Porque el humor ha sido copado por los “modernos”, tanto en su generación como en su consumo. Difícilmente alguien hoy día se define como humorista: “¡No, no! Yo soy cómico o actor cómico. Soy guionista y, ocasionalmente, monologuista. ¿Humorista? ¡Pooor favooor! Eso lo era Bigote Arrocet o el Dúo Sacapuntas. Yo practico el humor inteligente.” Y se queda más ancho que largo. Pero es que la mayoría de consumidores actuales de humor asentirían, con su babeante idolatría, semejante declaración del cómico anteriormente llamado humorista.

Curiosamente, ya no hay gente mayor en el mundo del humor. Todos esos cómicos de los que hablo son “modernos” treintañeros tan ingeniosos como guays. Molaría que fuesen tus amigos, incluso tus novios o novias. “Me siento identificado con ellos. Hablan de cosas que me pasan a mí. Puedo ser uno de ellos”, piensa el “moderno” común en su función de público. Los viejos, en el ámbito del que estamos hablando, son los mayores de cincuenta años. Ya no hay Gilas ni Tips ni Chiquitos. Nadie cuenta chistes de un inglés, un francés y un español. Ningún monologuista llama a la guerra. La improvisación ingeniosa ha sido desterrada. Ahora todo está medido, escrito previamente en un guión calculado y es presentado de forma impostada, hasta con cierta desgana, como si el humorista, perdón, cómico nos hiciera un favor contándonos sus gracias.

De otra parte, y para más inri, el “moderno” ha conseguido, al menos en lo que al humor se refiere, penetrar todas las clases sociales. Así, tenemos al “moderno pijo”, que se pirria por los monólogos que tratan de mujeres o trabajos; al “moderno alternativo”, al que se le hace el culo pepsicola con el humor de contenido social y reivindicativo; e, incluso, al “moderno quillo”, especialmente deleznable, que ríe histéricamente y se convulsiona cual epiléptico viendo al borracho de “¡Toma lacasitos!” o a la de “la-lié-parda” en Youtube.

La sucesión de chistes inconexos que buscaban la risotada espontánea y la carcajada fugaz forma parte del paleolítico del humor. Lo que se lleva en el mundo “moderno” es la historia más o menos hilada de supuestas experiencias o anhelos personales que invariablemente transitan del victimismo amable al patetismo autocomplaciente. La forma de humor en boga es, pues, el monólogo; de tan usado, previsible e irritante, cuando no exasperantemente largo. De hecho, el monólogo es como un mal amante: te calienta con los preliminares, pero no te proporciona verdadero placer. Sin embargo, el chiste, mucho más zafio y directo, no pierde el tiempo en zalamerías; eso sí, te provoca un orgasmo.

Nunca he sabido contar chistes. Por eso siempre envidié y admiré a los que eran verdaderos genios en ese arte, porque, además, eran contadores de chistes “anónimos”: amigos o familiares. Y los echo un montón de menos. A los chistes, me refiero. Los magos contadores de chistes siguen ahí, aunque atenazados por los dichosos “modernos”.