Ahora que está el caso Neymar con su sucesión de imaginativos contratos firmados por el F.C. Barcelona tan de actualidad, observo con absoluta verosimilitud que el origen de todo este asunto está relacionado con la megalomanía del ya expresidente Sandro Rosell. Cuando llegó a la presidencia del club se encontró con una situación deportiva inmejorable gracias a uno de los mejores equipos de fútbol de la historia, amén del resto de secciones también dominantes en sus respectivos deportes. En lugar de limitarse a disfrutar del éxito, decidió ser parte activa de ese éxito intentando fichar a una de las más deseadas promesas del fútbol mundial, Neymar; o mejor dicho, Neymar Jr., nombre que leí sorprendido en su camiseta el día de la presentación, pero que transcurridos unos meses ha adquirido todo el sentido. El verdadero Neymar es papá Neymar, claro. El cachondo que sin mover un dedo se ha embolsado ¿40?, ¿50?, ¿60? millones de euros. En definitiva, Sandro Rosell necesitaba ser el presidente que fichase a la anhelada joya brasileña, aunque ya tuviese en su equipo a un chico argentino llamado Lionel Messi. Sobre todo, cuando el presidente del club rival por antonomasia, otro reconocido megalómano, pugnó con la ferocidad que dan los millones ajenos por el mismo jugador del que se había encaprichado Sandro.

 Así las cosas, Sandro Rosell inundó de dinero a los Neymar y chanchulleó con los contratos para poder presentar orgulloso la pieza de su particular cacería, en la que el verdadero trofeo es la hinchazón sin límites de la vanidad. A su vez, Florentino Pérez, herido en su orgullo por el archienemigo, se gastó ¿91? ¿101? millones del club al que dice amar y servir reverencialmente en un jugador de clase media-alta, Gareth Bale. Porque, evidentemente, el desatino de un megalómano requiere una respuesta inmediata y aún más desatinada del otro megalómano en liza.
 
He usado este ejemplo de actualidad porque refleja perfectamente uno de los males que ha sufrido la sociedad española durante los últimos años: la megalomanía. Dirigentes políticos de cualquier pelaje y condición, ministros y alcaldes, presidentes del gobierno de España y presidentes de Comunidades Autónomas, todos ellos han dilapidado centenares de millones de euros en obras faraónicas: palacios de congresos, bibliotecas babilónicas, aeropuertos inéditos, museos del localismo rocambolescos…Y todo ello únicamente para satisfacer la megalomanía del político de turno. Por cierto, no estoy hablando de la corrupción y su impunidad, otra de las lacras de nuestro tiempo, sino exclusivamente de megalomanía.  
 
Pero no se ha circunscrito este prurito incontrolable del poderoso a la esfera pública, aunque sea donde más fácilmente se ha prodigado. Muchas empresas privadas también cometen el mismo pecado a través de sus directores generales, consejeros delegados y otros altos directivos, que gracias a su arbitraria vanidad toman decisiones perjudiciales para la empresa y sus propietarios. Cuando el dinero no es de uno, cualquier decisión se torna más sencilla.
 
La obsesión por ver quién la tiene más larga (la megafalomanía), quién consigue el fichaje de moda, quién construye el auditorio más impresionante (y caro), quién consigue el mayor contrato ha causado estragos a todos los niveles en nuestra sociedad. El aplauso que han recibido todos estos megalómanos por cada uno de sus desvaríos ha sido unánime. Los medios de comunicación los han proyectado como triunfadores o benefactores, aupándolos a un reconocimiento social fatuo, pero envidiable. Los pobres desgraciados que no han recibido ningún aplauso han satisfecho su megalomanía a través de ellos, lo cual es aún más triste. El voyerismo jamás puede regar la vanidad; sin embargo, así ha ocurrido en muchos casos.

Ganar está muy bien, siempre que sea a un precio adecuado y por un buen objetivo. Cuando ganar se convierte en el objetivo, el precio es lo de menos, sobre todo, si el dinero no es tuyo.