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Esta pintura representa perfectamente el estilo paradójico de Edward Hopper. La luminosidad, incluso en la escena nocturna de Nighthawks, está siempre presente, así como una cierta amplitud de campo. Muestra escenas cotidianas abiertas, aparentemente simples, que transmiten una agradable tranquilidad relajante que te atrapa en primera instancia gracias a su sobria parquedad. Sin embargo, transcurridos unos segundos, cierto desasosiego empieza a invadirte y sacudirte. La soledad se hace presente de forma evidente y el equívoco siempre emerge en cualquiera de sus cuadros. Los personajes que retrata son impenetrables, en cierto modo claustrofóbicos, como en los casos de “Habitación de hotel”, “Sol de la mañana” o “Excursión a la filosofía”. Se hace imposible saber qué piensan o qué relación tienen. Puedes conjeturar una cosa y la contraria. En esto radica precisamente la clave de su obra: a través de una pintura aparentemente simple y visualmente muy efectista capta al espectador provocándole una sonrisa de aceptación, al principio, y una mueca de asombro y conspicua duda, más tarde.

Posiblemente, la contención de sus obras refleje su origen puritano, el de esos hombres y mujeres llegados de Europa e instalados en el noreste estadounidense que a lo largo de generaciones vivieron bajo el rigor de sus creencias religiosas de forma austera y tradicional. Esa discreción le acompañó durante toda su vida, permitiéndole mantener una línea sólida y coherente a lo largo de toda su obra artística. Empezó siendo uno de los artistas abanderados en la inauguración del MoMA en 1929. Sin embargo, veinte años después el museo había cambiado radicalmente de tendencia apostando por artistas como Jackson Pollock. A pesar de ello, su reconocimiento ha pervivido a través de los vaivenes estilísticos de las diferentes corrientes del arte moderno, en ocasiones tan dudosas como fatuas.

Hay un motivo adicional por el que he escogido Nighthawks para hablar de Hopper: el cuadro parece sacado de un stroryboard de la serie Mad Men, con Don Draper y Joan Holloway sentados en la barra esperando a que el camarero les sirva un Old Fashioned. Aunque en realidad esta coincidencia denota la genialidad de dos artistas, Edward Hopper y Mathew Wiener, que a través de sus obras, pintura y cine respectivamente, consiguen captar y transmitir la realidad de una época con maestría.