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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2013.

¡tu-puta-madre!

antónimo perfecto de gracias. 

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albóndiga

(o almóndiga, según la educación de ca uno) menor cantidad de carne que tiene existencia propia y se puede comer de un solo bocado.

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desidia

pereza del intelecto, harto de llevar el cartel luminoso de “Open 24 hours”, que busca su momento de desconexión total. 

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¿Por qué ya nadie cuenta chistes?

Porque el humor ha sido copado por los “modernos”, tanto en su generación como en su consumo. Difícilmente alguien hoy día se define como humorista: “¡No, no! Yo soy cómico o actor cómico. Soy guionista y, ocasionalmente, monologuista. ¿Humorista? ¡Pooor favooor! Eso lo era Bigote Arrocet o el Dúo Sacapuntas. Yo practico el humor inteligente.” Y se queda más ancho que largo. Pero es que la mayoría de consumidores actuales de humor asentirían, con su babeante idolatría, semejante declaración del cómico anteriormente llamado humorista.

Curiosamente, ya no hay gente mayor en el mundo del humor. Todos esos cómicos de los que hablo son “modernos” treintañeros tan ingeniosos como guays. Molaría que fuesen tus amigos, incluso tus novios o novias. “Me siento identificado con ellos. Hablan de cosas que me pasan a mí. Puedo ser uno de ellos”, piensa el “moderno” común en su función de público. Los viejos, en el ámbito del que estamos hablando, son los mayores de cincuenta años. Ya no hay Gilas ni Tips ni Chiquitos. Nadie cuenta chistes de un inglés, un francés y un español. Ningún monologuista llama a la guerra. La improvisación ingeniosa ha sido desterrada. Ahora todo está medido, escrito previamente en un guión calculado y es presentado de forma impostada, hasta con cierta desgana, como si el humorista, perdón, cómico nos hiciera un favor contándonos sus gracias.

De otra parte, y para más inri, el “moderno” ha conseguido, al menos en lo que al humor se refiere, penetrar todas las clases sociales. Así, tenemos al “moderno pijo”, que se pirria por los monólogos que tratan de mujeres o trabajos; al “moderno alternativo”, al que se le hace el culo pepsicola con el humor de contenido social y reivindicativo; e, incluso, al “moderno quillo”, especialmente deleznable, que ríe histéricamente y se convulsiona cual epiléptico viendo al borracho de “¡Toma lacasitos!” o a la de “la-lié-parda” en Youtube.

La sucesión de chistes inconexos que buscaban la risotada espontánea y la carcajada fugaz forma parte del paleolítico del humor. Lo que se lleva en el mundo “moderno” es la historia más o menos hilada de supuestas experiencias o anhelos personales que invariablemente transitan del victimismo amable al patetismo autocomplaciente. La forma de humor en boga es, pues, el monólogo; de tan usado, previsible e irritante, cuando no exasperantemente largo. De hecho, el monólogo es como un mal amante: te calienta con los preliminares, pero no te proporciona verdadero placer. Sin embargo, el chiste, mucho más zafio y directo, no pierde el tiempo en zalamerías; eso sí, te provoca un orgasmo.

Nunca he sabido contar chistes. Por eso siempre envidié y admiré a los que eran verdaderos genios en ese arte, porque, además, eran contadores de chistes “anónimos”: amigos o familiares. Y los echo un montón de menos. A los chistes, me refiero. Los magos contadores de chistes siguen ahí, aunque atenazados por los dichosos “modernos”. 

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sudoku

Guantánamo numérico en el que las unidades son encarceladas en celdas secretas que ni siquiera el carcelero conoce de antemano, provocando continuas entradas y salidas arbitrarias. Y así una y otra vez: celda tras celda, prisión tras prisión…en un sistema penitenciario infame, que más que condenas a cadena perpetua obliga a cumplir enloquecedoras condenas a movimiento perpetuo. 

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invitación de boda

cartulina insultantemente cursi que hace partícipe al invitado del feliz enlace convidándolo a asistir y a sufragar los fastos. A pesar de la sencillez de la información que contiene (apenas los dos nombres de los afortunados y la fecha, hora y lugar del bodorrio) difícilmente se asimila completamente a la primera, ya que, mientras la invitación es leída, mentalmente se está calculando: “cagon-la-puta, menos no sé cuántos cientos de euros”. De tal modo que tras la segunda o tercera lectura, en la que los datos de la boda ya han sido procesados, afloran los mejores pensamientos y deseos: ¿a quién habrá conseguido engañar esa foca infollable? o ¿a ver lo que duran, porque con lo golfo que es él? o cualquier otra lindeza del estilo. Y todo esto en el mejor y común de los casos. Porque si la invitación es recibida por una mujer soltera con el arroz a punto de pasársele, lo que lee ésta es: “Yo sí y tú… ¿cuándo? ¡Jódete!” Afortunadamente, esta desagradable situación tiene efectos secundarios positivos en otros invitados: los varones solteros disponen de una ultrajada madurita dispuesta a demostrar que ella también puede, por lo que en el banquete disfrutarán de una presa extraordinariamente borracha e increíblemente fácil a la que zumbarse.

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