Así me despidieron hace unos días en la tienda que compro la leche. Entré y me dirigí, como siempre, a la nevera de la leche fresca. Cogí tres botellas y fui a la caja. Pagué, la dependienta me devolvió el cambio y dijo: ¡hasta pronto! Le respondí y salí encantado, diría que hasta conmovido. ¡Qué bien sienta la buena educación! Porque no se trató de una consigna del comercio o de una técnica impostada, sino de simple buena educación.
 
Llevo meses comprando la leche en esa tienda dos o tres veces por semana, así que obviamente me conocen. Soy un cliente contenido, bastante lacónico. No entablo conversación más allá de la gentileza mínima en el trato. Por lo que no fue una especial deferencia hacia un cliente habitual al que conocen. Simplemente fue una agradable muestra de buena educación.
 
Me alegró esa cálida despedida, pero en seguida pensé que era sintomático que algo tan simple como un ¡hasta pronto! me hubiese sorprendido tan gratamente. La realidad no se cansa de revelar día a día la falta de buena educación imperante: nadie pide perdón o siquiera permiso en el metro para salir o entrar; pocos compañeros dan los buenos días al llegar a la oficina y aún menos son los que responden al saludo; todo el mundo se siente legitimado para interrumpirte groseramente a cada instante…
 
En definitiva, la buena educación no está de moda. Somos tan modernos, hemos llegado a un nivel tal de desarrollo que podemos perfectamente prescindir de la buena educación. Preveo un futuro sin buena educación, ni tampoco especialmente mala. Un futuro aséptico en las relaciones humanas: distante, frío e insensible. Un futuro en el que la prostitución no se centrará únicamente en el sexo, sino también en la amistad. La gente pagará por sentirse bien tratada y por disfrutar del aprecio de otra persona, aunque sólo sea durante un ratito.