Amanece enérgica, cargada de motivos, hinchada de emoción.
Madruga más que el sol y calienta como tal.
Con su saludo firme, desafía costuras, ropajes y vergüenzas.
Siempre de frente, con la desobediente franqueza por delante.
Orgullosa y cimbreante, se muestra altanera y retadora,
como diciendo: ¿a ver quién es la guapa (o guapo) que consigue abatirme?
 
Su desbocada fogosidad, si no se azuza, languidece.
Mengua por olvido o por cansancio, mas siempre apenada.
Porque un pene flácido es una pena, o una penita, según el caso.
Porque una erección es una invitación, un reflejo o un acaso,
pero siempre, siempre es una celebración.
 
Padece la obsesión compulsiva de la bulímica,
aunque su vómito es gozoso, extático, festivo.
Sus resacas son ligeramente embotadas y premeditadamente breves,
casi tan fugaces como los relampagueantes orgasmos que las ocasionan.
 
Con la recurrencia de las mareas y la impuntualidad de los deseos,
aparece erguida y lúbrica tañendo las lascivas campanas de la pasión
y se despide melancólica y coqueta recogiéndose en su abrigo de piel.