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Rick nació escuchando el estruendo del río Tennessee.
Creció en la cenagosa pobreza sureña. Alabama no era Alibaba.
Su hermano se coció en un barreño y la madre no lo aguantó:
se metió a puta, sin más explicación que una gélida despedida.
El padre, una cabaña y árboles que talar: su hogar.
En el colegio: humillación y desprecio. La mezquindad de los niños es la más pura y cruel.
Un único ejemplo, un buen ejemplo: el del padre. Soledad, trabajo y determinación.
Las leyendas indias evocan un río Tennessee cantor.
Sus aguas impetuosas y sibilantes acompañan a Rick.
La música recorre los meandros de su alma
removiendo lodos que enturbian los recuerdos imposibles de olvidar.
Porque hay recuerdos del pasado que perviven amargamente,
jodiendo también el presente y el futuro.
Son como los lunes de la memoria: unos hijos de puta que siempre vuelven.
Rick se casó, pero conduciendo hacia un concierto un accidente le descasó.
Otro puto recuerdo más y cinco años de alcohol para tratar de olvidar que no se puede olvidar.
Y, por fin, la música.
La productora FAME, varios músicos geniales y esas voces negras asombrosas:
Percy, Aretha, Wilson, Otis…
Una interminable sucesión de éxitos. Todos quieren grabar en Muscle Shoals.
Hasta los Rolling viajan al Sur fascinados por el sonido del estudio.
Fama, reconocimiento, dinero…Es hora de honrar al padre: un John Deere.
Al poco tiempo yace enterrado debajo del tractor, sepultado por su viejo sueño.
Culpa, estupefacción, desasosiego y, sobre todo, soledad. Otra vez.
Rick escribe una canción dedicada a su padre, que éste había estado escribiendo durante toda su vida:
el ejemplo de una vida durísima, llena de esfuerzo y dignidad alcanza el número 1.
Tras la soledad, siguiente estación: traición.
The Swampers, esos músicos locales poseedores de la magia del río Tennessee, abandonan el estudio.
Años de amistad y trabajo en común a la mierda. Los brillos de L.A. deslumbran demasiado.
Vuelta a empezar.
Afortunadamente, el río es generoso a su paso por Muscle Shoals. Anega de músicos talentosos el estudio.
Como buen pescador, sabe dónde situarse, esperar el momento y capturar la mejor pieza.
Olfatea en las veredas del torrente de la música y al escucharlo titilar se acerca a la orilla
y pesca salmones de talento, que después arregla e instrumenta magistralmente
hasta emplatarlos como el mejor gourmet.
Una partitura llena de hojas arrancadas violentamente escrita con voluntad y determinación.