Se abrió una esclusa del canal
y la mierda empezó a fluir.
Un castor cabrón decidió jugar.
Retiró un tronquito y el resto se precipitó.
Nos solazamos/indignamos señalando a los presuntos evasores.
Presunto: ¡qué gran epíteto para los hijos de puta!
Acogedor paraguas del deshonesto.
De presunto a reo, nueve de cada diez.

Papeles húmedos de pringue flotan en el paraíso,
mientras adinerados nombres y reincidentes apellidos
gorgotean excusas tan opacas como las culpas que intentan eludir.
Eso sí, aquí, en el mundo “off-offshore”
seguimos pagando ivas, ierrepeefes,
ibis, itepés y lo que se nos mande.
La fiscalidad no es más que hipocresía tarifada.

No hay alambradas que detengan al defraudador.
Tampoco tratados ni legislación suficiente.
Los bancos le seguirán abriendo las puertas de par en par,
los gobiernos mirarán hacia otro lado
o, llegado el cínico caso, le amnistiarán;
que a un millonario no se le persigue, se le regulariza.

Panamá: al este la ociénaga atlántica,
al oeste la ociénaga pacífica.
¿Cuánta honradez es capaz de desalojar este canal
o cualquier otro paraíso fecal?
En una de esas ociénagas hay una gran masa de ciudadanos íntegros.
Nadie los quiere, ningún estado se hace cargo.
Vagan arremolinados con sus chalecos de honradez
a la espera de que el deshielo de los casquetes polares
anegue estos países donde lo único que tributa es la desvergüenza.

La turbia transparencia de estas filtraciones asquea.
Reflejan con luminosa opacidad que la riqueza no se redistribuye.
La riqueza se ostenta; el dinero se esconde.
Los defraudadores no se denuncian; se filtran.
Y así vamos: los sujetos culpables no se acompañan de los predicados adecuados
que prediquen con el ejemplo. 
Más bien se ocultan tras verbos eufemísticos 
que ya no conjugan verdades, sino enjugan mentiras.

Lo peor, no obstante, es la condescendencia miserable de la mayoría:
“si pudiera, yo haría lo mismo”, dicen.
Descojonados, los defraudadores piensan: 
“cuando puedas, hazlo. Por el momento ¡paga tus impuestos, imbécil!”