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Bartali perteneció a una época en la que el ciclismo era épico: etapas de 350 km., carreteras sin asfaltar llenas de tierra, puertos nevados y embarrados, tubulares cruzados sobre los hombros y debajo de las axilas confiriendo a los ciclistas un aire de caballeros templarios sobre pesados caballos de dos ruedas. Vamos, un deporte muy alejado de la gran mentira del ciclismo de los últimos veinte años.

En 1936 y 1937 ganó el Giro de Italia demostrando una fortaleza física descomunal. Ya fuera pedaleando sobre las tórridas carreteras del sur a 40º o cabeceando debajo de las heladoras lluvias alpinas, Gino se crecía cuando el resto doblaba la cerviz. Había nacido un mito del ciclismo.

En 1938, Benito Mussolini obliga a la Federación Italiana de Ciclismo a que Bartali corra el Tour de Francia en lugar del Giro. Obviamente, lo ganó y fue recibido en loor de multitudes por el Duce. A partir de entonces se le identificó como el ciclista del régimen fascista, a pesar de no existir documento o fotografía alguna con Bartali realizando el saludo fascista. Su origen humilde y su devota religiosidad ayudaron a esa falsa imagen.

La Segunda Guerra Mundial truncó su carrera profesional, que hubiese tenido un palmarés extraordinario a la altura de los Anquetil, Merckx o Hinault. No obstante, sí que pudo aumentarlo una vez finalizada la contienda bélica: ganó el Giro del 46 y el Tour del 48. Éste último tras recuperar 21 minutos de retraso al ídolo local Louison Bobet en una demostración colosal de su condición de escalador ganando siete etapas de montaña.

En esta segunda etapa mantuvo una fuerte rivalidad con Fausto Coppi, otra leyenda del ciclismo italiano y antagonista de Bartali. Cada uno representaba a una Italia. Los aficionados se posicionaban a favor de uno u otro, como si de Milan o Inter se tratase. Todavía hoy día se discute en Italia sobre quién ofreció a quién el bidón de agua en la famosa foto de Bartali y Coppi escalando un puerto de montaña. Realmente, es imposible saber quién dio y quién recibió el bidón en esa instantánea por mucho que la escrutes. De todos modos, es una bella imagen de solidaridad en medio del esfuerzo máximo entre dos rivales.

Hasta aquí la historia de Bartali, leyenda del ciclismo. Pero lo mejor de su biografía llegó después de su muerte en el año 2000. Los hijos del responsable de una red clandestina que ayudó a centenares de judíos italianos a escapar de las brasas del nazismo descubrieron un diario de su padre en el que había anotado prolijamente los detalles de las operaciones llevadas a cabo por la red. En este diario el nombre de Gino Bartali estaba omnipresente. Se pusieron en contacto con otros miembros de la red que aún vivían y confirmaron que se trataba del famoso ciclista, que durante 1943 y 1944, bajo la apariencia de duros entrenamientos, se dedicaba a llevar documentación falsa escondida en el cuadro de su bicicleta de monasterio en monasterio para ayudar a los desventurados judíos que la red clandestina intentaba salvar. Del análisis de este diario se concluyó que gracias a Gino Bartali se salvaron 800 personas. Ese Gino Bartali, que injustamente fue estigmatizado como ciclista del régimen fascista y que vivió 55 años con ese sambenito, fue el que arriesgó su vida recorriendo centenares de kilómetros diarios entre las felicitaciones de los carabinieri que le pedían autógrafos y las risas condescendientes de los soldados que le paraban en los controles de carretera y le decían “¿para qué carrera te preparas, Gino?”

Bartali jamás contó nada a sus amigos ni a sus familiares al respecto. Ni siquiera una insinuación. Se llevó a la tumba ese secreto que podía haberle redimido fácilmente ante la sociedad italiana de su estigma fascista. Un hallazgo casual ha permitido conocer la grandeza de este hombre. 800 vidas y centenares de las de sus descendientes se han dado gracias a él. Con absoluta seguridad, a Gino Bartali le bastó con paladear en su fuero interno el bien que hizo, sin necesidad de compartirlo o, aún peor, exhibirlo ante nadie más. No en vano, la bondad es una cualidad que en silencio resplandece majestuosamente, pero que al ver la luz languidece inexorablemente. Sin duda, la belleza del heroísmo anónimo no tiene rival.