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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2014.

Los pecados capitalistas

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De los siete pecados capitales (lujuria, gula, pereza, ira, envidia, soberbia y avaricia) sólo los dos últimos son insaciables. Por muy libidinoso que sea uno, tras una satisfactoria sesión de sexo, el ímpetu se aplaca, aunque sea momentáneamente. El mayor de los epulones alcanzará en algún punto un hartazgo tal que le repugnará seguir comiendo. El más vago de entre los haraganes acabará levantándose siquiera a beber o a mear. Aunque el más iracundo jefe, profesor o padre ponga el grito en el cielo día tras día, tendrá momentos en los que la furia aminorará. La envidia, si bien es muy difícil de combatir, no inunda completamente el alma de las personas, excepto casos patológicos situados en los límites de la insania, ya que se trata en realidad del único pecado relacionado directamente con lo ajeno, no con lo propio.

Sin embargo, los dos últimos pecados capitales, la soberbia y la avaricia o, para mejor entendimiento en este contexto, la vanidad y la codicia son funciones crecientes que tienden al infinito, jamás se sacian. La vanidad y la codicia encarnan el éxito empresarial, ese santo grial anhelado por la sociedad capitalista. Por consiguiente, nada ni nadie les detiene. Porque el deseo, convertido en perentoria obligación, de ganar un euro más, un dólar más es inherente al sistema. Y una vez conseguido ese euro o dólar adicional, debe mostrarse a todo el mundo para regar la vanidad del triunfador. La decencia (en la obtención de beneficios con buenas artes) y la discreción (el puro y simple orgullo personal de una tarea bien hecha, no el orgullo exhibido hacia afuera que es la vanidad) han desaparecido por completo.

La codicia puede ser perfectamente definida como la maximización del beneficio, es decir, el objetivo último del capitalismo. Así pues, dada la inconmensurabilidad de este pecado y la ceguera provocada por el otro pecado típicamente capitalista, la vanidad, iremos poco a poco ahondando en las peligrosas consecuencias de ambos: desigualdad social cada vez mayor, acumulación de riqueza en menos manos y demás distorsiones anunciadas desde hace años (puestas de moda recientemente por el economista Thomas Piketty) hasta llegar a un punto inevitable de ruptura que abrirá una nueva etapa en la que el abismo será una de las inquietantes posibilidades del tablero social.

No sé cuántos años pasarán, ni si algunas mentes preclaras conseguirán retrasar el inevitable final con valientes medidas correctoras que protejan el contrato social que en mayor o menor medida llevamos años renovando de forma tácita a través de equilibrios más o menos inestables entre las diferentes instituciones y los ciudadanos de los países occidentales, pero estoy absolutamente convencido de que el colapso llegará tarde o temprano porque la codicia y la vanidad humanas llevan miles de años medrando y, finalmente, han encontrado el sistema social perfecto para su preponderancia y dominio. Porque, desgraciadamente, tanto la codicia como la vanidad están bien vistas. Un codicioso empresario hecho a sí mismo (aunque sea mediante métodos ilícitos, como recientemente han salido ejemplos a la luz pública) es admirado y loado hasta chapotear en el ridículo; en cambio, un depredador sexual o un holgazán subsidiado son vilipendiados en público y en privado. ¿Por qué esta doble moral en cuanto a pecados capitales? ¿Por qué unos son vergonzantes y otros aplaudidos? Porque el sistema capitalista no es únicamente un sistema económico, sino que ha invadido al resto de ciencias sociales. No queda un solo ámbito en la sociedad en la que no haya causado metástasis. Su esencia, la codicia, lo ha anegado todo. Y su pizpireta hermana, la vanidad, se encarga de la propaganda.

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Guy Delisle

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Reconozco que nunca he sido un gran aficionado a los cómics. Sin embargo, confieso que me atraen. No sé si es su estética, su formato de fácil consumo o quizás porque se trate de una especie de conglomerado naif de varias artes que me gustan: la literatura, al narrar una historia real o fantástica; el cine, al ser lo más parecido a un storyboard y ser vivero de muchas películas de mayor o menor calidad; y la pintura, en la que cada viñeta representa un pequeño cuadro, muchos de los cuales pueden equipararse a los bocetos preliminares usados por la mayoría de pintores.

Así pues, si a este entretenido cocktail le echamos unas gotas de historia y política contemporánea, tanto mejor. Por eso he leído recientemente cuatro libros de Guy Delisle.

El primero (en orden de edición, no de lectura) fue editado en 2000: Shenzhen, que narra su experiencia de tres meses al frente de un estudio de animación en la ciudad china que da título a la obra. Refleja perfectamente la atmósfera gris y sucia de la ciudad china en pleno desarrollo, su claustrofóbica soledad y la absoluta incomunicación con su equipo de trabajo y demás gente que le rodea (el director del estudio, su traductora, su chófer y hasta su odiado recepcionista del hotel). Una de sus mejores cualidades, presente en los demás libros también, es lo bien que relata la simple cotidianeidad a través de sus viñetas, permitiendo al lector hacerse una idea bastante cercana de cuál es la realidad de esos lugares.

El segundo libro (tiene más, sólo me estoy refiriendo a aquellos que he leído) se editó en 2005: Pyongyang. Cuenta su estancia, otra vez de tres meses y otra vez dirigiendo un estudio de animación, en la capital de la inefable Corea del Norte. Juega perfectamente la baza que supone ser un testigo de excepción de la vida en la espectral Pyongyang, aunque evidentemente no puede ni trata de denunciar aquello que el régimen no le deja ver. A pesar de todas las limitaciones a las que pudo ser sometido, no deja de sorprender lo surrealista del país más cerrado del mundo. Vive alojado en un hotel para extranjeros en el que únicamente se ocupa la quinta planta (la única que tiene luz eléctrica de forma suficientemente regular) y en el que hay varios restaurantes llamados “Restaurante nº 1”, “Restaurante nº 2”, etc. con cartas muy poco variadas y escasez evidente de alimentos. Su sentido del humor es extraordinariamente agudo. Además, su cinismo, aunque en pequeñas dosis, consigue describir convincentemente las rocambolescas situaciones vividas con sus ubicuos acompañantes. Cuando acabas el libro, piensas que los ciudadanos de Pyongyang son extraterrestres que viven en el mismo epicentro del aburrimiento y la autocensura. Ciertamente, da escalofríos imaginar cómo viven el resto de norcoreanos impedidos de vivir en y con los “privilegios” de la capital.

El tercero es, sin duda, el mejor de todos: Crónicas de Jerusalén (editado en 2011), por el que obtuvo el prestigioso premio al mejor álbum en el Salón Internacional del Cómic de Angoulème en 2012. En esta ocasión se nutre del año vivido en Jerusalén acompañando a su pareja (así la define él, detesto ese apelativo), que trabaja para Médicos Sin Fronteras, y a sus dos hijos pequeños. Él no trabaja, se dedica a cuidar de los niños y a tomar notas de todo lo que visita. Al contrario que en los dos viajes anteriores, en éste se relaciona con mucha gente, tanto con israelíes como con palestinos, tanto con judíos como con musulmanes; con cristianos, con extranjeros, con lugareños, con visitantes ocasionales. Se adentra y conoce los cuatro barrios de la ciudad: el judío, el árabe (donde vive), el cristiano y el armenio. Ofrece una visión caleidoscópica de la capital religiosa mundial sin apenas notársele ninguna filia o fobia por ninguna comunidad, a pesar de lo evidente que resulta que su mujer, digo pareja trabaje en Gaza y vivan en el barrio árabe de Jerusalén. Con su fina ironía y sin prejuicios ofrece asombrosamente una visión panóptica del conflicto palestino-israelí y todo lo que le rodea. A cada uno le atiza lo que merece, con elegancia y sutileza, sin convertirse nunca en el objetivo, pero sin eludir emitir juicios de valor. Hasta los “humanitarios” reciben lo suyo. Con todos estos ingredientes configura una buena guía de una ciudad tan sugerente como Jerusalén.

Guía del mal padre (editado en 2013) es el único que no merece la pena leer. La sucesión de arrebatadas viñetas en las que se retrata como un padre displicente y demasiado sardónico están trufadas de lugares comunes y de vulgar sentido del humor. Imagino que tras el éxito de “Crónicas de Jerusalén” vio un filón fácil de explotar e, incluso, ha publicado una segunda parte.

En cualquier caso, sus otras obras son muy recomendables. De hecho, mi siguiente adquisición será “Crónicas birmanas”. Además, permiten ver su evolución como dibujante y narrador: desde el trazo oscuro y más difuminado de Shenzhen al dibujo fino, detallado y rico en matices de Crónicas de Jerusalén; así como cierta desconexión en las historias y digresiones cogidas por los pelos de Shenzhen, mientras que en Pyongyang y, sobre todo, en Crónicas de Jerusalén las historietas están mucho mejor hilvanadas y la narración es más completa y ordenada.

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soledad

El Dorado cuando se carece de ella; la mejor amante cuando la encuentras; y el averno cuando se convierte en tu única amiga.

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cualificado

persona con carrera universitaria, pero incapaz de escribir de forma correcta sintáctica y ortográficamente, con gran capacidad para exprimir equipos e implementar las directrices de sus superiores sin realizar la más mínima crítica, fiel devoto de la empresa hasta que deja de serlo, y gran vendedor de sí mismo. ¿Inglés? Sí, claro, como todos los españoles.

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inocencia

virginidad moral que se pierde en alguna esquina de la infancia, a la que intentas volver de vez en cuando, mas sólo encuentras camellos y putas.

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