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Nadie quiere al tal Spiegelmann,
todos le ofrecen sus indiferentes espaldas;
sus miradas de desprecio o de miedo,
nunca directas, siempre de soslayo;
insultos apenas balbuceados,
presagios nada halagüeños.
 
Pero, ¿quién va a querer a semejante monstruo?
Al chivato de nuestros horrores,
al reflejo de nuestros demonios.
Ese yo que escondemos en lo más profundo,
avergonzados de su viscosa fealdad.
 
La peor de las criaturas,
la más honesta y pura,
que alberga en su radical franqueza
las miserias y los pecados de los demás,
soportando la penitencia de todos abnegadamente,
sin quejas, sin qué hay de lo mío,
en discreto silencio.
Un ejemplo insoportablemente insultante de virtud.
 
Pasea la realidad y, para mayor escarnio, la refleja.
En ocasiones, se muestra esquivo y opaco,
como cuando el sol timidea difuminado tras las nubes,
harto de acarrear las culpas de otros.
Mas, por lo general, se revela encontradizo y diáfano,
cumpliendo su misión acusadora con denuedo.
 
El tal Spiegelmann, ese monstruo,
con sus millones de cristales de conciencia,
vende su identidad a cambio de un compromiso:
que cada uno coja su cristalito.
El precio de su desnudez es nuestra propia desnudez.
 
 
Seguimos todos vestidos. Menos mal.