si la desnudez de una mujer es su vista; el oído, su conversación; el gusto, su sensibilidad; y el tacto, su sexualidad…entonces, el olfato es su mirada: delicada, sugerente e inasible. Uno siempre o casi siempre sabe lo que ve, escucha, prueba y toca; sin embargo, pocas veces sabe lo que huele o, al menos, en toda la embriagadora opulencia de sus innumerables matices.