Fruto de una emoción, buena o mala,
brota húmeda y desnuda.
Serpentea la mejilla reconociendo a tientas al padre o a la madre.
Por la tersura o flacidez de la cara, sabe inmediatamente si es deseada o malquerida.
Se refugia brevemente en la comisura de los labios, saboreando mieles y hieles heredadas.
Y parte hacia el sur, abalanzándose por el desfiladero del mentón.
La emancipación es rápida y brutal, más propia de un animal.
Nace de una pasión, alegre o trágica.
Así pues, su vida es un arrebato, un suspiro, un desahogo rápidamente olvidado.
Caída sobre el pecho, atraviesa un valle que desemboca en la tundra del vientre.
Ni un escondite, ni una alma, sólo una llanura interminable.
Al final, un oasis: una mentira, un pozo seco.
El instinto (y la gravedad) le liberarán de su soledad. 
Ya se atisban los humedales del sexo.
En los manglares inguinales conocerá a otros fluidos,
surgidos de las mismas o parecidas pasiones que la alumbraron.
Conocerá el éxtasis y la sordidez; la belleza y la fealdad;
la armonía y el desgarro; lo real y lo fingido.
Y entenderá el porqué de su existencia, sin artificios, con crudeza.
En adelante, no precisará de fe o superstición alguna.
El miedo habrá desaparecido por completo. 
Ni siquiera habrá incertidumbres o dudas.
Todo el camino hasta el final estará claramente marcado.
Cualquiera de las dos opciones que escoja le llevará al mismo punto:
la tierra que la absorberá para siempre sin dejar el más mínimo rastro.
No hay lágrimas inmortales, pues.
Si las personas somos un 70% lágrimas, ¿es inmortal el otro 30%?
Lo único verdaderamente inmortal son nuestros recuerdos, los que dejamos a los demás.
¿De verdad somos capaces de dejar semejante porcentaje de recuerdos? 
Malos, seguro; pero ¿buenos?
¿No será mejor que la tierra simplemente nos absorba, como a las lágrimas?