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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2013.

El restaurante Zara de Madrid

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Soy un gran fan de los bares, las tascas y los restaurantes en general. Suelo ser mucho más feliz en un bar que fuera de él. Del mismo modo que soy más feliz bebiendo que sobrio. Huelga mencionar la positiva sinergia obtenida al conjugar ambas aficiones. Así pues, cuando considero a un bar o a un restaurante dentro de mis favoritos, pasa a formar parte de mi querido santuario de cosas, personas y lugares imprescindibles.
 
Uno de ellos, y el que ostenta el título de bar/restaurante favorito de Madrid, es el restaurante Zara, un pequeño y acogedor local situado en la calle Infantas, nº 5. Lo descubrí hace 10 años y siempre que voy a Madrid intento disfrutar de su sencilla comida cubana y, sobre todo, de sus deliciosos daiquiris, la mejor bebida alcohólica que he probado jamás.
 
Saborear uno de los daiquiris granizados del Zara es tocar el cielo. Incluso su textura y color evocan el mismísimo paraíso. Esa nube helada seduciéndote desde la copa, que al paladear se deshace suavemente inundándote la boca con la suavidad y dulzura del ron… ¡Menudo placer! Sin duda, un gran momento.
 
Además, sus platos son igualmente riquísimos: la famosa ropa vieja, la yuca con mojo picón, el plátano frito, el arroz con frijoles y, por encima de todos, el pollo frito. ¡Cómo se puede marcar la diferencia con algo tan simple y común como el pollo frito! Pues en el Zara lo bordan. Y es que los años de experiencia y tradición de la pareja de cubanos (de ascendencia asturiana) que regentan el restaurante se nota por todas partes. El ambiente es tan agradable, tan familiar, que parece que estés comiendo en casa del octogenario matrimonio. El caballero, de envidiable aspecto a pesar de su avanzada edad, siempre de pie, haciendo cosas aquí y allá; la señora, con su acento cadencioso y dulce, sentada en una mesa ordenando a diestro y siniestro. Vamos, como en su casa.
 
Hace unos cinco años pasaron el peso del restaurante a una de sus hijas y a su yerno, una pareja encantadora, que tenían otros intereses profesionales muy diferentes a los de la restauración, pero que, sin embargo, han acometido con un desempeño extraordinario. Ella, elegante y resuelta; él, contenido y de una sonrisa bondadosa que conmueve. Los dos me hicieron disfrutar de una comida embriagadora hace unos días. Casi pierdo el AVE de vuelta por culpa o, mejor dicho, gracias a ellos dos y al buen rato que me regalaron.
 
Lo dicho, un restaurante magnífico por su comida, sus daiquiris, su servicio y, sobre todo, por su acogedor ambiente.

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tertuliano

humanoide vociferante que actúa como si de un altavoz de internet se tratase: ofreciendo un montón de información sin contrastar, contradictoria, en el mejor de los casos, o directamente sectaria, en el peor. De acceso absolutamente abierto, cualquiera puede participar en una tertulia: desde el más taimado columnista a la más zorra de cuantas zorras inundan los programas de telerrealidad. 

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ministerio

edificio regio poblado de políticos que quieren figurar y de funcionarios que no quieren figurar. Su hipertrofia ha sido alimentada durante años y años con la misma estupidez que esos padres que ofrecen enormes bolsas de Doritos a sus hijos obesos. Y ahora nadie tiene los cojones de decirle al niño "¡deja de comer ya!" Prefieren quitarnos a los niños sin sobrepeso la comida para seguir engordando las adiposidades públicas. El papá-estado ha criado al hijo-estado, mucho más gordo y aún más vago que el padre. Después vendrá el nieto-estado. Y así hasta dilapidar la fortuna familiar, que no es otra que el estado del bienestar. 

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La rosa de Jericó

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Esta curiosa planta tiene la capacidad de permanecer seca y hecha un gurruño, como si estuviese muerta, durante años y años. Sin embargo, a la que percibe algo de humedad, sus pequeñas raíces prenden, vuelve a germinar y las hojas se despliegan con increíble rapidez. Cuando la humedad cesa, vuelve a hacerse un ovillo. Y así una y otra vez. Entre “vida” y “vida” se dedica a viajar empujada por el viento, puesto que al secarse sus pequeñas raíces se desprenden fácilmente del suelo.
 
Envidio a esta walking dead vegetal. Cuando hay sequía, entiéndase hartazgo, aburrimiento o, simplemente, “hastaloscojonismo”, te haces un ovillo y te piras. Como aparentemente estás muerto, nadie te toca las narices. Y a la que notas algo de humedad, entiéndase excitación, diversión o pasión, te levantas de nuevo y a disfrutar.

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George Steiner

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George Steiner ha supuesto por encima de todo una inspiración, una fuente inagotable de referencias literarias, especialmente, y también de otros ámbitos muy diversos que van desde la filosofía hasta la música; puesto que su erudición no se detiene en el ámbito literario, ya sea como profesor o como crítico, sino que abarca un amplio abanico de disciplinas de aquello que se conoce (conocía) como humanidades, una palabra tan bella como olvidada, tanto en su significado como en su uso.
 
Nació en 1929 en el seno de una familia de la burguesía judía centroeuropea, que tantos otros “dioses” o placeres han proporcionado a este blog (Stefan Zweig, Arthur Koestler, Walter Benjamin, Gershom Scholem, Jean Améry, Hannah Arendt…) y repartió su infancia entre París y Viena, hasta que en 1940 emigraron a Nueva York huyendo del nazismo. Estudió en la Universidad de Chicago en la época en la que sus aulas albergaban a las más brillantes y avanzadas mentes del momento en un ambiente interdisciplinar que permitía a estudiantes de filosofía acudir a clases magistrales de física y a estudiantes de ciencias participar en seminarios de literatura contemporánea, como describió en más de una ocasión con indisimulado entusiasmo Bertrand Russell. En adelante, vivió en EEUU, aunque con estancias en Londres y Ginebra, además de numerosos viajes por universidades de todo el mundo.
 
Los libros que he leído de Steiner son interesantísimos, densos en ocasiones, pero siempre evocadores e inteligentes. “La poesía del pensamiento. Del helenismo a Celan” es un brillante ensayo sobre la íntima relación entre la filosofía y el lenguaje, a los que el autor ama reverencialmente. Analiza el lenguaje de los grandes filósofos y concluye que éstos han sido también grandes escritores, ya que consiguen hallar las palabras idóneas para expresar sus pensamientos. Mantiene que incluso los más abstrusos como Hegel o Wittgenstein han sido maestros en el uso del lenguaje. Además, no únicamente se ocupa de filósofos, sino que también analiza a aquellos escritores cuyas obras están trufadas de referencias filosóficas como Borges.
 
En “Tolstói o Dostoievski” trata de hacer un repaso a la literatura confrontando dos grandes tradiciones literarias: la épica y la trágica. A partir de la obra de los dos genios rusos, de sus distintas visiones del mundo, de la religión, de la política…engloba a otros autores en una u otra tradición, desde Homero hasta los herederos de los dos grandes representantes del realismo ruso del siglo XIX. Todo ello argumentado de forma sólida y comparando las obras y el estilo de unos con otros, donde demuestra su admirable erudición y su aguda inteligencia.
 
“Errata” es posiblemente su obra más personal, ya que sin llegar a tratarse de una autobiografía sí que habla de las motivaciones que han sacudido y dirigido su vida, desde la educación clásica recibida por parte de sus padres, en la que la música formaba una parte capital y la memorización una exigencia ineludible, y su envidiable condición de persona trilingüe (alemán, francés e inglés), hasta los profesores o incluso alumnos (cita a cuatro explícitamente) que han marcado su trayectoria intelectual. Aquí vuelve a declarar su amor absoluto por el lenguaje, a la importancia de cuidarlo (más en estos tiempos en los que se pisotea por doquier con la proliferación de soportes tan excitantes como poco exigentes, ya que el libro es muy reciente) y a la belleza en su vertiente estrictamente literaria, así como inmejorable herramienta del conocimiento y el progreso.
 
Por último, recomendaré una recopilación de artículos suyos publicados en la revista The New Yorker con la que colaboró durante décadas: “George Steiner en The New Yorker”. En este libro exhibe todo su ecléctico saber abordando con estilo periodístico una gran variedad de temas enfocados al gran público: la literatura del gulag; la historia del ajedrez; la influyente figura de George Orwell; la curiosa historia de Anthony Blunt, el historiador británico experto en arte que se reveló como espía soviético; y otros muchos e interesantes artículos llenos de referencias de las que poder beber, disfrutar y aprender.

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antifaz

complemento para súper héroes, carnavales y disfraces en general. Actúa a modo de perfecto visillo para la timidez y el cotilleo. Ocultarse tras él atenúa el sentido del ridículo. Asomarse a través de él satisface el morboso voyeurismo

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recesión (económica)

eufemismo de crisis usado por gobernantes de todo pelaje, que se diferencia de ésta en su carácter pasajero. Afortunadamente apenas llevamos cinco años en su pasajera compañía. 

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El imperio de las luces (René Magritte, 1954)

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Bajo este título Magritte pintó una serie de variaciones sobre el mismo tema. En todas ellas muestra idéntica y fascinante contraposición entre noche y día. Lo que aparentemente debería pertenecer a dos cuadros diferentes (el cielo diurno perfectamente iluminado y el resto de la composición en penumbra) se integra en una misma obra de forma extraordinaria. Miras el cuadro una y otra vez, de arriba a abajo, de abajo a arriba, y todo está en perfecta armonía, a pesar de la evidente contradicción. Admirar esta pintura es como disfrutar de la imagen de un sueño en plena vigilia. 

La iluminación intensa del farol y la tenue y apocada luz que surge de las ventanas superiores se reflejan lánguidamente sobre el lago, mientras los árboles y el resto de la casa permanecen en la oscuridad, plasmando perfectamente la escena nocturna. Sin embargo, tras la arboleda, brilla el luminoso día completamente ajeno a la quietud de la noche de debajo. 




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