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Torrentes de silencio inundan sus valles
iluminados por candiles estrellados.
Vientos de hojarasca enturbian sus horas,
que se suspenden indefinidamente  con el último parpadeo.
Pero ella permanece solícita e imperturbable,
abrazando por igual a quien la ama y a quien la teme.
 
Paseantes escupidos por la vigilia deambulan su condena,
nictálopes hartos de creer buscan la verdad al doblar la esquina,
criaturas noctámbulas regurgitan las vivencias del día
gracias a las bellas y esclarecedoras paráfrasis de la noche.
Adictos nochosos compran sus sueños a dealers piadosos,
mujeres vacías de besos venden placeres sin nombre
a hombres llenos de soledad que repiten obsesionados un nombre.
 
La realidad se desvanece, se disfraza de sueño:
el antílope caza, el león huye;
el hombre languidece, la naturaleza habla, clama y hasta invierte en renovables;
el sol se resfría, la luna decide la noche a mediodía;
la verdad se enamora de la mentira, la mentira le corresponde de verdad.
 
El verbo soñar, ¿existe en presente?
¿Acaso alguien consiguió alguna vez conjugar un sueño?
Probablemente sí, pero seguro que no volvió para compartirlo.
Entre tanto, nos conformamos conjugando despiertos su futuro
y evocando con envidiosa nostalgia su pasado dormido.
 
A veces, sólo a veces, la noche acaba;
entonces, alumbra una vieja y luminosa y cansina y estúpida pesadilla:
otro día, otro de esos días de sombras tácitas y engañosas
en el que el crepúsculo no acaba de desperezarse nunca,
avergonzado de lo que ilumina sin pasión ni ayuda.
Se suceden claroscuros, abstracciones y dudas enfáticas.
Avanza el día a paladas, entre pesadas obligaciones contumaces.
Afortunadamente, el atardecer impone sus cacofónicas exhortaciones sibilantes
sirviendo en bandeja de frágil cerámica el mejor de los dulces: la noche.