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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2014.

Un antónimo perfecto desenmascarado

No conozco a mi antónimo perfecto, tampoco lo necesito, pero lo aborrezco. Siento su carga desde muy pequeño. Sin aun conocer su significado, ni siquiera el mío propio, ya oía cómo lo mentaban con orgullo los mayores, mientras a mí me trataban con condescendencia al principio y, más adelante, con desprecio. Cuando, por fin, tomé conciencia de mi significado y, lo que es peor, del suyo, todavía se incrementó más mi odio hacia ese presuntuoso santurrón.

Sin embargo, conforme crecía me fueron surgiendo algunos amigos. No muchos, pero sí muy fieles. La verdad es que ninguno de ellos era de mi agrado, pero me hacían sentir mejor que la sombría soledad que hasta entonces había anegado mi vida. Esos amigos trajeron a otros, estos otros a otros más y, poco a poco, fui frecuentado y celebrado mucho más de lo que jamás soñé en mi eterna noche de infancia. De estos últimos amigos, sí que me gustaron al principio algunos, pero tarde o temprano acababan decepcionándome. Entonces, el único consuelo que me reconfortaba era que mi detestado antónimo perfecto se estaba quedando cada vez más solo. Actualmente, soy mucho más popular que él.

No revelaré mi nombre, pero sí el de mi antónimo perfecto, para que sufra el mismo escarnio público que viví yo en mis primeros años y que ha marcado de forma indeleble mi vida. Ese desgraciado al que me refiero se llama Honrado.

 

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casi

adverbio casi afirmativo que suele ocultar una negativa, un fracaso o una derrota. Incluso fonéticamente parece acercarse a un sí, cuando en realidad no es más que el inicio de una patética excusa: casi ganamos, casi apruebo, casi me la ligo…




hipster

modernillo con posibles cuya vestimenta, complementos y peinado dan cierto repelús por sí mismos y por el exhibicionismo petulante que hace de ellos. Aunque lo peor llega, sin duda, cuando abre esa boca esnob y condescendiente que llenarías gustosamente con sus gafas de pasta, sus pelos perfectamente revueltos y sus ropas estridentemente sobrias.

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La megalomanía: un mal muy presente

Ahora que está el caso Neymar con su sucesión de imaginativos contratos firmados por el F.C. Barcelona tan de actualidad, observo con absoluta verosimilitud que el origen de todo este asunto está relacionado con la megalomanía del ya expresidente Sandro Rosell. Cuando llegó a la presidencia del club se encontró con una situación deportiva inmejorable gracias a uno de los mejores equipos de fútbol de la historia, amén del resto de secciones también dominantes en sus respectivos deportes. En lugar de limitarse a disfrutar del éxito, decidió ser parte activa de ese éxito intentando fichar a una de las más deseadas promesas del fútbol mundial, Neymar; o mejor dicho, Neymar Jr., nombre que leí sorprendido en su camiseta el día de la presentación, pero que transcurridos unos meses ha adquirido todo el sentido. El verdadero Neymar es papá Neymar, claro. El cachondo que sin mover un dedo se ha embolsado ¿40?, ¿50?, ¿60? millones de euros. En definitiva, Sandro Rosell necesitaba ser el presidente que fichase a la anhelada joya brasileña, aunque ya tuviese en su equipo a un chico argentino llamado Lionel Messi. Sobre todo, cuando el presidente del club rival por antonomasia, otro reconocido megalómano, pugnó con la ferocidad que dan los millones ajenos por el mismo jugador del que se había encaprichado Sandro.

 Así las cosas, Sandro Rosell inundó de dinero a los Neymar y chanchulleó con los contratos para poder presentar orgulloso la pieza de su particular cacería, en la que el verdadero trofeo es la hinchazón sin límites de la vanidad. A su vez, Florentino Pérez, herido en su orgullo por el archienemigo, se gastó ¿91? ¿101? millones del club al que dice amar y servir reverencialmente en un jugador de clase media-alta, Gareth Bale. Porque, evidentemente, el desatino de un megalómano requiere una respuesta inmediata y aún más desatinada del otro megalómano en liza.
 
He usado este ejemplo de actualidad porque refleja perfectamente uno de los males que ha sufrido la sociedad española durante los últimos años: la megalomanía. Dirigentes políticos de cualquier pelaje y condición, ministros y alcaldes, presidentes del gobierno de España y presidentes de Comunidades Autónomas, todos ellos han dilapidado centenares de millones de euros en obras faraónicas: palacios de congresos, bibliotecas babilónicas, aeropuertos inéditos, museos del localismo rocambolescos…Y todo ello únicamente para satisfacer la megalomanía del político de turno. Por cierto, no estoy hablando de la corrupción y su impunidad, otra de las lacras de nuestro tiempo, sino exclusivamente de megalomanía.  
 
Pero no se ha circunscrito este prurito incontrolable del poderoso a la esfera pública, aunque sea donde más fácilmente se ha prodigado. Muchas empresas privadas también cometen el mismo pecado a través de sus directores generales, consejeros delegados y otros altos directivos, que gracias a su arbitraria vanidad toman decisiones perjudiciales para la empresa y sus propietarios. Cuando el dinero no es de uno, cualquier decisión se torna más sencilla.
 
La obsesión por ver quién la tiene más larga (la megafalomanía), quién consigue el fichaje de moda, quién construye el auditorio más impresionante (y caro), quién consigue el mayor contrato ha causado estragos a todos los niveles en nuestra sociedad. El aplauso que han recibido todos estos megalómanos por cada uno de sus desvaríos ha sido unánime. Los medios de comunicación los han proyectado como triunfadores o benefactores, aupándolos a un reconocimiento social fatuo, pero envidiable. Los pobres desgraciados que no han recibido ningún aplauso han satisfecho su megalomanía a través de ellos, lo cual es aún más triste. El voyerismo jamás puede regar la vanidad; sin embargo, así ha ocurrido en muchos casos.

Ganar está muy bien, siempre que sea a un precio adecuado y por un buen objetivo. Cuando ganar se convierte en el objetivo, el precio es lo de menos, sobre todo, si el dinero no es tuyo.


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picota

amiga pija y casquivana de la cereza cuya carnosidad y brillante color encarnado invitan a pecar mucho más que la mojigata cereza morada de rubor.

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dudar

antiguo privilegio del interlocutor, que podía confrontar sus argumentos con los del otro sin mostrar por ello debilidad o falta de criterio. 

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Relatos de Kolimá. Varlam Shalámov. Ed. Minúscula

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La obra de Shalámov está dividida en seis volúmenes. Los cinco primeros recogen los relatos de sus vivencias en el Norte, en el gulag, estructurados según el orden original establecido por el propio autor. El último, inédito en esta colección de la editorial Minúscula en castellano, reúne una serie de ensayos. Este magnífico testimonio fue originalmente publicado en Londres en 1978, apenas cuatro años antes de la muerte del escritor.

 Los relatos no siguen un orden cronológico ni están agrupados por temáticas concretas. De hecho, podría leerse uno o la totalidad de ellos sin necesidad de la lectura del resto para poder entenderlos. Simplemente, narran diferentes experiencias (la mayoría vividas en primera persona) a lo largo de veinte años de cautiverio: los dos primeros a finales de la década de los años 20 y el resto desde el terrible año 1937 hasta la muerte de Stalin y la posterior rehabilitación de los presos.
 
En algunas ocasiones, Shalámov se repite y vuelve sobre historias ya contadas, lo cual tiene su explicación en el prolongado periodo durante el cual escribió todos los relatos: desde 1956 hasta 1973. No obstante, en todas ellas afloran las terribles condiciones de esos campos y minas de la muerte, donde la voraz y premeditada crueldad del estalinismo arrojó a millones de rusos con el único fin de esclavizarlos hasta su exterminio.
 
En comparación con la fría meticulosidad de “Archipiélago gulag” de A. Solzhenitsyn o el brutal, pero hermoso testimonio de E. Ginzburg en “El vértigo”, “Relatos de Kolimá” muestra la atrocidad del día a día: la cercanía constante de la muerte del “colilla”, del terminal; la abyecta arbitrariedad del régimen en los juicios y condenas; los repugnantes privilegios que disfrutaban los hampones con respecto a los presos políticos; la perversión moral de todos y cada uno de los habitantes del Norte, condenados y libres; la terrible constatación de que para sobrevivir no era únicamente necesario disponer de una fortaleza física y mental descomunal para soportar jornadas interminables de trabajos forzados a -50ºC entre continuas palizas y vejaciones, de una extraordinaria astucia para elegir bien (la vida) en infinidad de situaciones, sino que, además, debías disfrutar de una increíble suerte. 
 
Hay algunos relatos evocadores en los que excepcionalmente la bondad de un ser humano emerge y hasta triunfa. Sin embargo, hay otros realmente escalofriantes en los que cuesta seguir leyendo, como el que cuenta cuál era la forma de pago por tener sexo: un trozo de pan. La prostituta, prácticamente cualquier mujer habitante del Norte, podía comer todo lo que sus escorbúticos dientes pudiesen del pedazo de pan hasta que el cliente acabase. Evidentemente, los hampones congelaban antes el mendrugo para que la prostituta no pudiese siquiera roer una miga de pan. La maldad y la perversión estaban hasta tal punto enraizadas en aquel mundo que se hacían cotidianas.
 
Lo más impactante de esta obra es la opinión, repetida varias veces por el autor, de que su experiencia en estos campos de concentración de Kolimá fue completamente negativa, que nada bueno supo sacar o aprender de esos veinte años, absolutamente nada. Es sobrecogedor, pero leyendo sus relatos es la única opinión posible de alguien cabal.
 
Literariamente, Shalámov consigue dotar de un indisimulado lirismo a sus historias (al menos, a algunas, aquellas menos sórdidas), ya que es capaz de describir la naturaleza dura e infranqueable, pero también hermosa y pródiga con una belleza extraordinaria. Probablemente la naturaleza fue su tabla de salvación, más allá de los cursos de enfermería que le permitieron acceder a un puesto de practicante a partir de 1946, puesto que sus descripciones de la taiga, los impresionantes árboles del Norte, los animales y plantas que habitaban aquellas gélidas tierras y, sobre todo, el cielo siberiano con sus noches blancas son odas a la inconmensurable belleza de la naturaleza. 


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