20110312154641-bad-boys-pistons.jpg

Los Pistons de Detroit construyeron un equipo a lo largo de la década de los 80 que marcó una época. La franquicia fue poco a poco adquiriendo a grandes jugadores en el Draft (Isiah Thomas en el 81, Billy Laimbeer en el 82, Joe Dumars en el 86...) y haciendo buenos fichajes de hombres de equipo: Vinnie Jonhson, Ricky Mahorn, Mark Aguirre (pronunciado asombrosamente guaier]).

Se les recordará por su dureza y agresividad defensiva, gracias a la cual se les bautizó "Bad boys". Y es bien cierto que eran duros; es más, alguno de ellos era un auténtico macarra provocador. Probablemente el peor de todos era Ricky Mahorn, un armario poco dotado para el baloncesto pero increíblemente ducho en las artes de la provocación. Incluso llegó a sacar de sus casillas al Laker James Worthy en unas finales. Billy Laimbeer tampoco se le quedaba a la zaga. Sin embargo, el center titular del equipo se ajustaba mejor a la definición de tipo duro y rocoso. Pegaba, pero pegaba de frente. Y como él mismo decía: "No me queda otra que ser duro ahí debajo (del aro) si quiero coger algún rebote, ya que salto menos que un presentador de noticias". Por cierto, este "bendito" malcarado era de los pocos jugadores profesionales de la Liga que se hubiese ganado mejor la vida fuera de las canchas que dentro de ellas. Era hijo de un multimillonario comerciante de diamantes.

Por encima de todos ellos destacaba Isiah Thomas, con el 11 en la camiseta como Corbalán, por lo que fue mi ídolo NBA y por el que en parte empecé a amar el baloncesto. Era un base genial, con gran capacidad para penetrar hacia canasta finalizando con elegantes bandejas y un buen tiro exterior. Con respecto a su tiro, cabe señalar que jamás he visto a un jugador con su capacidad para tirar desequilibrado. La mecánica de tiro es algo complejo en el baloncesto, aún levantándote sobre tu propia vertical para lanzar; pues bien, hacerlo saltando hacia adelante o, en lo que era un genio Isiah, saltando hacia un lado es dificilísimo. Una de sus memorables actuaciones fue en el Forum de Inglewood, en el sexto partido de las Finales del 88 ante los Lakers de Los Ángeles, durante el tercer cuarto, en el que cayó lesionado en un tobillo y jugó cojo. Aún así anotó ¡¡¡25 puntos!!! en ese cuarto, récord todavía imbatido en unas Finales. Y fue gracias, en parte, a su increíble talento para tirar desequilibrado. Recuerdo ver ese partido totalmente emocionado, más de veinte años después. Recuerdo perfectamente dónde, cuándo y con quién lo vi. 

Isiah Thomas era además un líder que todo lo controlaba. Su difícil carácter le llevó a ser vetado para el famoso Dream Team de Barcelona ’92. Se enemistó con Magic Johnson del que era buen amigo y, sobre todo, Michael Jordan le odiaba.

Mi admiración por Isiah Thomas era tal que llegué a odiar a Jordan. Tardé años en reconocer lo que dijo de él Larry Bird en una ocasión tras una exhibición del 23 de los Bulls en el Boston Garden: "Hoy Dios se ha disfrazado de jugador de baloncesto". A pesar de todo, yo seguí siendo un fiel fan de Thomas y de ese maravilloso equipo de Detroit que tanto me hizo disfrutar con sus dos anillos consecutivos en el 89 y el 90.

El entrenador de ese equipazo fue Chuck Daly, que revolucionó la forma de jugar en la Liga profesional norteamericana por dos motivos: apostó fuerte por la defensa yendo en contra de la tendencia de entonces en la que los marcadores 140 a 130 eran frecuentes y, fundamentalmente, empleó a 8 ó 9 jugadores de forma habitual, haciendo que todos ellos se sintieran importantes y aportaran al equipo. Gente como un jovencito y algo tirillas Dennis Rodman mostrando su fiereza y competitividad, el enigmático John Salley con su tatuaje de una tela de araña, el achaparrado Vinnie Johnson (apodado "el microondas" por su forma eléctrica de romper los partidos) o el larguísimo Adrian Dantley. 

La única excepción a esta reunión de tipos duros fue Joe Dumars, un elegantísimo escolta con un tiro demoledor y, su cualidad menos reconocida, un extraordinario defensor. Consiguió el MVP de las primeras Finales que ganaron, siendo el segundo para I. Thomas. Era un jugador sobrio, frío, constante, competitivo, discreto...una estrella con alma de francotirador, absolutamente demoledor para las defensas rivales.

Fui y sigo siendo de los Pistons de Detroit por aquella época de triunfos épicos, faltas intencionadas y dos anillos NBA. Y fui y sigo siendo el más fanático admirador de Isiah Thomas, a pesar de que como persona deje mucho que desear y como entrenador NBA, primero, y general manager, después, haya fracasado estrepitosamente.