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De los siete pecados capitales (lujuria, gula, pereza, ira, envidia, soberbia y avaricia) sólo los dos últimos son insaciables. Por muy libidinoso que sea uno, tras una satisfactoria sesión de sexo, el ímpetu se aplaca, aunque sea momentáneamente. El mayor de los epulones alcanzará en algún punto un hartazgo tal que le repugnará seguir comiendo. El más vago de entre los haraganes acabará levantándose siquiera a beber o a mear. Aunque el más iracundo jefe, profesor o padre ponga el grito en el cielo día tras día, tendrá momentos en los que la furia aminorará. La envidia, si bien es muy difícil de combatir, no inunda completamente el alma de las personas, excepto casos patológicos situados en los límites de la insania, ya que se trata en realidad del único pecado relacionado directamente con lo ajeno, no con lo propio.

Sin embargo, los dos últimos pecados capitales, la soberbia y la avaricia o, para mejor entendimiento en este contexto, la vanidad y la codicia son funciones crecientes que tienden al infinito, jamás se sacian. La vanidad y la codicia encarnan el éxito empresarial, ese santo grial anhelado por la sociedad capitalista. Por consiguiente, nada ni nadie les detiene. Porque el deseo, convertido en perentoria obligación, de ganar un euro más, un dólar más es inherente al sistema. Y una vez conseguido ese euro o dólar adicional, debe mostrarse a todo el mundo para regar la vanidad del triunfador. La decencia (en la obtención de beneficios con buenas artes) y la discreción (el puro y simple orgullo personal de una tarea bien hecha, no el orgullo exhibido hacia afuera que es la vanidad) han desaparecido por completo.

La codicia puede ser perfectamente definida como la maximización del beneficio, es decir, el objetivo último del capitalismo. Así pues, dada la inconmensurabilidad de este pecado y la ceguera provocada por el otro pecado típicamente capitalista, la vanidad, iremos poco a poco ahondando en las peligrosas consecuencias de ambos: desigualdad social cada vez mayor, acumulación de riqueza en menos manos y demás distorsiones anunciadas desde hace años (puestas de moda recientemente por el economista Thomas Piketty) hasta llegar a un punto inevitable de ruptura que abrirá una nueva etapa en la que el abismo será una de las inquietantes posibilidades del tablero social.

No sé cuántos años pasarán, ni si algunas mentes preclaras conseguirán retrasar el inevitable final con valientes medidas correctoras que protejan el contrato social que en mayor o menor medida llevamos años renovando de forma tácita a través de equilibrios más o menos inestables entre las diferentes instituciones y los ciudadanos de los países occidentales, pero estoy absolutamente convencido de que el colapso llegará tarde o temprano porque la codicia y la vanidad humanas llevan miles de años medrando y, finalmente, han encontrado el sistema social perfecto para su preponderancia y dominio. Porque, desgraciadamente, tanto la codicia como la vanidad están bien vistas. Un codicioso empresario hecho a sí mismo (aunque sea mediante métodos ilícitos, como recientemente han salido ejemplos a la luz pública) es admirado y loado hasta chapotear en el ridículo; en cambio, un depredador sexual o un holgazán subsidiado son vilipendiados en público y en privado. ¿Por qué esta doble moral en cuanto a pecados capitales? ¿Por qué unos son vergonzantes y otros aplaudidos? Porque el sistema capitalista no es únicamente un sistema económico, sino que ha invadido al resto de ciencias sociales. No queda un solo ámbito en la sociedad en la que no haya causado metástasis. Su esencia, la codicia, lo ha anegado todo. Y su pizpireta hermana, la vanidad, se encarga de la propaganda.