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No hay mejor sintonía de un programa que la de Documentos TV. No porque sea especialmente original, ya que se trata de un fragmento de la conocida Carmina Burana, sino porque identifica perfectamente el contenido del programa, lleno de reportajes buenísimos e interesantísimos. ¿Percepción subjetiva? Pues sí, pero es que la música de entrada te pone en alerta, capta tu atención, hace que mires la pantalla del televisor ansioso por descubrir qué temática será abordada en el documental, quién será entrevistado, qué aprenderás. Es una sintonía excitante, casi diría lujuriosa, que provoca erecciones cerebrales.

Me sucedía lo mismo de pequeño cuando en Televisión Española ponían algún programa inglés con la entradilla de “THAMES” sobre una fotografía del Parlamento, o cuando antes de un partido de fútbol internacional aparecía el logo de Eurovisión con su remedo del himno de la alegría sonando. Sentía la misma ilusión y las mismas ganas que afloran ahora, veintipico años después, al escuchar la melodía de Documentos TV.

Además, la televisión (la buena televisión, que la hay) provoca en mí una muy agradable sensación de excitación y relajación a la vez. Obviamente, sólo en circunstancias especiales: en silencio, de noche, con emisiones que me interesen…

Esa aparente mezcla de sensaciones contradictorias me provoca una deliciosa hipnosis que me sumerge en un estado de ánimo de dulce y reposada alegría de lo más satisfactorio. Y el relojito que desencadena mi agradable hipnosis es precisamente la música del programa. La música de Documentos TV en este caso.