cartulina insultantemente cursi que hace partícipe al invitado del feliz enlace convidándolo a asistir y a sufragar los fastos. A pesar de la sencillez de la información que contiene (apenas los dos nombres de los afortunados y la fecha, hora y lugar del bodorrio) difícilmente se asimila completamente a la primera, ya que, mientras la invitación es leída, mentalmente se está calculando: “cagon-la-puta, menos no sé cuántos cientos de euros”. De tal modo que tras la segunda o tercera lectura, en la que los datos de la boda ya han sido procesados, afloran los mejores pensamientos y deseos: ¿a quién habrá conseguido engañar esa foca infollable? o ¿a ver lo que duran, porque con lo golfo que es él? o cualquier otra lindeza del estilo. Y todo esto en el mejor y común de los casos. Porque si la invitación es recibida por una mujer soltera con el arroz a punto de pasársele, lo que lee ésta es: “Yo sí y tú… ¿cuándo? ¡Jódete!” Afortunadamente, esta desagradable situación tiene efectos secundarios positivos en otros invitados: los varones solteros disponen de una ultrajada madurita dispuesta a demostrar que ella también puede, por lo que en el banquete disfrutarán de una presa extraordinariamente borracha e increíblemente fácil a la que zumbarse.