De vez en cuando, te topas con familias en las que sus miembros son inquietantemente parecidos. La unidad familiar la forman tres personas: padre, madre e hijo. Si el número es mayor a tres, la semejanza se torna imposible; y si se trata de una hija tampoco sucede este curioso efecto. La edad de los padres ronda los cincuenta, sin llegar pero bordeándolos. Y el hijo varón está en edad adolescente.

Van muy juntos, casi pegados, pero sin muestras de cariño. Se diría que están acostumbrados a estar tan juntos porque no se relacionan con nadie más. Ni siquiera se miran; de hecho, miran al mismo punto indeterminado los tres. Invariablemente, se trata de personas enjutas y pálidas, de aire lánguido y aburrido. La madre es ligeramente andrógina y lleva el pelo corto, con idéntico peinado al de su marido y su hijo. Los tres llevan gafas. No son guapos, ni tampoco feos. Más bien, anodinamente asexuados. Sorprende que el padre y la madre hayan tenido un momento lo suficientemente ardoroso como para haber engendrado a su clónico hijo. Manda ella, él es un pusilánime como el hijo. Por eso tuvieron el niño. Ella quería ser madre, pero ni gozó de la concepción ni después de la maternidad.

Su ropa es sobria: el gris, el marrón y el negro predominan. Todos ellos visten pantalones, camisa y zapatos modernillos de cuero con cordones. Aunque no son ostentosos con las marcas, se percibe que la ropa es moderadamente cara. Su estilo es el punto final al que llegan los exkumbas ahipsterados. Pertenecen a una clase social acomodada, funcionarios de nivel medio-alto.

Poseen el aire espectral de las sombras a las que no prestas atención. Sin embargo, si lo haces, quedas subyugado ante su escalofriante similitud y empiezas a plantearte preguntas incómodas. Si mantienes la mirada y ellos la cruzan con la tuya, sabes que se han dado cuenta de que te estás haciendo esas preguntas incómodas, pero siguen adelante sin mostrar ademán de disconformidad alguno. Ellos saben mejor que nadie que son inquietantemente parecidos.