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Escritor de origen húngaro, nacido en Budapest en 1905, y nacionalizado inglés tras múltiples peripecias, que detallaré a continuación. Falleció en Londres en 1983. 

Me topo por primera vez con Koestler leyendo una recopilación de artículos de George Steiner para el New Yorker, en el que describe a un personaje controvertido y brillante. Vuelve a aparecer citado en un libro de Bertrand Russell, si mal no recuerdo, y en algún artículo de prensa. Fundamentalmente por su libro "El cero y el infinito" (traducción literal de la edición francesa del original título en inglés "Darkness at noon"). Al comprar este libro me llevo la grata sorpresa de que se acaban de publicar sus memorias en español, que también adquiero, más por compulsión que por haber leído referencia alguna al respecto. Leo primero "El cero y el infinito", escrito entre 1938 y 1940 después de haber abandonado el Partido Comunista. Se trata de una novela sobre un alto cargo del Komintern caído, como tantos otros, en desgracia en una de las sucesivas purgas del terror de Stalin y el proceso mediante el cual sucumbe a la dialéctica marxista para autoinculparse y firmar su sentencia de muerte. A pesar de ser una historia de ficción, describe perfectamente el oscuro y complejo acontecer de esos terribles años bajo el yugo estalinista en la Unión Soviética. Un buen libro, sin duda.

Pero la gran sorpresa llega con sus "Memorias". Es, sin lugar a dudas, el libro más interesante que he leído. No el mejor, pero sí el más fascinante y apasionante de cuantos he leído. Todavía estoy bajo los efectos embriagadores de su lectura. Lo acabé anoche a las dos y media de la madrugada. Me quedé tumbado en la hamaca de la terraza y hasta transcurrido un buen rato no noté el atronador "chumba-chumba" de las Fiestas de Gracia. En realidad, durante todo el libro suena una imperceptible banda sonora con predominio de instrumentos de percusión que te envuelven en una atmósfera de euforia y pasión.

Es un libro autobiográfico, sí. Pero también es un libro histórico, político, sociológico, psicológico...y de aventuras. La primera mitad del siglo XX está contenida en la vida de Arthur Koestler. Escribió sus memorias con apenas 47 años, entre 1952 y 1954, pero es que había vivido tanto que tenía material suficiente para las casi mil páginas que conforman este maravilloso libro. Vivió la Primera Guerra Mundial como niño de la burguesía culta centroeuropea, la Comuna húngara de 1919, el exilio a la libertina Viena de los años 20, tres años en el protectorado británico de Palestina ayudando a la causa sionista, vuelta a la República de Weimar y su caída en las fauces de Hitler, viaje de un año (1933-1934) en la Rusia soviética abrazando a la causa comunista, miembro de la propaganda del Frente Popular en el París prebélico, encarcelamiento en las cárceles de Franco por espía comunista durante la Guerra Civil española, internamiento en un campo de concentración tras la caída de Francia ante los nazis en 1940, escapada y huída a Inglaterra para vivir los incesantes bombardeos de Londres, vuelta a la Tierra Prometida cuando por fin se declara el estado de Israel (1948), viaje por EEUU y, finalmente, retiro voluntario en Inglaterra donde llevó una vida mucho más pausada desde la década de los cincuenta hasta su muerte en 1983. De hecho, se suicidó junto a su esposa. A los 78 años padecía cáncer y parkinson, por lo que sus facultades físicas e intelectuales estaban gravemente mermadas. Así pues, decidió poner fin a su vida de forma consciente y premeditada. 

Además, todo estos acontecimientos los vivió en primera persona, teniendo un papel relevante en casi todos ellos. Su formación era técnica, ya que estudió Ciencias en la Politécnica de Viena. Sin embargo, no llegó a licenciarse, ya que a un semestre de obtener su titulación lo dejó todo para partir hacia Palestina y participar en la utopía judía. Allí las pasó canutas desempeñando los trabajos más variopintos, incluido el de periodista, al que consagró muchos de sus años. Gracias a ello entrevistó al rey Faisal y a otros muchos líderes árabes. Como curiosidad, fue el primero en publicar una especie de crucigramas en un periódico de Tel Aviv. Hay que tener en cuenta el gran mérito de esta tarea, puesto que el hebreo era un idioma arcaico (hacía 2.500 años que apenas se usaba. En época de Jesucristo se hablaba arameo) despojado de vocales, por lo que plantear un crucigrama debió ser realmente peliagudo.

Su labor como periodista le permitió conocer a celebridades como Thomas Mann, Sigmund Freud y otros. Su vertiente intelectual y de militancia comunista también le abrió las puertas de la intelectualidad socialista centroueropea. Poco a poco, tras su vuelta a Europa después de sus años en Oriente Próximo, fue escalando en la profesión periodística hasta dirigir las publicaciones científicas del emporio Ullstein, la mayor empresa de comunicación centroeuropea de los años veinte y primeros treinta. Hasta que se afilió al Partido Comunista y fue echado de su prominente posición. Debemos tener en cuenta el contexto: transcurría el año 1931 y el partido nazi avanzaba en la política y, sobre todo, sociedad alemanas a pasos agigantados. Por lo que su condición de judío, primero, y la de comunista, después, le abocaban al despido o, incluso, a algo mucho peor. 

Su adhesión al Partido Comunista fue como respuesta a la escalada totalitaria que se desató en Europa en aquellos años. Según él, era la única respuesta posible a los fascismos emergentes. En su descargo, cabe decir que por entonces aún se desconocían los terrores estalinistas. De nuevo, bendecido por su condición periodística, consigue ser invitado a la Unión Soviética para conocerla y escribir sobre los grandes logros del segundo plan quinquenal. El año que emplea en viajar desde Ucrania hasta Asia Central, recorriendo Járkov, Tiflis, Bakú, Ereván, Samarcanda, Bujara y Moscú entre otras decenas de lugares, supone un primer desengaño del sistema comunista, pero aún seguiría años con la venda puesta, sin querer reconocer lo evidente. Este punto es el más sorprendente de sus memorias: tratándose de un hombre tan inteligente, ¿cómo pudo estar "ciego" tanto tiempo? La verdad es que Koestler lo explica perfectamente en el libro y desgrana el proceso, desde su entusiasta afiliación hasta su desganado abandono, con una honestidad envidiable.

Fue un hombre muy curioso: original, irónico, maníaco-compulsivo, inteligentísimo, culto, apasionado, alocado y, sobre todo, aventurero. No le importaba perder su posición o las consecuencias de sus decisiones. Si estaba convencido de algo, iba a por ello. Tal es así que se infiltró por primera vez en la España posterior al alzamiento nacional como espía comunista para recabar información sobre la participación alemana en el levantamiento franquista, gracias a embaucar a varios aristócratas y altos cargos franquistas en Lisboa, entre ellos el propio hermano de Franco. Se entrevistó con Queipo de Llano en Sevilla obteniendo valiosa información y escapó por los pelos al poco tiempo a través de Gibraltar. Volvió a entrar en territorio español, esta vez también con el disfraz de periodista extranjero, y cayó en manos de los nacionales durante la caída de Málaga. Antes vivió el asedio a Madrid, donde circulaba con el que había sido coche (y chófer) de Alejandro Lerroux, y había huido a Valencia escapando de las columnas nacionales y los controles anarquistas. Al ser capturado, estuvo a punto de ser fusilado, pero finalmente, tras tres meses encarcelado en Sevilla, fue canjeado por la esposa de un famoso aviador del bando nacional. 

En la Francia ocupada fue también internado, esta vez por extranjero y antiguo miembro del Partido Comunista. Por entonces, ya había roto dos años antes (en 1938) con el partido, lo que le valió furibundas invectivas de sus antiguos compañeros de filas y de muchos intelectuales que defendían la causa comunista. En su huida hacia Inglaterra a través de Marsella, Marruecos y Lisboa, coincidió con el escritor Walter Benjamin, que le dio la mitad de sus pastillas por si era capturado. Estando en Lisboa se enteró del suicidio de Benjamin en la frontera española y decidió emplear él también las pastillas que aquél le había proporcionado, debido a la desesperación de no haber conseguido un visado que le permitiera entrar en Inglaterra. Afortunadamente, su estómago no era tan duro como el de Benjamin y vomitó todas las pastillas nada más ingerirlas.

Sus peripecias son interminables y, en algunos casos, divertidas. Como su viaje en el zepelín Graff, el primero en dar la vuelta al círculo polar ártico; sus visitas a los burdeles parisinos haciendo tiempo entre trabajo y trabajo en la corresponsalía; su estadía en aldeas de colonos sionistas siendo apenas un adolescente.

También hay un espeso manto trágico: la cantidad de amigos y familiares muertos por la guerra, el nazismo o el estalinismo; el romance con Nadeshda en Bakú y el turbador sentimiento de culpa; sus aflicciones infantiles convertidas en complejos inveterados durante su madurez; y la sensación de que su fascinante vida tuvo un precio altísimo en cuanto a pérdidas.

Además, el libro está escrito con ironía y honestidad. Algunos pasajes embarazosos para el autor son descritos sin paños calientes, reconociendo culpas o mediocridades personales. Por otro lado, tampoco renuncia al hedonismo cuando así lo considera. Por consiguiente, parece un relato autobiográfico bastante convincente. 

Repito que es el libro más interesante que he leído. Lo he disfrutado una barbaridad. Incluso he llegado a racionarlo, frenando para evitar llegar al anticlímax: su final. Durante su lectura me invadía una "sensación oceánica" (por tomar una de las expresiones favoritas de Koestler en sus memorias, bebida de Freud) extraordinariamente agradable. Por cierto, en su última página, ya en el epílogo, hay una reproducción de un cartel en el que se ve a Goebbels quemar un libro de Koestler en 1933 bajo la atenta mirada de Hitler y, al lado, se ve a Pieck quemar un libro de Koestler en 1952 bajo la atenta mirada de Stalin. No se me ocurre mejor reconocimiento para un intelectual del siglo XX que esta doble viñeta. 

En cierto modo, todo lo que escribo en este blog alberga la esperanza de que pueda interesar a alguien. Y no me refiero a cómo escribo, sino a qué escribo; esto es, a las inquietudes que pueda despertar en el lector con respecto a las personas o temas tratados. En esta ocasión, referente al libro de memorias de Arthur Koestler, quiero explicitar mi más ferviente recomendación. Koestler escribió en su día que cambiaba una decena de sus lectores de la época por uno solo que lo leyese diez años después, y un millar de sus lectores de la época por uno único que lo leyese cien años después. Démosle ese gusto, pues.