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El psiquiatra británico experto en conducta sexual Philip Seymour Hoffman (nada que ver con el actor homónimo) fue enviado a la estación orbital MIR para estudiar la sexualidad en estado de ingravidez. Los astronautas participantes en este experimento fueron el estadounidense John Smith y la rusa Svetlana Popov.

Las primeras notas de Hoffman muestran la incomodidad que le causaba a John la independencia de sus testículos, siempre montados sobre la base de su pene, lo que le confería al conjunto un aire de sonajero que le causaba risitas nerviosas a Svetlana y cierto rubor a John. Algo similar le sucedía a Svetlana con sus pechos, cada uno flotando a su aire, sin sincronización alguna. Sin embargo, en este caso a John no se le dibujaba una sonrisilla nerviosa, sino una lasciva.

Hoffman se centra en la penetración tras relatar con desgana los preliminares: “Después de algunas caricias y abrazos circenses, con sus cuerpos adoptando posiciones nada sexuales, John intenta penetrar a Svetlana, pero su pene no atina. A pesar de lo imperial de su erección, ésta no presenta la rigidez necesaria y existe un balanceo arriba-abajo constante del pene que dificulta su acción. Svetlana debe ayudar con su mano para conseguir la penetración. Ahora John se mueve con dificultad. Sus empellones son desacompasados. Carece de tracción, sus piernas patalean de forma ridícula. Sus brazos se aferran al cuerpo de Svetlana, pero el sexo de la rusa parece expulsar hacia afuera el sexo del americano. La primera prueba resulta decepcionante.”

A la mañana del segundo día prosiguió el experimento. Se inició con una felación que curiosamente aumentó de forma considerable el tamaño del glande de John. Así pues, el Sr. Hoffman ya tenía una primera conclusión extravagante sobre su estudio del sexo en ingravidez: chuparla en el espacio aumentaba notablemente el glande. Esta circunstancia tenía que ver con el “efecto vacío” producido por la succión de Svetlana, que provocaba una dilatación exagerada de los vasos sanguíneos del glande. Este experimento alumbró una nueva tendencia dentro de la hemoterapia que supuso avances nunca antes obtenidos en esta disciplina.

Cuando John ya estaba a punto de derramar sus soldaditos espaciales, colocó a Svetlana a horcajadas sobre él y, esta vez sí, logró penetrarla a la primera. Aunque giraban sobre sí mismos una y otra vez, ambos permanecían unidos gozando en perfecta armonía.

De lo que sucedió en adelante sólo John y Svetlana conocen la verdad. Nunca han querido contarlo, pero los dos solicitaron a sus gobiernos continuar en la estación MIR seis meses más. No hay testimonio escrito del Dr. Hoffman porque, al acabar la segunda jornada del experimento, John y Svetlana acudieron a la cabina de observación y encontraron a Philip Seymour Hoffman muerto. Como buen británico de familia aristócrata, mientras presenciaba el experimento de sexualidad en ingravidez, decidió solazarse individualmente vestido con ropa interior de mujer y unas medias malva anudadas fuertemente al cuello para potenciar el orgasmo y se le fue la mano, la de las medias, no la otra, que indignamente quedó prendida a su miembro como testimonio póstumo del más rocambolesco experimento jamás promovido por la agencia espacial internacional.