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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2013.

Real Madrid - Barcelona. 2-1 (Santiago Bernabéu, 2 de marzo)

En el derbi más soporífero de los últimos años, en el que ninguno de los dos equipos quería jugar, se impuso el menos indolente. El Barça debe acudir urgentemente al diván, porque perder ante un Madrid sin Xabi Alonso y con apenas 30 minutos de Cristiano Ronaldo sólo está al alcance de los equipos de primera ronda de la Copa del Rey.

El Madrid se presentó con un equipo poderoso atrás e intrascendente de mediocampo hacia adelante. Modric volvió a demostrar que no es digno de un equipo grande, Benzema quiso mostrar a la DGT su insoportable lentitud a pesar del gol servido por el meritorio Morata, y Callejón correteó su escasa calidad como siempre. ¿Kaká? Bueno, se debió quedar rezando en el vestuario. 

Y el Barça, ¿qué? Pues lamentable. Únicamente generó una ocasión de gol. Sorprende el patético desempeño de este equipo en los dos partidos de esta semana. Sobre todo, teniendo en cuenta su papel dominante en el fútbol europeo durante los últimos cuatro años. La baja (y la baja forma el martes) de Xavi se nota demasiado en el conjunto culé. Thiago perdió balones imperdonables: el primer gol madridista es de él, no del rápido (en la M-40) delantero francés. ¿Messi? Es un gran chico: en la semana en la que Maradona dice que él ha sido mejor que Messi, éste último no quiso contradecirlo. 

La primera parte transcurrió entre la insoportable levedad del tiqui-taca inocuo barcelonista y los dos goles anotados en acciones aisladas. Ni siquiera hubo faltas alevosas por parte de Pepe ni fingimientos ridículos de Pedro o Jordi Alba. El árbitro nos hizo un enorme favor a todos no prolongando el pestiño de esta extraña sobremesa.

La segunda mitad amaneció igual de gris hasta que Cristiano Ronaldo entró en el campo y desperezó a su equipo. Es tal la influencia del delantero portugués que el Madrid tomó la iniciativa por puro contagio de su jugador franquicia y por la insospechada hasta hace un par de semanas apostasía culé. CR7 martilleó la portería de Víctor Valdés desde el lanzamiento de falta y Morata pudo obtener su primera portada grande si llega a embocar un excelente pase de Pepe. Así las cosas, cuando los dos hubiesen firmado gustosamente el empate a nada, Sergio Ramos se elevó por encima de Piqué (otra vez, como Varane el martes) y consiguió el gol de la victoria en un extraordinario remate de cabeza en un córner lanzado con tibieza por el tibio pie del tibio y carísimo croata.

Victoria clara, suficiente y reveladora del estado de ánimo de ambos equipos. Ahora toca el redoble de tambores en Manchester, donde la temporada se asoma al desfiladero de la eliminación sin que lo ocurrido en estos dos partidos ante el Barcelona pueda servir de enjuague si no se concreta con la clasificación a cuartos de la Champions.

 

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compás

el Fred Astaire de la geometría. Dibuja los círculos más perfectos apenas sostenido por uno de sus puntiagudos pies. Una y otra y otra vez, sin desmayo, sin error. La belleza de sus giros queda reflejada en la huella de sus trazos. 

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cónclave

consejo de administración de la Iglesia Católica en el que eligen a su CEO. Suele prolongarse varios días, ya que resulta extraordinariamente complicado que todos los cardenales se hallen al mismo tiempo para la votación al haber siempre alguno en el excusado. La elección del CEO se anuncia mediante la célebre fumata blanca, que originalmente, allá por 1400, significaba "letrinas libres". 

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Las flores de la guerra

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Zhang Yimou nos regala una bella historia de sacrificio y entrega en medio de la devastación causada en la toma de Nankín por el ejército japonés a finales de 1937. Los 90 millones de dólares que costó realizar la película se gastan casi en su totalidad durante los primeros veinte minutos, donde la astucia y valentía de un soldado chino recuerdan mucho al Vassili Zaitsev de "Enemigo a las puertas". Las dos horas restantes son una cuenta atrás para conseguir salvar a unas estudiantes preadolescentes de un convento católico de ser entregadas a las tropas japonesas para su lúbrico solaz. 

Hemos de recordar en este punto que los japoneses no se conformaban con disfrutar de prostitutas, sino que esclavizaban sexualmente a las mujeres como parte del botín de guerra fruto de sus conquistas militares. Corea puede dar fe de tan funestas costumbres. 

Así pues, en la iglesia de Winchester de Nankín se refugian un grupo de jovencísimas estudiantes chinas acompañadas de un también imberbe monaguillo, un grupo de prostitutas del más famoso burdel de la ciudad y un americano alcohólico que ha acudido a maquillar al cura de la iglesia reventado por una bomba japonesa antes de ser enterrado. Este papel lo encarna Christian Bale de forma magistral, cuya ecléctica carrera ha alumbrado buenísimos papeles desde que saltara a la fama en "El imperio del sol".

Lo que sucede a partir de entonces es de una tensión insoportable y de una belleza sobrecogedora. Al principio, la dogmática candidez de las estudiantes choca frontalmente con la displicencia y grosería de las prostitutas. La dipsomanía del americano revela todas sus miserias y lo enfrenta al juicio implacable de unas y otras. Pero cuando todos toman conciencia de lo que va a suceder, sobre todo, los mayores (las alegres chicas y el americano), surge un sentimiento puro e inmanente que convierte a la película en una poesía cuyos versos enaltecen el espíritu humano: la generosidad absoluta encarnada en el sacrificio propio, el agradecimiento sordo y profundo que permanece indeleble en las almas de las que han sido salvadas por las que han ofrecido su carne al hierro candente de la bestialidad humana, el ímpetu primigenio de un padre que intenta salvar a su hija saltándose todos los dictados moralmente aceptables sólo porque no hay nada más moralmente aceptable que salvar a una hija, y el resplandor de un hombre fuera de tiempo y lugar que se niega a ser arrastrado por la corriente de la barbarie y mirar cómodamente hacia otro lado cuando se trata de los demás.

En definitiva, un analgésico ontológico potentísimo y esperanzador en estos tiempos que corren de miseria humana y cínico egoísmo. 

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tectónica de placas

sentido del humor de la geología, lleno de sobriedad y contención a lo largo del tiempo, pero que, de repente, suelta una carcajada heladora. 

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lenguaje

antiguo sistema de comunicación usado por el hombre en su condición de ser social antes de la irrupción de las redes sociales y la correspondiente destrucción de cualquier codificación inteligible. 

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La hermenéutica de las despedidas

“Por sus obras les conoceréis”, predican Los Evangelios (Mateo 7. 16). Pues bien, yo sigo otra máxima un pelín menos canónica: “por sus despedidas les conoceréis”. La forma que usa una persona para despedirse de otras indica no sólo su educación, sino también su religiosidad.

Aquellos que se despiden con un simple “adiós” revelan ostentosamente su ateísmo negando la existencia de dios a través de la deicida palabra empleada: el prefijo de negación “a-“ + el lexema metafísico por antonomasia. Además, el adiós es definitivo, absoluto. Quizá no volvamos a vernos nunca más, ni en ésta ni en otra vida, y aprovecha para despedirse una última vez por si efectivamente ésa es la última vez. Por consiguiente, quien así se despide no cree que haya nada más allá de la muerte, ni vida eterna, ni otras vidas o reencarnaciones. El adiós equivale a game over o, al menos, a la posibilidad de que éste exista.

Contrariamente, quien se despide con un “hasta luego” o un “hasta pronto” denota una evidente confianza ¿o debería llamarse fe? en que volvamos a encontrarnos. Así pues, cada despedida es una renovación de esa fe, un salmo cuya loa es la propia eternidad que presupone y anhela a partes iguales.

Sin embargo, no hay despedida más intrínsecamente religiosa que la poco cordial “que te jodan”, versión moderna del “creced y multiplicaos” (Génesis 1. 28), que invita a procrear y poblar la Tierra con la simiente pecadora del denostado despedido. De este modo, el pecado (la ira del que despide) lleva su correspondiente penitencia (el alumbramiento de descendientes del desventurado despedido, en principio igual de despreciables que éste). Esta visión de purgar los propios pecados mediante el sacrificio terrenal a beneficio de una incierta salvífica eternidad forma parte del tuétano de la religiosidad. 

En definitiva, cualquier despedida revela de forma inequívoca el sentir religioso más íntimo de la persona que despide, lo cual nos permite diferenciar clarísimamente entre aquellos que vivirán eternamente en el cielo rodeados de ángeles y arcángeles de aquellos que arderán en el infierno de la fornicación, la lujuria, la ira, la gula y demás estupendas aficiones del ser humano.

Bueno, hay un caso, un repugnante y cada vez más recurrente caso de despedida en el que es imposible discernir entre luz y tinieblas, entre fe y agnosticismo o ateísmo, entre sí o no: el flácido y vacuo “Pues nada, ya hablamos”. ¡Oye, hijo de la gran perra! Llevamos más de dos horas hablando juntos, ¿qué cojones significa eso de que “ya hablamos”? ¿Se puede saber qué hemos estado haciendo estas dos últimas horas? Esa puta frase, ¿es una aseveración? ¿una conclusión? ¿un epílogo? ¿acaso un regüeldo de tu oligofrénica mente? ¡Vete a tomar por el culo! que es como “que te jodan”, pero sin descendencia; o sea, sin penitencia y, por consiguiente, sin arrepentimiento. En fin, se trata de personas que, aun despidiéndose de forma fútil, provocan que el resto nos posicionemos claramente por uno de los tipos de despedida: el “adiós”, para evitar a toda costa una eternidad compartida con semejantes gilipollas. 

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La tapia

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Discreta fortificación baldía
defensora de una propiedad privada,
privada de todas las sorpresas de la espontánea cotidianeidad.
Censora de luces y voces, recorta el horizonte al más acá,
donde el sol no es más que otra de sus recurrentes marionetas
de ademán sobrio y escaso talento.
Su timidez encalada atrae a paseantes de la soledad,
ofreciendo un descanso o un desahogo o un escondite o una excusa.
La humedad dibuja sus desvelos: testimonios de la realidad que fue y nadie vio. 
El tiempo araña su firmeza envidioso de su radical quietud.
Y el hombre desprecia su serena compañía
convencido de que la única tapia buena es la propia,
la que construye a su alrededor. 
Algunas, las más viejas, han sido testigos de innumerables despedidas.
Trágicas despedidas en las que unos hombres y sus armas
despedían a otros hombres y sus sueños.
Fue lo último que vieron, de espaldas al destino que les apuntaba.
Poderosa metáfora de ese último instante
en el que un hombre no sabe si habrá algo más allá del otro lado de la tapia.
Recibir la mirada espectral de esos condenados
justo antes de una cobarde ráfaga de adioses
ni siquiera es soportable para los verdugos. 
Por eso, cuando caminas a la vera de una tapia,
sientes el escalofrío de aquellos que la miraron una última vez,
tan anegados de miedo como de absurda esperanza,
con los ojos intentando escrutar a través de ella
implorando que se derrumbe tras el fuego final. 

 

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comercial

mentiroso repulsivo cuyo único objetivo es la comisión que obtiene de la venta del producto o servicio que coloca al cliente mediante engaño o manipulación. Es lo contrario a un casco azul que media entre dos contendientes enfrentados. El comercial es el que enfrenta a cliente y proveedor, encabronando a ambos por igual. Para entendernos: escupe al cliente en la cara y luego señala a su empresa, mientras se escabulle vilmente a gastar la comisión ganada espuriamente. 

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aldea

viaje en el tiempo y en las formas, donde las cosas conservan la naturalidad de antaño: la franqueza y dureza de sus gentes, así como el valor de su palabra; las comidas tradicionales de sabores intensos; la convivencia con animales, algunos de los cuales acabarán en la mesa; el paisaje natural que respeta las estaciones y regala los sentidos; y la belleza de la quietud aldeana, que permite disfrutar de momentos que se prolongan mucho más allá de una simple y extática sensación hasta cosificarse en pura y dilatada alegría. 

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Searching for Sugar Man

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Esta película documental nos muestra la asombrosa y maravillosa historia real de Rodríguez, un talentoso cantautor de los suburbios de Detroit con dos álbums publicados y olvidados (Cold fact y Coming from reality) a principios de los 70 en EEUU, que se convierte por uno de esos curiosos azares del destino en un fenómeno de masas en la Sudáfrica del apartheid y que, tras veinticinco años de misterio alrededor de su figura, un melómano y un periodista sudafricanos consiguen hallar su pista perdida.

Es tan absolutamente fascinante cómo la historia transita de una turbia y trágica leyenda a una sorprendente y conmovedora realidad, que cuesta creer que sea verdad. Es como un cuento de hadas truncado y recuperado veinticinco años después. 

Además, las canciones compuestas por Rodríguez que acompañan la película son buenísimas. Sugar man, Street boy, I’ll slip away, Inner city blues...son algunos ejemplos de su sensibilidad musical, tintada de un evidente componente social inmanente a su condición de hijo de inmigrantes pobres en una ciudad muy hostil de los Grandes Lagos.

No se trata sólo de recomendar una película (o documental) o unas buenas canciones, no. Quiero recomendar también un ejemplo de dignidad humana, de humildad llena de talento, de cruda realidad, de honestidad contracorriente. Escuchar el testimonio de las tres orgullosas hijas es, sin duda alguna, lo más emocionante. Si alguien desea que algo inimaginable suceda que vaya a ver esta película documental. Siempre es reconfortante ver que algo imposible ocurra. Nos permite creer en la esperanza, tan esquiva y misteriosa como Rodríguez, a la que imagino tarareando la canción Sugar Man de vez en cuando. 

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