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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2012.

imán

metal cariñoso cuya época de migración coincide con los distintos periodos vacacionales. La ruta migratoria varía según la procedencia del comprador: de la tienda de souvenirs horteras para turistas a la nevera del turista.

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torre de control

minarete desde cuya altura el controlador aéreo convoca cada verano su dichosa huelga para joder a los viajeros, que alzan temerosos sus oraciones para poder disfrutar de las vacaciones planificadas con sueldos hasta diez veces menores que los de los controladores. 

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mar

caldo de la Tierra, normalmente de pescado, más o menos salado y con más o menos tropezones según la zona. Los envasados en complejos turísticos saben a plástico. Los costeros tienen demasiados aditivos químicos. Así que ninguno está tan rico como el de la madre: la madre naturaleza. 

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Stefan Zweig

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Hace años leí un libro de Stefan Zweig sobre Brasil. De hecho, sólo hablaba de tres o cuatro lugares del inmenso país suramericano, los que había visitado. Seguramente se trate de su libro menos representativo. No obstante, sus descripciones eran excelentes: precisas, sin artificios, elegantes.

No volví a leer nada suyo hasta hace bien poco. Tras una buena recomendación, me compré “El mundo de ayer”, un fantástico repaso del autor a los tiempos que le tocó vivir: desde finales del siglo XIX a 1940.

Dos cosas me impresionan de Zweig. La primera tiene que ver con su biografía. Nació en una familia burguesa judía de Viena, que le permitió llevar una vida acomodada y dedicarse al arte desde muy jovencito, fundamentalmente a la literatura (como exitoso escritor) y a la música (como diletante aficionado). Su vocación viajera y su mente abierta le convirtieron en un europeísta convencido, rara avis en su época. Sus intereses y su talento le permitieron trabar amistad con infinidad de personajes célebres de la época: Sigmund Freud, Walter Rathenau, Richard Strauss, Rainer M. Rilke, H. G. Wells, Bernard Shaw, Paul Valéry, Theodor Herzl; y conocer a un sinfín de artistas de diferentes nacionalidades como James Joyce, Salvador Dalí o André Gide. Con semejante compañía parece imposible no crecer intelectualmente. Y ¡por Dios! que lo consiguió Stefan Zweig.

La segunda cualidad que admiro de él es su extraordinaria elegancia. No sólo su escritura es elegante: cuidadosa con las formas, contenida en el mensaje, humildemente culta. Su propia vida, que transcurre a lo largo de “El mundo de ayer”, es igualmente de una elegancia y una educación exquisitas. Todo en sus narraciones rezuma mesura, respeto, honestidad. Leerle es una delicia, un placer reposado y sobrio.

Fue un magnífico biógrafo. “Momentos estelares de la humanidad” es un buen ejemplo de ello. Combina relatos históricos de Cicerón o de la caída de Constantinopla con otros en los que describe aquellos momentos de máxima inspiración en los que Goethe o Haëndel crearon sus obras más famosas. Y lo hace con una verosimilitud y un detalle emocionantes.

Lástima que decidiese suicidarse junto a su mujer en 1942 hastiado de su condición de errante apátrida y por el desasosiego que le causó ver a su amada Europa desangrarse a causa del nazismo. Si hubiera esperado un poco, ni siquiera un año, habría podido percibir que la Segunda Guerra Mundial tomaba otro rumbo, el de la derrota de la locura totalitaria y genocida y el alumbramiento de la Europa de la Sociedad de Naciones de Schuman y Briand, que tan fervientemente había defendido desde su atalaya de respetado intelectual años atrás. 

Hay una foto tomada por la policía brasileña en Petrópolis en la que se ve a Stefan Zweig y a su esposa tumbados sobre la cama, abrazados e inertes, que sobrecoge. Supone la derrota de un espíritu libre, que se vio abocado al abismo tras poseerlo todo, y que no pudo soportar más el mundo en el que vivía, al que había dedicado denodados esfuerzos para convertirlo en un lugar mejor, pero que se le mostraba entonces enloquecido y fanatizado. Vivió deseando y preconizando un entendimiento entre todas las naciones, especialmente, las europeas. Y murió desesperado y alejado de todo aquello en lo que había creído y por lo que había luchado. ¿Cuántos Stefan Zweig? ¿Cuántos Walter Benjamin se han perdido por el camino? Sólo con estos célebres nombres, con sus caras y con el legado de sus obras somos capaces de estremecernos ante la enorme pérdida de talento que la barbarie ha causado a lo largo de la historia. 

 

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prozac

caramelo sin azúcar para adultos. 

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calvo

caballero con nombre y pelo de atún. Los que están rapados son dignos. Los que lucen medio pelo son ridículamente enternecedores. Y los que intentan disimular con una melena lateral tapaevidencias son sencillamente patéticos. 

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periscopio

pene voyeur del submarino que al divisar una voluptuosa corbeta enemiga descarga sus explosivos torpedos amatorios hasta convertirla en puro fuego. 

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Sexo en la estación MIR

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El psiquiatra británico experto en conducta sexual Philip Seymour Hoffman (nada que ver con el actor homónimo) fue enviado a la estación orbital MIR para estudiar la sexualidad en estado de ingravidez. Los astronautas participantes en este experimento fueron el estadounidense John Smith y la rusa Svetlana Popov.

Las primeras notas de Hoffman muestran la incomodidad que le causaba a John la independencia de sus testículos, siempre montados sobre la base de su pene, lo que le confería al conjunto un aire de sonajero que le causaba risitas nerviosas a Svetlana y cierto rubor a John. Algo similar le sucedía a Svetlana con sus pechos, cada uno flotando a su aire, sin sincronización alguna. Sin embargo, en este caso a John no se le dibujaba una sonrisilla nerviosa, sino una lasciva.

Hoffman se centra en la penetración tras relatar con desgana los preliminares: “Después de algunas caricias y abrazos circenses, con sus cuerpos adoptando posiciones nada sexuales, John intenta penetrar a Svetlana, pero su pene no atina. A pesar de lo imperial de su erección, ésta no presenta la rigidez necesaria y existe un balanceo arriba-abajo constante del pene que dificulta su acción. Svetlana debe ayudar con su mano para conseguir la penetración. Ahora John se mueve con dificultad. Sus empellones son desacompasados. Carece de tracción, sus piernas patalean de forma ridícula. Sus brazos se aferran al cuerpo de Svetlana, pero el sexo de la rusa parece expulsar hacia afuera el sexo del americano. La primera prueba resulta decepcionante.”

A la mañana del segundo día prosiguió el experimento. Se inició con una felación que curiosamente aumentó de forma considerable el tamaño del glande de John. Así pues, el Sr. Hoffman ya tenía una primera conclusión extravagante sobre su estudio del sexo en ingravidez: chuparla en el espacio aumentaba notablemente el glande. Esta circunstancia tenía que ver con el “efecto vacío” producido por la succión de Svetlana, que provocaba una dilatación exagerada de los vasos sanguíneos del glande. Este experimento alumbró una nueva tendencia dentro de la hemoterapia que supuso avances nunca antes obtenidos en esta disciplina.

Cuando John ya estaba a punto de derramar sus soldaditos espaciales, colocó a Svetlana a horcajadas sobre él y, esta vez sí, logró penetrarla a la primera. Aunque giraban sobre sí mismos una y otra vez, ambos permanecían unidos gozando en perfecta armonía.

De lo que sucedió en adelante sólo John y Svetlana conocen la verdad. Nunca han querido contarlo, pero los dos solicitaron a sus gobiernos continuar en la estación MIR seis meses más. No hay testimonio escrito del Dr. Hoffman porque, al acabar la segunda jornada del experimento, John y Svetlana acudieron a la cabina de observación y encontraron a Philip Seymour Hoffman muerto. Como buen británico de familia aristócrata, mientras presenciaba el experimento de sexualidad en ingravidez, decidió solazarse individualmente vestido con ropa interior de mujer y unas medias malva anudadas fuertemente al cuello para potenciar el orgasmo y se le fue la mano, la de las medias, no la otra, que indignamente quedó prendida a su miembro como testimonio póstumo del más rocambolesco experimento jamás promovido por la agencia espacial internacional. 

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cremallera

curioso mecanismo de cierre de apariencia tan segura como caminar sobre un alambre. Sin embargo, funciona. Casi siempre. Personalmente, echo de menos las de antes. Las de ahora me desconciertan con sus cierres dobles, inversos o circunflexos. Años ha se cerraban de abajo hacia arriba. Costaba un huevo encajarlas, pero una vez subidas, ni Dios las bajaba. Actualmente, no tienes ni puta idea de si se ha estropeado o eres tú que no sabes cómo cojones funciona. 

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perfumería

sueño húmedo mixto de Jean Baptiste de Grenouille y un alergólogo, donde las fragancias más exquisitas se entremezclan con los aromas más insoportablemente intensos. Muchas viejas se adentran en la oscuridad de la noche en estos comercios para dormir y embadurnarse con sus perfumes. Y durante el día las sufrimos el resto de mortales y sus pobres chuchos. 

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