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El viaje del protagonista de Breaking Bad a lo largo de las cinco temporadas que dura la serie (aún falta por estrenar la segunda parte de la quinta y última) es absolutamente genial: del Walter White cincuentón, pringado y fracasado que ha desaprovechado su vida y su talento lastimosamente al monstruo de Heisenberg, guiado únicamente por su vanidad desde que se desata la vorágine de acontecimientos que suceden a su decisión de fabricar y traficar con metanfetamina. 

Porque la transformación de W.W. no requiere de un juicio ético, de hasta dónde está dispuesta a llegar una persona por sus seres queridos, de establecer unos límites de confort moral sobre los que justificar determinadas acciones ¡no! Se trata de pura y simple vanidad, del extraoridinario orgullo personal de saberse el mejor en algo, aunque ese algo sea una droga que crea adicción, que mata, que causa innumerables delitos y desgracias personales. Pero da igual, porque Walter es el mejor "cocinero" de meta, y lo sabe. Y, además, quiere que así se lo reconozcan, como en la escena de la quinta temporada en la que en medio del desierto exige a un capo de la droga que le diga cuál es su nombre.

Hay un segundo factor que mueve a Walter, íntimamente relacionado con la vanidad en su caso: el poder. Al principio cocina meta para conseguir el dinero suficiente para dejar a su familia en la muy probable circunstancia de que muera del cáncer de pulmón que le han diagnosticado. Sin embargo, una vez conseguido ese dinero y muchísimo más, no puede, al principio, ni quiere, después, dejarlo. Es tan excitante sentirse el amo del negocio, decidir a quién vender el producto, cómo hacerlo...y, sobre todo, sentir y exhibir ese poder que a ver quién es el guapo que renuncia a esa adictiva droga que es la vanidad. Walter se convierte en un artero y experto manipulador. La relación con su mujer se va al traste precisamente por eso, no por una cuestión moral, ya que Skyler es una gran surfera de la doble moral debajo de esa carita de ama de casa anodina. Al respecto, hay varias escenas sublimes entre ambos en las que los diálogos son de una crudeza y una hiperrealidad que quitan el hipo. De hecho, es la serie con el guión más intenso y deletéreo que he visto jamás. A una diferencia abismal de cualquier otra. Tras cada uno de los capítulos de Breaking Bad te quedas sin aliento, con hiel en la boca, con la cara estupefacta de admiración por lo que acabas de ver y escuchar. Insisto una vez más: la dureza de sus diálogos es de una violencia sobrecogedora. Y no sólo el texto, las miradas son turbadoras: de desprecio y odio absolutos. 

En definitiva, Walter White, Heisenberg, W.W. y todas sus contradictorias versiones intermedias forman un caleidoscopio de maldad tan sugerente y a la vez tan cercano, que resulta imposible no empatizar con el personaje y hasta envidiarlo. 

Del resto de personajes de la serie sólo diré que están a la altura del magistral Bryan Cranston. Además, tiene una breve aparición el actor Steven Bauer, que en su día encarnó al compañero ligón e imbécil de Tony Montana en "Scarface". Y yo siempre estaré del lado de aquellos que recuperan actores del olvido ¿o era de las drogas? como ocurrió en su día con Harvey Keitel.