El imbécil común nunca se reconoce como un imbécil; sin embargo, ve a su alrededor un montón de imbéciles. Digamos que es muy común entre los imbéciles una hipersensibilidad para reconocer a sus semejantes y una absoluta ceguera para lo propio. En cualquier caso, no debería sorprendernos, ya que el imbécil común es bobo, rebobo.

El imbécil común nace y se hace. Es decir, los hay de cuna y los hay educacionales, por paradójico que parezca. Los primeros son pobres desdichados que nacen con una carencia intelectual que les limita de por vida. Los segundos no parten con ese handicap de nacimiento, pero lo van adquiriendo poco a poco por contagio de otros imbéciles. Desgraciadamente, es tan común el imbécil común que es fácil toparse con muchos de ellos y contaminarse de su estupidez si ya eres ligeramente tontito.

Suele vanagloriarse de exagerados o imaginarios logros del pasado. Repite hasta la saciedad una retahíla de lugares comunes con impostada solemnidad. Su sentido del humor es patético y no hace ni puta gracia, pero su redomada contumacia le aboca a soltar las mismas bromas manidas y chascarrillos ridículos una y otra vez. Acostumbra a admirar desmesuradamente a alguien cercano mediante el cual proyecta su necesidad de destacar o sobresalir en algo, ya que por sí mismo es un absoluto fracasado.

Sufre de manía persecutoria: el mundo está contra el imbécil común, o eso piensa. En realidad no lo está, pero debiera estarlo porque es un lastre para todo aquel que lo padece sin ser imbécil.

La última y más dramática cualidad del imbécil común es su irreversibilidad.