniones…En seguida te paran los pies. Te echan --> Gran polémica --> Ya tienes un nombre --> Te contrata una agencia laica. 

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El vencejo

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El vencejo es un pajarraco pequeño absolutamente fascinante, que se pasa la vida entera volando. Únicamente se detiene cuando anida para criar a los polluelos. Es increíble que nunca se pose. Lo hace absolutamente todo en vuelo: comer, dormir y reproducirse. 

Lo de comer, pase. Se alimenta de pequeños insectos en suspensión, por lo que le basta con abrir el pico hasta saciarse. Lo de dormir ya es más complicado, aunque lo soluciona echando pequeñas cabezadas aprovechando que es un maestro del planeo. Pero lo de follar en pleno vuelo es flipante. Menudo fenómeno: echa un polvete y, a continuación, una siestecilla. ¡Y todo mientras vuela! Me quito el sombrero.

Siendo admirable su destreza en las artes amatorias, lo es más todavía su capacidad de vuelo permanente. Volar ha de ser la repera. Así que no me extraña que el vencejo no quiera dejar de volar ni un instante. Lo envidio, aunque la verdad es que yo sería un mal vencejo. Me posaría a descansar seguro. 


Los colgados

Los colgados salen de la cama y se cuelgan en el colgador del baño a asearse. Cuando se han vestido, salen de casa y se cuelgan en la escarpia del coche o del tren camino del trabajo. Una vez llegan a sus lugares de trabajo, se aposentan en el perchero que les corresponde y dejan pasar la jornada. De vuelta a casa, vuelven a suspenderse en la misma escarpia del coche o en otra diferente del tren. Ya en el cálido hogar, van de percha en percha, estratégicamente dispuestas a lo largo de toda la casa para poder permanecer siempre colgados. De noche, duermen en la cama, pero con una barra de armario habilitada a modo de almohada que les permite seguir colgados, aun dormidos.

¿Cuántos colgados conoces? Yo muchos. Cada día me cruzo y hasta convivo con muchos de ellos. Son fácilmente identificables: seres anodinos, sin expresión en la cara, casi mudos. Más bien parecen seres inanimados que seres humanos provistos de vida. Todos aquellos de los que no sabes nada, ni siquiera el nombre en muchos casos, a pesar de verlos día tras día y compartir con ellos trabajos, colegios, lugares comunes.

Cuando iba a la escuela, se formó un extraño y heterogéneo grupo con muchos de estos colgados. Les llamábamos con bastante maldad y un pelín de sagacidad “los absolutely hanging”. Tardó en formarse este grupo. Hasta C.O.U. no fue un grupo perfectamente identificable, con todos sus miembros claramente alistados. Siempre me sorprendió el grupo de “los absolutely hanging”. ¿Qué tenían en común? ¿Qué intereses compartían? Uno a uno eran aburridísimos, cuando no raritos; así que en conjunto debían formar una pandilla de bostezos sin parangón.

¿Qué les llevó a unirse cuando, en principio, un colgado es un ser asocial? Tras muchos años lo he llegado a entender. Un colgado vive permanentemente suspendido en el aire y, encima, amarrado a la percha. La sensación de inseguridad debe ser total. Cualquiera puede venir y arrearle tantas veces como quiera y, encima, el colgado no puede defenderse, ya que permanece inerte. Por consiguiente, “los absolutely hanging” decidieron unirse y seguir colgados, pero mancomunados. De este modo, dispuestos en círculo, al menos cubrían sus espaldas con las de sus compañeros en lugar de apretarlas contra la fría pared.

¿Se puede catalogar de hecho social la unión de un grupo de colgados, pues? Tengo mis dudas. 


Parpadeando fotografías

Basado en una idea original de Mónica y su fascinante imaginación: "Papi, ¿sabes que cuando parpadeamos hacemos fotos en la memoria?"

John Doe era incapaz de recordar absolutamente nada, como un pez o como la versión extrema del protagonista de la película Memento. Jamás cerraba los ojos. Sin saber el motivo, le aterraba cerrarlos. Incluso dormía con ellos abiertos. Vagaba en un limbo indeterminado. Carecía de recuerdos. Tampoco disfrutaba de pensamientos, ni buenos, ni malos. Sencillamente, vivía en la nada, en el vacío absoluto. 

Pero un día parpadeó. Y al parpadear fotografió ese instante. Fue una única vez, una sola imagen: la de su habitación de paredes blancas acolchadas. Durante varios días estuvo tentado de volver a parpadear, pero tuvo miedo. Le bastaba con la imagen de su habitación. Al menos, sabía dónde estaba en sus interminables paseos circulares. 

Pasaron las semanas y los parpadeos, finalmente, se prodigaron. Pasillos, comedor, ventanas, jardín. Su memoria poco a poco fue ampliándose. Su diagnóstico mejoró. Le permitieron salir. Al cruzar el umbral de la puerta principal, el vértigo fue total. Los parpadeos aumentaron exponencialmente. Cada paso debía ser registrado. Cada parpadeo suponía una de las migas de pan del camino de vuelta. 

John pasaba las noches ordenando esas fotografías. Pronto descubrió que su memoria estaba formada por los negativos de esas fotografías, no por las fotografías en sí. Así que pudo moldearlas, modificarlas y hasta falsearlas. Al principio resultó excitante, ya que la irrupción de la imaginación le ofreció posibilidades infinitas. Las noches siempre se quedaban cortas. Las aventuras nunca terminaban. Siempre aparecían nuevos personajes, nuevas historias. 

Sin embargo, llegó el día en que ya no sabía qué formaba parte de su memoria y qué era fruto de su imaginación. Su diagnóstico empeoró. Ya no hubo más salidas. Las noches volvieron a hacerse eternas. La lucha entre la consciencia y la subconsciencia no ofrecía un ganador claro. La memoria era incapaz de asumir la paternidad de ninguno de sus recuerdos. La onírica imaginación golfeaba incesante. A John Doe no le quedó otra opción. Decidió acabar con su traicionera memoria y, de este modo, angostar a la taimada imaginación: dejó de parpadear.

Moraleja: la memoria es un arma potentísima que bien usada es fuente de las mejores virtudes, pero que mal usada causa daños irreparables. 

Y un homenaje: al mejor "parpadeador" de fotografías que haya existido, Aleksandr Solzhenitsyn, por su vastísimo e increíblemente preciso testimonio del gulag. 

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Breve ensayo sobre la felicidad (2ª parte)

La imposibilidad de coger la felicidad con ambas manos y no dejarla escapar no tiene que ver con la dificultad de vivirla en presente, como apuntaba en la primera parte, sino en el hecho de que la felicidad tiene una hermana siamesa: la melancolía, que se adhiere a la primera con la pegajosa fuerza de la envidia.

Los breves instantes de felicidad desbordante tienen precisamente ese problema: se pierde felicidad porque se desborda. Desgraciadamente, el líquido que se decanta es felicidad, mientras que el poso de cristales de melancolía permanece. Por eso después de ese momento de excitante turbación que nos embarga por completo nos llega el momento "happiless". Nos bebemos con ansiedad el vaso de felicidad a grandes sorbos y el último trago es pura hiel, porque la melancolía es tan paciente como puta y espera a lo último para aparecer en escena. 

Por lo tanto, la gran enemiga de la felicidad es la melancolía. Una vez se tiene, jamás se pierde. Te jodes y te adaptas. No queda otra. Además, el contagio sobreviene demasiado pronto: durante la niñez. Así pues, debemos hallar la vacuna cuanto antes y salvar a nuestros niños de la dichosa melancolía. 

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Dedos y edades

Hay un dedo para cada edad. Recién nacidos nos chupamos el pulgar a modo de pezón fake. Tan pequeños tenemos pocos vicios, y éste es uno de los pocos que nos podemos permitir. Además, el pulgar extendido muestra el ok del bebé, el asentimiento a todo lo que rodea su vida de no pegar un palo al agua.

De niños usamos el índice más que ningún otro dedo: para chivarnos de nuestros hermanos o compañeros de juegos con el dedo acusador extendido, o al levantarlo erguido hacia el techo del aula para responder a alguna pregunta del profesor. Ese dedo índice tiene la precisión de un puntero láser y la determinación de una flecha. 

En la juventud es el dedo corazón el más empleado. Ya sea para hacer el "fuck you" rebelde e impulsivo de joven sabelotodo o para solaz de los placeres eróticos recién descubiertos. Es el dedo más largo de todos, como no podía ser de otro modo. El que se usa con mayor ímpetu para lo bueno y para lo malo.

El dedo anular es el de la madurez, discreto y sobrio, apenas usado para sostener la alianza. No destaca absolutamente en nada; sin embargo, resulta difícil imaginar cualquier acción que pueda realizar la mano sin su melancólica presencia. 

Por último, tenemos el meñique, la metáfora perfecta de la vejez. Un dedo pequeño y encogido que apenas sirve para nada. Nos reímos de él cuando lo vemos orgulloso y erguido al levantar una taza; sin embargo, lo que nos está mostrando con esa vigorosa erección es nuestra propia dignidad. La dignidad que únicamente es posible adquirir tras largos y azarosos años de vida.

Así pues, los dedos de la mano contienen nuestra propia vida de forma sucesiva, como si de un contandor de edades se tratase. No son las líneas de la palma de la mano las que contienen el indescifrable códice de nuestra vida, sino los cinco dedos, que inexorablemente se van levantando uno a uno hasta tener los cinco dedos completamente extendidos dando el alto a la dama de negro, que se acerca menesterosa a darte su traicionera mano de despedida. 


¿Cómo preparar el gintonic perfecto?

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Una premisa básica para poder disfrutar de un gran gintonic es la copa de balón. Vamos, un buen copón que permita disfrutar de todos sus matices y, además, lo muestre en toda su grandeza.

Lo primero es el hielo: cuatro o cinco grandes piedras de gélido rencor inveterado, imposible de deshacer. A continuación, vertir ginebra The Hated Nº1 hasta cubrir tres cuartas partes de los cubitos de rencor, permitiendo que éste se mezcle con la ginebra y rompa los pequeños cristales de resentimiento congelados durante largo tiempo. Vaciar un botellín de tónica Rage Tree (que en lugar de quinina contiene inquina) en la copa y mezclar ligeramente. Veremos cómo las burbujas de rabia ascienden vertiginosamente removiendo las piedras de rencor helado entre el oleaje de odio. Por último, coronaremos el delicioso cóctel con dos o tres lágrimas de limón, pero no las primeras que brotan casi sin razón, sino aquellas que se amotinan en los ojos llenánsose de dolor poco a poco hasta que emergen abundantes y tatúan un surco de tristeza en la cara. Proporcionarán el punto de acidez necesaria al gintonic y lo completarán magistralmente. 

Ahora ya sólo nos queda bebérnoslo. Para ello nos recostaremos plácidamente sobre el sofá y sostendremos la copa en la mano. Daremos largos sorbos disfrutando de todo su sabor, mientras miramos el evocador gintonic absortos en nuestros pensamientos. Tras unos veinte minutos, dejaremos la copa vacía sobre la mesa e iremos en busca de la persona a la que queremos dedicárselo: "Hola, hijo de la gran puta..."

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El puente de Millau

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El puente de Millau, construido en el sur de Francia, es una impresionante obra de ingeniería que deja bien patente el excelso nivel técnico que ha alcanzado el hombre. Es el puente más alto del mundo con casi 350 metros. Su longitud es de 2,5 kilómetros. Sus siete enormes pilares sostienen el tablero que une las dos mesetas sobre el ancho valle surcado por el río Tarn.

Me apena no tener conocimiento alguno sobre ingeniería para poder valorar aún más la dificultad de esta obra. Escuchar o leer sobre el cálculo de estructuras, el deslizamiento hidráulico del tablero sobre apeos provisionales o la construcción de los pilares por secciones me deja completamente aturdido, ya que no alcanzo a comprender absolutamente nada para mi desgracia.

No obstante, no he traído a colación el puente de Millau para hablar sobre algo de lo que no tengo ni la más mínima idea como la ingeniería, sino para hablar de belleza. La majestuosidad del puente es tan asombrosa, la perfección de sus líneas es tan increíble y su dimensión es tan gigantescamente abrumadora, que es, sin duda alguna, una de las obras más bellas que he visto jamás. Y cuando digo “obra” no me refiero a obra civil, sino a obra de arte.

Todo lo bello resulta admirable, desde una mujer hasta un cuadro. Y también un puente puede ser algo extraordinariamente admirable y bello, desde luego. Esa admiración que provoca la belleza es en ocasiones paralizante. De repente, algo te estremece, te deja entre embobado y extático, pero a la vez sientes una extraña sensación de armoniosa felicidad. Entras en una especie de trance, la relajación te invade por completo, aunque al mismo tiempo sientes una intensa excitación. En esos breves instantes, las aparentemente antitéticas relajación y excitación conviven juntas, y hasta se abrazan. Es un placer deliciosamente sutil, que trasciende la sensibilidad o, a lo mejor, la sacude violentamente hasta narcotizarla gracias a esa admirable belleza. Pues eso mismo sentí al ver el puente de Milllau. 

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Barbarela...el bar

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El pasado miércoles salí de la oficina hasta los cojones del trabajo y loco por ver el partido del Madrid contra el Lyon. Como la lucha entre las diferentes plataformas televisivas ha dado lugar a una dispersión de emisiones sin igual, no podía verlo en casa. Así que tuve que acudir a un bar. Los cercanos a casa no tenían Gol TV, por lo que recurrí a un viejo bar conocido donde seguí toda la Liga de Capello y sus increíbles remontadas: el Barbarela. 

Llegué con el partido ya empezado y sed de cerveza de bar, que sabe mucho mejor que la de casa. Le pedí al camarero-dueño-encargado (no sé lo que es Emilio, pero probablemente sea todo eso a la vez) una Heineken. Su respuesta fue sencillamente magistral: "¡No! Estrella". Pensé avergonzado: "¡Qué gilipollas eres, Guille!" Aparentemente, había sido una respuesta de adusto camarero, pero nada más lejos de la realidad. Es la forma de responder de Emilio: contenida e impasible. El caso es que fue la mejor bienvenida posible. Mucho mejor que si me hubiese dado un abrazo. Me senté en una silla y me sentí, de repente, absolutamente feliz. 

Es un bar sin aspiraciones (me niego a calificarlo de cutre, aunque muchos podrían describirlo así), poblado de señores mayores y personas castigadas. Me reconfortó encontrar a muchos de los personajes que lo habitaban hace cuatro años. Únicamente eché en falta al señor que llevaba pañal. El del párpado cosido para disimular su ausencia de ojo, el solterón ex-cajero de La Caixa, el argentino pesado y borrachín...estaban allí, como otros muchos sábados y domigos de Liga.

Es increíblemente curioso lo a gusto que me encontré entre todos ellos de nuevo, tras casi cuatro años sin haber pisado el Barbarela. Le tenía un enorme cariño a ese bar. Por su ambiente, por su camarero-dueño-encargado y porque aún no he visto perder al Madrid un solo partido en este santo lugar.

Como antaño, insulté al árbitro, aplaudí las jugadas del Madrid y celebré sus goles a mis anchas, rodeado de bastantes merengones igual de entusiasmados que yo. Los culés no son mayoría en este bar. Al menos, cuando juega el Madrid. 

Me tomé unas cervecitas (Estrella, por supuesto) y un bocadillo de lomo con queso que me supo a gloria. Emilio, con su distante amabilidad, me acercó una silla para que apoyase el plato del bocadillo, ya que las mesas estaban ocupadas. Me honró esa distinción. Se lo agradecí con fingida contención también. En un bar como éste los hombres nos mostramos el respeto de este modo. 

El partido acabó con victoria del Madrid, como siempre en el Barbarela. Saldé la cuenta poco antes del final y me despedí con un simple ¡hasta luego! Salí del bar con el ánimo renovado y con unas ganas tremendas de volver a ver un partido del Madrid en el Barbarela, un bar cojonudo en el que hasta el nombre me parece genial.

(El Bar Barbarela está situado en Travesera de Gracia, 150. Barcelona)


Algunos refranes sin sentido

A quien madruga, Dios le ayuda. Ya, claro, por eso Dios te recibe de noche, con el transporte público aún sin funcionar y sin un puto taxi que coger.

Es más puta que las gallinas. Nunca me han parecido muy golfas las gallinas, la verdad. Ni visten como putas, ni se comportan como putas. De hecho, sigo sin entender que los gallos se las zumben, pudiéndose calzar a las ocas que están mucho más ricas.

No hay dos sin tres. Bueno, yo tengo sólo dos piernas, y dos pulmones, y dos cojones. No digo que me fuese mal un tercero. Huevo, digo. Pero es que no hay más. Son dos y punto.

Quien bien te quiere te hará llorar. Pues te querrá mucho, pero es un pedazo de hijo de puta.

Amor con amor se paga. Claro, claro…Por eso las putas cobran en mimos.

A caballo regalado no le mires el dentado. O sea, si te regalan un caballo, lo primero que haces es mirarle los pìños. ¡No me jodas! Mi primera reacción sería “No, no, gracias. Es que no tengo plaza de caballo.” O cualquier absurda excusa del tipo “padezco peste equina” o “me dan mal fario desde que un poni me embruteció en el zoo”. ¿Pero aceptar y mirarle la dentadura? ¡Por favor!

El que la sigue la consigue. Ya, ya...y por eso Charlize Theron tiene mil millones de novios y el Madrid juega con cien millones de jugadores.

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Se ha de ser gilipollas para hacer algo hoy si se puede dejar para mañana. ¿Y si mañana ya no hace falta hacerlo? ¿Y si no hay mañana? Pues eso, curro en balde.

A buen entendedor pocas palabras bastan. Sería al revés, ¿no? Si tan listo es, le puedes meter un rollaco larguísimo, que el tío lo entenderá sin problemas. En cambio, si es bobo, dos o tres palabras, no más.

Mientras hay vida, hay esperanza. Que lo pregunten en Darfur, Haití o Somalia. ¿Esperanza de qué? ¿De seguir viviendo? ¿o de seguir sufriendo?

La vida es una tómbola llena de luz y de color. (No es un refrán. Es parte de la letra de una canción de Marisol que no sé porqué cojones tengo grabada en la memoria y me tortura recurrentemente) Ni siquiera adivino qué quería decir la cursi de Marisol ni se me ocurre ninguna interpretación. Simplemente me atormenta.

 


Tres dictadores: Hitler, Mussolini y Stalin. Y un cuarto: Prusia (Emil Ludwig, 1939)

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¿Por qué puede resultar interesante un libro que ofrece breves relatos sobre tres personajes tan extensamente analizados y sobre los que hay una voluminosa bibliografía? Porque está escrito entre septiembre y noviembre de 1939, justo después de estallar la Segunda Guerra Mundial. Y, además, porque el análisis del cuarto "dictador", Prusia, es tan brillante como revelador.

Antes de entrar en el contenido del libro, unas pinceladas sobre el autor: nacido en 1881, escritor y periodista alemán de origen judío exiliado a Suiza en 1932, que obtuvo fama internacional en la década de los veinte gracias a sus biografías de personajes históricos. 

El capítulo sobre Hitler es el más acertado de todos y el escrito con mayor bilis. Lo tacha de loco histérico, mediocre, cobarde y mentiroso. No obstante, la crítica furibunda no se centra únicamente en el tirano, sino en la responsabilidad del pueblo alemán que lo encumbró y siguió entusiasmado en su mayoría. Aquí usa una cita de Goethe que resume perfectamente su opinión: "Pensando en el pueblo alemán he encontrado frecuentemente con la mayor amargura que en su conjunto es tan mísero como es respetable en lo individual". 

Tras desnudar las miserias del líder nazi, recrea el juicio al que sería sometido Hitler en el Tribunal de La Haya un día de 194..., una vez derrotada Alemania. Primero imagina los argumentos falaces usados por el abogado defensor y, después, desgrana las acusaciones del fiscal con precisión y claridad, detallando todos los crímenes morales cometidos por el régimen nazi. Posteriormente, se atreve también con unos pronósticos sobre el devenir de los acontecimientos, que son en su mayoría bastante cercanos a lo que sucedió después. Ludwig demuestra ser un certero analista, ya que en noviembre de 1939 predijo la derrota de Hitler, la permanencia de Stalin en el poder tras la guerra, la determinación en la victoria de los ingleses, la posición norteamericana y el alumbramiento de un paneuropeísmo al finalizar la contienda mundial. Únicamente erró en la neutralidad de Mussolini.

La descripción de Mussolini es la más dulce de todas. A éste lo conoció personalmente en una serie de entrevistas celebradas en 1928. Alaba su capacidad de seducción, su interés por la historia y su naturalidad. En sus líneas transmite cierto respeto hacia el hombre y demasiada indulgencia hacia el dictador. Sorprende y decepciona que un experto biógrafo caiga en los encantos personales de su personaje. Aunque mirado con perspectiva, y comparado con los otros dos tiranos, es hasta lógico que la figura del fascista italiano salga mucho mejor parada.

El capítulo sobre Stalin no aporta nada nuevo. También lo conoció personalmente, en una entrevista en Moscú en 1931. (Así pues, fue a Hitler al único al que no trató en persona.) La descripción del sátrapa georgiano como un déspota taimado y cruel es arquetípica. Es, sin duda, el capítulo más frío y aburrido. 

Por último, está la guinda del libro: la acusación clara y rotunda a Prusia como origen de todos los males acontecidos en Europa y Alemania desde mitades del siglo XIX hasta la fecha (1939). Señala a Prusia como una nación medieval, dominada por una clase de terratenientes semianalfabetos y reaccionarios (los Junkers) que somete a la casi esclavitud al campesinado, desprovista de espíritu creativo y sensibiidad cultural, fuertemente militarizada y entregada a los designios del emperador, orgullosa y desdeñosa con el resto de Alemania, prepotente y codiciosa. Realmente, es una diatriba espectacular, aunque perfectamente argumentada históricamente. Basta citar los grandes hombres que ha ofrecido Alemania al mundo en las más diversas disciplinas (arte, filosofía, música, ciencia...). De ellos ninguno, salvo Kant, era prusiano. Ludwig explica el motivo: Prusia era un páramo intelectual en el que nadie poseía la sensibilidad o educación mínimas para que floreciera el saber y el progreso. Es una crítica bestial, como pocas veces he leído. Incluso llega a proponer como única solución posible para el futuro de Alemania que, acabada la guerra, Prusia sea un país independiente del resto de Alemania para evitar que contamine y pudra desde dentro al resto de buenos alemanes del sur, del Rin, del industrioso valle del Ruhr o a los hanseáticos del norte occidental. El autor es absolutamente demoledor con Prusia y la identifica como una de las causas del triunfo del nazismo. 

Lo cierto es que este último capítulo me ha traído a la memoria la película "La cinta blanca" de Michael Haneke, que retrata el ambiente lóbrego, miserable, cruel y postrado de un pueblo alemán en vísperas de la Gran Guerra en 1913. Una aldea prusiana cualquiera en la que, años después, fue fácil y lógico que germinase el nazismo con absoluta naturalidad. Es curioso (y gratificante) unir un libro escrito en 1939 con una película rodada setenta años después, en 2009. 

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El rugby, mucho más que un deporte

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Aprovechando que el mundial de rugby está en plena disputa en Nueva Zelanda – el próximo fin de semana se jugarán los partidos de cuartos de final – me apetece alabar las maravillas de este deporte, del que, advierto, soy un profano. No sigo las competiciones de clubes. En cuanto a los torneos de selecciones, hace años que veo algún enfrentamiento del 6 Naciones (antes 5 Naciones), si se da la circunstancia, y poco más. Aunque dentro de ese poco más, cabe, obviamente, el Mundial. El primero que seguí fue el de Australia 2003, donde Johnny Wilkinson se convirtió en una celebridad logrando el título para Inglaterra en el hemisferio sur. Una heroicidad deportiva increíble, ya que derrotar a los australianos en la final en su país, ante su gente, es sencillamente un sueño inalcanzable. Después seguí el de Francia 2007 con verdadero entusiasmo, deleitándome con la asombrosa actuación de Argentina, que acabó tercera. Y, por último, el que se está celebrando ahora en Nueva Zelanda.

La belleza de este deporte no tiene comparación posible con ningún otro. Los valores que transmite tampoco. Me emociono viendo a esos hombres pelear sin cuartel, hasta la extenuación, por sus compañeros, por su equipo y por su país. Son modernos gladiadores enfundados en camisetas que les van a explotar, con las orejas deformadas de los enganchones de las melés, las caras hinchadas del esfuerzo y los golpes, la sangre brotando a borbotones de los choques con rodillas y cabezas, y el sudor envolviendo por completo sus cuerpos llevados al límite. Todo este escenario de aparente (y no tan aparente) violencia queda, no obstante, amortiguado por la elegancia, la caballerosidad, la deportividad de estos rudos jugadores. Evidentemente, hay jugadores más sucios que otros, pero hay una barrera que nunca se traspasa. Parece haber un acuerdo tácito por el cual el uso de la violencia queda perfectamente enmarcado y nunca va más allá. Además, el respeto por el rival y los árbitros es casi reverencial. No hay trifulcas, ni tanganas. Acaba el partido y se felicita al rival, al que se respeta y admira como si fuese uno mismo. Tampoco hay protestas a los árbitros, como mucho se habla con ellos, con respeto, con calma, sin aspavientos, sin groserías. ¡Cuánto deberían aprender los futbolistas de este deporte! Esa famosa frase de que “el fútbol es un deporte de caballeros jugado por rufianes y el rugby un deporte de rufianes jugado por caballeros” cobra mayor vigencia que nunca viendo cualquier partido de este mundial de rugby y comparándolo con cualquier partido de fútbol. 

El juego en sí es igualmente excitante y divertido. Las normas han favorecido recientemente el juego de carrera, mucho más espectacular que el de contacto y melé. No obstante, una mezcla de ambos es también apasionante. Tan bonito es ver a un ataque intentar perforar la defensa rival como presenciar la infatigable defensa haciéndose impenetrable, repeliendo todos los envites atacantes. Los cambios de juego y de posesión son constantes. Hay un dinamismo apasionante durante todo el partido. Realmente, la exigencia física es brutal en este deporte.

Y por encima de todo ello están los valores que transmite el rugby. En el mundial de 2003, conforme avanzaba el torneo, crecía la figura de Johnny Wilkinson. Mandaba a sus compañeros, los ordenaba, dirigía los ataques, pateaba a palos cuando convenía, alargaba o acortaba las jugadas según las necesidades de cada momento, lideraba al equipo con maestría. Pero todo ello desde la contención, el respeto, la humildad. Inglaterra, como he dicho, acabó ganando ese mundial y Wilkinson se convirtió en héroe nacional. Nada de eso ha cambiado su forma de jugar. Sigue siendo el primero en defender. No se arredra cuando una mole de casi dos metros y ciento veinte kilos viene lanzada con el balón oval. Aprieta los dientes, tensa los músculos de su cuerpo, mucho menor que el que viene en carrera, y lo placa con determinación. Es admirable, hasta conmovedor, ver al “pequeño” Wilkinson detener a una bestia de la naturaleza. ¿Por qué lo hace? Porque ha de hacerlo. Porque la línea defensiva no puede romperse, porque sabe que varios compañeros suyos se lanzarán sobre el rival como animales para ayudarle a derribarlo, porque el compromiso con el equipo es total. Porque es una cuestión de honor. El equipo está por encima de todo y nadie puede echarse atrás. Todos ganan juntos y todos pierden juntos. Un maravilloso ejemplo de compañerismo, valor, honestidad y orgullo. Sólo el rugby permite ver y admirar todos estos valores.

Otro increíble ejemplo de la fuerza del equipo en este admirable deporte: la actuación de Argentina en el Mundial de Francia 2007. Los Pumas, como se conoce a la selección argentina, se presentó en Francia con apenas tres años de profesionalismo en su país y una selección plagada de jugadores que se ganaban la vida en equipos extranjeros. Su capitán era Agustín Pichot (en la foto), un loco del rugby. En el partido inaugural se impusieron a Francia, la anfitriona. Partido tras partido, batalla tras batalla, avanzaron hasta los cuartos de final, donde eliminaron a la todopoderosa Nueva Zelanda. En semifinales cayeron ante la futura campeona, Sudáfrica, pero en la final de consolación derrotaron de nuevo a Francia en su estadio, obteniendo la tercera plaza final. Seguí la mayoría de sus partidos con una emoción tremenda, “torciendo” por ellos. Me convertí en un fan absoluto de los Pumas. Especialmente fascinante resultaba la figura de Agustín Pichot. Era el capitán. Los cojones, el capitán. ¡Era el capitán general! Reunía a los suyos antes y después de cada partido: un círculo en pleno campo de juego, él en medio arengando a sus compañeros, animándoles, exigiéndoles, motivándoles. ¡Alucinante! Era el puto amo. Se pasaba todo el partido hablando con sus compañeros. Con lo agotador que resulta este juego, este animal competitivo conseguía jugar, placar, correr, retener, empujar y no cesar ni un segundo de alentar, animar, aconsejar, guiar y espolear hacia la victoria a sus compañeros de equipo. Tengo una imagen preciosa grabada en la memoria: en el partido por el tercer puesto, jugado como he dicho ante la anfitriona Francia, Pichot consigue un ensayo que cierra definitivamente la victoria, se levanta del suelo brazos en alto extasiado por la hazaña lograda, mientras una jauría de compañeros de equipo se lanza sobre él para abrazarle y compartir el mayor éxito de sus vidas deportivas todos juntos, abrazados, sudados, magullados, felices. Una foto que resume lo que representa este deporte tan especial. Ojalá otros muchos ámbitos de la vida tomaran ejemplo del rugby y lo que representa.

Para quienes puedan estar interesados en descubrir la emoción e intensidad de un buen partido de rugby, Canal + está emitiendo todos los partidos del mundial de Nueva Zelanda 2011. El próximo fin de semana, a primera hora de la mañana del sábado y del domingo, ofrece los partidos de cuartos de final en directo. Serán un auténtico espectáculo. Por una parte del cuadro las cuatro potencias del hemisferio sur: Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda y Argentina. Y por la otra parte el norte, representado por Inglaterra, Francia, Irlanda y Gales.

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La marea

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Sube y baja, va y viene.

Llega impaciente

y desaparece temerosa.

La luna la guía,

las olas la mecen.

Las rocas la besan impetuosas,

la orilla la abraza silenciosa.

Arrastra profundos pesares:

historias de naufragios,

muertes silenciosas y olvidadas.

Esconde secretos insondables:

asombrosos calamares gigantes, 

tesoros perdidos en naves hundidas,

misteriosas y bellas sirenas.

El horizonte la escupe y la absorbe,

cada seis horas, todos los días.

Al llegar acaricia la arena,

al partir la araña, la desgarra.

¿Miedosa? ¿dubitativa? ¿coqueta?

¡Paciente, sesuda, bella!

Se presenta centelleando

irisaciones del sol cobrizo del atardecer;

y se despide con millones de luciérnagas

surfeando sus olas nocturnas bajo la luna.

La espuma dibujada en la orilla

nos descubre sus deseos,

con cada embestida, con cada ola.

Pero nunca nos da tiempo a leerlos,

siempre se arrepiente y los borra,

con nuevas embestidas, con nuevas olas.

¿Qué querrá la marea?

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La música de Documentos TV

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No hay mejor sintonía de un programa que la de Documentos TV. No porque sea especialmente original, ya que se trata de un fragmento de la conocida Carmina Burana, sino porque identifica perfectamente el contenido del programa, lleno de reportajes buenísimos e interesantísimos. ¿Percepción subjetiva? Pues sí, pero es que la música de entrada te pone en alerta, capta tu atención, hace que mires la pantalla del televisor ansioso por descubrir qué temática será abordada en el documental, quién será entrevistado, qué aprenderás. Es una sintonía excitante, casi diría lujuriosa, que provoca erecciones cerebrales.

Me sucedía lo mismo de pequeño cuando en Televisión Española ponían algún programa inglés con la entradilla de “THAMES” sobre una fotografía del Parlamento, o cuando antes de un partido de fútbol internacional aparecía el logo de Eurovisión con su remedo del himno de la alegría sonando. Sentía la misma ilusión y las mismas ganas que afloran ahora, veintipico años después, al escuchar la melodía de Documentos TV.

Además, la televisión (la buena televisión, que la hay) provoca en mí una muy agradable sensación de excitación y relajación a la vez. Obviamente, sólo en circunstancias especiales: en silencio, de noche, con emisiones que me interesen…

Esa aparente mezcla de sensaciones contradictorias me provoca una deliciosa hipnosis que me sumerge en un estado de ánimo de dulce y reposada alegría de lo más satisfactorio. Y el relojito que desencadena mi agradable hipnosis es precisamente la música del programa. La música de Documentos TV en este caso.

 


La paciencia de la cigarra

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La cigarra californiana se pasa ¡17 años! bajo tierra antes de emerger. ¡Alucinante! Desde que su mamá pone los huevos hasta que salen a la luz están 17 años en el subsuelo. Y una vez han salido, apenas viven unas semanas.

Las ninfas chupan la savia de las raíces de las plantas y con eso van tirando los diecisiete años de oscuridad. Imagino que cambiarán de raíces y que descubrirán nuevos sabores según la planta absorbida o la estación del año, pero no parece una dieta muy variada.

Conociendo esta larga espera de la cigarra y su paciente día a día subterráneo, me parece aún más injusta la imagen que La Fontaine dio de la cigarra en su fábula “La hormiga y la cigarra”. Acusa con ligereza al insecto cantor de ser un diletante poco apegado al trabajo y a la planificación. ¿Le parece poco al señor La Fontaine permanecer diecisiete años preparándose para sus escasas semanas de canto y cortejo en el exterior? Yo creo que La Fontaine tenía envidia del bello canto de las cigarras y, sobre todo, de su resultado. Seguro que estuvo galanteando a alguna cortesana francesa durante largo tiempo usando sus escasas dotes musicales sin resultado alguno y, despechado, volcó su rabia en la fábula de “La hormiga y la cigarra”.

¿Que qué dicen las cigarras con sus estruendosos cantos? Pues parece evidente: ¡¡¡¡¡Quiero follaaaaaaaaaar!!!!! Después de diecisiete putos años bajo tierra, haberse despojado de su piel de ninfa y haber estrenado nuevo look, estar posada sobre una rama o una corteza de árbol tan guapamente viendo a un montón de cigarras hembras “cigarrear”, que es como zorrear pero en insectos, y tener por delante unas breves semanas de vida, lo único lógico es querer echar un polvo. 

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Dios y twitter

Si Dios existiese, usaría Twitter. No se me ocurre mejor canal de comunicación para revelar sus enseñanzas. Nada de usar intermediarios a modo de viejunos profetas o indescifrables y contradictorios apóstoles. Twitter y su inmediatez global sería el mejor modo de evangelizar. Twits a modo de parábolas, retwits a modo de “¡te alabamos, Señor!”

Podría usarlo también para convocar plazas en la jerarquía eclesiástica: “Vacante de cardenal. Retribución fija más limosna. Imprescindible traje púrpura y negro”. O para convocar a la feligresía: “Misa en San Wenceslao mártir a las 12:00h”. Obviamente, también para lanzar eslóganes de posmoderna cristiandad: “In God you trust”, “Bautismo o infierno” y demás lindezas estremecedoras.

Además, sería muy interesante seguir el duelo en la red entre las cuentas de Dios y de Lucifer. Ambos pugnando por el mayor número de seguidores posible y las mejores valoraciones de sus revelaciones. La disputa del futuro de la humanidad en tiempo real. La rabiosa lucha entre la luz y las tinieblas con sus respectivos acólitos informados al momento. Lo más de lo más. La eternidad jugándose en directo.

¿Por qué Twitter y no Facebook o un blog? Porque Dios es más de aforismos y de impactos rápidos. No le gusta perderse en largas disquisiciones que puedan alumbrar inconsistencias o dudas a sus fieles. Así pues, Twitter sería su púlpito perfecto. Si existiese, claro está. 


Los culos de las japonesas: vicio en peligro de extinción

¿Dónde se han dejado el culo las japonesas? ¿Cómo puede ser que tengan el culo tan pequeño, recto y chato? ¡Es que ni las mamás han conseguido ensanchar las caderas con el embarazo! Yo creo que los japoneses son así de sosos por el culo de las japonesas. ¿Doggy style? ¡Ni de coña! Pensarán que se están zumbando a un amigo.

Sinceramente, creo que los culos de las japonesas están en peligro de extinción. Mucho más que el atún rojo. Por consiguiente, el mundo debería reaccionar y evitar su completa desaparición. Los japoneses lo agradecerán y seguro que nos recompensarán con gadgets electrónicos más pequeños, más modernos y más chanantes. Vale la pena intentarlo. 

Por todo ello me atrevo a ofrecer una solución súper sencilla: enviar a Japón a muchas de nuestras señoras culonas españolas, que tenemos a miles. Ellas son muy zalameras y ellos, los japoneses, muy educados; así que cuando la culona se siente a horcajadas sobre el asustado japonés, éste, por una curiosa mezcla de ancestral timidez y amable hospitalidad, derramará sus nerviosos soldaditos dentro de la fértil culona engendrando una nueva generación de japonesas con culo. 

En unos pocos años podemos recuperar para siempre el culo de las japonesas. Eso sí, las culonas deben ser devueltas a casa tras su misión repobladora. Su insoportable locuacidad y mala educación no serían bien recibidas en el país del sol naciente y el culo menguante. 

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El silencio: un bien escaso

Cada vez es más difícil disfrutar del silencio. Siempre hay alguien o algo que lo rompe. El ruido externo es molesto, pero no agobiante. Escuchar al camión de la basura en plena noche sobresalta la primera vez, en adelante te acostumbras. Sin embargo, las interpelaciones continuas de la gente que te rodea son realmente exasperantes. Te pasas el día entero siendo interrumpido por gente que te importa un huevo o, en el mejor de los casos, compartes algún asunto profesional de "ineludible" conversación. 

Esa constante violación del silencio se agrava por el dichoso teléfono, ya sea el fijo, el móvil personal o el móvil de empresa. Las nuevas tecnologías son acojonantes, avances de la leche; pero a veces pienso que todas están encaminadas a jodernos nuestra intimidad. 

¿Cuántas conversaciones a lo largo del día son medianamente interesantes? ¿Cuántos interlocutores nos sorprenden con algo ingenioso, novedoso o interesante? ¡Poquísimos! Además, muchos lo hacen sin la más mínima educación, importándoles un bledo lo que estés haciendo. Ya puedes poner tu cara de "¡Imbécil! ¿No ves que no me interesa lo más mínimo lo que me estás contando?" A ellos les da igual. Ni se enteran, ni se quieren enterar. Evidentemente, en el 99% de las ocasiones te abordan con estupideces. 

El silencio es tan reconfortante y relajante, que debería sancionarse a quien lo rompiese injustificadamente. Cuando uno está con sus pensamientos, sus análisis, sus ensoñaciones debería colgarse un imaginario cartel de "No molesten" y ser respetado por todos. 

El silencio no tiene porqué significar la ausencia total de ruido. Se puede estar perfectamente en silencio escuchando música, el oleaje del mar, la brisa sibilante del atardecer o el rumor de varias conversaciones entrelazadas en una plaza. De hecho, el silencio absoluto es sobrecogedor y, según las circunstancias, hasta da miedo.

Y se puede estar perfectamente en silencio en compañía. No hay mejor prueba de la complicidad entre dos personas que su silenciosa comodidad. Ese silencio en el que hablan las miradas y las caricias. 


Los viajes de Ósculo

Ósculo era un minúsculo chaval de apenas unos milímetros de estatura que vivía de boca en boca. Se trasladaba mediante besos, momento que aprovechaba para cambiar de boca. Así que viajaba gracias al afecto, la pasión y la lujuria. Con el tiempo había desarrollado un instinto especial para saber cuándo le interesaba cambiar de boca y cuándo no. Al acercarse otros labios y adentrarse en el interior de su húmedo hogar, enseguida valoraba las condiciones del nuevo hogar candidato: niveles de higiene, locuacidad, apetito y promiscuidad del individuo. Todos estos factores resultaban claves para tomar la decisión correcta.

La higiene bucal era el primer filtro a aplicar en la decisión. Si no cumplía los mínimos exigidos, esa boca era automáticamente descartada. No es lo mismo vivir en una boca “Listerine” limpia y fresca que en una hedionda y pringosa, llena de sarro, restos de comida y bacterias campando a sus anchas.

El resto de condiciones eran valoradas por Ósculo de uno u otro modo según su estado de ánimo. Si le apetecía una temporada de tranquilidad, buscaba bocas de personas poco habladoras, apenas comedoras y de costumbres monacales. Si, por el contrario, quería marcha, elegía bocas de personas extrovertidas, que fueran auténticos epulones y ardientes amantes.

Las personas silenciosas, con poco apetito y sin vida afectiva ni sexual le permitían tiempos largos de descanso, ya que la boca apenas se abría ni era invadida por alimentos o lenguas desconocidas. Debemos tener en cuenta que Ósculo había de estar permanentemente alerta para no precipitarse fuera de la boca o, aún peor, despeñarse por las profundidades de la garganta y morir. Era una especie de anfibio que necesitaba humedad y aire para vivir. En la boca de una persona con escasa vida social y apetito modesto el peligro era menor. Solía guarecerse en la parte inferior de la boca, entre la fila de dientes y el labio, a la altura de los primeros premolares. De este modo, un estornudo o un tosido repentinos eran menos peligrosos que en “boca abierta”. A veces, también descansaba en alguna caries, pero tras una mala experiencia en la que casi muere chafado por una espesa bola de pan prefirió no arriesgarse en pequeños lugares de difícil escapatoria.

Sus épocas activas las pasaba en bocas de gente divertida, locuaz, comilona y lujuriosa. Así conseguía viajar mucho y ver mundo, con continuos cambios de hogar. Ósculo veía el mundo a través de la mirada de la boca de otros. Más concretamente, a través del parpadeo de esas bocas, que se abrían y cerraban sin solución de continuidad en interminables tertulias de bar y en copiosas comidas que, a pesar del riesgo de morir masticado, suponían una excitante y frenética actividad por ver todo lo que sucedía afuera colgado desde lo alto de la campanilla para disfrutar de la mejor visión posible. Su habilidad era excepcional: sorteaba enormes grumos de comida, surfeaba olas de saliva y, cual trapecista, saltaba de la campanilla a la colchoneta de la lengua para volver sobre la campanilla o situarse en algún estratégico hueco entre los dientes. Cada vez que se abría la boca él estaba en la mejor posición para ver lo que acontecía allí afuera, en el luminoso y letal mundo exterior, tan sugerente y tan inaccesible para él. 

A pesar de todo lo descrito, el momento de mayor riesgo era el traslado; esto es, el cambio de una boca a otra. Encontrar el momento adecuado en medio de un apasionado beso era muy peligroso. Lidiar con dos lenguas en pleno frenesí, como si se tratase de dos monstruos de las profundidades abisales pugnando por el dominio del mar, suponía jugarse la vida en cada intento. Aún así, Ósculo siempre lo conseguía. Venciendo a los peligros y al miedo propio, saltaba a su nuevo hogar y se disponía a disfrutar de un nuevo y fascinante viaje. 

Mira en tu boca. A lo mejor se ha instalado durante un tiempo Ósculo ávido de sorpresas y nuevas experiencias. Regálale un bostezo de vez en cuando para que pueda contemplar con tranquilidad ese mundo exterior que tanto le entusiasma. 

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Man on wire

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El título hace referencia a un documental sensacional sobre el funámbulo francés Philippe Petit. Este bendito loco tendió un alambre en el World Trade Center un día de verano de 1974 y cruzó varias veces por él entre las azoteas de las dos torres gemelas. 

El documental se centra en la increíble proeza de Petit, sus antecedentes (Notre Dame, un puente de Sidney y otras locuras) y la preparación de su gran reto en Nueva York. Recoge grabaciones de la época y entrevistas al propio Philippe Petit y sus colaboradores treinta y pico años después (el documental se grabó en 2008).

Otro elemento que añade interés a esta curiosa historia es que evidentemente fue una aventura no permitida, es decir, se las tuvieron que ingeniar para subir a escondidas todo el material y montarlo de noche evitado la vigilancia de los guardas de seguridad de ambas torres. 

Al alba, tras varias peripecias e imprevistos, el equipo lo tenía todo dispuesto para que el extraordinario equilibrista caminase sobre el vacío a una altura superior a los 400 metros. Las imágenes son sobrecogedoras, alucinantes, flipantes...Y la cara de los transeúntes que poco a poco se congregaban debajo del minúsculo punto negro en movimiento aún más. Si se les hubiese aparecido la Virgen, su sorpresa hubiese sido menor. Además, el muy "vacilillas" dio ocho paseos entre un extremo y otro del alambre jugando con los policías que esperaban a uno y otro lado para detenerle.

El tal Philippe es bastante cargante. Sus declaraciones son lo peor del documental, no así las de sus colaboradores en esa súper aventura. Sin embargo, me causó una impresión bestial. Es realmente una hazaña impensable, una locura en la que siempre sale cruz, pero que en este caso salió sorprendentemente cara. 

Después de este reto, no siguió con otros similares. Imagino que no había nada más peligroso ni extraordinario por hacer después de sus ocho paseos entre las dos torres gemelas. En cualquier caso, ¡olé sus huevazos!

 

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Libros (tipos de)

Hay libros aristocráticos, con sus tapas duras y las páginas gruesas donde las palabras fluyen claras y armoniosas dictadas por grandes autores, que nos regalan novelas célebres y ensayos brillantes. Las páginas crepitan al ser pasadas dejando tras de sí un ligero aroma a bosque recién llovido. Tener uno de estos ejemplares en las manos es un placer reposado, un orgasmo anunciado, un largo sorbo de felicidad.

Otros son como viejas burguesas venidas a menos, decorados pomposamente con pan de oro y letras góticas. Huelen a rancio, a naftalina. Se hojean entre pequeñas nubes de polvo debido al tiempo que hace que nadie los acaricia con sus dedos interesados. Suelen pertenecer a colecciones antiguas de folletines rosas o historias de aventuras poco aventuradas. 

También los hay nuevos ricos: esos súper ventas de portadas coloridas que colonizan las marquesinas de las ciudades y que van envueltos con una banda de Miss en la que algún crítico a sueldo entrecomilla algún halago impostado. Tienen centenares de páginas, casi tantas como millones ha costado su promoción. Abrirlo es como abrir una caja de fuegos artificiales: muy efectista al principio, con una nube de pólvora que se desvanece poco a poco después y nada más. Apestan a golosina, a pasajera frugalidad. Sus páginas satinadas son la metáfora perfecta de su aparente brillo evanescente. 

Algunos son jóvenes y rebeldes, pequeños libros de bolsillo de pocas páginas y letra pequeña, como exhalados por algún imberbe autor que se quiere comer el mundo además de los mocos. Los hay buenos y malos, muy malos. Sin embargo, son honestos, doblan sus tapas blandas ante la adversidad y se esconden tímidos tras algún ejemplar aristocrático de la estantería como muestra de respeto y conocimiento.

Por último, existen los libros bastardos, que son hijos de autores mentirosos y tramposos. En esta categoría se engloban principalmente los libros de autoayuda y las biografías autorizadas o sin autorizar de personajes sin la más mínima condición intelectual. Sus páginas son venenosas, inoculan un veneno lento pero letal, que incapacita al lector a medio y largo plazo a poder consumir y disfrutar otro tipo de libros. 

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La Gran Vía (Antonio López, 1974-1981)

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El célebre cuadro del pintor Antonio López es perfecto. No sólo por su realismo al reflejar la emblemática calle madrileña como si de una fotografía se tratase. También por su nivel de detalle y precisión. No en vano estuvo pintándolo durante cinco veranos seguidos, levantándose de madrugada para captar la primera luz del día y gozar de unos breves minutos de tranquilidad antes de que la Gran Vía luciese su bullicio habitual.

Lo cierto es que me hubiera gustado ser un jubilado insomne en 1975 y empezar mi día veraniego contemplando al pintor trabajando su obra. Excepto el madrugón, es un plan cojonudo: paseíto hasta el centro de Madrid con la agradable brisa y el silencio apenas roto del alba, admirar al maestro durante un rato y unas porras con chocolate entre lecturas de varios periódicos narrando los apasionantes acontecimientos de la época.

Lo que más me atrae del cuadro es su extraña realidad. Muestra el inicio de la Gran Vía desde la calle Alcalá hasta perder su perspectiva mucho más arriba, casi en Callao. Aunque algunos comercios han cambiado y muchos edificios han sido remozados, se reconoce perfectamente el lugar. Sin embargo, la ausencia de peatones y coches dota a la pintura de una irrealidad en aparente contradicción con el realismo de su estilo. Esa imposible Gran Vía vacía retrata una ciudad desnuda, una Madrid sin su agitación, sin sus gentes. Admirando el cuadro esperas que, en cualquier momento, surjan del óleo todas esas personas que pueblan habitualmente la Gran Vía y lo completen.

El autor está inmerso en la actualidad en el proyecto “Vuelo sobre la Gran Vía”, seis obras con perspectivas distintas sobre la Gran Vía y en diferentes horas del día.

Afortunadamente, el cuadro “Gran Vía” y otras muchas obras de Antonio López podrán ser contempladas en el Museo Thyssen de Madrid, en una exposición temporal, desde el 28 de junio hasta el 25 de septiembre. Yo no pienso perdérmela.

 


Gente que da rabia

La gente que se despide, tras una reunión de trabajo, con un ridículo ¡hablamos, pues! ¿Y qué coño hemos estado haciendo durante las dos horas anteriores? ¿No hemos hablado de nada acaso? ¿No hemos llegado a ningún acuerdo? ¿No han quedado claros los compromisos contraídos por todas las partes reunidas? En fin, la puta mala costumbre de no mantener el pico cerrado y decir chorradas en lugar de guardar silencio y despedirse con un simple ¡hasta luego!

La gente que exclama ¡andaaa! con fingida sorpresa e interés. O son unos aburridos de cojones y cualquier pequeña cosa que les cuentes les parece súper apasionante, o bien son unos falsos refalsos y te hacen la rosca sin motivo.

La gente que te da la mano flácida al saludarte o despedirte. Vamos a ver, a eso se le llama apretón de manos; por consiguiente, se ofrece la mano en tensión y se aprieta la del otro con vigor. Algunos parece que te estén ofreciendo la polla y no la mano al saludarte. Esos idiotas deben tener las erecciones como sus patéticos saludos.

La gente que trufa sus conversaciones de términos en inglés que, encima, pronuncian como el culo. Suelen ser tan bocazas como analfabetos.

La gente que de forma permanente tiene babillas en las comisuras de los labios. Es tan desagradable que les incrustaría en la boca un aspirador de dentista para retirarlas al momento.

La gente que viste camisas de cuello y puños blancos. Por favor, guardadlas en el armario y, de paso, os metéis vosotros también.  Una bolita de alcanfor en la boca y otra en el culo y aguantad hasta que se pongan otra vez de moda.

La gente que habla muy, pero que muy flojito. ¿Sois de la CIA? ¿De alguna orden monástica con voto de silencio? Subid el volumen ¡joder! que no os escuchamos.

La gente que cuenta pequeñas pero evidentes mentiras innecesarias. Están locos y son bobos.

La gente que escupe en la calle. Al cerdo que arroja un salivazo a un árbol de la acera, éste debiera responderle con un “resinazo” en pleno jeto. Y al guarro que lanza un lapo desde la ventanilla del coche, el asfalto debiera devolvérselo con un “alquitranazo” en un ojo.

La gente que cuenta sus intimidades con exhibicionismo impúdico y bobalicón a todo cristo. Deberían sellarles la boca con cemento.

La gente que dice “…a mi persona” en lugar de “…a mí”. Vuelta al colegio, diez cursos de educación obligatoria y, sólo entonces, reinserción en la sociedad.

La gente que te suelta una barbaridad acompañada del ventajista “es que yo soy así de sincero. No voy a cambiar”. Pues bien, imbécil, lo que eres es un maleducado. Y si no cambias, más te valdría vivir entre bestias.

La gente que habla a los jefes de un modo y a los subordinados de otro. Degradación o paro para todos ellos.

La gente que…

¡Puto misántropo!


Pensando

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Ideas flotando entre nebulosas de prejuicios.

Miedos que afloran en las esquinas del pensamiento.

Valores traicioneros que se prostituyen,

concubinas de la debilidad,

odaliscas de la cobardía:

la ominosa indignidad.

Formulaciones y reformulaciones,

interminables idas y venidas circulares.

Confusión angustiosa, respuestas no halladas.

Duelo al alba entre la imaginación y el dogma:

espadas de ingenio contra cañones de doctrina.

La primera yace herida tras el primer envite,

sangra ideas novedosas y desconocidas;

mas se levanta orgullosa sorteando obuses,

desafiando al duelista revivida, altanera.

¿Acaso triunfa el oscuro sueño? ¡No!

Me pellizco, luego existo.

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Snobs en el museo

Tres snobs visitan la nueva colección de Jetinsky en el MCAM (Museo Coconut de Arte Moderno). Se detienen a admirar la obra estrella de la exposición: el cuadro “Punto negro sobre lienzo blanco”.

Sr. Snob: ¡Es fantástico, absolutamente fantástico!

Sra. Snob: Su mejor obra, sin duda.

Srta. Snob: ¡Oh-la-la!

Sr. Snob: Es cautivador. Cómo consigue conceptualizar todo su arte con esa sencillez. Tanta belleza, tanta emoción, tanta genialidad…¡Lo adoro!

Srta. Snob: ¡Oh-la-la! ¡Jetinsky mon amour, je t’aime!

Sra. Snob: ¡Magnífico! ¡Extraordinario! ¡¡¡Total!!!

Sr. Snob: En mi opinión el arte es un eructo, un pedete: una fugaz inspiración exhalada. Y Jetinsky su mayor exponente.

Srta. Snob: ¡Je, je! ¡Ji, ji! Un pedete, dices. ¡Je, je! ¡Ji, ji! ¡Cómo eres! Pues entonces me encanta el culete de Jetinsky.

Sra. Snob: ¡Qué vulgaridad! Los artistas pintan con el alma, no con el culo.

Sr. Snob: Te equivocas, querida, los artistas pintan con todo. El sentimiento es todo: alma, dedos, inspiración, culo…¡todo!

Srta. Snob: ¡Je, je! ¡Ji, ji!

El vigilante de la sala, harto de las estupideces de los tres snobs, activa la palanca y el suelo se abre debajo de los seis pies que sostienen a los tres gilipollas, que caen al foso de snobs, prácticamente lleno, ya que son las 12:00h. y el museo ya lleva dos horas abierto.


Roma Criminal

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La serie Roma Criminal ha sido la última de mis adicciones. Acaba de concluir la segunda (y última, supongo) temporada en Canal +. La primera me gustó mucho, ésta me ha encantado.

Está basada en hechos reales: el crecimiento de una banda criminal - la banda de El Libanés - a finales de los setenta, su toma del poder en la ciudad de Roma y su posterior desintegración. Todo ello con las difíciles relaciones con la Mafia y la turbia intervención de los servicios secretos italianos. 

La banda está encabezada por un triunvirato que se conoce desde niños: el Frío, el Dandy y el Libanés, quien ejerce el liderato. Trafican, extorsionan y asesinan sin ninguna contemplación. La violencia está magistralmente presentada en la serie. De la otra parte de la ley, figura principalmente el comisario Scialoja, cuya integridad y perseverancia chocan una y otra vez con los intereses de la banda.

Además, el comisario Scialoja pugna con el Dandy por el amor de Patrizia, puta fina y novia del Dandy. El papel de Patrizia es genial: se balancea perfectamente entre su desbocado deseo por conseguir un nivel de vida lleno de lujos y sus sentimientos hacia el comisario de policía. Es una perfecta cínica, aunque para su desgracia también vive llena de amargura, que transmite con una languidez y frialdad heladoras. 

Al principio la banda triunfa y permanece unida, pero tras el asesinato de El Libanés y la subida al "trono" de Roma del Dandy todo cambia. Las traiciones afloran por doquier y las venganzas se desatan sin cesar. El Frío intenta infructuosamente mantener a la banda unida, pero sin éxito. A pesar de ser un asesino despiadado, tiene un sentimiento de la justicia y del honor inquebrantables. Sin duda, es mi favorito. Es uno de esos malos-buenos que enamoran. Silencioso, duro, digno...Frío.

La caída a los infiernos de la banda, las traiciones, las miserias de todos sus miembros están retratadas con maestría. La intervención de terceros (bandas rivales, la Camorra napolitana, los servicios secretos) se entremezcla de tal modo que dota de una complejidad absolutamente real a toda la trama. Y el final es sencillamente alucinante, brutal, inmejorable.

Además, la serie está perfectamente ambientada, los actores lo bordan y la música que la acompaña es buenísima. En definitiva, una serie cojonuda de factura italiana.  

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El aburrimiento

Sabor a hiel, a ceniza, a tierra seca:

puto aburrimiento que se alía con la rutina.

Mediocres corifeos que aplauden su tediosa calma,

tantos como imbéciles medran a su alrededor.

Asco vital pudriéndose bajo el yugo laboral.

Tiempo perdido, tiempo muerto, tiempo inexistente.

Sísifo bosteza cansino, Tartufo sonríe ladino.

Siempre vence el muy hijo de puta.

Hilos de pastoso remordimiento gorgoteando culpa,

vahídos quejumbrosos exhalando estúpidas excusas.

Sueños truncados antes de ser soñados,

esperanzas desvanecidas tan pronto imaginadas.

Claustrofobia interna, soledad externa.

Insoportable fuego interior atrapado en el hielo exterior.

Aburridos seres crepusculares enterrando ilusiones.

Analfabetos, incultos e idiotas pisoteando bajo la hojarasca

cualquier pequeño brote de interés o pasión.

Repetición, imitación, copia, plagio…vulgarización.

Raíces fértiles de la imaginación agostadas en la tundra estéril de la realidad,

hojas tiernas de ilusión pugnando por las escasas gotas de diversión de la ciénaga.

Océanos en charcas, mares evaporados, ríos de piedras.

Sed agobiante, sed menesterosa, sed sedienta.

Rencoroso, castrante y pegajoso aburrimiento:

que te jodan, me río de ti y de los tuyos.

 


El pijikumba del Himalaya

En los últimos años se ha puesto muy de moda un tipo de viaje impostado: larga estancia, de unos pocos meses, en algún país o zona del planeta que no pertenece al Primer Mundo. El paradigma en un principio fue la India, ahora lo es el Himalaya.

El pijikumba adora este tipo de viajes, que califica con pomposa petulancia de iniciáticos o, incluso, catárticos, en los que ha conseguido descubrirse a sí mismo. Como si no bastase con un simple espejo de reflexión para descubrirse a uno mismo. Habla de experiencia personal más que de viaje. En lugar de narrar con entusiasmo los lugares visitados, las anécdotas acontecidas o la peculiar gastronomía de la zona, como hace el viajero aventurero, se centra en una especie de misticismo interior que ha aflorado en ese mágico lugar y que, sin duda, es lo mejor que le ha sucedido en la vida. No habla del viaje, sino de sí mismo. Como mucho hace referencia a esas gentes de las que tanto ha aprendido por la paz interior que transmiten, la sabiduría que emanan y la forma de vida tan diferente que llevan. Evidentemente, con esa gente no ha hablado, ya que no se han podido entender, hablan idiomas completamente diferentes. Pero el pijikumba deduce de sus gestos y los breves instantes que ha compartido con ellos esas conclusiones autocomplacientes que le hacen sentir tan bien. De hecho, el pijikumba ya tenía ese cliché antes del viaje, así que no hace más que aplicarlo. Está tan lleno de prejuicios y giliflauteces que es incapaz de ofrecer una visión personal.

Otra característica habitual es la soledad. Viajar solo es importantísimo, únicamente de este modo puede vivirse y sentirse esa experiencia de forma plena y verdadera. En realidad, no es más que otro síntoma del superlativo ego del pijikumba, que se basta solo para viajar, vivir y sentir. Es esa misma superioridad con la que después contará su increíble experiencia a los demás, trufando sus explicaciones de lugares comunes y manidos aforismos que hieden a moho intelectual.

El pijikumba camina por las laderas del Himalaya con una chiruca en un pie y una zapatilla Nike de trekking súper cara en el otro. Camina sobre sus propias contradicciones. Quiere mostrarse a los demás en su aspecto exterior como un kumba para así intentar disimular al pijo que lleva dentro, pero le delata cualquier pequeño detalle, puesto que adora las comodidades como el que más. Su camiseta puede estar raída y con la vela de Amnistía Internacional parcialmente borrada de tanto uso, pero dentro de la mochila lleva su ipad 2 y su iphone 4. El pijikumba es una ilusión, un personaje que dura unos años y desaparece dejando tras de sí un montón de chorradas impostadas y fotografías con pelo sucio y barba de dos semanas.

Me fascina la gente que viaja, los aventureros que te cuentan sus viajes con la pasión revelada en sus ojos y la boca seca de tantos detalles y curiosidades interesantes, que te embriagan hasta desear tú partir ese mismo día para vivir esas mismas historias y visitar esos mismos lugares. De otra parte, abomino de los pijikumbas que te cuentan sus viajes de diseño con tono aburrido y monocorde de sermón dominical y empalagoso aire de superioridad que, en realidad, no es más que ridícula fatuidad. 


La leyenda de San Jorge (versión gay)

Hallábase San Jorge en una monta de yeguas cuando fue alertado que la siguiente ofrenda al insaciable dragón no sería una de las jóvenes doncellas campesinas, sino un caballero de tan reconocida hidalguía como amaneramiento: su chulazo Adolfo.

San Jorge empezó a gritar histérico "¡Mi Ado no, mi Ado no!" Presa de un ataque de nervios, golpeó a sus siervos y al resto de caballeros que le acompañaban en la monta. Hubo de ser maniatado y calmado con viejos remedios de brujas. Al tercer día despertó y consiguió deshacerse de sus ataduras. Montó su caballo y partió de vuelta a casa. 

Al llegar a los confines de su condado, centenares de personas huían despavoridas hacia las cuevas abandonadas del valle. Les preguntó qué sucedía y todos respondían lo mismo: ¡la bestia ha vuelto! ¡Ha vuelto más fiera y hambrienta que nunca!

Cerca de las murallas gritó: ¡abrid, el señor del castillo ha llegado! Entró y en el patio de armas encontró decenas de cuerpos ensangrentados y abrasados. El olor a carne quemada y los gritos de pánico embriagaban los sentidos. Allí, frente al temible dragón lanzando llamaradas por su enorme boca, se encontraba Adolfo envuelto en sedas y perfumado, con su aspecto frágil y afeminado acentuado por el miedo a la bestia.

San Jorge frenó su espectacular corcel roano, que levantó las patas delanteras desafiante, y se dispuso a hacer frente al dragón. Su armadura brillaba llena de ornamentos labrados por los mejores orfebres y su yelmo estaba coronado por un morrión con un enorme plumaje color esmeralda. Miró a Adolfo, le guiñó un ojo y cabalgó hacia la muerte con su lanza fuertemente prendida. Segundos después el dragón yacía inerte sobre la arena y San Jorge permanecía erguido y orgulloso sobre un enorme charco de sangre. Adolfo se abalanzó sobre él y San Jorge lo cogió en volandas. El caballero y la reinona se abrazaron largamente. 

Dicen que del charco de sangre brotaron rosas. En realidad, fue Adolfo quien siendo un gran aficionado a la jardinería plantó unos rosales en el patio. Y así, entre rosas y montas, vivieron felices y comieron...bueno, lo que (se) comieron es cosa de ellos, pero seguramente no se trataba de perdices.

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Parábola del niño santo y un pelín cabroncete de Emaús

Hallábase el niño santo de Emaús correteando por el camino que llevaba a Jerusalén, cuando de repente se cruzó con un viejo harapiento apenas sostenido por un bastón. El anciano extrajo una bolsa sucia y raída de debajo del sudado blusón y le gritó al niño santo de Emaús: “¡Niño! ¿Quieres un poco de mirra? Es de la buena”. A lo que éste respondió: “No, gracias, señor. Soy celíaco”. El viejo, sorprendido, le inquirió: “Pero vamos a ver niñito, la mirra no tiene gluten”. “Ya, ya, pero es que no sé qué es la mirra; así que no la quiero”, insistió el niño santo de Emaús. “¿No sabes lo que es la mirra? ¿No serás acaso el Mesías?”, exclamó sorprendido el anciano, continuando con una retahíla de rezos y balbuceos incomprensibles.

El niño santo de Emaús interrumpió al viejito para preguntarle: “¿Quién es ese Mesías?”. El viejo, visiblemente alterado, se arrodilló y besó los pies del niño santo de Emaús: “¡Alabado seas! ¡Sea bienvenida tu gracia! ¡Dame una orden y te obedeceré! ¡Dame cien y las cumpliré!”.

El niño santo de Emaús, francamente alucinado, le dijo a su repentino siervo: “Eeeeh, vamos a ver…¡Cómete un poco de esa mirra que llevas!”. El anciano abrió los ojos con asombro, cogió un pellizco de mirra, se la metió en la boca y tras ensalivarla con mucho esfuerzo se la tragó. “¡Ya está! ¿Qué más quieres que haga? ¡Alabado seas! ¡El Mesías ha sido enviado por el Señor!”. Entonces el niño santo de Emaús, conteniendo la risa a duras penas, ordenó al viejito: “Parte hacia Arimatea y que coman de tu mirra todos los hombres y mujeres hambrientos”. “¡Así será!”, exclamó con júbilo el harapiento anciano. El niño santo de Emaús continuó su camino jugueteando con una piedrecita, que chutaba primero con un pie y después con el otro, entre carcajada y carcajada recordando su extraño encuentro.

A los pocos días, llegó a Emaús la noticia de que en Arimatea había enfermado gran parte de la población. Padecían terribles dolores de barriga, vómitos e hinchazón abdominal. Ninguno sanaba y algunos ya habían fallecido. Se acusaba a un harapiento anciano de haberlos envenenado. El niño santo de Emaús pensó: “¡Ups! ¿Me habrá hecho caso aquel viejito y se habrán comido en Arimatea esa asquerosidad que ni me acuerdo cómo se llamaba?”. Así que decidió marchar hacia Arimatea y comprobarlo él mismo.

Al llegar a las afueras de la ciudad, un hediondo olor a resina regurgitada inundaba todo el valle. A medida que se adentraba en Arimatea, hombres y mujeres yacían en el suelo encorvados, sufriendo arcadas ininterrumpidamente y bramando de dolor. En un hueco de la muralla vio una bolsa sucia, raída y vacía, que le resultó familiar. El niño santo de Emaús se dio la vuelta, gimoteó para sí “¡Joé, la he liado parda!” y volvió a Emaús.

Enseñanza bíblica: Los ricos habitantes de Arimatea fueron castigados con la ira de Dios por su glotonería y codicia desmesuradas.

Enseñanza apócrifa: No se debe dejar que un niño dé órdenes, ni siquiera a un pobre viejo orate. Y aún menos cuando hay mirra de por medio.

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"¡Indignaos!", el librito-panfleto de Stéphane Hessel

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El librito del nonagenario francés está teniendo un éxito inmerecido, que refleja a las claras la mediocridad reinante.

¿Qué dice el libro? Nada, absolutamente nada interesante. Apenas 30 páginas de lugares comunes acerca de la indiferencia de los acomodados ciudadanos del primer mundo. Ni un diagnóstico mínimamente elaborado ni, por supuesto, el más pequeño atisbo de solución. Estamos ante una reflexión en voz alta de un hombre de 93 años, poco más. Sin embargo, se ha convertido en un éxito editorial con cerca de dos millones de ejemplares vendidos en Francia y publicación en otros veintitantos países.

Probablemente, lo único mínimamente interesante sean las notas del editor, que repasan la biografía del autor: pertenencia a la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, su internamiento en campos de concentración y su participación en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. 

Así pues, nos encontramos ante un panfletillo que se lee en 30 minutos del que mucha gente se está haciendo eco. Es alucinante y, sobre todo, decepcionante que disfrute de este éxito. Muestra qué tipo de pensamiento se ha instalado en nuestras sociedades bienestantes, que adolece del más mínimo sentido crítico y prefiere ideas simplonas y fáciles de deglutir, especialmente si éstas son ideas de masas. 

Es ridículo y patético que alguno de esos lectores se haya podido conmover al leer este librito porque no dice nada. Ni siquiera se dan cuenta esos estúpidos "indignados" que con su actitud impostadamente vociferante ante lo que supuestamente denuncia Hessel, se convierten en lo que el autor denuncia con respecto a la indiferencia de los jóvenes: idiotas fácilmente manipulables por los "mass media". 

A mí sí que me ha indignado la repercusión del libro "¡Indignaos!". Pero no con el autor o el editor, que estarán recogiendo los frutos de su apuesta - el primero en forma de vanidad en las postrimerías de su vida y el segundo en forma de pingües beneficios - y de la que me alegro en ambos casos, sino con los lectores que se hayan sentido repentinamente indignados. Si necesitaban esta lectura para súbitamente descubrir motivos de indignación, significa que en algún momento de sus vidas fueron lobotomizados y nunca jamás dispondrán del más mínimo buen juicio para nada.

Y después nos preguntamos por qué tenemos los políticos que tenemos, por qué sufrimos la televisión que sufrimos y por qué suceden las cosas que suceden. Sencillamente porque un librito como el de Hessel tiene el éxito que tiene. Es el paradigma perfecto de nuestra sociedad: producto fácil de consumir y autocomplaciente para ciudadanos intelectualmente castrados. 


El triunfo de la comunicación

Señor A: ¡Oye!

Señor B: ¿Sí?

A: ¿Qué pasa?

B: ¿Qué va a pasar?

A: ¡Hombre! Tú dirás.

B: ¿El qué?

A: Pues…eso.

B: ¡Aaah, vale!

A: ¿Ves cómo…?

B: Ya, ya…

A: Anda que no.

B: Bueno, tampoco...

A: ¡No me jodas!

B: Vale, vale, sí.

A: ¿Entonces?

B: Entonces, eso.

A: ¿Tengo razón o no?

B: Bueno, sí.

A: Si ya sabía yo…

B: ¿Para qué preguntas, pues?

A: Sólo para confirmar.

B: ¡Qué cabrón!

El maravilloso mundo de los sobreentendidos es tan habitual que apenas reparamos en ello. Es usado por personas con mucha complicidad que con pocas palabras se entienden. Asimismo, sirve como comodín para casi desconocidos que pueden mantener una conversación vacua sin rubor. Pero también es muy útil para la gente taimada que intenta sacar información de los demás. Y, por último, es una bendición para los necios, que nunca tienen nada que decirse.

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El cazador (The deer hunter, 1978)

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La película más deprimente que he visto. Y la habré visto al menos diez veces. Parece que está siempre al acecho esperándome en algún canal a horas intempestivas, y caigo en sus redes sin apenas oponer resistencia una y otra vez.

Me captura desde el inicio y me tiene angustiado las tres horas largas que dura. Su atmósfera es lóbrega, sus personajes atormentados por diferentes motivos, su presente claustrofóbico, su futuro descorazonador.

Empieza con la boda de uno de los tres amigos que están a punto de ir a combatir a Vietnam y la posterior cacería de ciervos. Es una primera parte que muestra a unos jóvenes de una población industrial norteamericana azotada por la crisis, pero con toda una vida por delante.

La segunda parte irrumpe de forma abrupta con los tres amigos (encarnados por Robert de Niro, Christopher Walken y John Savage) capturados por el vietcong. Aquí se desarrolla la celebérrima escena de la ruleta rusa, que trastorna al personaje de Christopher Walken, y que es tan cruda y tensa que te hace sufrir como a un condenado. A partir de aquí todo empeora, sus vidas acaban por desmoronarse.

Steven y Nick aparentemente sufren las peores consecuencias de la guerra. Uno no vuelve a casa quedándose en Vietnam como descontrolado y ensimismado jugador de ruleta rusa y el otro queda paralítico y renuncia a vivir con su reciente esposa. Michael (de Niro), sin embargo, regresa con todos los honores, pero terriblemente marcado por lo sucedido. Además, está enamorado de la novia (interpretada por Meryl Streep) de uno de sus amigos. Su sentimiento de culpa es absoluto. Su incapacidad para mostrarlo y superarlo total, por lo que no consigue adaptarse en su vuelta. La larga escena de la segunda cacería es pura poesía, lo mejor de la película. 

Finalmente opta por volver a Vietnam para recuperar a su amigo enloquecido. El desenlace final no lo contaré por si algún incauto desea verla y estar atrapado tres asfixiantes horas en esta obra maestra del cine. 

Nota: Aprovechando que hablamos de cine, esta semana ha muerto Elisabeth Taylor (y sus asombrosos ojos color violeta) e Informe Semanal ha hecho un reportaje sobre ella. Lo ha escrito y narrado Vicente Romero, un veterano periodista curtido en mil guerras como reportero. Me ha parecido excepcional el tono, la opinión y el enfoque de este periodista que está de vuelta de todo. Imagino que se podrá ver a través de la web de rtve, así que lo recomiendo fervientemente. 

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Breve ensayo sobre la felicidad

Tesis: La felicidad sólo existe verdaderamente en modo diferido. Los momentos comúnmente identificados como de felicidad son simples destellos más o menos prolongados de excitación, pasión, extraversión o simple diversión. Están cargados de la subjetividad del instante, de la agitación con la que se viven, del propio hecho de estar disfrutándolos entre fascinados y admirados. 

La verdadera felicidad se percibe en toda su magnitud una vez transcurridos esos momentos de supuesta felicidad, cuando son recordados y paladeados con objetiva tranquilidad, abstrayéndose de las emociones del momento en que suceden. Únicamente así la sensación de absoluta felicidad nos embarga por completo, haciéndonos disfrutar plenamente tiempo después de que haya sucedido. 

Antítesis: Los niños no difieren la felicidad, la viven al instante, cuando aparece. No son capaces de disfrutarla de modo diferido. Sencillamente, la disfrutan en toda su plenitud en el momento de vivirla. 

Los niños transitan de la felicidad a la tristeza y de la tristeza a la felicidad de forma vertiginosa, casi instantánea. Esta asombrosa capacidad para cambiar su estado de ánimo les posibilita disfrutar de la felicidad en presente.

Síntesis: De mayores nos cuesta vivir la felicidad en tiempo real porque la contraponemos a la tristeza. Ambas son creencias y vivencias objetivadas, sabemos que existe una porque existe la otra, y hemos tenido tiempo de conocerlas a las dos. El mero hecho de saber que ese momento de felicidad puede ser interrumpido en cualquier instante nos impide disfrutarlo plenamente en presente. Únicamente podemos sentir esa felicidad plena cuando la recordamos, transcurrido un tiempo, después de saber que esos momentos de felicidad perfectamente acotados ya nada ni nadie puede estropearlos porque pertenecen al pasado. 

Sin embargo, para los niños felicidad y tristeza no son antitéticos. Son dos sensaciones más, como el sueño o el hambre. No confrontan a una contra la otra. Las viven de forma conjunta y pueden pasar de una a la otra sin solución de continuidad.

Así pues, los que no son niños que más consigan alejar a la tristeza del otro lado de la trinchera de la felicidad y asomarse por encima de ella sin miedo, más cerca estarán de vivir la felicidad en presente. 


Una teoría sobre Garbo

La increíble y fascinante historia de Joan Pujol, apodado Garbo por el MI5, es tan admirable como sorprendente. Este agente doble engañó por completo a la Abwehr, el servicio secreto alemán, durante la Segunda Guerra Mundial y resultó clave en las tareas de desinformación durante el desembarco de Normandía, haciendo creer a los alemanes que el desembarco se produciría en Calais.

Tejió una red de mentiras y agentes inventados a lo largo de todo el planeta tan compleja y verosímil que, con la ayuda del MI5, consiguió engañar durante años a los nazis. De hecho, una vez finalizada la guerra, su contacto alemán en Madrid le dio una enorme suma de dinero en agradecimiento por los servicios prestados. Es más, recibió cantidades ingentes de dinero de los alemanes durante la guerra para pagar a su red de agentes inventados, que sirvió para financiar algunas de las operaciones de contraespionaje del MI5 británico.

Fue el agente doble perfecto. La única persona que obtuvo durante la Segunda Guerra Mundial las máximas distinciones de ambos bandos: la Cruz de Hierro del Reich y la Orden del Imperio Británico. ¡Alucinante!

Cuesta creer que los alemanes fuesen tan tontos. ¿Cómo consiguió engañarles durante tanto tiempo? Dicen que sus mensajes estaban llenos de una pasión, de una implicación tal, que estaban provistos de una verosimilitud imposible de no creer. Personalmente, creo que Garbo, Joan Pujol, era un “bendito loco”, una de esas personas que se crean una vida paralela gracias a una imaginación desbordante y a una mente algo perturbada. Ni siquiera pienso que fuese un anti-nazi convencido. Simplemente encontró el modo de hacer lo que más le gustaba – inventarse historias – con los mejores medios posibles: el servicio secreto británico de su graciosa majestad. Nunca pidió conocer nada ni a nadie más del MI5. Únicamente tenía interlocución con uno de sus agentes. Así que imagino que no tenía una verdadera vocación de espía, sino tan sólo una casi enfermiza pasión por inventar, por dar rienda suelta a su prodigiosa imaginación. La paradoja es que se convirtió en uno de los mejores espías de la historia.

Después de la guerra, se inventó su propia y rocambolesca muerte en Angola por la mordedura de una serpiente y dejó a su mujer e hijos en España para establecerse en Venezuela, donde creó una nueva familia y vivió durante años desaparecido.

Al acercarse el 40 aniversario del desembarco de Normandía, un miembro del MI5 empezó a investigar la sospechosa desaparición de Garbo y lo localizó en Venezuela. En 1984 emergió de nuevo, para sorpresa de su primera familia que lo creía muerto, y fue agasajado por los británicos otra vez. Pocos años después falleció este curiosísimo hombre, cuya historia es absolutamente desconcertante.

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Las Islas Lofoten

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Este archipiélago situado al noroeste de Noruega, en pleno mar del norte, está tan poco poblado que tiene una de las densidades de población más bajas de Europa. Sin duda, el intenso frío y los larguísimos inviernos sin apenas luz disuaden a muchos. No obstante, el corto periodo estival ha de ser un paraíso de tranquilidad, vastos paisajes, mar por horizonte y sol de medianoche.

El terreno es baratísimo, a pesar del elevado nivel de vida de Noruega, por lo que hacerse una casa cuesta bien poco. Incluso una familia se ha instalado en un antiguo aeródromo abandonado, teniendo la desvencijada torre de control como futuro salón panorámico.

Viven fundamentalmente de la pesca del bacalao y del turismo. La primera actividad ha sido el sustento de sus moradores durante siglos. Una vez pescado, lo dejan secar - lo cual provoca un olor nada agradable - y, después, lo exportan. Muchos de estos bacalaos pescados en las Lofoten son enviados a EEUU; por ejemplo a Minnesota, estado donde la inmigración escandinava fue masiva y en la actualidad posee una tercera parte de la población descendiente de Noruega, Suecia y Dinamarca. Todavía hoy día en Minnesota preparan el plato tradicional "lutefisk" con bacalaos traídos desde Noruega.

Una tradición muy agradable de estas gélidas islas es tomarse una bebida con amigos y familiares en unas enormes barricas de madera llenas de agua caliente a la intemperie. Imagino que es la mejor manera de socializar, ya que por muy mal que te caigan tus compañeros de jacuzzi-barrica seguro que son mejores a abandonarla y morirte de frío.

Y lo mejor de todo ha de ser estar a la una de la madrugada sentado en una de las resguardadas laderas de sus montañas mirando al horizonte, que se diluye entre escarpados acantilados de islas lejanas, el extenso océano y el sol cobrizo y bajo de medianoche. 


El triunfo de la muerte (P. Brueghel, 1562)

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El título del cuadro debería ser más específico: el triunfo definitivo de la muerte, ya que es el Apocalipsis lo que muestra, el fin del mundo. Realmente sobrecoge la obra de Brueghel. Mires donde mires aparecen escenas desoladoras. La muerte está presente por doquier, consumada o a punto de consumarse. También está representada de forma evidente por las hordas de esqueletos que acechan pertrechadas detrás de ataúdes empleados como escudos. No hay respiro, la obra rezuma muerte por los cuatro costados.

La muerte se presenta como una orgía de barbarie en la que nadie queda a salvo. Los asesinatos se cometen de formas variadas y atroces. La destrucción inunda el cuadro desde el fondo del mar, donde los barcos arden y se hunden, y va revelándose evidente en todos los lugares.

La luminosidad de la pintura es lóbrega, tenebrosa. Podría tratarse de cualquier hora del día, ya que el cielo está cubierto de humo y fuego. Da la sensación de que la devastación comenzó hace horas, incluso días, y que se va a prolongar aún durante un tiempo, lo cual estremece más si cabe.

Este cuadro me gusta por su crudeza y por su realismo surrealista. En comparación con "El jardín de las delicias" de El Bosco, que sí que es enteramente surrealista e incluso moderno, "El triunfo de la muerte" es asombrosamente real.

Me hubiese encantado estar al lado del pintor durante todo el proceso de creación, del mismo modo que hizo Víctor Erice hace unos años con Antonio López en la sorprendente película "El sol del membrillo".


Señor Ñu

Tengo un ñu de mascota. Se llama Señor Ñu. Es hembra, pero prefiero llamarle señor, encaja mejor con su aspecto.

A Señor Ñu me la encontré un día, hará aproximadamente un par de años, en la sierra de Mágina. Se había unido a un rebaño trashumante de ovejas, pero le hacían el vacío. Las ovejas son muy bobas, pero muy putas.

En seguida conectamos. Yo le hablé de los documentales de La 2, de lo peligrosas que me parecían las migraciones, de lo mucho que admiraba a los ñus, a las cebras y a las gacelas de Thompson. Él, bueno, ella me habló que no era para tanto, que el cine y la televisión todo lo magnifican, que había participado en dos de esos rodajes de documentales y todo estaba preparado. Los animales que se zampan los leones y las hienas en las llanuras y los que descuartizan en apenas segundos al cruzar el río los cocodrilos pertenecen todos al sindicato de víctimas del Serengeti, que pacta anualmente con la patronal de depredadores el número de presas. Los elegidos son voluntarios enfermos o viejos, que se sacrifican a cambio de las mejores zonas de pasto para sus familias.

Una vez en casa, se acomodó en el salón, al lado de la ventana de la terraza. En verano pasa largas horas tumbada en el fresco suelo de baldosas y en invierno se acurruca en el sofá, hecha un ovillo y con la manta que ella misma se acomoda con sus pequeños y hábiles cuernos.

Adora National Geographic , el Canal Odisea y ¡cómo no! los reportajes de las tardes de La 2. Es su forma de matar la nostalgia que a veces le aflige. Apenas come, algunas hojas de acelgas y unas judías verdes de vez en cuando. Eso sí, es una fanática del té. No se acuesta sin haber tomado su Earl Grey con leche.

Con las visitas se muestra amable y conversadora. Le gusta escuchar y aprender. Sólo se pone tensa cuando se raja de los vegetarianos, algo muy común en casa. Es lo que tienen estos herbívoros: son muy gremiales.

Es prácticamente autosuficiente. Va al baño sola (incluso tira de la cadena), por lo que no necesita que la pasee. Además, cuando hemos salido a dar una vuelta se ha sentido demasiado observada. La gente es la leche, porque no la miran mal por ser un ñu, sino por ser negra.

Y lo mejor de todo es que siempre que llegas a casa te espera moviendo ese espantoso rabo en forma de plumero loca de contenta, repiqueteando con sus cascos presa de la emoción y babeando abundantemente.

Señor Ñu: una buena amiga, una excelente mascota.

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Rimbombante y Sosete van de compras

Rimbombante es una ardilla hetero, pero adicto a la moda, cuyo mayor sueño es conocer personalmente a Karl Lagerfeld. Sosete es un topo seminarista, lleno de misticismo y descuidado hasta la náusea con su aspecto. Ambos trabaron amistad en su infancia al compartir juegos en el mismo jardín. Rimbombante enterraba sus nueces y bellotas bajo tierra y obturaba los túneles construidos por Sosete. Lo que en principio empezó como un conflicto acabó convirtiéndose en una bonita y curiosa amistad.

Rimbombante adora pasear por los bulevares más exclusivos y entrar en las tiendas de las firmas más caras. Sosete odia este plan, pero acepta con resignación cristiana los gustos de su coqueto amigo.

El trajín de probaturas, modelitos, bolsas y prendas empieza en Armani. Rimbombante escoge un terno azul marino aterciopelado. La levita abre sus faldones entre su cardada cola, el pantalón le va tan grande que parece Charlot y el chaleco está acabado con unos enormes botones dorados impropios de su atractiva prestancia. Sosete tuerce el gesto y, aún sin ver un carajo, desaprueba la elección de su amigo agitando sus bigotes. Rimbombante insiste y hace que le doblen el pantalón y le traigan otro chaleco más discreto. Poco después, se lleva las tres piezas con una enorme sonrisa en la boca. Sosete acarrea con las bolsas, su amigo necesita tener las zarpas libres para poder curiosear a gusto.

La siguiente parada es Hermès, donde se prueba no menos de veinte corbatas. Todas le gustan, todas las compraría, todas las combina con alguna camisa o chaqueta comprada o por comprar.  Sus ojos brillan como los marcos dorados de los espejos de la tienda. Sosete le advierte que las corbatas le hacen ridículo y que le incomodarán cuando roa frutos secos. Rimbombante le manda callar: “¡No digas eso! ¿Qué van a pensar de mí?”. Sosete le responde: “Nada malo. Únicamente que eres la ardilla más cursi desde Banner y Flappy”.

Tras visitar otras muchas tiendas y comprar un sinfín de ropa, toda para Rimbombante, finalmente entran en Louis Vuitton.  De repente, Sosete exclama un “¡oooh!” casi orgásmico. Se ha enamorado de una maleta. Su color terroso, el tacto veteado de su piel, la oscuridad que esconde en su interior despiertan en el tímido topo un deseo irrefrenable de tenerla. Sin apenas pensar, la coge y la lleva al mostrador de caja, donde pregunta el precio. Al informarle del precio el dependiente, con fingida naturalidad, su cara de topo adquiere una expresividad tan poco habitual, que provoca risitas entre clientes y empleados. Rimbombante salta rápidamente sobre el mostrador y saca su visa platino desafiante, mientras exige al dependiente impertinente: “Nos llevamos esta maleta y todas las del conjunto, además de sus respectivos neceseres y bolsos de mano. Incluso si hubiera riñoneras y hasta alforjas del mismo diseño nos las querríamos llevar también. Y rápido, que tenemos subasta de joyas en Sotheby’s”.

Moraleja: No vayas de compras sin un amigo rico; o no vayas de compras sin una ardilla; o no vayas de compras a Louis Vuitton; o no pongas cara de topo asombrado si eres un topo asombrado cuando un empleado de Louis Vuitton te informe del precio de uno de sus lujosos artículos.

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Berbie, la zamburiña con claustrofobia

Nacer molusco ya es de por sí una putada, ya que estás abocado a morir cocido en una olla rodeado de congéneres desesperados repiqueteando histéricamente las valvas. Pero el colmo de un molusco es padecer claustrofobia desde el nacimiento.

Berbie nació de madre berberecho y padre mejillón. Su concha era estriada y de color negro con motas grises, que le proporcionaba un aspecto atigrado muy atractivo para hembras y depredadores.

Desde pequeño se mostró extrovertido y juguetón. Sus padres sufrían por él, ya que debían vigilarle constantemente al estar siempre con las dos conchas abiertas de par en par.  Conforme fue creciendo y percibiendo los peligros de su forma de vida, dejó de mostrarse tan exuberante y abierto. No obstante, su carácter se agrió, su alegría desapareció por completo.

Cuando el caballito de mar avisaba de la presencia de depredadores y se ponían todos a cubierto cerrando sus valvas, Berbie sufría lo indecible encerrado en sí mismo. Su defensa se convirtió en su yugo. Mientras permanecía cerrado, completamente a oscuras, padecía temblores y angustia. Sentía miedo a abrirse y morir devorado, pero también le atormentaba permanecer encerrado, atrapado dentro de sus propias conchas.

Intentó buscar cobijo entre los tentáculos de un calamar, pero la pretendida simbiosis no funcionó. Los continuos movimientos de los tentáculos hacían cosquillas a Berbie, que se cerraba brusca y repentinamente como acto reflejo, sumergiéndole de nuevo en su patológica claustrofobia.

Forró la parte interior de sus valvas con algas que producían irisaciones azules que simulaban el entorno marino, provocando una aparente sensación de profundidad. Pero no era suficiente. Necesitaba abrirse, salir de la prisión de su dermatoesqueleto.

Un afortunado día de fuertes corrientes marinas, Berbie estornudó y se vio liberado de repente de sus dos conchas. Al principio se asustó, pero en seguida comenzó a nadar tan rápido que pronto se alejó por completo de cualquier lugar anteriormente explorado. Siguió y siguió nadando hasta desaparecer.

¿Qué fue de Berbie? Probablemente no duró mucho y acabó en la panza de alguna ballena junto a una tonelada de pequeños bichitos. O a lo mejor sigue nadando y nadando feliz, despojado de su fobia y disfrutando de su extraña desnudez.

 

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La evolución de los yogures

Cuando era pequeño había únicamente dos tipos de yogures: los naturales y los de frutas. Me parecía una categorización perfecta, dividida en dos grupos sin intersección posible. Sabías perfectamente lo que comprabas y consumías. La vida en general y los yogures en particular eran todo certidumbre. 

Los naturales se vendían en envases de cristal, que mostraban el producto sin pudor, y se les añadía tanta azúcar como cupiese. Normalmente, hasta que tu madre decía: "¡Niño, basta! ...que se te van a caer los dientes de tanta azúcar", con ese tono sentencioso que usaban las madres para aplacar cualquier posible controversia sobre sus peregrinas teorías. A mí siempre me pareció absurdo que se te cayesen los dientes de leche por comer más azúcar. ¿No le echaban abundante azúcar esas mismas madres a la leche? Pues eso, ¿no eran conscientes de su contradicción? En fin, nunca me atreví a preguntarlo. Posiblemente se me hubiesen caído entonces los dientes de leche, pero de un guantazo.

Hoy día, no obstante, las cosas han cambiado. Los yogures ofrecen tantas variedades, sabores, envases y cualidades diferentes, que es imposible trazar una línea clara entre unos y otros. Los hay de envase de plástico o de cristal, transparentes, opacos o semitransparentes. Los hay de frutas hasta hace muy poco desconocidas por los niños que fuimos niños hace treinta años, con o sin trocitos, con o sin mermelada, con o sin cereales. Algunos tienen propiedades sorprendentes relacionadas con el corazón (L-Casei), el estómago (Bífidus) o el culo (fibra). Los hay azucarados, edulcorados y hasta sin azucarar. Los hay desnatados, líquidos, cremosos, griegos...y un sinfín interminable de remakes vestidos de novedades ideadas por los lúcidos creativos de las empresas del sector. De aquí poco habrá yogures gaseosos, yogures excitantes y hasta yogures con sabor barbacoa.

Actualmente, la vida en general y los yogures en particular son todo incertidumbre. De pequeño no, ahora sí: tengo miedo.


Algunos hechos que se nos ocultan de los cuentos

Los cuentos son eso: son cuentos. Pero ocultan mucho más de lo que cuentan. Sobre todo, los de princesas.

¿Qué hacía Blancanieves conviviendo con siete enanitos? ¿Huir de la maldición de la bruja? ¡Qué va! Blancanieves tenía delirios de grandeza. Soñaba con ser una poderosa señora feudal, tener su propio castillo y estar rodeada de lacayos al servicio de sus caprichos. Por eso vivía en una cabaña del bosque con los siete sumisos y bobos enanitos. Los mangoneaba a su antojo, lejos de la mirada del resto de mortales que pensaban que era una cándida y bondadosa doncella, ocultando su vocación tiránica. Repartía el trabajo entre los siete y los sometía a extenuantes jornadas de trabajo en el bosque, bajo la promesa de proporcionarles una pócima mágica que les permitiese crecer.

¿Y qué decir de la Bella Durmiente? Esa holgazana que fingía narcolepsia para no pegar un palo al agua. Una princesa, sí, pero una princesa del subsidio y del "aquí me lo den todo". Una tarada que incluso se dejaba besar por ranas, sapos y demás espantosos batracios.  

Cenicienta...Tiene tela Cenicienta. Una ama del sadomasoquismo disfrazada de mosquita muerta supuestamente atormentada por una malvada madrastra, cuyo único objetivo en la vida era que el príncipe le besase sus zapatos de cristal arrodillado, mientras con sus afilados tacones le pisaba con fuerza para obtener ella el placer de la dominación. Una princesa bipolar tan pervertida como desequilibrada.

En fin, que los cuentos esconden a sorprendentes princesas mucho más interesantes y turbadoras que las que Walt Disney, antes de convertirse en leyenda de los congelados, nos quiso mostrar torticeramente.

 

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El imbécil común

El imbécil común nunca se reconoce como un imbécil; sin embargo, ve a su alrededor un montón de imbéciles. Digamos que es muy común entre los imbéciles una hipersensibilidad para reconocer a sus semejantes y una absoluta ceguera para lo propio. En cualquier caso, no debería sorprendernos, ya que el imbécil común es bobo, rebobo.

El imbécil común nace y se hace. Es decir, los hay de cuna y los hay educacionales, por paradójico que parezca. Los primeros son pobres desdichados que nacen con una carencia intelectual que les limita de por vida. Los segundos no parten con ese handicap de nacimiento, pero lo van adquiriendo poco a poco por contagio de otros imbéciles. Desgraciadamente, es tan común el imbécil común que es fácil toparse con muchos de ellos y contaminarse de su estupidez si ya eres ligeramente tontito.

Suele vanagloriarse de exagerados o imaginarios logros del pasado. Repite hasta la saciedad una retahíla de lugares comunes con impostada solemnidad. Su sentido del humor es patético y no hace ni puta gracia, pero su redomada contumacia le aboca a soltar las mismas bromas manidas y chascarrillos ridículos una y otra vez. Acostumbra a admirar desmesuradamente a alguien cercano mediante el cual proyecta su necesidad de destacar o sobresalir en algo, ya que por sí mismo es un absoluto fracasado.

Sufre de manía persecutoria: el mundo está contra el imbécil común, o eso piensa. En realidad no lo está, pero debiera estarlo porque es un lastre para todo aquel que lo padece sin ser imbécil.

La última y más dramática cualidad del imbécil común es su irreversibilidad.


El descendimiento (R. Van der Weyden, 1436)

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Es una pintura religiosa sobre madera que se puede disfrutar en el museo de El Prado, ya que el cuadro fue adquirido por Felipe II tras pasar sus primeros años en una iglesia de Lovaina. 

Resulta curioso ver cómo algo que hizo ese rey español hace tantísimos años ha llegado hasta nuestros días. De igual modo podemos hablar del majestuoso monasterio de El Escorial, erigido para conmemorar la victoria en la batalla de San Quintín. Por eso la Historia resulta tan interesante: conecta hechos, personas, lugares y cosas mediante una interminable e intrincada sucesión de acontecimientos y casualidades fascinantes, muchas de las cuales podemos admirar en la actualidad.

El cuadro muestra nítidamente los sentimientos de los personajes que lo componen. Destila tristeza, pesadumbre y dolor en todos ellos. La Virgen María recién desmayada y apenas sujetada por un hierático Juan, con los ojos cerrados intentando no ver lo inevitable, transmite una languidez pétrea. María Magdalena recostada y con la cabeza hacia abajo, doblando su cuerpo por el latigazo infligido por la muerte recién acontecida, contiene el dolor. José de Arimatea con la mirada perdida y aire de triste solemnidad sujetando las piernas de Jesucristo, que permanece con el cuerpo inerte y el color cerúleo de los muertos.

Ver y escrutar hasta el último detalle de esta pintura es una experiencia emocionante, tanto como puede ser deleitarse con el El triunfo de la muerte de Brueghel o El jardín de las delicias de El Bosco. ¡Qué bien pintaban estos maestros flamencos! Y qué bien tenerlos tan cerca en el museo de El Prado.


Barbacoa entre filósofos

La universidad de Berkeley celebra anualmente un encuentro entre filósofos de diferentes tendencias, que participan en seminarios y mesas de debate a lo largo de una semana. El último acto, tras el discurso de cierre del rector, es una barbacoa informal en la que ponentes, profesores, alumnos e invitados comparten una tarde en los jardines de la universidad.

Alrededor de las brasas un grupo de filósofos departe sobre el destino de la hamburguesa que acaba de ser puesta sobre la parrilla.

Santo Tomás abre el fuego espetando a sus colegas: "Esta hamburguesa es obra de Dios, como todo lo demás que nos rodea".

Hegel, airado, le responde bruscamente: "La hamburguesa ha muerto, como Dios".

"No han muerto, los hemos matado", apostilla Nietzsche.

Spinoza intenta mediar en la discusión afirmando lo siguiente: "la hamburguesa no es más que un ejemplo de la sustancia divina infinita. Este pedazo de carne existe y desaparecerá en cuanto nos lo comamos porque su naturaleza es finita, pero Dios, su creador último, seguirá existiendo pase lo que pase con la hamburguesa".

Con el fin de rebajar la tensión, Hume dice socarronamente: "Todos sabéis que soy ateo, así que no seré yo quien diga que esta hamburguesa es obra de Dios. Ahora bien, si esta carne no es fruto del trabajo del hombre, sólo Dios puede ser el responsable".

"Tú nunca te defines claramente. Dices una cosa y después otra diferente. Yo creo que la hamburguesa es buena por naturaleza, es la parrilla la que la echa a perder", suelta Rousseau entre risotadas, aprovechando para recordar viejas rencillas con Hume.

Heidegger, asqueado por el rumbo que adopta la conversación, grita a los demás: "Os equivocáis de enfoque. No es la hamburguesa ni Dios lo trascendental en esta discusión, sino el hombre que se come esa hamburguesa: el ser y su dimensión temporal".

De repente, un hombre ajeno a la discusión se acerca a la parrilla, pasando por en medio del grupo de filósofos, coge la hamburguesa con la mano y se la zampa de un bocado. 

"¿Qué haces, imbécil?" - increpan todos al unísono.

"Comerme la hamburguesa. Esto es una barbacoa y tengo hambre" - dice sorprendido el espontáneo hambriento.

"¿Y quién eres tú?" - le pregunta Santo Tomás.

"Ronald. Ronald McDonald" - responde con la boca todavía llena.

"¿Y de qué escuela eres tú? ¿Existencialista acaso? Lo dudo. ¿Qué eres?" - interroga impertinente Heidegger.

"Yooo...yo soy...Yo soy sagitario. ¡Ah! Y de los Cowboys de Dallas". - masculla avergonzado Ronald.

"¡Es increíble! Como dijo Séneca: la naturaleza nos ha dado las semillas del conocimiento, no el conocimiento mismo. Y a este imbécil se le cayeron las semillas por el váter". - sentencia Nietzsche.

"¡Eh, eh! A mí no se me han caído ningunas semillas. Me las he comido con el pan de la anterior hamburguesa" - se excusa Ronald.

"¡Vámonos de aquí, por favor! ¡No aguanto más! ¡No pienso volver el próximo año!" - dicen a la vez Hegel y Heidegger.

"Pues vosotros os lo perdéis" - contraponen Santo Tomás, Spinoza y Hume.

"La imbecilidad supina del tal Ronald McDonald bien vale un viaje hasta aquí" - añaden Nietzsche y Rousseau.

Y se despiden todos hasta el próximo encuentro.

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Pánico en el lago: insólitos corsarios

Hallábanse un grupo de patos en la orilla del lago. Unos pertrechados con cuerdas y bolsas, otro arrastrando su culo sobre la arena y uno más, el capitán Drake, dando órdenes sin parar. Todos ellos llevaban pinturas de guerra y una cinta verde tatuada al cuello que identificaba al grupo: los corsarios del lago.

Al atardecer se metían en el agua en formación de a tres y nadaban sigilosamente en busca de su objetivo. Una vez avistado, todo el grupo excepto uno se sumergía y buceaba hasta la barquita en la que paseaba una joven pareja distraída entre besos y caricias. 

Cuando estaban al lado de la barca, el pato que nadaba por la superficie, que era el que había estado frotando su culo sobre la arena unos minutos antes, agitaba el plumaje de su parte posterior levantando una nube de polvo que actuaba a modo de niebla y camuflaje perfecto. El resto emergía al unísono del agua trepando por los remos hasta el interior de la barca. Una vez dentro, ataban a la pareja rápidamente rodeándola con las cuerdas, dejándoles tan estupefactos como inmóviles. 

La segunda unidad de los corsarios del lago, la de las bolsas, aparecía en ese momento registrando las cestas de picnic, las mochilas y los bolsos con una destreza y rapidez extraordinariamente profesionales. Al grito de "¡Cuápido, cuápido!", el capitán Drake animaba a sus bucaneros a que la operación se realizase en el menor tiempo obteniendo el mayor botín posible.

Tras abandonar la barca dejando a la pareja maniatada y a la deriva, volvían al refugio de la orilla con las viandas robadas para ofrecérselas a la reina oca isabel, que las repartía arbitrariamente entre los distintos patos, quedándose ella gran parte del botín y ofreciendo al capitán Drake una generosa parte.

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“Assertiveness in successful companies”, seminarios para directivos

Se trata de una formación para directivos de empresa, especialmente enfocada para los mandos medios.

El formador es el gurú de la organización empresarial, consejero de numerosas empresas públicas y privadas, Raimundo Hijopútez. 

Centra su clase magistral en el discurso monolítico y alineado cien por cien con la empresa que debe mantener en cualquier situación un directivo. Retrata al subordinado como a un boicoteador de la paz laboral y da algunas pistas sobre cómo neutralizarlo con un discurso asertivo:

“Bien, hablemos…A-ha, de acuerdo, éste es tu punto de vista, pero seguro que lo cambiarías si dispusieses de toda la información que poseo yo. Perfecto, busquemos una solución consensuada…A ver, por ahora vamos a hacer lo que la empresa nos pide y transcurrido un tiempo me comentas qué tal te va. Entonces, una vez identificados claramente los problemas, podré ayudarte. Piensa que ahora es pronto para hacer lo que tú dices…Sí, bien, agradezco tu comprensión…Perfecto, es justo lo que necesitamos. Valoro mucho tu punto de vista, ha resultado muy interesante. Deberíamos mantener este intercambio de impresiones más a menudo, es extraordinariamente enriquecedor. Gracias”. 

Raimundo remarca la importancia de no dejar hablar al subordinado. El discurso del directivo debe imponerse, si bien su tono ha de ser pausado y cordial. Cuanto menos se lo crea el directivo, más sencillo le resultará adoptar el tono adecuado. Un subordinado que recibe un no rotundo por respuesta puede quedar descontento o, aún peor, acudir al responsable superior puenteando la cadena de mando. Y esto es lo peor que le puede ocurrir a un directivo: jamás puede llegar a los oídos de su jefe el más mínimo problema de alguno de sus subordinados. Es lo último que quiere oír y, por consiguiente, ya puede olvidarse de su promoción y/o aumento de sueldo.

Por último, Raimundo Hijopútez enuncia las 4 reglas básicas de un directivo exitoso:

  1. Jamás compartas información.
  2. Nunca digas no a tu jefe, aprieta a tus subordinados para conseguirlo.
  3. Boicotea el trabajo del resto de mandos que están a tu mismo nivel.
  4. Impide que tus subordinados sean visibles a tus jefes. Podrían decidir sustituirte por uno de ellos.

Raimundo acaba su formación pidiendo la participación de los asistentes con una reveladora arenga jaculatoria:

Raimundo: ¿Qué son los subordinados? ¡Im, im..!

Asistentes al unísono: ¡¡¡Béciles!!!


Evgenia Ginzburg, admirable y pudorosa

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Evgenia Ginzburg, en su escalofriante libro "El vértigo" (en realidad, son dos libros en uno: El vértigo y El cielo de Siberia), relata su visita al infierno del gulag en tiempos de Stalin. A diferencia del celebérrimo "Archipiélago Gulag" de Solzhenitsyn, su testimonio destila un lirismo que sobrecoge, ya que a pesar de ser extraordinariamente escrupulosa con todos los detalles, personas y lugares que aparecen, al igual que Solzhenitsyn, su historia es más íntima y profunda. 

Detalla profusamente su experiencia en las profundidades del abismo estalinista, desde su expulsión del partido comunista y su detención en las arbitrarias purgas de 1937, hasta su liberación más de quince años después.

Más allá del increíble testimonio de una vida truncada y marcada para siempre por el horror al que algunos seres humanos someten a otros de sus congéneres, lo que emociona de su libro autobiográfico es el pudor y la delicadeza con la que trata de salvar su dignidad. 

Hay un episodio, al final de su etapa en el gulag, cuando se encuentra en una aislada cabaña de la tundra siberiana en compañía de otros presos, que muestra perfectamente cómo afrontó la autora su relato, pero sobre todo cómo intentó que todo lo vivido y sufrido no marcara para siempre su vida llenándola de culpa y vergüenza. Una noche gélida y silenciosa, típica de Siberia, todos sus compañeros de cautiverio se emborracharon y embrutecieron hasta acabar violándola. No obstante, Evgenia nos cuenta toda la escena hasta el instante inmediatamente anterior a la salvaje agresión, que consigue salvar milagrosamente ella y el afligido lector gracias a la imposible bondad de uno de los hombres.

Obviamente, se produjo el asalto y la humillación a la dignidad de esta admirable mujer, pero ella nos lo ahorra y, sobre todo, se lo ahorra a sí misma y a sus seres amados en un gesto de restauración de su dignidad tan valiente como bonito. En lugar de refocilarse en las desgracias vividas, de asumir el papel de víctima mancillada, Evgenia Ginzburg tiene el coraje de afrontar la verdad de su vida con una pátina de pudor, que sin duda debió ayudarle a restituir su memoria y a aligerar sus recuerdos de terribles sucesos.

Su libro fue publicado en Occidente en 1967 antes de su muerte, pero no vio la luz en su Rusia natal hasta después de su desaparición, para desgracia suya, ya que deseó fervientemente que sus compatriotas conocieran su historia y la de otros muchos desdichados con igual o peor destino. Únicamente circuló de forma clandestina en copias artesanales, que se pasaban de mano en mano ante el temor de ser descubiertos.


El hombre efervescente

Pherb Maldon padecía una curiosa rareza desde que nació: entraba en efervescencia en contacto con cualquier sustancia líquida. Dicen que su madre rompió aguas con gas poco antes del parto.

De pequeño vivió acomplejado y aislado del resto de niños. Tuvo que aguantar innumerables burlas y travesuras de sus compañeros de clase. Le echaban agua para que empezase a agitarse y hacer "chup-chup". Pherb intentaba esconderse, pero los malvados niños le acosaban y le gritaban "¡pringado! ¡niño chup-chup! ¡couldina!"

Fue creciendo solitario y huidizo. Debía tener un autocontrol extraordinario sobre sus sentimientos, ya que si se emocionaba y sus ojos se encharcaban de alegría o de tristeza, estos empezaban a burbujear y a deshacerse.

Tampoco podía disfrutar de ninguna chica porque la humedad del deseo provocaba la efervescencia de su sexo y la humillante escena consiguiente.

Amaba la lluvia al tiempo que la temía. Soñaba con sentir caer sus gotas sobre su cuerpo desnudo, alzar las brazos y abrir las palmas de sus manos para asirlas lascivamente. Desafortunadamente, debía limitarse a imaginarla a través de la ventana.

Tampoco podía hablar. En cuanto iniciaba una frase, su boca se llenaba de saliva y empezaba a bullir chispeante, haciendo de su habla algo tan ininteligible como ridículo.

Aprendió a vivir contenido, encerrado en sí mismo, alejado del mundo. No dejaba de pensar cómo superar su problema. Experimentó infinidad de remedios para curarse sin éxito alguno. Hasta que un día se le ocurrió una idea brillante: él había sido gestado en la placenta de su madre en un entorno líquido sin que le ocurriese nada malo. Por lo tanto, el origen de su efervescencia a lo mejor no estaba únicamente en los líquidos, sino en su combinación con otros medios. Sin dudarlo un instante, salió de casa y se fue corriendo hacia el mar. Una vez en el malecón, miró hacia atrás, esbozó una enorme sonrisa, y se lanzó a la incertidumbre. 

Y en el mar sigue, viajando libre, emocionándose sin rubor ante las bellezas de los lugares que descubre, hablando con marineros y delfines, amando a sirenas y disfrutando de lluvias torrenciales mecido por las olas que le acompañan en su asombrosa aventura.

La leyenda cuenta que durante las peores tormentas Pherb acude en ayuda de los desesperados náufragos y los acompaña hasta la orilla, dejándolos sanos y salvos sobre la arena con un montoncito de sal a su lado como firma de su autoría y testimonio de su existencia. Por eso hay un tipo de sal, uno muy especial y sabroso, que lleva el nombre de maldon en su honor.

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Nico Pedante, crítico de cine

Ayer noche, en la Biennale de Venecia, se estrenó fuera de concurso la última película del cineasta iraní Reza Nekounam, "Las semillas del cambio", ataque frontal contra el régimen iraní, que le ha costado el exilio y el anatema de las autoridades de su país.

A pesar de no llegar a la treintena, el guionista y director ha alcanzado la madurez con esta obra, en la que destaca su tensión narrativa y el lirismo de todos sus personajes. La historia transcurre en una aldea aislada del norte del país, cercana al mar Caspio, donde una niña lucha por comprender el mundo que le rodea con la mirada tierna y el alma pura de la infancia. 

Excepcional trabajo de Shirin Ahmed, la actriz que encarna a la niña de cinco años protagonista del film, confirmando que la actuación es en muchas ocasiones un don innato, un estado de ánimo, una forma de comunicación que emerge de las profundidades del actor o actriz en oleadas de sentimientos que la cámara capta en su esencia para luego ser reinterpretados por la maestría del director que, a través de una sobrecogedora fotografía y una iluminación arriesgada y exquisita, confiere al personaje un halo de divinidad epatante. 

Mención aparte merece la música de la película, que acompaña a la historia armónicamente, hasta hacerse inseparables, transmitiendo una sensibilidad onírica al entusiasmado espectador, que recibe cualquier nuevo plano con los ojos tan abiertos como encharcados de emoción, entregado desde el inicio a la deliciosa historia que vivirá en los siguientes 140 minutos.

La sutileza de los diálogos, el juego continuo de hipérboles, las indisimuladas metáforas con la realidad política actual, la delicadeza del movimiento de la cámara, pausado pero decidido, la belleza descarnada del mensaje subyacente; todo ello y otros muchos pequeños detalles hacen de "Las semillas del cambio" una obra maestra, que permanecerá indeleble en las retinas de los afortunados espectadores que la vean y, sin duda, en las listas de las mejores películas de la historia.

Poder verla ha sido un regalo; perdérsela un pecado. Reza Nekounam ya figura entre los grandes, sin lugar a dudas.

 


Discusión en el lager entre Jean Améry y Primo Levi

Ambos estuvieron confinados en el campo de concentración Auschwitz y ambos dieron testimonio de ese horror, aunque con perspectivas bien diferentes. 

Si hubiesen llegado a coincidir dentro del campo, podrían haber tenido una discusión como la que sigue:

Jean Améry: ¡Quieres dejar de recitar a Dante de una puñetera vez!

Primo Levi: ¿Por qué? ¿Acaso no te gusta Dante?

JA: No es eso. Pero no soporto oír sus versos, y aún menos verte sonreír recitándolos.

PL: A mí me relaja y, sobre todo, me abstrae por unos instantes de todo lo que nos rodea.

JA: Ése es precisamente el problema. No se puede abstraer uno de este infierno. Ni siquiera Dante puede entrar en este infierno. No hay lugar para él ni para nada que no sea la maldad más abyecta.

PL: Es mi forma de resistir, de sentir que aún conservo algo de dignidad. Recito a Dante y sé que no han conseguido envilecerme, que estaré postrado, de rodillas, a su merced, pero aún así no me han derrotado. Todavía sigo vivo.

JA: Te engañas, aquí dentro ninguno está vivo y ninguno saldrá jamás. Tus poemas no te salvarán.

PL: Ya sé que no me salvarán, pero aliviarán mi dolor mientras siga aquí.

JA: Nada puede aliviar tu dolor en el campo. ¡Nada! ¿No te das cuenta? Mira a tu alrededor, ¿qué ves? Muertos andantes, personas que han dejado de serlo, que se comportan como animales. Sólo puedes ver horror y muerte.

PL: Precisamente por eso recurro a Dante, para recordar que somos personas.

JA: Yo sólo puedo pensar en el siguiente segundo, en cómo conseguir un trozo más de pan, cómo eludir las selecciones para la cámara de gas, cómo intentar abrigarme más, trabajar menos y vivir más. Si mi cabeza no está pensando en todo esto, sólo se me ocurre acabar de una vez arrojándome sobre la verja electrificada.

PL: ¿Crees que yo no tengo la tentación a veces de hacer lo mismo? ¿de acabar de una vez con este sufrimiento?

JA: ¿Y por qué no lo haces?

PL: Porque quiero seguir viviendo, y para eso necesito la belleza de Dante.

JA: Yo también quiero vivir, pero porque significará su derrota. Será mi venganza.

 

Jean Améry, pseudónimo de Hans Mayer, nació en Viena en 1912. Autor de "Más allá de la culpa y la expiación". Se suicidó en 1978.

Primo Levi nació en Turín en 1919. Autor de "Si esto es un hombre". Se suicidó en 1987.


Ecoesferas para jefes, experimento fallido

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Las ecoesferas son un curioso invento que surgió en la NASA. Hace años decidieron hacer un experimento metiendo diferentes especies de animales en urnas cerradas herméticamente en las que únicamente había agua, algo de aire y unas algas. De todos los animales que introdujeron, los únicos que consiguieron sobrevivir largo tiempo fueron unos pequeños camarones. Debemos tener en cuenta que esas urnas, una vez cerradas, ya no se volvían a abrir para cambiar el agua, renovar el aire o poner otras algas. Es decir, una vez encerrado ahí dentro, el animalico se las apañaba solo. Realmente no sé qué me acojona más: las mentes obtusas de la NASA que idearon este experimento o los pequeños camarones inmortales.

Transcurrido un tiempo, la NASA decidió comercializar el hallazgo; por lo que si uno desea puede comprar una ecoesfera como la de la foto y decorar su casa con ella, además de comprobar la resistencia de los camarones alimentándose únicamente de las esporas que ofrecen las algas. Se garantiza que los pequeños camarones sobreviven de dos a cinco años, con el único cuidado de poner la urna en un lugar al que le dé luz indirecta. ¡Alucinante!

Posteriormente, se experimentó con jefes, desde altos ejecutivos a directivos medios. Se los introdujo en pequeños grupos en esas urnas herméticas para comprobar el tiempo que sobrevivían.  Las algas introducidas en la urna generaban esporas de motivación, ese manido reclamo que utilizan los jefes para demandar mayor implicación – en esfuerzo y horas, obviamente – a sus subordinados a cambio de nada. Pues bien, el resultado fue desalentador: menos de ocho horas de media sobrevivían los jefes en esas condiciones. ¡Ni siquiera una jornada laboral! Parece ser que esa motivación no les era suficiente a ellos, a pesar de exigírsela a sus subordinados con absoluto desahogo.

Ante semejante fracaso, decidieron cambiar las esporas de motivación por promesas de promoción y sueldos desorbitados. Y esta idea resultó el acabose. De repente, se desataba una ola de canibalismo en la ecoesfera  que en poco más de cinco minutos acababa con la vida de todos los jefes excepto uno. El superviviente se recostaba sobre el fondo de la urna frotándose las promesas de promoción y de sueldos desorbitados lascivamente por el cuerpo. Al poco tiempo, moría infartado tras haber masturbado con fruición su vanidad.


El hiperrealismo urbano de Richard Estes

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Las obras de Richard Estes muestran paisajes urbanos que más bien parecen fotografías que pinturas. Siempre me ha asombrado la capacidad de los pintores hiperrealistas para aprehender la realidad que pintan con esa perfección. Es como si en su paleta en lugar de pinturas hubiese pedazos de realidad que ellos situasen sobre el cuadro como si de un puzzle se tratase. 

Admiro esta capacidad de reflejar la realidad tal cual es. En cierto modo supone alcanzar la perfección de este bello arte. Podría pensarse que los hiperrealistas carecen de talento para dar una interpretación de esa realidad a sus obras, que simplemente la muestran tal cual la ven. Pero eso no es cierto. Hay infinidad de detalles que confieren a sus obras estilo propio. Un claro ejemplo es Richard Estes, que trabaja con la luz, su reflejo sobre escaparates, capós de coches o cristales de autobús, mostrando la realidad deformada por la concavidad de esos cristales, la superposición de los objetos sobre los que se refleja y la propia iluminación de la hora del día en que está representada la obra. La complejidad de esta técnica, siendo un absoluto profano en pintura, me parece extraordinaria. 

Otro aspecto que me resulta atractivo de las obras de Estes es su contemporaneidad. Observar sus cuadros te resulta familiar, cercano, moderno. Crees haber estado en todos esos lugares. Y no sólo de obras de Nueva York o de otras ciudades norteamericanas, sino también de paisajes urbanos de Barcelona y Madrid, que también ha representado magistralmente con su destreza de máximo exponente del fotorrealismo pictórico.

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Injusta detención

Hallábase un pedo en comisaría siendo interrogado por cometer delito de mancha. Había sido detenido por haber dejado rastro en un calzón. 

El circunspecto policía le leía los cargos por los que iba a ser encarcelado con otros pedos de su misma indiscreción:

- Señor pedo 8.113.562, deberá usted permanecer en el calabozo hasta que se fije vista para el juicio oral. ¿Posee abogado propio o quiere que le asignemos uno de oficio?

- ¡Yo no necesito ningún abogado. No he hecho nada! - contestó airado el pedo.

- Usted ha manchado la ropa interior de un honesto ciudadano, por lo que le pueden caer de 2 a 5 años de prisión, dependiendo de lo que determine el peritaje del calzoncillo según el tamaño de la mancha.

- ¡Es increíble! Son todos ustedes unos cínicos. Siempre reniegan de nosotros cuando un incontrolado ruido o un desagradable olor les delata. "Yo no he sido, yo no he sido", llevan clamando durante siglos la mayoría de papás y mamás de pedos. Tratan de disimular, de eludir su pestosa responsabilidad, de acusar falsamente a otros o incluso de atribuir la autoría a niños que no se pueden defender. Es una vergüenza esa actitud cobarde y renegada. Les avergüenza que los demás puedan llegar a oler sus asquerosas interioridades o su pestilente alimentación; pero lo que realmente hiede son sus hipócritas conciencias. 

- Pero es que usted en lugar de volatilizarse ha dejado una desagradable e irrefutable prueba de su delito.

- Ya entiendo, ya. Si no hay prueba evidente de nuestra existencia, todo el mundo mira hacia otro lado, incluso la ley; pero si tenemos la desgracia de dejar un rastro, se nos acusa y encarcela por ello. ¡Menuda injusticia!

- Mire, yo me limito a leerle la acusación. La ley es la ley.

- ¡Puagh! ¿Y ese olor? - inquiere el pedo al policía.

- Eeeesto...¿Qué olor? - responde nerviosamente el policía.

- ¿Lo ve? Ha notado el mal olor y, aunque no ha sido usted, ha dudado y se ha puesto nervioso.

- Bueeeeno, pero es que realmente huele mal.

- ¿No ve que está interrogando a un pedo? 


Anthony Blunt: la erudición del traidor

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Anthony Blunt fue un historiador del arte, crítico y catalogador de obras pictóricas de una excelencia y erudición supremas.

Su rigor era tal, que más allá del minucioso conocimiento de las obras que catalogaba como experto profesor universitario, era su honestidad intelectual la que causaba admiración. Gracias a todo ello fue nombrado miembro de la Orden de la Reina Victoria y, sobre todo, conservador (curator) de la colección de pinturas de la Reina Isabel.

Sin embargo, Anthony Blunt será recordado como un traidor. Traidor a la patria, ya que espió durante años para los soviéticos.

Cumple el patrón de otros espías británicos que trabajaron para el régimen comunista: estudió en el Trinity College de Cambridge, fue miembro de los Apóstoles (esa sociedad semisecreta que tantos intelectuales, Bertrand Russell entre ellos, y políticos británicos ha visto florecer), entró en el MI5 durante la Segunda Guerra Mundial y actuó como agente doble durante décadas.

No se sabe exactamente qué cantidad de información pudo pasar a los rusos, pero sí se sabe a qué información tuvo acceso, por lo que su responsabilidad casi seguro fue enorme en el destino de muchas personas y, más concretamente, de espías compañeros suyos. Pudo facilitar información a los rusos al final de la Segunda Guerra Mundial que se usó para perseguir y reprimir a personas de los países liberados del este de Europa, además de valiosa información de otros agentes británicos durante la Guerra Fría. En definitiva, fue un traidor con mayúsculas.

Pasaron años desde que se descubrió su traición en el seno de los servicios secretos británicos hasta que Margaret Thatcher lo hizo público en 1979.

Lo fascinante de este caso no es la traición. Ha habido muchos traidores a lo largo de la historia. La vida está llena de pequeñas y grandes traiciones. Lo paradójico es esa honestidad intelectual inquebrantable para con su trabajo artístico confrontada a años de mentiras y traiciones a su país, a sus compatriotas, a sus compañeros y hasta a sus amigos.

¿Qué bulliría en la cabeza de Anthony Blunt en el final de sus días? Me atrevo a asegurar que ni una pizca de remordimiento, si acaso una cierta amargura por la vergüenza de ser descubierto.

En todo caso, es maravilloso comprobar que la comprensión de la naturaleza humana es tan inasible como inquietante en muchos casos. La belleza de esta historia radica en lo absoluto de los dos extremos: el bien puro de la erudición intelectual que sublima la verdad del arte por encima de cualquier otra consideración o flaqueza y el mal más absoluto representado por la traición más aviesa. 

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Harvey, el depilador de las estrellas

Harvey Finocchio nació en Chicago en 1965. A los 18 años se marchó a California a estudiar. Pronto abandonó sus estudios universitarios para trabajar como ayudante de peluquería en un salón de belleza para gays en El Castro de San Francisco.

Quiso ser bailarín, cantante y actor sin éxito alguno. Frecuentó todos los ambientes gays de la costa oeste y sobrevivió a la epidemia de SIDA de los ochenta.

Desde 1999 regenta un salón de belleza en Los Ángeles, donde muchas “celebrities” acuden a hacerse diversos tratamientos y, sobre todo, a depilarse. Harvey es el gurú de la depilación en Hollywood. Ha inventado técnicas nuevas y ha revolucionado el mundo de la depilación, erigiéndose en un vanguardista dentro del negocio.

Él mismo atiende a sus clientes VIP. Sus manos han visto y han depilado los pubis, los anos y los escrotos de Madonna, John Travolta, Ben Affleck, Megan Fox, Jennifer López y también los de Tony Curtis y Kathy Bates entre otros muchos.

Las malas lenguas hablan de la existencia de un book con todas sus obras fotografiadas. Incluso se rumorea que chantajea a alguno de ellos con ese material, a los más pudorosos.

Su meticulosidad es tal que trabaja con una especie de prismáticos con luz que iluminan y aumentan la zona a depilar para dejarla limpia y perfecta.  Tras cada retoque muestra el resultado al cliente a través de un espejo para que no quede la más mínima duda de su trabajo.

Los clientes agradecen su excelencia depilando tanto como su don innato para el cotilleo y los contactos. Todo lo sabe y a todos conoce. Dicen que algunos grandes papeles han sido conseguidos en la camilla depilatoria de Harvey. Incluso corre la leyenda que más de un Oscar se ha conseguido gracias a su ayuda.

Él se depila a sí mismo regularmente. No soporta tener ni solo un pelo en el cuerpo. Las zonas de difícil acceso las salva con extraños artilugios creados por él mismo que le permiten llegar con precisión y rapidez.

Sus pubis moldeados son considerados auténticas obras de arte. El escroto recién depilado por Harvey es de una suavidad sin parangón y el ano despejado por sus expertas manos es de una limpieza y pureza sólo comparable a las de un bebé.

Su colección de pelos es la más extensa del mundo. Guarda al menos una muestra de cada cliente y zona depilada desde la apertura del  local. Recientemente ha tardado más de dos años en digitalizar todo su archivo piloso.

Algunos le consideran un mago, otros simplemente un tarado oportunista y pervertido. A Harvey poco le importa. Ha conseguido triunfar en Hollywood, que era su sueño, y le da igual cómo.

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Los bateleros del Volga (Ilia Repin, 1873)

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Once hombres arrastrando una barcaza con la única ayuda de sus escasas fuerzas. Hombres tratados como bestias, despojados de dignidad y esperanza. Fatigados por el esfuerzo, pero sobre todo por el destino. Resignados a una existencia miserable, propia de animales. Miradas perdidas, cuerpos gachos, almas evaporadas. Únicamente el joven de pelo pajizo parece atisbar una salida alzando la vista al frente, desafiando el hado maldito que sepulta sus vanas ilusiones adolescentes con paladas de cruda realidad.

Al fondo, a lo lejos, surcando arrogante el Volga, la hiriente paradoja en forma de barco de vapor, que bien podría actuar de remolcador en lugar de esos once desdichados. 

NOTA: Se dice que este cuadro era el favorito de Stalin. Hasta con grandísimos hijos de puta se puede coincidir en algo.

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Tensa espera

Vestíbulo lleno, calor sofocante sin refrigeración. Un único mostrador con dos adustas empleadas que llaman por el nombre y los apellidos sin atender a cualquier otra cuestión o reclamación.

La espera se hace eterna. Permaneces de pie, recostado sobre una columna. La boca se torna arenosa, reseca, sin saliva. La abres para resoplar y, de paso, refrescarla. Tensas la mano dentro de los bolsillos. La notas sudada, pringosa. La otra mano sujeta unos papeles, que están arrugados y acartonados por el sudor. Ligeros picores empiezan a sucederse con frecuencia: primero la nariz, después las orejas, el cuello y las piernas. Parece que una manada de chinches ha colonizado tu cuerpo. Te rascas compulsivamente, cada vez con mayor intensidad y rabia. El picor no remite ni da tregua. 

Tu nombre parece perdido en el abismo del largo listado de espera. Con cada sonido de micrófono abierto aparece una esperanza, que se desvanece a los pocos segundos provocando aún más ansiedad. La paciencia se quedó en la puerta esperando a que salgas. No quiere perderse a sí misma. 

Caras nuevas, otras que se han convertido en familiares tras la larga espera. Recelas de todas ellas. ¿Entrarán antes que tú? ¿Por qué? ¿Por qué yo no? Te vuelves paranoico. Empiezas a ponerte absurdos límites: si a la tercera no me llaman, les monto un guirigay. Llega el tercero, el cuarto y hasta el quinto. Permaneces callado y maldices tu suerte y tu cobardía. 

Resoplas, buscas melifluas complicidades, te quejas en voz alta, cambias de lugar. Da igual, nada cambia, sigues esperando...

 


Duelo de chaquetas: esnobismo vs. perroflautismo

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Sábado noche. Velada de combate en el MGM de Las Vegas. En el rincón izquierdo, con calzones rojos y chaqueta de pajarería, la estatura de un pigmeo y el peso de Enjuto Mojamuto, el púgil local Brandon Flowers (The Killers). En el rincón derecho, con calzones blancos y chaqueta de segunda mano, estatura y peso normales, el púgil británico Chris Martin (Coldplay).

Suena la campana y se inicia el primer round. Brandon Flowers canta “Somebody told me” con movimientos espasmódicos que agitan el plumaje de su horrible chaqueta. Por su parte, Chris Martin canta “Clocks” aporreando el piano y mostrando sus ridículas inscripciones de “Trade Fair” en las manos, que sobresalen de su chaqueta cochambrosa.

Segundo round. Brandon, puro histrión, berrea “Mr. Brightside” entre los vítores de su público. Chris, en trance, replica con “The Scientist” entornando los ojos y echando la cabeza hacia atrás. El combate está en tablas, ninguno asesta el golpe definitivo.

Tercer round. Ponen toda la carne en el asador, sacan sus éxitos más comerciales. Brandon con “Human” y Chris con “Viva la vida”. El público enloquece. Las fans extáticas están a un paso de la histeria irreversible. El snob y el perroflauta siguen en sus respectivos papeles impostados.

Cuarto round. Brandon ataca con “Spaceman”. Abre los ojos como un loco y se contonea agarrado al micro. Las plumas de la chaqueta cobran vida y describen trayectorias imposibles, aumentando la presencia del cantante. Chris contraataca con “Lovers in Japan”. Su ridícula chaqueta de soldadito de plomo se deshilacha a cada movimiento. Las cintas de colores caen una a una, los botones salen disparados fuera del ring. La gente, atónita, empieza a descojonarse de Chris. Brandon se crece y recoge mofándose los retales de la chaqueta de su rival mientras sigue cantando enfáticamente. A Chris se le quiebra la voz. Riadas de sudor recorren su cuerpo. Avergonzado, salta del cuadrilátero y alcanza el túnel de vestuarios entre los abucheos del público. Suena la campana, el combate ha finalizado. Brandon Flowers (The Killers) es el ganador. Ha retenido el título, es el campeón del mundo. El snob ha triunfado sobre el perroflauta.


La madre del cosmonauta

En la plataforma de lanzamiento de Cabo Cañaveral la aeronave Atlantis está a unos minutos de su lanzamiento. Los familiares se despiden de los cinco cosmonautas ante centenares de cámaras de prensa y televisión.

La madre de Dan Backsdale Hernando, nacida en la provincia de Huelva y emigrada a los EEUU tras casarse con un cocinero norteamericano de la base de Morón de la Frontera, se acerca a su hijo con dos bolsas de plástico y le grita al oído:

- ¡Toma, hijo! Para que comas bien durante el viaje.

- ¡Mamá! ¿Qué es esto?

- Una tartera con pisto y dos tuppers con milanesas y "almóndigas".

- Pero mamá, ¿no ves que no podemos llevar nada ahí adentro?

- ¿Y qué vas a comer, pues? Mira que tú te me alimentas "mu" malamente, hijo mío.

- Nos han puesto de todo. No te preocupes.

- Pues coge esta rebequita, entonces, que ahí afuera debe hacer mucho frío.

- Mamá, llevamos trajes especiales. No necesito ninguna chaqueta.

- Vamos a ver, Dan, vas a un sitio donde siempre es de noche, así que haz el favor de hacer caso a tu madre y llévate esta chaqueta de punto. Ya verás qué bien te va cuando refresque.

- Que a mí no me toca salir en este viaje de la aeronave. No pasaré ningún frío.

- ¿Cómo que no vas a salir en este viaje? ¿Y para qué diablos cogéis este cohete tan moderno? 

Renegando con la cabeza y todavía contrariada por los rechazos de su hijo vuelve a la carga buscando la complicidad de las cámaras:

- Dan, cariño, cuidado con esa pelandrusca. ¿Para qué va esa mujer? ¿Quién atenderá las labores de su casa?

- ¡Mamá, por favor! Esa mujer se llama Diane y es bioquímica. Nos acompaña para realizar unos experimentos científicos.

- Pues que manden al Punset, que seguro que sabe más que ella y no os busca ni os ronronea como gata en celo. Mira que yo a esas me las conozco a todas. Y tú con lo facilón que me has salido...Y con la "ingrividés" esa, que no te habrás dado ni cuenta y ya la tendrás "enganchá" a la "mu" marrana.

- ¡Mamá, basta ya!

- Venga, venga...no te hagas el santurrón con tu madre. ¿Acaso ya has olvidado los veranos en Ayamonte y las veces que tenía que ir a rescatarte de los zarzales donde yacías con cualquiera que se te insinuase en las fiestas del pueblo? 

- ¡Por Dios, déjalo ya, mamá! Me estás avergonzando.

- ¿Avergonzarte yo? Pero si eras el más guapo. Por eso todas te buscaban. Los mismos ojazos que tu padre y esos brazos recios de tu abuelo. Las volvías locas. Lástima que te hayas afeminado con el tiempo.

- Bueno mamá, déjalo ya. Anda, dame un beso, que hemos de subir a la aeronave.

- Eso, eso, siempre ventilándome con un beso.

- Mua, mua.

- Y no corras, hijo, que vas siempre como un loco.




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