20111104202448-barbarela.jpg

El pasado miércoles salí de la oficina hasta los cojones del trabajo y loco por ver el partido del Madrid contra el Lyon. Como la lucha entre las diferentes plataformas televisivas ha dado lugar a una dispersión de emisiones sin igual, no podía verlo en casa. Así que tuve que acudir a un bar. Los cercanos a casa no tenían Gol TV, por lo que recurrí a un viejo bar conocido donde seguí toda la Liga de Capello y sus increíbles remontadas: el Barbarela. 

Llegué con el partido ya empezado y sed de cerveza de bar, que sabe mucho mejor que la de casa. Le pedí al camarero-dueño-encargado (no sé lo que es Emilio, pero probablemente sea todo eso a la vez) una Heineken. Su respuesta fue sencillamente magistral: "¡No! Estrella". Pensé avergonzado: "¡Qué gilipollas eres, Guille!" Aparentemente, había sido una respuesta de adusto camarero, pero nada más lejos de la realidad. Es la forma de responder de Emilio: contenida e impasible. El caso es que fue la mejor bienvenida posible. Mucho mejor que si me hubiese dado un abrazo. Me senté en una silla y me sentí, de repente, absolutamente feliz. 

Es un bar sin aspiraciones (me niego a calificarlo de cutre, aunque muchos podrían describirlo así), poblado de señores mayores y personas castigadas. Me reconfortó encontrar a muchos de los personajes que lo habitaban hace cuatro años. Únicamente eché en falta al señor que llevaba pañal. El del párpado cosido para disimular su ausencia de ojo, el solterón ex-cajero de La Caixa, el argentino pesado y borrachín...estaban allí, como otros muchos sábados y domigos de Liga.

Es increíblemente curioso lo a gusto que me encontré entre todos ellos de nuevo, tras casi cuatro años sin haber pisado el Barbarela. Le tenía un enorme cariño a ese bar. Por su ambiente, por su camarero-dueño-encargado y porque aún no he visto perder al Madrid un solo partido en este santo lugar.

Como antaño, insulté al árbitro, aplaudí las jugadas del Madrid y celebré sus goles a mis anchas, rodeado de bastantes merengones igual de entusiasmados que yo. Los culés no son mayoría en este bar. Al menos, cuando juega el Madrid. 

Me tomé unas cervecitas (Estrella, por supuesto) y un bocadillo de lomo con queso que me supo a gloria. Emilio, con su distante amabilidad, me acercó una silla para que apoyase el plato del bocadillo, ya que las mesas estaban ocupadas. Me honró esa distinción. Se lo agradecí con fingida contención también. En un bar como éste los hombres nos mostramos el respeto de este modo. 

El partido acabó con victoria del Madrid, como siempre en el Barbarela. Saldé la cuenta poco antes del final y me despedí con un simple ¡hasta luego! Salí del bar con el ánimo renovado y con unas ganas tremendas de volver a ver un partido del Madrid en el Barbarela, un bar cojonudo en el que hasta el nombre me parece genial.

(El Bar Barbarela está situado en Travesera de Gracia, 150. Barcelona)