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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2014.

La Décima

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La consecución de la Décima conlleva dos efectos enormemente positivos a corto y medio plazo para el Real Madrid, más allá del evidente éxito del triunfo en sí: la obsesión que el club vivía desde hace doce años, muy especialmente en la figura de su presidente plenipotenciario, desaparece de un plumazo, lo que debería conllevar un cierto sosiego institucional que permita trabajar tranquilamente en un proyecto deportivo tan ilusionante como el de la actual plantilla; el número, la Décima Copa de Europa, es tan simbólico e icónico que esta victoria hace trascender al club, ya que ningún otro ha conseguido, ni es previsible que a medio plazo ningún otro lo consiga, semejante cantidad de títulos en la competición de clubes más importante del mundo. El Real Madrid es otra cosa. Reafirma su pátina de leyenda que, independientemente de las filias y fobias que despierta un deporte tan apasionado como el fútbol, lo hace excepcional, envidiable, admirable. El famoso cántico, recientemente renovado gracias a la victoria ante el Atlético, “¿Cómo no te voy a querer si ganaste la Copa de Europa por décima vez?” es extrapolable a cualquier aficionado al fútbol. Los seguidores del Madrid entonamos orgullosos el verbo “querer”, mientras los desafectos o incluso los más enconados rivales usarán en su lugar los verbos “admirar” u “odiar”, pero siempre con el evidente hecho de las diez Copas de Europa que dan brillo a su palmarés.

Además, la forma en la que se consiguió fue digna de toda la mitología que rodea al Real Madrid. No se trató de un ejercicio funcionarial de cómoda victoria, sino de una épica remontada iniciada in extremis con ese soberbio cabezazo de Sergio Ramos, el jugador que mejor encarna el espíritu ganador y la resistencia ante la derrota del madridismo. Hasta su punto de chulería es inherente a los valores del club.

Ganar diez finales de trece no es casualidad. Es un porcentaje demasiado elevado como para remitirse únicamente a la suerte, aunque ésta siempre juegue un caprichoso papel. Rematar un córner en el minuto 93 alzándose desde el punto de penalti y conectar un certero cabezazo a la base del poste de la portería contraria no es en ningún caso una cuestión de suerte. Es no querer perder, es voluntad de seguir adelante hasta el último instante, es fortaleza física, es calidad técnica, es entrenamiento incansable, es…un sumatorio de causas que buscan un objetivo: ganar. Ganar diez de trece finales disputadas de la Copa de Europa. Una barbaridad sólo reservada a un equipo mítico, a una camiseta que insufla ánimos a los que se la enfundan del mismo modo que intimida a los que se enfrenta en los momentos cumbre de este deporte. Por eso Sergio Ramos busca el centro de Modric con esa determinación. Por eso el aguerrido Godín pierde la marca en el momento más inoportuno ante la involuntaria pantalla de Morata y Tiago llega tarde a cubrir a su compañero. Por eso Di María, cumplido el minuto 110 de partido, inicia un imparable eslalon en el centro del campo que remata con el alma y el rechace es ejecutado con la cabeza por el hasta entonces errático Bale. Porque el Madrid es otra cosa, algo muy cercano a un mito, un equipo que juega con el viento de su historia a favor.


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meteorólogo

adivinador profesional del tiempo que en lugar de cartas, huesos o poso de café usa mapas y extrañas líneas llamadas isóbaras (del prefijo “iso-“, que significa igual, y el lexema “bara”, que significa trola) para sus erróneas predicciones. 


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documental

reportaje que habitualmente mostraba interesantes aspectos de la naturaleza, la historia, la cultura o los viajes, con el que podías disfrutar aprendiendo de forma relajada al ser emitidos a horas que invitaban al sueño. Actualmente, invaden la parrilla televisiva a cualquier hora en versiones agresivas y soeces de los temas más rocambolescos que puedan imaginarse consiguiendo encabronar y embrutecer al telespectador. Este género ha formado parte de mi educación, por lo que me apena profundamente su degradación. Es como si los profesores del colegio de los que guardo un grato recuerdo se hubiesen convertido en pervertidos pederastas y proporcionasen drogas a sus alumnos. 

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True detective

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El último éxito de HBO en series es de una calidad extraordinaria. True detective no sólo narra una sórdida historia de asesinatos rituales desentrañando magistralmente la trama a pesar de los continuos flashbacks, sino que la ambientación en Luisiana, la fotografía crepuscular y la música seleccionada acompañan a la serie a la perfección. Además, la figura de Rust, encarnada hipnóticamente por Matthew McConaughey, emerge soberbiamente con una actuación memorable de un personaje que se convertirá con el tiempo en uno de los iconos de las series de televisión. Tras sus papeles en “Mud” y “Dallas Buyers Club”, por la que recibió el Oscar, el de Rust Cohle avala una carrera reinventada como actor que nos brinda todo su talento interpretativo, oculto tras ese atractivo físico que sostuvo su filmografía durante veinte años. Matthew McConaughey desarrolla un personaje atormentado, siempre a un paso de la locura, pero sin llegar a cruzar esa frontera que, sin embargo, consigue centrar toda su cordura y sagacidad en su labor como investigador de homicidios. La contención de Rust, sobre todo, en su gestualidad y en su mirada insondable es magnífica.

Nic Pizzolatto (autor del guión completo y showrunner de la serie) hilvana una truculenta historia trufada de diálogos brillantes y reflexiones nihilistas, sublimada en las conversaciones que mantienen Rust y Marty (Woody Harrelson) en el coche. La tensión de muchas de las escenas es brutal, incluso están cargadas de una violencia latente que estalla inesperadamente en ocasiones y se diluye, también sorprendentemente, en otras. Otro mérito indudable del creador de la serie es lo bien construida que está, teniendo en cuenta los saltos temporales y los diferentes roles que desempeñan los dos detectives. Desgrana inteligentemente el nudo de la historia, sin giros repentinos, de forma progresiva y cabal, avanzando poco a poco en el caso, descubriendo y relacionando antiguos crímenes, encontrando nuevos indicios e investigando posibles pistas.
El papel de Marty, contrapunto de Rust, también está representado extraordinariamente por Woody Harrelson. Astuto policía, bebedor y mujeriego, confronta su elocuente simpleza a la tortuosa y brillante mente de Rust. El recelo y desconfianza iniciales van dejando paso a una cierta admiración, que se va viciando de hastío con el paso del tiempo hasta el inevitable conflicto. En cualquier caso, es un placer disfrutar de las escenas protagonizadas por ambos.

La banda sonora que acompaña a la serie es igualmente magnífica. La música seleccionada es perfecta en todo momento. Aunque la canción de la cabecera (“Far from any road” del grupo The handsome family) es buenísima y sin duda abandera la calidad del conjunto, ninguna de las canciones que aparecen a lo largo de los ocho capítulos le va a la zaga.

La atmósfera de la serie es igualmente turbia. Está rodada en la pantanosa Luisiana, en lugares medio abandonados y decadentes. La fotografía es de una luminosidad engañosa, la típica de los ocasos de verano en los que la tarde se adentra en la noche con cielos cobrizos y azul cobalto. Muchos planos se van abriendo poco a poco hasta mostrar una naturaleza salvaje y malherida que se proyecta hacia el infinito, hacia una inmensidad melancólica. Incluso los personajes secundarios (prostitutas, policías, delincuentes) son oscuros y deprimentes, productos de la fealdad y la pobreza de la marginalidad.

Sólo tiene una pega True detective: sus últimos cinco minutos, que son la deuda a pagar por querer dejar una vía abierta a una segunda temporada. Cuestiones de la productora, no de los autores, imagino. Una pena, pero en cualquier caso disculpable, ya que las 7 horas y 55 minutos anteriores son una obra maestra.

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