Edward Joseph Kinsey III vive en el castillo familiar, construido en el siglo XVII, en la ventosa costa escocesa. A sus 83 años todavía se vale perfectamente por sí mismo. La presencia de un mayordomo, una asistenta y una cocinera se debe únicamente a sus necesidades de servicio, de las que ha disfrutado desde que era un niño.

Su abuelo, Edward Joseph Kinsey, se benefició de los favores de la reina Victoria, que agradeció sus servicios de intermediación con la casa de Hannover con numerosos títulos, nobiliarios y de la propiedad. Así que Edward Joseph Kinsey III jamás ha precisado trabajar, como tampoco hizo jamás su padre, Edward Joseph Kinsey II. De hecho, Lord Kinsey siempre ha considerado una ordinariez eso de trabajar.

Es un soltero empedernido. Siempre prefirió frecuentar a las mujeres cuando deseó y sin perder el tiempo en grandes cortejos. Ocasionalmente, solicitó las caricias de alguna profesional, más por pereza que por vicio. Por consiguiente, jamás tuvo una relación estable ni duradera.

Tampoco se ha prodigado socialmente. Solamente cuando el título lo ha requerido, y a regañadientes. La mayor parte de su vida ha transcurrido en el castillo escocés, cazando y pescando en sus dominios, rodeado de libros y entregado en cuerpo y alma a su gran pasión: su colección de pijamas.

Lord Kinsey es el mayor coleccionista de pijamas del mundo. Posee una colección con más de 20.000 piezas. Cada noche, después de la apresurada cena, entra en el Salón de los Pijamas, decorado a imagen y semejanza del Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, pero con armarios detrás de los espejos, y elige el pijama con el que dormirá esa noche.

Esta elección la medita detenidamente durante todo el día. Según su estado de ánimo o los acontecimientos recientes escoge uno u otro. Una vez se ha puesto el pijama, se dirige a sus aposentos, pide que le traigan un vaso con dos dedos de ginebra Monkey 47 sin hielo ni acompañamiento, se lo bebe de un trago y se dispone a dormir. A partir de ese momento comienza su fascinante sueño. Porque Lord Kinsey sueña en función del pijama escogido.

Todos sus pijamas han pertenecido a hombres y mujeres de verdad. Algunos célebres y otros anónimos. Pero todos ellos pertenecieron algún día a una persona. Y Lord Kinsey tiene la suerte de poder soñar sus vidas. Cada sueño es una aventura increíble, llena de evidencias deseadas y sorpresas inesperadas. Lord Kinsey lleva años recreando otras vidas en sus sueños, disfrutando de lo que otros gozaron y sufriendo lo que otros padecieron. Sabe más de las personas y sus vidas que cualquier historiador o investigador social. Es un loco afortunado que duerme doce horas al día para vivir lo que otros vivieron.

Su maravillosa afición tiene un inconveniente, no obstante. Únicamente puede usar el pijama de una persona una vez. Si lo usa en otra ocasión, ya no sueña nada acerca de ella. Así pues, cada elección es una excitante experiencia, pero también una despedida, ya que sólo dispone de una oportunidad por pijama. Además, en ocasiones, y a pesar de su extraordinaria sagacidad a la hora de adquirir nuevos pijamas, algunos desaprensivos tratantes de pijamas consiguen engañarle y venderle el pijama de una persona que en realidad no corresponde a la que ellos aseguran solemnemente. De tal modo, que ha habido noches en las que se ha acostado entusiasmado por dormirse con el pijama de Juana de Arco o con el de Calígula y se ha despertado con una enorme decepción. 

Esa unicidad del pijama y del correspondiente sueño hace que tenga pijamas desde hace años con los que aún no ha dormido, bien por el miedo a que sean falsos o bien por el hecho de usarlos y no poder volver a vivir el extraordinario sueño. En esta categoría de pijamas “pendientes” están los de Jesucristo, Platón, Alejandro Magno o Napoleón, por ejemplo. Recientemente, uno de estos pijamas, el de Churchill, fue usado por Lord Kinsey. Afortunadamente, no se trataba de una falsificación y disfrutó de un sueño tan interesante como revelador.

¿Qué hará Lord Kinsey con su increíble colección de pijamas cuando muera? ¿A quién los legará? Porque muchos ya no podrán volver a ser soñados, pero otros muchos estarán sin estrenar.