Ayer, en la sala de espera del dentista, perdón, clínica odontológica, como se llama en estos tiempos rimbombantes, entró un niño de unos 10 años con su madre. ¿O sería su abuela? Yo ya no sé distinguir el rango: entre que las abuelas se encargan de los nietos mucho más de lo que debieran porque los padres trabajan mucho más de lo que quisieran y que las mujeres cada vez tienen a sus hijos más tarde, yo no me atrevo nunca a decirle a un niño "¡chaval, dile a tu madre que te eduque o te meto una hostia!" Me apenaría sonrojar a una abuela por la negligencia de su hija educando hijos.

Volviendo al niño de los cojones, se sentó en una de las sillas y rápidamente su madre (o abuela) lo anestesió dándole un móvil. Espero que el de ella, aunque no puedo asegurarlo. Actualmente, muchos padres imbéciles compran a sus hijos (en sentido literal y, lo que es peor, también en sentido figurado) un estupendo smartphone para el que en absoluto son lo suficientemente maduros. En fin, allá ellos. Padres imbéciles crían a hijos imbéciles, que serán adultos imbéciles, que tendrán sus propios hijos imbéciles, que...En fin, lo de siempre: la imbecilidad es el más resistente de los genes.                                                                                    
Otra vez se me ha vuelto a escapar el niño. Vuelvo a centrame en él observándolo ahí sentado, con la cabeza como descoyuntada apoyada sobre el pecho, la mirada fija en el móvil que relincha un soniquete insoportable de juego absurdo y el dedo índice de su mano derecha golpeando la pantalla repetidamente minuto tras minuto. Parecía un autómata, ni rastro de emoción alguna en su rostro, sólo su repiqueteante dedo golpeando el mismo lugar de la pantalla del móvil una y otra vez. A la madre (o abuela) se le veía muy ufana de tener al lado a un hijo (o nieto) con las mismas capacidades que el gato dorado de un chino. Así estuvo ese pequeño imbécil hasta que llamaron a mi hijo. Estuve tentado de dejarlo entrar solo en la consulta del dentista para continuar con el espectáculo del niño alienado, pero mi hijo me levantó con su mirada.