“Por sus obras les conoceréis”, predican Los Evangelios (Mateo 7. 16). Pues bien, yo sigo otra máxima un pelín menos canónica: “por sus despedidas les conoceréis”. La forma que usa una persona para despedirse de otras indica no sólo su educación, sino también su religiosidad.

Aquellos que se despiden con un simple “adiós” revelan ostentosamente su ateísmo negando la existencia de dios a través de la deicida palabra empleada: el prefijo de negación “a-“ + el lexema metafísico por antonomasia. Además, el adiós es definitivo, absoluto. Quizá no volvamos a vernos nunca más, ni en ésta ni en otra vida, y aprovecha para despedirse una última vez por si efectivamente ésa es la última vez. Por consiguiente, quien así se despide no cree que haya nada más allá de la muerte, ni vida eterna, ni otras vidas o reencarnaciones. El adiós equivale a game over o, al menos, a la posibilidad de que éste exista.

Contrariamente, quien se despide con un “hasta luego” o un “hasta pronto” denota una evidente confianza ¿o debería llamarse fe? en que volvamos a encontrarnos. Así pues, cada despedida es una renovación de esa fe, un salmo cuya loa es la propia eternidad que presupone y anhela a partes iguales.

Sin embargo, no hay despedida más intrínsecamente religiosa que la poco cordial “que te jodan”, versión moderna del “creced y multiplicaos” (Génesis 1. 28), que invita a procrear y poblar la Tierra con la simiente pecadora del denostado despedido. De este modo, el pecado (la ira del que despide) lleva su correspondiente penitencia (el alumbramiento de descendientes del desventurado despedido, en principio igual de despreciables que éste). Esta visión de purgar los propios pecados mediante el sacrificio terrenal a beneficio de una incierta salvífica eternidad forma parte del tuétano de la religiosidad. 

En definitiva, cualquier despedida revela de forma inequívoca el sentir religioso más íntimo de la persona que despide, lo cual nos permite diferenciar clarísimamente entre aquellos que vivirán eternamente en el cielo rodeados de ángeles y arcángeles de aquellos que arderán en el infierno de la fornicación, la lujuria, la ira, la gula y demás estupendas aficiones del ser humano.

Bueno, hay un caso, un repugnante y cada vez más recurrente caso de despedida en el que es imposible discernir entre luz y tinieblas, entre fe y agnosticismo o ateísmo, entre sí o no: el flácido y vacuo “Pues nada, ya hablamos”. ¡Oye, hijo de la gran perra! Llevamos más de dos horas hablando juntos, ¿qué cojones significa eso de que “ya hablamos”? ¿Se puede saber qué hemos estado haciendo estas dos últimas horas? Esa puta frase, ¿es una aseveración? ¿una conclusión? ¿un epílogo? ¿acaso un regüeldo de tu oligofrénica mente? ¡Vete a tomar por el culo! que es como “que te jodan”, pero sin descendencia; o sea, sin penitencia y, por consiguiente, sin arrepentimiento. En fin, se trata de personas que, aun despidiéndose de forma fútil, provocan que el resto nos posicionemos claramente por uno de los tipos de despedida: el “adiós”, para evitar a toda costa una eternidad compartida con semejantes gilipollas.