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El último éxito de HBO en series es de una calidad extraordinaria. True detective no sólo narra una sórdida historia de asesinatos rituales desentrañando magistralmente la trama a pesar de los continuos flashbacks, sino que la ambientación en Luisiana, la fotografía crepuscular y la música seleccionada acompañan a la serie a la perfección. Además, la figura de Rust, encarnada hipnóticamente por Matthew McConaughey, emerge soberbiamente con una actuación memorable de un personaje que se convertirá con el tiempo en uno de los iconos de las series de televisión. Tras sus papeles en “Mud” y “Dallas Buyers Club”, por la que recibió el Oscar, el de Rust Cohle avala una carrera reinventada como actor que nos brinda todo su talento interpretativo, oculto tras ese atractivo físico que sostuvo su filmografía durante veinte años. Matthew McConaughey desarrolla un personaje atormentado, siempre a un paso de la locura, pero sin llegar a cruzar esa frontera que, sin embargo, consigue centrar toda su cordura y sagacidad en su labor como investigador de homicidios. La contención de Rust, sobre todo, en su gestualidad y en su mirada insondable es magnífica.

Nic Pizzolatto (autor del guión completo y showrunner de la serie) hilvana una truculenta historia trufada de diálogos brillantes y reflexiones nihilistas, sublimada en las conversaciones que mantienen Rust y Marty (Woody Harrelson) en el coche. La tensión de muchas de las escenas es brutal, incluso están cargadas de una violencia latente que estalla inesperadamente en ocasiones y se diluye, también sorprendentemente, en otras. Otro mérito indudable del creador de la serie es lo bien construida que está, teniendo en cuenta los saltos temporales y los diferentes roles que desempeñan los dos detectives. Desgrana inteligentemente el nudo de la historia, sin giros repentinos, de forma progresiva y cabal, avanzando poco a poco en el caso, descubriendo y relacionando antiguos crímenes, encontrando nuevos indicios e investigando posibles pistas.
El papel de Marty, contrapunto de Rust, también está representado extraordinariamente por Woody Harrelson. Astuto policía, bebedor y mujeriego, confronta su elocuente simpleza a la tortuosa y brillante mente de Rust. El recelo y desconfianza iniciales van dejando paso a una cierta admiración, que se va viciando de hastío con el paso del tiempo hasta el inevitable conflicto. En cualquier caso, es un placer disfrutar de las escenas protagonizadas por ambos.

La banda sonora que acompaña a la serie es igualmente magnífica. La música seleccionada es perfecta en todo momento. Aunque la canción de la cabecera (“Far from any road” del grupo The handsome family) es buenísima y sin duda abandera la calidad del conjunto, ninguna de las canciones que aparecen a lo largo de los ocho capítulos le va a la zaga.

La atmósfera de la serie es igualmente turbia. Está rodada en la pantanosa Luisiana, en lugares medio abandonados y decadentes. La fotografía es de una luminosidad engañosa, la típica de los ocasos de verano en los que la tarde se adentra en la noche con cielos cobrizos y azul cobalto. Muchos planos se van abriendo poco a poco hasta mostrar una naturaleza salvaje y malherida que se proyecta hacia el infinito, hacia una inmensidad melancólica. Incluso los personajes secundarios (prostitutas, policías, delincuentes) son oscuros y deprimentes, productos de la fealdad y la pobreza de la marginalidad.

Sólo tiene una pega True detective: sus últimos cinco minutos, que son la deuda a pagar por querer dejar una vía abierta a una segunda temporada. Cuestiones de la productora, no de los autores, imagino. Una pena, pero en cualquier caso disculpable, ya que las 7 horas y 55 minutos anteriores son una obra maestra.